Chapter 23 La historia de Víncel Rétfor
La revisión matinal de dormitorios acababa de concluir cuando Viggo Estrango entró en el barracón de la Comarca del Noroeste. Todos los reclutas salieron al pasillo para escucharlo.
—Los elegidos para las tareas de cocina y limpieza durante los próximos cinco días son —anunció con tono seco, mientras sacaba una nota arrugada del bolsillo—: Yanina Vientol, Maroe Bísmer, Pieto Gernás, Zanerya Zambrano y Noelia Sinfer, cocina.
Yfain Niervón, Lozu Jernavio, Mara Soreto, Michelle Nédelen y Xalara Verdreven, limpieza.
Michelle miró a Xalara, que resopló al escuchar la noticia.
Viggo salió del barracón sin despedirse, parecía más sobrio de lo habitual.
Los reclutas no mencionados se fueron camino del patio para la formación matutina.
En cambio, aquellos asignados para las tareas especiales estaban exentos de formar, aunque eso conllevaba un precio: se saltarían también el desayuno.
No se unirían a sus compañeros hasta la clase de arlasofía, ya con la mañana bien entrada.
Los designados para cocina partieron hacia el comedor.
Al mismo tiempo, los reclutas elegidos para limpieza debían empezar por los dormitorios y baños de su barracón, para luego esperar a la supervisora y que esta les asignara la zona de Lúgardark que debían limpiar por la tarde.
Después de haber limpiado el barracón y una pequeña parte del pasillo que conducía hacia él, los reclutas asignados para limpieza se unieron a los de cocina, para finalmente hacerlo con el resto de sus compañeros de comarca, justo antes de acceder a la clase de arlasofía táctica.
En la entrada, un cuero negro custodiaba la puerta. Sin embargo, nadie protegía a los asignados para las tareas especiales. Por eso la seguridad continuaba en entredicho. Al final era más de cara a la galería que una medida realmente efectiva.
—Tengo hambre —se quejó Xalara, susurrando disimuladamente a Michelle al cruzar la puerta.
—Yo estoy bien —respondió ella.
La verdad es que el cambio mental y físico de Michelle era digno de admirar. Había demostrado una fuerza de voluntad que no cabría esperar cuando la conoció.
Cansados por la dura exigencia de la EDMO, los reclutas se sentaron a sus pupitres alargados y unidos, aunque al entrar Viggo Estrango se pusieron en pie, como marcaba el estricto protocolo de Lúgardark.
El maestre se detuvo en el centro del auditorio, mirándolos como si fueran unos extraños.
Además, portaba un pequeño maletín, algo que jamás hizo hasta ese momento.
Los reclutas no pudieron evitar un intercambio de miradas al ver su actitud.
—Sentaos —les ordenó finalmente—. Esto que hacéis al recibir a un maestre, es algo que ya realizaban los soldados en la antigüedad. Es una muestra de respeto, y yo os agradezco que lo hagáis.
En el auditorio se creó un leve murmullo mientras compartían miradas.
—¿A qué vienen esas caras? ¿Nunca un maestre os había dado las gracias? —preguntó.
Algunos negaron con la cabeza, otros volvieron a mirarse.
—En Lúgardark os tratamos como a un trozo de carne sostenido por unos huesos, pero, realmente, cada uno de vosotros merece el mismo respeto que los maestres ante los que os levantáis.
En realidad, ninguno habéis hecho nada tan horrible para que se os trate así.
Ninguno —remarcó, mirando directamente a Xalara—.
Simplemente habéis tenido la mala fortuna de ser escogidos para acabar aquí dentro.
No lo olvidéis nunca —hizo una pausa—. Cada vez que os traten como escoria u os digan que lo sois, no les hagáis caso, porque no es verdad.
Al ser menospreciados, no os lo creáis. Revelaos frente a eso, aunque sea en silencio y sin mover un solo dedo.
El maestre dejó de hablar y respiró hondo.
—Ahora abrid el manual de arlasofía por la página 52.
Durante toda la clase se vio a un Viggo mucho más ausente de lo habitual. Parecía tener la mente lejos de aquel auditorio. Cuando los reclutas salían al final de la clase, puso un brazo delante de Xalara para que se detuviera.
—Espera, quiero hablar contigo antes de que te vayas. Solo será un momento —agregó al ver sus prisas.
—Usted dirá.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien —respondió la chica de forma escueta, e hizo ademán de marcharse, pero volvió a detenerla.
—Si tienes algo que contarme… Soy tu Maestre Jefe, puedes confiar en mí. Solo quiero ayudarte, igual que hice al conocernos.
—Se lo agradezco —dijo ella sin demasiado ímpetu—, pero nadie puede ayudarme.
—Te creo —soltó Viggo mientras Xalara se marchaba—. Sé que dices la verdad sobre la desaparición de Eizan Maguair.
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó la recluta, volviéndose hacia él.
—Digamos que he encontrado indicios que apuntan a lo que tú aseguras haber visto.
—Y eso, ¿en qué lugar me deja ahora? —cuestionó Xalara sin creerse ni una sola palabra, dado que estaba harta de acumular falsas esperanzas.
—Por ahora en el mismo que estabas —se sinceró Viggo—, pero voy a trabajar para esclarecer la verdad.
—Entonces, mientras tanto, poco más puedo decir —opinó Xalara con escepticismo.
Luego salió del auditorio para unirse a sus compañeros camino del almuerzo. Ella y Michelle se quedaron algo rezagadas respecto al grupo, ya que esta última se retrasó para esperarla.
—¿Qué te pasa? —preguntó Michelle durante el trayecto hacia el comedor—. Tienes la mirada perdida desde que saliste de la clase de arlasofía. ¿Tan grave fue lo que dijo el maestre?
—No, qué va —respondió Xalara—. Solo me preguntó qué tal estaba y…
—¿Y…?
—Dijo que me creía.
—¿Respecto a qué?
—Respecto a lo que yo digo sobre la desaparición de Eizan —admitió.
—¿Te dijo el motivo?
—No. Solo que ha encontrado indicios —añadió ante la insistencia de su amiga.
—Pero, ¿te contó qué indicios son esos?
—No, aunque tampoco me lo creo —respondió Xalara, tajante—. Es un hombre con serios problemas de alcoholismo. Ya lo viste hoy, parece estar sobrio y mira qué nos ha dicho.
—Nos ha dicho la verdad —replicó Michelle con irritación—. Y es de agradecer que, por primera vez desde que llegamos a Lúgardark, alguien se dirija a nosotras como lo que somos, jóvenes de dieciocho años a quienes han encerrado sin haber hecho nada.
—Sí, no podría estar más de acuerdo —reconoció Xalara—. Pero la cuestión no es lo que dijo, sino la sinceridad con la que lo hizo.
—Pues yo sí me lo creo —opinó Michelle con rotundidad—. Sus ojos brillaban al decirlo. Se puede fingir las palabras, pero no las emociones que desatan.
—¿No será otra frase de uno de esos libros de romántica que tanto te gustan? —comentó Xalara con una sonrisa.
—Sí —reconoció Michelle—, pero eso no quita que tenga toda la razón.
El cuero negro que custodió el trayecto de los reclutas del Noroeste, les dirigió una mirada penetrante cuando regresaba sobre sus pasos.
Al tiempo que las dos amigas salieron del claustro y cruzaron el umbral hacia el patio trasero donde, sorpresivamente, un nutrido grupo de compañeros de su comarca parecían estar esperándolas.
—Parece que todos te temen ahora, matapresidentes —dijo Diago Zúnkerberg, emergiendo ufano desde el centro del grupo, con el brazo recientemente herido en un cabestrillo—. Desde que mataste a Wined Nanton, nadie quiere acercarse a ti.
—Ella no lo mató —protestó Michelle.
—Vaya, parece que a redondita Nédelen le han salido alas.
Las carcajadas prorrumpieron llenando aquel rincón del patio, lo que atrajo la presencia de reclutas de otras comarcas que se dirigían hacia el comedor.
—Pero esto hoy no va contigo —dijo Diago, empujándola para hacerla a un lado y quedarse frente a frente con Xalara.
—Llevo queriendo hacer esto desde el primer día —aseguró Zúnkerberg con una mirada inyectada en odio—. Voy a enfrentarme a ti aquí y ahora, para que todos —dibujó un círculo invisible en el aire con su mano—, vean que no eres nada peligrosa. Incluso con un solo brazo soy capaz de humillarte.
—No puedes hacer eso, te castigarán por ello —argumentó Michelle.
—Meistre ya no manda en Lúgardark —opinó el recluta—. Creo que ahora, salvo tú y quizás el borracho de Estrango, nadie se opondrá a que acabe con la matapresidentes.
Muchos vitorearon el discurso, aumentando todavía más sus aires de grandeza.
Sin aviso, Diago soltó un puñetazo a Xalara con su brazo sano, pero ella estaba precavida, así que esquivó el golpe.
Alrededor de la pelea se formó enseguida un círculo casi perfecto de personas expectantes y ansiosas por ver el resultado de la paliza que iba a recibir la matapresidentes. Entre dos consiguieron sujetar a Michelle, que luchaba para poder soltarse y ayudar a su amiga.
Xalara sabía que iba a perder, pero no vendería barata su derrota.
Seguro que Diago no esperaba una actitud ofensiva por su parte, así que se movió hacia él con rapidez, colocándose siempre en el lado más débil de su contrincante.
De esa forma, logró asestarle una patada en el gemelo que casi lo derriba sobre el empedrado del patio.
El rostro del chico reflejó su sorpresa.
Incluso algunos vítores se acallaron durante unos segundos.
El mismo tiempo que Zúnkerberg tardó en devolverle la patada, que en este caso sí derribó a su oponente.
Xalara impactó demasiado fuerte contra el suelo, nublándole la vista por un instante, lo suficiente para no ver la siguiente patada, que le alcanzó de lleno en la boca del estómago.
—Voy a darte patadas hasta que termines vomitando toda esa mierda blanca que tienes dentro de tu cuerpo —dijo Diago, aunque no demasiado alto.
Sacando fuerza de su rabia interior, Xalara detuvo la siguiente patada con las manos y, contra todo pronóstico, logró ponerse en pie.
Diago retrocedió un paso ante la sorprendente recuperación de la chica.
Ella, lejos de amedrentarse, adoptó una postura de lucha que les habían enseñado en Lúgardark, y comenzó a esquivar cada golpe que el otro le lanzaba.
La estrategia estaba clara: desgastar a su corpulento y lisiado rival hasta agotarlo. Entonces, ella tendría una oportunidad.
Minutos después de una ofensiva sin tregua por parte de Diago, el muchacho estaba muy sofocado.
Y no solo físicamente, sino que también a nivel mental, puesto que lanzaba golpes sin sentido.