Chapter 20 En busca de una explicación #3
Dayana se levantó hacia la puerta. Poco después de salir, volvió a entrar en el despacho, esta vez acompañada de la recluta Samanta Zolian, que se sentó muy cerca de Xalara.
Syliana estaba convencida de que, durante las horas de receso en los interrogatorios, la capitana de los cuero negro no estuvo descansando; más bien lo contrario.
—Samanta Zolian —dijo Dayana—. ¿Qué tienes que aportar acerca de la relación entre Xalara Verdreven y el desaparecido Eizan Maguair?
—Son amigos —aseguró Samanta.
A su lado, Xalara parecía a punto de saltar sobre ella para asesinarla allí mismo.
—¿Por qué dices eso? —inquirió la capitana.
—Sé con total certeza que Verdreven y Eizan acudieron juntos a una reunión clandestina en el campanario.
—¿Por qué lo sabes?
—Porque yo también estaba allí —afirmó, agachando esta vez la mirada.
—Y, según tu opinión, ¿cómo es posible que una recluta de la Comarca del Noroeste y otro de la Central mantuvieran un tipo de relación tan estrecha, si apenas existe contacto entre ambas?
—Para esa pregunta no tengo respuesta —aseguró Samanta con visible fastidio.
—Muy bien, Samanta. Gracias por tu tiempo —dijo Dayana, invitándola a salir del despacho.
Cuando se marchó, la capitana volvió a centrar su atención en Xalara.
—Sé que ocultas algo —admitió—. Lo leo en tu rostro y en el tono de tus palabras, pero no hay ninguna prueba que demuestre tu implicación directa en las desapariciones, así que no puedo culparte de nada según las leyes del código penal.
Por eso volverás junto a tus compañeros para continuar con la rutina.
De todas formas, quiero que sepas que vas a tener las miradas puestas sobre ti.
—También las tenía antes —masculló Xalara—. ¿Puedo irme?
Esta vez fue Syliana la que asintió para responderle.
La intervención de Xalara Verdreven puso fin al interrogatorio por parte de la capitana de los cuero negro, quien se despidió prometiendo que muy pronto resolvería aquel misterio.
Syliana pasó el resto de la tarde sentada a su escritorio.
Varios maestres acudieron al despacho. Todos querían saber en qué derivó finalmente el intenso interrogatorio.
Sin embargo, ella no tenía la mente en las conversaciones, porque estaba esperando la inminente llegada de la presidenta del Gobierno.
Sabía que iba a suceder, y era consciente de lo que eso significaría.
Siendo honestos, Syliana había incumplido su promesa.
Cuando el reloj de péndulo ubicado encima de la chimenea marcaba las ocho y doce minutos de la tarde, unos golpes pausados sonaron en la puerta de su despacho.
—Adelante —respondió Syliana, expectante y temerosa a partes iguales.
Gustavo Zorien entró después de que el guardián le abriera la puerta. Fue también él quien se encargó de cerrarla.
El vicepresidente del Gobierno (entre otros cargos), portaba en su mano derecha una carta, caminando con determinación hacia el escritorio.
—Buenas noches, Syliana —saludó con una fingida deferencia.
—Buenas noches, vicepresidente.
—Hoy vengo en calidad de consejero de Defensa y Justicia —aclaró él, esbozando una pícara sonrisa.
—Siéntese, por favor —le ofreció al ver que no tomaba asiento.
—No, gracias. Lo que vengo a hacer no requiere de mucho tiempo.
Dicho esto, Gustavo extendió el brazo para entregarle la carta a Syliana, que la recogió tras ver el sello del Gobierno estampado en el lacre rojo.
La anciana tardó en abrirla, esperando a que él le dijera algo. No obstante, el consejero se limitó a mirarla con una estúpida y falsa sonrisa esculpida en su altivo rostro.
Ni siquiera terminó de leerla, porque en los dos primeros párrafos indicaba todo lo necesario. No hacía falta leer los falsos formalismos del final.
—Como verá —dijo Gustavo—, su destitución al frente de Lúgardark lleva la firma de todos los miembros del Consejo. Debe abandonar el centro de formación militar a la mayor brevedad posible.
Syliana sonrió de forma irónica en su interior.
Tenía gracia que la carta incluyera las firmas de todos los consejeros del Gobierno.
Sabía que una simple orden de Crispina bastaba para ejecutar cualquier decisión, pero la presidenta era consciente de que echarla a ella no era un decreto más.
Por eso se aseguró de que todo el procedimiento se llevara a cabo de forma legal y solemne.
Syliana se levantó muy despacio, esperando a que él saliera para dejarla recoger sus enseres personales, respetando su intimidad.
—¿Ha leído toda la carta? —preguntó Gustavo, seguramente sintiendo que no lo había hecho.
En lugar de preguntarle el motivo, la anciana decidió retomar la lectura. Efectivamente, el último párrafo era mucho más importante de lo que cabría esperar. En él se indicaba que Gustavo Zorien sería su sustituto hasta que se encontrara un nuevo candidato.
«Un cargo más» —pensó Syliana.
—La presidenta me ha trasladado el deseo de agradecerle los servicios prestados al frente de Lúgardark.
Syliana ni siquiera lo miró al escuchar sus fingidos agradecimientos.
—Por favor, recoja sus pertenencias —ordenó el nuevo Lord Maestre en funciones—. Dispone de media hora —concluyó antes de abandonar el despacho.