Chapter 20 En busca de una explicación #2
Él se detuvo, volviéndose hacia la mesa con una sonrisa un tanto desafiante.
—Siéntense, por favor —les ordenó—. Señor Estrango, quiero que sepa que estoy al tanto de su pasado en Lúgardark —admitió—. He estudiado el informe de aquella desaparición.
—¿Y qué se supone que debo decir ahora? ¿Quiere que le dé la enhorabuena por ello? —comentó Viggo, al que parecía haberle cambiado el semblante de forma repentina.
—No me importa lo que ocurrió aquí hace tres décadas —aclaró ella, cortante—, pero quiero que me diga qué opina de Xalara Verdreven. Al fin y al cabo, usted es su Maestre Jefe. ¿La cree capaz de asesinar a sus compañeros?
—En Lúgardark suceden eventos inexplicables a menudo —respondió él—, aunque no sé si tanto como que una adolescente sea capaz de secuestrar a otros dos sin dejar rastro para quitarles los huesos.
—Coincido con usted —admitió Dayana, inclinándose sobre la mesa—. Pero, entonces, ¿qué cree que ha podido pasar?
—Créame, si tuviera la respuesta, le aseguro que ni usted ni yo estaríamos sentados aquí.
—Lady Maestre —solicitó Dayana, desviando su atención hacia ella—. Usted ha sido la encargada de contratar a todos sus maestres, ¿no es así?
—Correcto —asintió.
—¿Por qué contrató a Viggo Estrango? ¿Qué tiene él que no tenga otro para ser maestre de arlasofía?
La anciana carraspeó antes de hablar.
—Por encima de cualquier talento, lo que más destaco de él es su honestidad y buen corazón —argumentó.
—¿Cree que esos atributos son importantes en un lugar con tanta brutalidad como este?
—Por eso son importantes —ratificó con un deje conclusivo.
—¿Por qué razón considera usted que fue investigado como el principal sospechoso de la desaparición que tuvo lugar aquí cuando era recluta? —preguntó la capitana, mirando directamente a los ojos de Viggo.
—Porque yo era el único que mantenía algún tipo de relación con el desaparecido —respondió él.
—¿Cómo definiría esa relación?
—Creía que no le importaba lo que ocurrió hace décadas —arguyó.
—Tiene usted razón —asintió la capitana—. Centrémonos en el presente. ¿Sabe si Xalara Verdreven tiene especial relación con alguno de sus compañeros?
—Solo con una chica.
—¿Quién?
—Michelle Nédelen.
La capitana se levantó bruscamente y se dirigió hacia la puerta.
—Encargaos de traer a la recluta Michelle Nédelen, deprisa —ordenó a sus subordinados nada más abrir.
—Maestre Estrango, usted puede irse —dijo, mirándolo desde la puerta abierta.
El maestre de arlasofía se levantó con torpeza.
Minutos después, Michelle entró en el despacho, con la expresión de quien va camino del patíbulo, acompañada por un par de cuero negro.
—Hola, Michelle —saludó la capitana.
—Hola —murmuró la recluta, mirando más a Syliana que a la propia Dayana.
—Siéntate, por favor.
La joven asintió y se apresuró en ejecutar la orden.
—¿Qué relación tienes con Xalara Verdreven? —preguntó con un tono bastante liviano.
—Es mi compañera de comarca —respondió titubante, como intentando desvincularse de ella.
—¿Solo eso?
—Bueno, también compartimos litera —Michelle era incapaz de responder mirando a la capitana.
—Tengo entendido que, además de todo eso, mantenéis una estrecha relación de amistad.
Esta vez Michelle no hizo uso de sus cuerdas vocales, sino que se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Has notado en Xalara algún comportamiento extraño?
—Ella es rara de por sí —reconoció Michelle.
—Define rara.
—Es muy solitaria. Creo que no se siente muy cómoda cuando está con gente.
—Sé lo que significa solitaria —apuntó Dayana, adquiriendo un tono más agresivo—. ¿La crees capaz de asesinar?
—No, por supuesto —aclaró, mirándola por primera vez en la conversación—. Dentro de su rareza, sé que es una buena persona.
—Todos somos raros —intervino Syliana, provocando una mueca de fastidio en la capitana de los cuero negro.
—¿Estás segura de que sería incapaz de matar? —insistió.
—Exacto —confirmó la recluta—. Pondría la mano en el fuego por ella si fuera necesario.
—Ya ha matado antes —arguyó Dayana—. ¿Por qué no iba a hacerlo ahora?
—Eso no está probado —respondió Michelle con una actitud rebelde—. Nadie ha podido demostrarlo.
—El expresidente Andris Bóstoul lo juró antes de perder el conocimiento. ¿Dudas de la palabra de un presidente del Gobierno?
Michelle no respondió ni hizo gesto alguno de negación o asentimiento, sino que apretó los labios con fuerza, como intentando sujetar sus opiniones.
—¿Seguro que no tienes nada que decir acerca de Xalara y su implicación en las desapariciones? —presionó, viendo la debilidad emocional que mostraba la recluta hacia su amiga.
—No, no tengo nada más que añadir a mi declaración.
—Mentir a la autoridad es un delito muy grave. Si se demuestra que lo has hecho… —sugirió Dayana.
—He dicho toda la verdad —zanjó Michelle, mirando con determinación a los ojos de la capitana.
—Muy bien. Puedes irte —ordenó esta con un tono circunspecto.
—Gracias —murmuró, antes de levantarse y salir por la puerta del despacho.
—Vamos a hacer un descanso —anunció la capitana.
A primera hora de la tarde, ni siquiera la Lady Maestre de Lúgardark sabía lo que estaba por acontecer.
Segundos después de que ella y Dayana volvieran a sentarse a la mesa del despacho, Xalara Verdreven entró en él, escoltada por cuatro cuero negro.
No iba esposada, pero era lo único que le faltaba para parecer una auténtica acusada.
Al verla, Syliana notó una punzada en el pecho.
Estaba convencida de que la chica no tenía implicación en las desapariciones.
Y la injusticia le tocaba en lo más profundo, porque ella la sufrió durante más de treinta años.
Xalara fue obligada a sentarse, aunque nadie se lo pidió antes. Entre la recluta y su Lady Maestre hubo una fugaz mirada compartida.
—Xalara Verdreven —dijo Dayana con rudeza—, ¿sabes por qué estás aquí?
—No lo sé —respondió con la mirada bien alta—. Dígamelo usted.
La capitana esbozó una sonrisa que no fue provocada por algo positivo.
—Fuiste hallada en el escenario de un crimen.
—Sí —asintió Xalara—, aunque más bien diría que fui testigo de un crimen. ¿Ya han buscado a Eizan? —preguntó con preocupación.
—¿Sabes dónde puede estar? —comentó Dayana.
—La pared se lo tragó —respondió—. No sé dónde puede estar, pero si yo fuera ustedes, estaría rompiendo esa pared para descartar que él esté ahí dentro.
—Eso es imposible —contratacó la capitana, con una expresión cada vez más tensa.
—¿Y que un cadáver aparezca sin huesos no lo es? —replicó la recluta permanente.
—No lo sé, dímelo tú.
—Es evidente que sí. Eso es algo que todos hemos visto.
—Pero que una pared se trague a alguien solamente lo has visto tú —refutó Dayana.
—No me siento afortunada por ello, se lo aseguro.
—¿Tenías algún tipo de relación con los desaparecidos?
—No, ninguna.
—Qué curioso, porque muchos aseguran haberte visto saliendo con Eizan del comedor poco antes de desaparecer. Y que él fue a buscarte a tu mesa. No fue lo que se diría un encuentro casual.
—Sí, es cierto.
—Entonces ¿por qué me mientes a la cara?
—No le estoy mintiendo —contestó Xalara, aunque esta vez se le notaba más debilitada en su respuesta.