Chapter 19 Las confidencias del maestre #2
—Hay una pregunta que llevo haciéndome diecisiete años —dijo, provocando que se detuviera para volverse hacia él—. ¿Quién mató al Lórdezeit?
—Alexios Kraus —respondió ella sin titubear, y se marchó sin darle la oportunidad de pedir explicaciones a su respuesta.
Viggo se quedó con la palabra en la boca, porque su siguiente pregunta iba dirigida a la credibilidad que le daba a la existencia de el Fantasma del Tiempo. Puestos a abrir la mente a sucesos extraordinarios…
De pronto sintió la necesidad de entrevistarse con Xalara Verdreven. Por eso dejó la botella sobre el escritorio y salió de sus aposentos.
En la puerta de la habitación donde permanecía recluida estaban apostadas tres personas: el guardián de Lúgardark y dos reclutas asignados para la vigilancia nocturna.
—Buenas noches —saludó Viggo, visiblemente ebrio.
Enseguida, los dos reclutas se apartaron de la puerta para permitirle el paso. Sin embargo, el guardián no lo hizo.
—Vengo a visitar a Verdreven —indicó.
—No sé si debería hacerlo —profirió Desvon.
—Soy el Maestre Jefe de esa recluta, y por si lo has olvidado, también tu superior —apuntó—. Por favor, hazte a un lado y no me obligues a utilizar malas formas.
—Lo último que quiero es un conflicto con usted —aseguró él—. Solo cumplo órdenes.
—Pues cumple las mías.
Finalmente, aunque reticente, el guardián se hizo a un lado.
—Gracias —asintió Viggo antes de abrir la puerta.
Xalara estaba sentada en una silla, leyendo un libro con tanta atención que tardó en darse cuenta de la presencia de su maestre de arlasofía.
—Veo que estás aprovechando el tiempo —saludó mientras echaba un rápido vistazo a la sucia habitación—. Aunque fingiré no haberme dado cuenta de que ese libro lo has sustraído de la biblioteca.
—No entiendo por qué sigo aquí —protestó la chica, que al cerrar el libro levantó una ínfima nube de polvo visible bajo la luz de la lámpara que había sobre una cómoda—. Yo no he hecho nada.
—Nadie dice lo contrario.
—Entonces ¿por qué sigo encerrada en vez de estar durmiendo junto a mis compañeras?
—Es complicado —argumentó Viggo sin saber muy bien cómo hacerlo—, pero ahora tienes la oportunidad de explicarme cada detalle de lo que pasó.
—No va a creerme, así que da igual lo que diga —protestó.
—Inténtalo —la animó, sentándose muy cerca en un taburete cubierto de polvo.
Xalara respiró profundo y con impaciencia antes de hablar.
—Eizan y yo estábamos hablando en el pasillo, pero de repente las luces empezaron a parpadear y la pared se lo tragó.
—¿Las lámparas parpadearon?
—Sí.
—¿Y cómo pudiste ver que la pared se tragaba a Eizan si la luz no funcionaba?
—He dicho que parpadeaba —le corrigió Xalara—, el pasillo nunca se quedó completamente a oscuras.
—¿Qué viste exactamente cuando Eizan desapareció?
—No lo sé, fue como si la propia pared cobrase vida y lo absorbiera. Todo sucedió muy rápido.
—Supongo que comprendes lo difícil que es para todos creer en tu versión de los hechos, ¿no?
—¿Y que un cadáver aparezca sin huesos? ¿Eso les resulta más creíble? —protestó con vehemencia.
Viggo esbozó una sonrisa resignada.
—Hay una pregunta que seguramente nadie te haya hecho todavía —dijo—. ¿El cadáver fue escupido por la pared o apareció sin más?
—Sinceramente no lo sé —contestó Xalara con naturalidad—. Cuando levanté la vista del suelo después de vomitar, lo vi allí, a mi lado.
—Esta pregunta quizás te parezca un poco extraña —avisó Viggo, cuyo corazón se aceleró al pensar en ello—. ¿Alguna vez has hecho algo fuera de lo común?
—¿Fuera de lo común? —repitió ella, frunciendo el ceño.
—Algo que no cumpla con las leyes de lo establecido —especificó.
—No, nunca —respondió, sin poder borrar una expresión confusa.
Viggo acababa de detectar cierta duda en su respuesta.
Ambos se miraron directamente a los ojos. Ninguno parecía dispuesto a perder su particular batalla de miradas.
—De acuerdo —asintió él mientras se levantaba.
—¿Cuándo van a sacarme de aquí? —preguntó la muchacha con impaciencia.
—No tengo ni idea —respondió antes de marcharse.
Quizá pecara de ingenuo, pero, aunque no del todo, creía en Xalara y su relato. Por eso bajó hacia el pasillo de entrada al comedor: quería ver con sus propios ojos la “escena del crimen”.
La entrada del pasillo estaba custodiada por un par de instructores supervisores armados.
—Lo siento, no puede pasar —dijo uno de ellos al verlo.
—Soy tu superior —indicó el maestre.
—Tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie —replicó el otro, de una estatura más grande y una voz más altanera.
—Mirad chicos, os lo voy a poner muy fácil —advirtió—. O me dejáis pasar ahora mismo, o haré que vuestra vida aquí dentro sea muy complicada, ¿lo entendéis?
Tras mirarse, se hicieron a un lado para permitir el acceso al maestre de arlasofía.
Viggo caminaba despacio, receloso de lo que iba a encontrarse.
Aunque el pasillo estaba a oscuras, enseguida atisbó la sombra de Wined en el suelo, o más bien lo que quedaba de él.
Jamás había visto algo así, y por eso no se recreó demasiado en la imagen.
Su mayor interés no estaba centrado en el cadáver, sino en la pared que supuestamente se había tragado a Eizan.
—Volter —pronunció el maestre.
Era imposible saber el punto exacto de la pared donde desapareció, pero por lo que había escuchado y la ubicación del cadáver, podía intuirlo.
Acercó su mano a la pared para iluminarla.
En ese instante se arrepintió de haber estado bebiendo.
Sin embargo, su cuerpo ya estaba acostumbrado y apenas alteraba la capacidad de sus sentidos.
Con su mano derecha iluminaba cada tramo, mientras que con la izquierda palpaba cada centímetro en busca de algo inusual o particularmente llamativo.
La primera duda, aunque absurda, quedó descartada enseguida, ya que la pared era sólida.
Después de un rato de investigación, descartando cualquier hallazgo reseñable, notó que una pequeña porción de pared estaba húmeda.
No lo había visto debido a su coloración oscura, pero al inclinar la mano iluminada en el ángulo justo, se vislumbraba a la perfección.
Viggo rozó la humedad con los dedos, y el frío que sintió fue más intenso que cualquiera que hubiera experimentado. Además, tenía una textura viscosa.
Entonces recordó que Xalara había vomitado algo, por eso se lanzó a iluminar el suelo, descubriendo una humedad más grande, pero con una apariencia y consistencia similares a la de la pared.
Tuvo claro entonces que la recluta permanente no estaba mintiendo, o al menos no en todos sus argumentos. La cuestión era demostrar cuánta verdad había en sus palabras.