Chapter 21 Un entrenamiento exhaustivo #2
¡Os aseguro algo! ¡Cuando estéis ahí fuera, y vuestro rival levante la espada para asesinaros, solo tendréis dos opciones: matar a vuestro oponente o dejar que él os mate a vosotros!
—¡Pero no estamos en guerra! —protestó osadamente una recluta de la Comarca Central, con lágrimas en los ojos—. ¡Y nunca lo vamos a estar!
—¡Eres una estúpida si crees eso! —respondió la maestre.
—¡El Lórdezeit está muerto! —gritó otro.
—¡Está muerto, es cierto! —admitió Gúlfrica—. ¡Pero hemos visto recientemente que su espíritu y sus ideas están más vivas que nunca! —añadió mirando de soslayo a Xalara, que no rehuyó la batalla de miradas—. ¡Verdreven, al centro del patio!
Estaba segura de que su nombre no tardaría mucho en salir a la palestra.
—¡Zolian, al centro del patio!
El escenario acababa de dar un giro inesperado que Xalara no imaginó.
Samanta Zolian abandonó la formación y caminó pavoneándose hacia el centro del patio, como si la victoria ya fuera suya.
Xalara, en cambio, lo hizo con un paso mucho más cansino.
En lugar de utilizar la arlasofía para atraerla, se agachó para recoger del suelo la todavía ensangrentada espada que utilizó Zúnkerberg.
—Tengo entendido que vosotras dos compartís un pasado —comentó Gúlfrica, de tal forma que solo ellas tres pudieran escucharlo.
Samanta asintió con orgullo, y Xalara la miró con desprecio; estaba ansiosa por empezar a atacarla.
—Entonces es hora de que liméis asperezas —dijo la maestre antes de apartarse, cuando las dos reclutas retrocedían unos pasos para empezar el duelo—. ¡¡Atacad!!
Xalara osciló su espada, lanzando una sacudida acompañada por un torrente de luz plateada que voló al encuentro de Samanta.
Ella ni siquiera hizo ademán de contraatacar; simplemente se esforzó por esquivar el ataque mientras sonreía.
Ese detalle logró sacar de quicio a Xalara, que volvió a atacar con más furia, fallando en su lanzamiento.
Ante el desconcierto de Xalara por la pasividad que mostraba, Zolian aprovechó para lanzar su ofensiva.
El movimiento de su brazo provocó un estallido de luz en el extremo de la espada.
Xalara apenas pudo detenerlo sin quedar desarmada, sintiendo un calor extremo en sus manos mientras vibraban aferradas a la empuñadura.
A partir de ese momento, una vorágine de ataques y contrataques voló de una recluta a otra, en una sinfonía violenta de luces cegadoras y estruendos. Cada movimiento de espada era tan físico como emocional.
Finalmente, ambas se tomaron unos obligados segundos de descanso.
Xalara sentía impotencia; estaba poniendo todo lo que tenía para vencer a Zolian, y aun así era incapaz de conseguirlo.
Aunque posiblemente Samanta pensara lo mismo, porque más que un duelo de espadas parecía una batalla de resistencia.
Cuando retomaron el combate, Xalara tomó la delantera, lanzando un certero haz de luz.
Samanta pudo detenerlo con su espada, pero estaba tan agotada que su arma salió volando por los aires para terminar cayendo con un sonido metálico a varios metros de distancia.
Xalara se aprovechó de esa circunstancia para volver a atacar.
Samanta, al límite de sus fuerzas, esquivó el haz de luz, pero fue rozada en el costado, abriéndose una brecha en el tejido de su uniforme.
Además, tropezó con una de las irregularidades del pavimento.
Sabiéndose vencedora, Xalara se acercó hacia Samanta, que la miraba desde el suelo con el rostro desencajado. La recluta permanente levantó su espada; estaba lista para asestar el golpe final. Todas las injusticias sufridas a manos de Zolian pasaron por su memoria a toda velocidad; iba a…
De repente, otro haz voló como una flecha luminosa hacia la espada de Xalara, provocando que el arma saltase de sus manos.
—¡Es suficiente! ¡Vuestro duelo ha finalizado! —gritó Gúlfrica desde la distancia.
Con sofoco y un calor que le subía por el cuello al mismo ritmo que latía su apresurado corazón, Xalara apretó los dientes y miró una vez más a Samanta, obligándose a reprimir un grito de rabia antes de apartarse de ella.
Al llegar a su altura, la maestre estudió su rostro con una mirada fría y calculadora que Xalara odió enseguida.
Cuando regresaba para recuperar el sitio en la formación, fue consciente de que todos la miraban con una mezcla de desprecio y terror.
Al llegar al grupo de reclutas del Noroeste, varios se apartaron un paso para distanciarse de ella.
Incluso a su amiga Michelle, aunque no se movió, se le notaban las ganas de hacerlo.
En las duchas, antes de ir a cenar, Xalara sintió la gravedad de lo que casi había hecho.
Nadie quiso compartir el baño con ella, y Michelle se esforzaba en disimular su distanciamiento, pero resultaba evidente, y eso era lo que más le dolía a Xalara.
Se moría por explicarle lo sucedido, aunque todavía no encontraba cómo hacerlo.
Ella misma dudaba de si en realidad habría acabado con Samanta de no haber intervenido la maestre.
Durante la cena, Xalara y Michelle estuvieron juntas, pero no se dirigieron la palabra.
Por la noche, Xalara era incapaz de conciliar el sueño.
Una y otra vez se repetía la misma imagen en su mente: la cara de Zolian, atemorizada ante su inminente muerte.
No podía engañarse diciendo que no disfrutó de ese momento, pero…
¿de verdad había levantado la espada para terminar con ella?
A esas horas aún no lo tenía claro. Odiaba a Samanta, eso era evidente; motivos no le faltaban, pero, de ahí a ser capaz de matarla…
A Xalara comenzó a faltarle el aire. Tuvo que sentarse en la cama para calmar su ansiedad mediante respiraciones lentas y acompasadas.
Poco a poco, logró calmar su voz interior, y fue entonces cuando notó que las ventanas estaban siendo azotadas por una lluvia intensa.
—¿Estás bien? —preguntó Michelle en un murmullo, asomando la cabeza desde su litera.
—¿Te he despertado? —lamentó Xalara—. Lo siento, no quería hacerlo.
No pudo soportarlo más y comenzó a llorar, tratando de ahogar su llanto con una mano.
Michelle bajó de su litera.
—Sé que no lo habrías hecho —dijo con calma, sentándose al lado de su amiga en el colchón.
—Eso no lo sabes —negó Xalara—. Ni siquiera yo lo tengo claro.
—Busca en tu interior —le aconsejó su amiga—. Estoy segura de que en él hallarás la respuesta.
—Eso llevo haciendo todo este tiempo.
—No lo sé. Ese consejo lo leí en una novela romántica —admitió Michelle, y, tras mirarla fijamente, la abrazó.
—No puedo dejar de pensar en que, si no llega a ser por… —sollozó Xalara.
—Lo único que importa es que no lo has hecho —la interrumpió Michelle, separándose del abrazo para mirarla directamente a los ojos—. Me da igual el motivo.
—Gracias, Michelle.
—¿Por qué?
—Por todo.
—Como no especifiques…
—Gracias por hablarme aquel día en el tren, por no tratarme como los demás, por ser como eres.
—¿Qué quieres, hacerme llorar a mí también? —dijo ella con una sonrisa antes de volver a abrazarla.
Este abrazo duró tanto que Xalara estuvo segura de que nunca había dado uno tan largo.
—Creo que estoy involucrada en las desapariciones —soltó de golpe, como si fuera algo que tenía atravesado en la garganta.
—¿A qué viene eso ahora? —preguntó Michelle, poniendo fin al abrazo.
—Desde la primera noche en Lúgardark, siento que hay una presencia.
—¿Una presencia? —cuestionó Michelle con el ceño fruncido.
—Sí —confirmó sin titubear.
—¿Cómo un fantasma?
—Exacto. Se mueve por el suelo, por el techo y por las paredes. Y a continuación vomito esa sustancia blanca.
—Me estás vacilando, ¿no?
—Ojalá —reconoció Xalara con el semblante mustio—. La noche de la primera desaparición, me desperté sudando a pesar de estar muerta de frío. Entonces me levanté al baño con fuertes náuseas, y allí sentí esa presencia por todas partes, pero fui incapaz de verla. Luego vomité ese líquido blanco.
—Pero… eso es imposible.
—No sé qué está pasando realmente en Lúgardark, pero te aseguro que yo tengo algo que ver. Sé que todavía no me crees, pero cuando la pared se tragó a Eizan volví a sentir esa presencia, y volví a vomitar lo mismo. Tú también lo viste.
—Sí, pero… —Michelle parecía haberse quedado sin argumentos para rebatir esa teoría.
—Ya te dije que en los últimos dos meses me han pasado cosas que la razón no entiende, y te aseguro que yo soy la persona más escéptica que existe. O al menos lo era.
—Tienes que contarle esto a alguien —sugirió Michelle.
—Te lo estoy contando a ti.
—Me refiero a alguien que pueda ayudarte de verdad. Diría que la Lady Maestre, pero ya no está. Puede que Viggo… Él es nuestro Maestre Jefe, se supone que debería ayudarnos.
—¿Cómo crees que reaccionaría él o cualquiera al que se lo contase después de encontrarme en la escena del crimen?
—Sí, tienes razón —admitió Michelle cabizbaja—. ¿Por qué no investigamos las desapariciones por nuestra cuenta?
—¿Nosotras? ¿Cómo?
—No lo sé, pero estoy convencida de tu inocencia, igual que siempre lo he estado.