El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 22 Por orden de la presidenta #3
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Chapter 22 Por orden de la presidenta #3

Esa misma noche, Crispina se las ingenió para salir del Palacio de la Sede sin ser vista. Lo más difícil fue esquivar a Gustavo, pero, con un par de artimañas, consiguió convencerlo para que viajase a Lúgardark y se quedara allí hasta el día siguiente.

La presidenta salió a una madrugada tormentosa, donde la lluvia, intensa e intermitente, la convertía en el escenario perfecto para esconder sus movimientos por la ciudad. Bajo la amplia cúpula de un paraguas negro, deambuló por calles casi desiertas, alejándose sigilosamente del Palacio.

Finalmente, se detuvo en una de las estaciones de traslado, donde su conductora se refugiaba en el interior de la oficina, esperando a cualquier cliente osado que precisara de sus servicios en una noche como esa.

Crispina, sin abandonar el refugio que le otorgaba el paraguas, tocó el timbre instalado sobre la puerta de aluminio.

Enseguida, una chica de ojos saltones y gafas de montura cuadrada abrió la ventanilla, mostrando una expresión profesional, aunque también inquisitiva.

—Buenas noches, ¿desea ir a algún sitio?

Evitando utilizar su voz, estiró una mano para sacarla del paraguas y le entregó una nota con la dirección a la que quería trasladarse. Además de unos mupios con el precio exacto del viaje.

La conductora arqueó una ceja, visiblemente sorprendida por la actitud de su cliente. Aun así, salió para realizar su trabajo. Por la forma en que se movía, parecía incluso tener miedo a una posible reacción agresiva.

—Tiene que cerrar su paraguas para poder entrar —indicó con delicadeza al abrir la puerta de la cabina mediante una palanca.

De espaldas y con movimientos calculados, Crispina plegó su paraguas, revelando un atuendo que solo dejaba al descubierto sus ojos. En cuestión de segundos, dejó atrás la estación de origen y reapareció en otra, situada al sur de la capital.

Caminó por varias calles hasta llegar a la muralla, donde una entrada conducía a las afueras de la capital, a una zona conocida como Villa de la Élite, como su propio cartel indicaba. Allí, las mansiones de las grandes familias de Las Cinco Comarcas convergían en una misma urbanización.

Al acercarse, vio que los dos guardias que custodiaban el acceso a la avenida se hallaban muertos dentro de su propia garita, con sendas heridas provocadas por un arma blanca. Un método silencioso, como requería la situación.

Sin inmutarse ante esa tétrica escena, Crispina cruzó el acceso, sosteniendo su paraguas con la misma firmeza que inició el viaje. La tormenta rugía sobre ella, pero eso no quebrantó el ritmo de sus pasos.

Luego se detuvo frente a la entrada de una de las mansiones.

Un edificio de ladrillo blanco con múltiples ventanas, cuyo jardín, siempre cuidado con esmero, ahora mostraba signos de abandono.

Sin embargo, no utilizó esa entrada, sino que se internó por un sendero lateral que se perdía entre la maleza y conducía a la parte trasera de la propiedad.

Allí, oculta de miradas indiscretas, una puerta mucho menos ostentosa ofrecía acceso a la finca de la mansión.

—Dunoxdita —pronunció Crispina.

Empujó la puerta y esta cedió con un crujido, protestando tras años de desuso. A pesar de lo inquietante del sonido, no fue lo bastante intenso como para delatar su presencia.

Tuvo que utilizar otra vez la fórmula arlasófica de apertura para acceder al edificio.

Sintió lástima al ver el hogar de su familia tan sucio y descuidado, pero no había vuelto allí desde que fue nombrada presidenta del Gobierno.

No era momento de pensar en eso, tenía asuntos mucho más importantes que contemplar.

Por eso subió al tercer y más elevado piso, donde entró en un salón amplio cubierto por un sinfín de telarañas.

Abrió el mueble bar y se sirvió una copa de brandy, echando de menos al servicio que antaño tuvo la casa cuando sus padres vivían.

Antes de sentarse en el sillón más próximo a la ventana, experimentó un sentimiento de soledad absoluta, expandiéndose como una sombra por la habitación. Recordó al pequeño Andris jugueteando por esa misma alfombra que hoy lucía un aspecto cochambroso.

Finalmente giró el sillón de cuero blanco para orientarlo hacia la ventana.

Se sentó en él y, sin mover la cortina que tenía delante y con una actitud pasmosa se cruzó de piernas con la copa de brandy en su mano.

Su actitud era la de alguien despreocupada, pero el ritmo de su pulso indicaba lo contrario.

Había depositado demasiada confianza en Dayana Cleyton, aunque nada aseguraba que no la traicionase.

De un momento a otro, sus ojos contemplaron una escena maravillosa.

A cuatro o cinco mansiones más allá de la suya, un resplandor anaranjado comenzó a ascender hacia el cielo, acompañado de una nube de humo tan denso y negro como la noche.

Los relámpagos parecían querer unirse, creando un escenario tan caótico como fascinante para la vista de Crispina.

Con un gesto casi ceremonial, la presidenta del Gobierno alzó su copa, como si, al otro lado de la ventana, alguien esperara su brindis. Y con la misma frialdad que trazó todo su plan, bebió hasta la última gota, sin apartar la mirada de aquel espectáculo.