Chapter 22 Por orden de la presidenta #2
—Sé quiénes han sido, no es necesario poner en marcha ninguna investigación —dijo la presidenta, justo antes de marcharse hacia sus aposentos, pasando a su lado con total indiferencia.
A la mañana siguiente, Crispina terminaba de acicalarse delante del espejo de su dormitorio.
Había programado una reunión con la capitana de los cuero negro para transmitirle las próximas órdenes, y quería dejar constancia de ello.
Por eso congregó a los medios de comunicación en el Palacio de la Sede.
Si había que mandar un mensaje, sería ese.
—Tú me has matado. ¡Asesina! —dijo una voz desde algún rincón del dormitorio.
Crispina dejó lo que estaba haciendo, alertada por esa voz.
—¿Quién está ahí? —preguntó, mirando en todas las direcciones.
—Tú me mataste —insistió la voz. Era masculina, pero no la había escuchado jamás.
—¿Quién eres?
—Tú me mataste cuando decidiste abrir Lúgardark.
—¿Wined? —preguntó con la voz entrecortada.
Pero esta vez nadie respondió. Crispina soltó una risotada nerviosa al darse cuenta de lo absurdo que era su pensamiento, y volvió a mirarse en el espejo, clavando la mirada en el rostro que este le devolvía.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó su propio reflejo, apuntándola con el dedo.
Crispina lanzó un puñetazo al espejo, provocándose varios cortes en la mano.
No sabía qué había pasado. Era incapaz de recordar los últimos minutos, pero su corazón bombeaba a mil por hora, el espejo estaba roto y sus nudillos ensangrentados.
Con un sol empeñado en filtrarse a través de unas nubes que auguraban tormenta, y mientras las obras de la reconstrucción del Salón de Conferencias seguían su curso con normalidad, una multitud de prensa y ciudadanos se agolpaba en la plaza frente al Palacio de la Sede,
en una zona previamente acordonada por numerosos efectivos de seguridad.
La llegada de Dayana Cleyton fue planificada al detalle para que quedara registrada como un auténtico acto oficial.
Por eso, la presidenta y todo su consejo salieron a las puertas del Palacio de la Sede para recibirla, en un encuentro plagado de formalismos.
Nadie sabía con exactitud a qué se debía toda esa parafernalia.
Sin embargo, Crispina consiguió su cometido, ya que esta reunión desvió el foco de las protestas.
Ni siquiera la capitana de los cuero negro conocía el motivo exacto de su comparecencia.
Crispina estrechó la mano de la capitana, posando para las decenas de fotógrafos que competían por obtener el mejor ángulo. Tras el excelso recibimiento, ambas subieron hacia el Despacho Presidencial, seguidas por un par de cámaras de televisión.
Estas las acompañaron hasta el interior del despacho, donde tomaron asiento en los dos sillones que había frente a la chimenea, encendida para mostrar una apariencia acogedora. Cada detalle estaba meticulosamente planificado.
Tras unos segundos de deferencia, las cámaras abandonaron el despacho, dejando solos a Crispina, Dayana y Gustavo, que entró justo después.
—¿Cómo se encuentra? —se preocupó Dayana—. Me refiero a después del motín de ayer en el cementerio —aclaró viendo el gesto confuso de la presidenta—. Ya he puesto a varios cuero negro a investigar lo sucedido.
—Olvídate de eso —le ordenó Crispina con voz cortante, lo que desató una mueca en el gesto de Gustavo—. La prioridad es arrestar al culpable de las desapariciones.
—Pero ya le dije en la carta que aún no lo hemos encontrado. No tenemos pistas definitivas de quién puede ser —replicó Dayana—. Este caso nos tiene muy desconcertados.
—Ya tenemos a un culpable —afirmó Crispina con rotundidad.
—Entonces dígame quién, por favor —solicitó la capitana, muy sorprendida.
—El maestre sospechoso de la desaparición que hubo hace años en Lúgardark —contestó.
—Viggo Estrango —confirmó Dayana.
—Ese mismo —ratificó la presidenta.
—Pero no hay ni siquiera un indicio de que haya podido ser él. Solo es una simple conjetura.
—Eso no importa —intervino Gustavo—. La gente quiere un culpable y le vamos a dar uno.
—Pero…
—Yo te coloqué donde estás —terció Crispina tajantemente—. De la misma forma puedo arrebatarte el cargo. Soy la presidenta, y todos los demás sois piezas de un tablero que puedo mover a mi antojo si me place. ¿Lo entiendes?
Gustavo carraspeó al darse en cierta forma también por aludido.
Dayana asintió.
—Bien. Pues ya tenemos un culpable —acordó la presidenta—.
Tú misma irás a arrestarlo. Una cámara de televisión te acompañará para retransmitirlo en directo.
Quiero que todos en sus casas vean y conviertan al tal Viggo Estrango en su enemigo número uno.
En ese asesino que arrebata de forma tan macabra la vida de sus hijos en las noches de Lúgardark.
—De acuerdo —asintió de nuevo la capitana—. Todo se hará según su voluntad.
—Sal —ordenó la presidenta de forma repentina.
Dayana se incorporó de inmediato.
—No, tú no. Él —dijo señalando a Gustavo, que ni siquiera pestañeó—. ¿No me has oído? Que te vayas.
Aún vaciló un par de veces antes de abandonar el despacho.
Crispina se levantó del sillón y le hizo un gesto a la capitana para que volviera a sentarse. Después se acercó al mueble bar, abriendo la puerta con el cristal aún sin reparar.
—¿Te apetece beber algo? —preguntó la presidenta.
—No, gracias.
—Insisto —dijo sacando un par de copas con preciosos adornos dorados.
Unas copas que llenó con un licor de color ámbar, cuyo fuerte aroma envolvió ese rincón de la estancia. Luego, con un gesto ceremonioso, le entregó una de ellas a Dayana, antes de regresar a su asiento con calma.
—Pues aquí estamos —comentó Crispina, con una sonrisa calculada—. Aún recuerdo tu cara de satisfacción cuando decidí nombrarte capitana de los cuero negro en este mismo despacho. ¿Tú aún lo recuerdas?
—Cada día, señora —admitió—. Nunca podría olvidarlo. Luché demasiado para llegar hasta aquí.
—Imagino que sentirás una enorme gratitud hacia mí.
—Siempre —asintió.
—Entonces supongo que harías cualquier cosa por mí. Sin réplicas, sin preguntas, sin connotaciones —sugirió con excesiva franqueza.
—Así es, señora —respondió la capitana, aunque su tono perdía firmeza con cada respuesta.
—Háblame de tu familia.
—¿Señora? —cuestionó Dayana, sorprendida por el repentino giro de la conversación.
—Solo quiero conocerte mejor —argumentó la presidenta.
—Pues… —hizo una pausa para coger aire—. Soy la menor de siete hermanos.
—¿Tus padres aún viven?
—Sí, doy gracias por ello.
—¿Sobrinos?
—Doce.
—Son muchos —comentó la presidenta con una sonrisa.
—Desde luego —asintió Dayana, también sonriendo.
—¿Y tú? ¿Has pensado en tener hijos alguna vez?
—Sí —afirmó un tanto azorada—, pero supongo que todavía no he encontrado al padre perfecto —explicó, encogiéndose de hombros.
—¿Y qué vida quieres que tengan tus hijos? La mejor, me imagino.
—Imagina usted bien.
—Entonces, coge esta carta —dijo Crispina, sacando un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Haz todo lo que dice en ella. Sin preguntas, sin vacilaciones; y te aseguro que tú y tus hijos tendréis una vida llena de paz, riqueza y prosperidad. ¿Lo harás?
—Sí —respondió de forma titubeante—. Lo haré —especificó, con mucho más énfasis.
—Sé que sí —asintió la presidenta.