Chapter 22 Por orden de la presidenta
—Creo que deberíamos irnos —susurró Gustavo Zorien al oído de la presidenta mientras asistían al funeral de Wined Nanton.
El cementerio de Bibrébem permanecía cubierto por un cielo grisáceo. El suelo, aún mojado por la reciente lluvia, exhalaba un desagradable aroma a humedad que se mezclaba con el perfume de las innumerables flores que rodeaban el féretro.
—El funeral aún no ha terminado —replicó Crispina con severidad—. Hay mucha prensa. Quiero que me vean hasta el final.
—Ya te han visto lo suficiente —insistió él, mirando más a su alrededor que a la propia presidenta—. La situación se está poniendo fea. No deberíamos haber venido.
—No seas idiota —murmuró ella, endureciendo el tono—. Aquí no me van a hacer nada. No es su forma de actuar.
La madre de Wined Nanton no dejaba de mirar hacia donde estaba la presidenta, con una expresión devastadora. Sus ojos decían todo lo que pensaba y su boca callaba.
Entonces, un grito rompió el silencio:
—¡Fuera! ¡No te queremos aquí! —gritó alguien desde la congregación de gente que estaba detrás de la familia.
Fue un grito aislado que rasgó el silencio con brutalidad.
—¡Asesina! —vociferó una voz femenina impulsada por el atrevimiento anterior.
—¡Tú lo mataste! —chilló otra mujer—. ¡Has matado a Wined!
—Vámonos. Ya —suplicó Gustavo con tensión.
Crispina empezó a dudar viendo cómo el ambiente se caldeaba.
—¡Nos has destrozado! ¡Has destruido la juventud de Las Cinco Comarcas! —rugió ahora la voz de un hombre.
—¡Largo de aquí! —bramó otro.
Los tímidos agravios pronto se convirtieron en algo mucho más serio. La tensión acumulada era una cuerda a punto de romperse.
—Sí, vámonos —accedió finalmente.
Su rostro se había transformado en una máscara de preocupación.
Los cinco miembros de la Escolta Presidencial rodearon a la presidenta, pendientes de cualquier intento de agresión. Lo que no pudieron prever fue el lanzamiento de un puñado de barro que voló desde la muchedumbre hasta estrellarse en su cara.
Crispina sintió la humedad pegajosa en su mejilla y el sabor terroso en los labios. El golpe fue más humillante que doloroso.
—¡¿Quién ha sido?! —rugió encolerizada—. ¡Traedlo aquí enseguida! ¡Quiero verle la cara!
Los miembros de la Escolta Presidencial intercambiaron gestos confusos, conscientes de que no era lo más sensato, aunque eso significaría desobedecer una orden.
—Déjalo —le advirtió Gustavo, tirando de su brazo—. No podemos pararnos.
De un momento a otro, varias personas saltaron del grupo hacia la presidenta, empujando con ellas a las primeras filas. La indignación de la multitud cruzó un punto de no retorno.
—¡¡Proteged a la presidenta!! ¡¡Mantened la formación!! —ordenó el capitán con desespero.
En cuestión de segundos, la presidenta y su séquito se vieron invadidos por un grupo numeroso.
Barro, piedras y otros proyectiles improvisados volaban por todas partes, pero siempre con el mismo objetivo.
Los escoltas, mediante empujones, se quitaban de encima a los manifestantes, intentando no hacer uso de sus espadas, lo que convertiría la protesta en una masacre.
Un joven de estatura media y pelo castaño logró romper la formación de la Escolta Presidencial, agarrando a uno de sus integrantes para separarlo del grupo.
La situación era ya insostenible. Por eso, la escolta Claudia Sinájel, desbordada mientras veía cómo pateaban brutalmente a su compañero en el suelo, desenvainó su espada y lanzó un haz de luz a un chico que corría hacia ella sin visos de detenerse.
El escalofriante sonido del impacto retumbó en el aire. El chico se arqueó hacia atrás y cayó con el pecho ensangrentado, sin vida. El motín se detuvo de forma instantánea, enmudeciendo a todos los presentes en el cementerio.
El problema fue que, poco después, tras un alarido de horror y furia, la multitud entera se lanzó contra la presidenta.
Sin necesidad de que ella o su capitán diesen la orden, los escoltas que aún quedaban en pie desenvainaron sus espadas.
No quedaba más remedio que defenderse con todo.
Los haces de luz no tardaron en comenzar a brillar en el aire, provocando el desplome de personas y lápidas por igual.
La matanza que Gustavo había intentado evitar estaba siendo cruenta.
Aun así, los protestantes seguían siendo demasiados para cuatro, y su desesperación no dejaba de aumentar. Crispina, en medio del caos, pudo ver fugazmente el cuerpo del escolta atrapado con anterioridad, tendido en el suelo con la cara cubierta de sangre.
—¡Frenad su acometida! ¡Contenedlos! —gritó Gustavo, sujetando por la muñeca a la presidenta para arrastrarla con él—. ¡Corre! —insistió al ver que ella estaba medio paralizada.
En su huida, tuvieron que esquivar cuerpos y escombros, tropezando entre tumbas destruidas. Crispina escuchaba los latidos de su corazón bombeando en sus oídos por encima del estruendo general.
Una persona cayó a su lado con un agujero chisporroteando en su pecho. La estación de traslado instalada en el cementerio ya estaba a solo unos metros. Todo pareció apagarse a su alrededor cuando lograron entrar en ella, aunque el eco de la masacre resonaba aún en sus oídos.
Enseguida viajaron al Palacio de la Sede.
La noticia del motín en el cementerio de Bibrébem aún no se había difundido, por eso la plaza lucía con la normalidad engañosa de un día cualquiera. Solo algunos periodistas se encontraban ante las rejas de la entrada, ansiosos por captar alguna declaración de la presidenta recién llegada.
—¿Cómo ha ido el funeral? —inquirió una joven de complexión delgada, acompañada por un fotógrafo que apuntaba a Crispina con su lente.
—¿Ha podido hablar con la familia Nanton? —preguntó esta vez un hombre de mediana edad.
—¿Siguen sin tener pistas sobre quién es el responsable de las desapariciones en Lúgardark?
—¡Presidenta, por favor, díganos algo!
La lluvia volvía a caer cuando por fin lograron cruzar las puertas del Palacio, dejando atrás el clamor insistente de la prensa antes de subir directamente hacia el Despacho Presidencial.
Apenas la puerta se cerró tras ellos, Gustavo estalló.
—Te dije que no debíamos ir —protestó, apuntándola con el dedo frente a ella—. ¡Te avisé que sería peligroso! Pero no me hiciste caso.
—Soy la presidenta —murmuró, sentándose en uno de los sillones frente a la chimenea, al borde de un ataque de nervios—. ¡¡Soy la presidenta!!
—¡Qué importa quién seas! ¡Tienes a tu pueblo en contra! ¡Te odian!
—¡Me da igual lo que piensen de mí!
—¡Eso es lo que quieres que los demás crean! ¡Pero no es la realidad!
—Soy la presidenta… —repitió una vez más, como si estuviese agotada de decirlo.
—¡Han estado a punto de matarnos! ¡Y no sé cuántos escoltas habrán muerto! ¡Puede que todos! ¡¡Maldita sea!! —tronó Gustavo, golpeando con su puño el mueble bar situado a su derecha. El impacto rompió el cristal de una de las puertas, esparciendo sus fragmentos por toda la alfombra.
Crispina comenzó a llorar, con la mirada perdida en el oscuro interior de la apagada chimenea. Sus lágrimas surtieron un efecto apaciguador sobre los ánimos de Gustavo.
—Está bien —dijo él—. Vamos a calmarnos. Estudiemos la situación.
—Todo cambiaría si tuviéramos un culpable de las desapariciones localizado —opinó Crispina, enjugándose las lágrimas—. Así tendrían a alguien sobre el que manifestar su odio.
—Entonces démosle uno —acordó Gustavo.
—Xalara Verdreven —dijo la presidenta apretando los dientes.
—Demasiado obvio —respondió él, mirando también a la chimenea, como si allí estuvieran las respuestas—. Todos saben que la odias, no se conformarán con Verdreven. La gente no es tan idiota como parece.
—Pero ella estaba en la escena del crimen; todos la vieron —argumentó Crispina—. Todos en Lúgardark sospechan que tuvo algo que ver.
—Me da igual, ella no puede ser —insistió Viggo.
—¿Entonces quién? —cuestionó con el ceño fruncido.
—Dayana mencionó que un maestre actual fue investigado como principal sospechoso de la única desaparición registrada hasta ahora en Lúgardark —dijo Gustavo acordándose—. Sería sensato culparle a él.
Crispina meditó un instante su respuesta antes de asentir.
—Sí, recuerdo aquel suceso —dijo ella—. Yo entré dos reclutamientos más tarde.
—Iré allí de inmediato y ordenaré su detención —comentó Gustavo.
—No —lo detuvo Crispina, levantando una mano—. Haremos las cosas de otra forma —dictaminó con frialdad.
—También deberías emitir un comunicado condenando lo ocurrido en el funeral —sugirió él.
—Había mucha prensa, ellos contarán la verdad.
—Pero si después de un motín como este no hay consecuencias, dará pie a que sigan ocurriendo este tipo de situaciones. El pueblo está indignado contigo, se sublevará si no lo cortas de raíz.
Crispina ignoró el último comentario, largándose escaleras abajo hacia su dormitorio, escapando de las sugerencias de Gustavo.
A media tarde, desde la Gran Escalinata, la presidenta contemplaba con gesto pensativo el vertiginoso avance de las obras de reconstrucción del Salón de Conferencias.
Iban tan rápidas, que su finalización parecía ser cuestión de días.
Gustavo descendió desde un piso superior.
Su sombrío semblante no auguraba nada bueno.
—Dos miembros de la Escolta han sido asesinados: Claudia Sinájel y Doren Násgüel —anunció—. Y los otros dos están gravemente heridos.
Ella respondió con silencio, lo que pareció encender los ánimos del hombre.
—Dos miembros de tu Escolta han muerto —repitió con indignación.
—Te he oído la primera vez —admitió Crispina sin alterar el tono de su voz.
—¿Y piensas quedarte de brazos cruzados y actuar como si no hubiera pasado nada?
—¿Qué puedo hacer? No tengo el poder de devolverlos a la vida. Habrá que buscar a quienes los sustituyan —argumentó con una frialdad sorprendente—. Eres el capitán, ese trabajo te corresponde a ti.
—Tienes que ordenar una investigación para saber quiénes han sido los causantes de sus muertes —protestó Gustavo, hecho una furia, aunque lo bastante comedido para que nadie más escuchara su discusión.