Chapter 21 Un entrenamiento exhaustivo
La noticia de la destitución de Syliana Meistre y del nombramiento de Gustavo Zorien como su sustituto en funciones, no llegó a oídos de los reclutas hasta el día siguiente, cuando los Maestres Jefes de cada comarca acudieron a los barracones a primera hora para anunciárselo.
—Además del nuevo Lord Maestre en funciones —dijo Viggo, remarcando las dos últimas palabras—, debéis saber también que una patrulla de cuero negro se ha establecido temporalmente en Lúgardark.
Los reclutas se miraron unos a otros.
—Ellos escoltarán vuestros desplazamientos por el centro de formación militar. Esto significa que nadie entra, sale ni camina solo por cualquier estancia de Lúgardark.
Uno de los reclutas levantó la mano.
—Y las tareas de limpieza y cocina, ¿ya no serán realizadas por nosotros?
—En ese caso nada cambia —respondió el maestre—. Supongo que comprendéis la gravedad de la situación. Por eso os ruego una vez más que, si alguien tiene cualquier tipo de información o teoría sobre las desapariciones, por absurda que parezca, me la comunique lo antes posible.
Casi todos miraron hacia Xalara, que permanecía junto a Michelle en la parte trasera del grupo.
La rutina en Lúgardark no cambió en exceso. Sin embargo, la presencia de los cuero negro se hacía notar, porque siempre, al menos uno de ellos acompañaba al grupo.
No era necesario ser muy avispado para darse cuenta de que la vigilancia recaía especialmente sobre Xalara.
Ella estaba más que enterada de esa circunstancia, aunque actuaba como si no fuera así.
Resultaba incómodo tener esas constantes miradas clavadas en su nuca, pero al menos, estando un cuero negro presente, se ahorraba tener que soportar las seguras muestras de desprecio y desconfianza por parte de sus compañeros de comarca.
A pesar de que últimamente se habían olvidado de ella, tras lo sucedido, los viejos fantasmas volvieron a sobrevolarla.
Ni ella era capaz de no sospechar sobre sí misma, dado que sentía presencias invisibles que los demás no, y vomitaba una sustancia que nadie sabía lo que era. De alguna forma estaba ligada a esos extraños sucesos. La cuestión era saber por qué.
Solo un par de meses antes había estado buscando a un fantasma, ¿por qué no iba a ser factible algo así ahora?
No podía negar que la sombra de el Fantasma del Tiempo, es decir, de Érmul Nórebol, podría tener mucho que ver con las actuales desapariciones.
Al fin y al cabo, todo esto estaba pasando después de que él la mirase directamente en una de sus visiones.
Puede que la tuviera poseída para llevar a cabo sus fechorías dentro de Lúgardark.
Hasta entonces se había obligado a creer que solo era una loca apreciación suya, pero era evidente que debía comenzar a abrir el abanico de posibilidades.
Ese mismo día durante la comida, por el comedor circuló el rumor de que el Lord Maestre en funciones no se encontraba en Lúgardark, sino que se marchó justo después de asumir el cargo.
—Con todo este lío, aún no hemos tenido tiempo para que me cuentes cómo te encuentras —comentó Michelle en voz baja y de forma disimulada mientras comían.
—Estoy bien —mintió Xalara.
—No te creo —replicó su amiga.
—Pues créelo —insistió—. Estoy acostumbrada a ser el centro de atención.
—Debió de ser duro presenciar cómo la pared se tragaba a Eizan, ¿no?
—Sé que tú tampoco me crees, no hace falta que finjas.
—Es difícil hacerlo —reconoció Michelle—, pero te aseguro que lo intento.
—Mejor no sigas intentándolo —dijo Xalara de manera cortante.
—Lo que no entiendo es por qué sospechan de ti. Es imposible que tú tengas algo que ver en las desapariciones —opinó Michelle.
—Puede que igual no sea tan imposible —respondió Xalara de forma misteriosa, dejando a su amiga con una expresión indescriptible.
Luego se levantó para llevar la bandeja hacia la zona de fregado, donde se encontraba un grupo de reclutas asignado para esa tarea.
Después, Xalara se quedó junto a la puerta, esperando a que las campanas tañasen anunciando el fin del turno para la comida, momento en el que un cuero negro acompañaría a los del Noroeste a la clase de tácticas de guerra y estrategia.
Al día siguiente por la tarde, cuando los reclutas del Noroeste llegaron al patio de combate para recibir la instrucción de Gúlfrica Estéinar, se encontraron con algo inesperado: los reclutas de la Comarca Central estaban allí,
formando alrededor del perímetro con una disciplina ejemplar y portando una espada que mantenían apuntada hacia el suelo.
Los del Noroeste se quedaron en la entrada, esperando nuevas instrucciones.
Gúlfrica llegó enseguida con su habitual premura en el paso, empujando mediante arlasofía a unos cuantos para que le hicieran pasillo.
—No os quedéis ahí pasmados, entrad en el patio —les ordenó con su tono de voz grave.
Los reclutas fueron tras la maestre, intercambiando miradas desconcertadas.
—¡Los del Noroeste, formad de una maldita vez!
Xalara no sabía lo que estaba pasando, pero una creciente sacudida de preocupación se formó en el centro de su pecho.
—¡Escuchadme todos! —bramó Gúlfrica—. ¡Por consentimiento del Lord Maestre, hoy vamos a practicar la lucha de verdad! ¡Estamos inmersos en una situación complicada, por eso tenéis que empezar a saber defenderos de una maldita vez!
La mayoría de los reclutas del Noroeste se miraron con preocupación. Todo lo contrario les sucedía a los de la Comarca Central, ya que sus rostros clamaban violencia.
—¡Hoy vais a enfrentaros mano a mano entre comarcas! ¡He decidido hacerlo así para que los combates sean más reales! ¡Lo mejor sería que no os causarais daño, pero sé que eso va a ser inevitable!
Xalara vio cómo a Michelle le temblaban las piernas. A pesar de su increíble cambio físico y mental, algunos aspectos personales eran innatos y por lo tanto casi imposibles de borrar.
—¡Recluta Ruzfel del Centro y recluta Zúnkerberg del Noroeste, al centro del patio!
—Esto se pone interesante —musitó Xalara.
—Begagxio —dijo la maestre, estirando su brazo.
Un instante después, una espada volaba desde los estantes ubicados bajo el porche de la entrada hasta la mano de Diago. Él no solo parecía preparado para luchar, sino que lo deseaba fervientemente a juzgar por su expresión.
Xalara deseaba que lo destrozaran.
—¡Colocaos frente a frente! —les ordenó—. ¡Los que estéis a la espalda de los oponentes, apartaos de ahí y formad en otro sitio! ¡¡Ahora, luchad!! —gritó Gúlfrica sin haber dado el tiempo necesario para que se pusieran a cubierto.
Ambos contrincantes levantaron sus espadas al unísono y las sacudieron con suma rapidez. Los ataques de ambos se encontraron a medio camino, creando una potente explosión de luz plateada que provocó que Xalara tuviera que ponerse una mano delante de los ojos.
En el segundo envite, Diago reaccionó con más agilidad, lanzando un chorro de luz que avanzó como un relámpago hacia el recluta de la Comarca Central, quien logró detenerlo, haciendo que su espada vibrase al absorber el impacto en la guarda.
El tal Ruzfel era un chico con unas características combativas similares a las de su rival, por lo que la batalla se antojaba muy igualada.
Diago tuvo que apartarse por un nuevo ataque de Ruzfel, que un instante después lanzó otro haz de luz, obligándolo a rodar por el suelo para esquivarlo.
Esta vez estuvo muy cerca de recibir el impacto.
El recluta del Noroeste se levantó enseguida, no sin antes observar de forma fugaz el pequeño cráter luminiscente que el ataque provocó en el suelo.
Zúnkerberg volvió a la carga, adelantándose a su rival. Su ataque fue certero, pero desviado por Ruzfel hacia la derecha, lo que ocasionó que uno de los reclutas de la Comarca Central que estaban allí situados, tuviera que desviar el ataque hacia el cielo en última instancia.
Xalara pensó que, si ese rayo en lugar de haber sido desviado hacia los reclutas del Centro, hubiera ido contra los desarmados del Noroeste, ahora mismo estarían hablando de una tragedia.
Una vez más, la tercera clase estaba en inferioridad.
Esa certeza hizo que en su mente se inclinara la balanza hacia la victoria de Diago.
Era más justo, aunque no le gustara reconocerlo.
Tras un breve ensimismamiento, Xalara vio cómo Ruzfel sujetaba su espada con ambas manos y, en un giro de casi ciento ochenta grados, disparaba un haz de luz a su oponente.
Este puso la espada por delante, pero lo hizo con una sola mano, lo que ocasionó que la fuerza del ataque empujara su brazo hacia atrás, arrastrando el haz de luz que terminó impactando en su hombro derecho.
Todo ocurrió muy rápido, pero Xalara pudo ver cómo la sangre de Diago se mezclaba con el destello plateado del ataque al saltar de su hombro herido.
El silencio se adueñó del patio de combate, seguido por unos gritos de horror que provenían del lamento de Diago, que se desangraba mientras se retorcía en el suelo.
—¡Basta! —gritó la maestre corriendo hacia ellos—. ¡Fin de este duelo!
Michelle apartó la vista para no ver el hombro de Zúnkerberg. Xalara era incapaz de hacerlo. No sentía placer alguno por verlo en ese estado, pero tampoco le incomodaba. Ella había presenciado situaciones más violentas. En cierta forma, le inquietó su propia indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
En los siguientes minutos, bajo las pautas de Gúlfrica, varios reclutas y ella misma consiguieron neutralizar la hemorragia en el hombro de Diago, quien ya iba desmayado mientras era trasladado entre varios hacia el centro de sanación.
—¡No quiero ver esas caras de lástima y terror! —les recriminó Gúlfrica, todavía con las manos ensangrentadas, lo que le otorgaba un aspecto más fiero si cabe—. ¡Esto que acabáis de ver es la realidad de una guerra!
Xalara pudo fijarse en que muchos estaban realizando un esfuerzo para contener las lágrimas.
—¡Yo viví en primera persona la Guerra Civil de Bibrébem y sus horrores!
—gritó de nuevo—. ¡Vi cómo familiares y amigos se mataban entre sí por no compartir las mismas ideas!
¡Cuando acabéis la EDMO, muchos pensaréis que sois soldados, pero seréis muy idiotas si os lo creéis de verdad!