Chapter 19 Las confidencias del maestre
La brisa nocturna, procedente de las Montañas del Norte, aullaba al colarse por la puerta entreabierta del balcón, en los aposentos del maestre de arlasofía.
Él se encontraba allí, con el cabello ondeando y los brazos colgando fuera de la barandilla. En su mano derecha sostenía una botella de cristal que contenía un líquido marrón.
Viggo frecuentaba el balcón por las noches, cuando ni el alcohol bastaba para sostener el peso de la soledad y tenía que pedirle ayuda a la fría brisa nocturna de Lúgardark.
Mientras estaba allí, a una altura que no era apreciable debido a la niebla, pensaba siempre en el suicidio.
En cómo una simple caída desde ese balcón pondría fin a su sufrimiento.
Cada noche repasaba mentalmente los pasos necesarios para llevarlo a cabo: salir al balcón, subirse a la barandilla y dejarse caer.
No sería la primera vez que completaba los dos primeros pasos con éxito, pero el tercero y definitivo, siempre se le resistía.
La puerta del balcón se abrió por completo; lo supo porque el susurro del aire cesó de forma instantánea. Luego miró hacia atrás, de soslayo.
—He llamado, pero nadie contestó —se excusó Syliana—. Siempre es mejor dejar las puertas cerradas —añadió.
—Prisionera de forma injusta, fundadora de la O.C.H., Jueza Suprema y, finalmente, Lady Maestre de Lúgardark a tus noventa y cuatro años; menuda trayectoria —comentó Viggo, arrastrando las sílabas.
—La tuya tampoco está nada mal —refutó la anciana—: recluta voluntario aunque obligado en Lúgardark, hijo vilipendiado por su padre, intento frustrado de profesor, camarero y otras profesiones de las que no tengo información…
miembro destacado de la O.C.H. y, finalmente, maestre de arlasofía en Lúgardark.
—Brindo por ello —respondió él, alzando la botella.
—No creo que estar pegado a una botella sea la mejor forma de espantar a los fantasmas de tu conciencia —opinó Syliana.
—Sí cuando eres un cobarde como yo —respondió sin mirarla.
—Eres muchas cosas, pero no un cobarde.
Viggo le dio un largo trago a la botella y miró a Syliana, como desafiando sus cumplidos.
—Nunca me has explicado la razón por la que me ofreciste el puesto —comentó él.
—Sé que tu mayor deseo siempre fue la docencia —argumentó.
—Hay muchos casos como el mío, ¿por qué yo y no otros?
—Porque el tuyo me atraía más.
—Soy un pobre melancólico adicto a la bebida, no tiene ningún sentido que hayas priorizado mi caso —opinó—. Has puesto en peligro tu posición, tu respeto social, todo lo que tanto te ha costado conseguir. No entiendo el motivo. No somos familia, tampoco amigos; no me debes nada —arguyó con enfado.
—No lo hice por ti, aunque sí te considero amigo —respondió Syliana, apoyando sus manos en la barandilla. Su lisa melena blanca se desplazó hacia atrás, empujada por la brisa—. Lo hice por el bien de la sociedad.
—Un maestre borracho y sin ganas de vivir nunca será un buen ejemplo para los jóvenes.
—No creo en los buenos ejemplos, pero sí en el buen hacer de las personas.
—Entonces vas a tener que buscar en otro sitio; si es que aún queda alguien vivo con esas características —explicó Viggo—. Mañana tengo intención de renunciar a mi puesto y abandonar Lúgardark. Es más, ya estoy renunciando ahora.
—¿Por qué motivo?
—Digamos que no soporto ni un solo día más aquí dentro —argumentó—. Creo que el propio Lúgardark está tan harto de mí como yo de él. Nunca debí volver a este sitio.
—Sé que lo estás pasando mal —admitió Syliana—. Como también sé que la autocompasión no forma parte de ti.
—¿Crees en las casualidades? —preguntó Viggo de forma inquietante.
—Nunca —respondió escueta y rotunda.
—Yo tampoco —coincidió él.
—Supongo que te refieres a las fechas de las desapariciones —comentó ella.
—Si no existen las coincidencias —insistió Viggo—, ¿cómo explicas que todas las fechas coincidan?
—Algo sobrenatural, ¿quizás? —sugirió la anciana con una leve sonrisa.
—¿Quieres hacerme creer en fantasmas, maldiciones, profecías y demás? —preguntó Viggo, dejando claro que no estaba para chistes.
—Soy una anciana que ha estudiado mucho a lo largo de los años. He tenido demasiado tiempo libre para hacerlo, créeme. Después de todo, y a estas alturas, he visto y oído cosas que jamás creerías posibles.
—Respóndeme con sinceridad —solicitó Viggo, mirándola directamente a los ojos—. ¿Por qué eres Lady Maestre?
—Porque quiero una sociedad en paz, fuerte y unida, donde las clases sociales no existan —dijo sin un ápice de burla.
—Y yo que en Lúgardark brille un sol que haga desaparecer esta maldita niebla —opinó el hombre con un tono mordaz—. Las clases sociales nunca desaparecerán. El poder pertenece a los que tienen riquezas. Les va muy bien así, jamás soltarán lo que tienen. Necesitan las clases sociales para mantenerlo.
—No te lo niego —reconoció la anciana—, pero quizás nos hemos acostumbrado tanto a este sistema que ya no sabemos vivir de otra manera.
—Estás loca —opinó Viggo, dándole un buen trago a la botella antes de apoyarse sobre la barandilla para mirar al norte.
—Las Cinco Comarcas están llenas de idiotas sin escrúpulos que se creen superiores al resto por el simple hecho de haber nacido dentro de una familia poderosa —dijo Syliana, volviendo a la carga—. Sin embargo, los casos en los que ocurre lo contrario se cuentan con los dedos de una mano.
—No soy el tipo de persona que crees —respondió, dándose por aludido.
—Estoy segura de que sí lo eres —dijo, mirándolo con firmeza—.
Tu padre sería un maldito embustero, puede ser, no lo sé, pero buscaba lo mejor para ti cuando quiso que te convirtieras en un gran político, como lo era él.
Seguro que vio ese talento oculto en ti, igual que yo lo veo ahora.
Tienes instinto para la política, lo supe desde que te conocí, y por ese motivo estás en Lúgardark.
Viggo negó en silencio, sin volverse hacia ella.
—¿Y qué se supone que debo hacer para ayudarte? —preguntó con un notable desinterés.
—Si fueras presidente del Gobierno, ¿seguirías con esta política continuista que fomenta la miseria de muchos para conseguir la riqueza y el bienestar de unos pocos?
—Yo nunca seré el presidente —dijo, esbozando una sonrisa de contrariedad—. Si esos son tus planes conmigo, ya te digo que te vayas olvidando.
—Lo sé —admitió—. Por eso no busco que seas presidente, solo que me ayudes a encontrar a la persona correcta para el cargo.
Necesitamos un presidente del Gobierno capaz de infundir respeto sin tener que renunciar a la benevolencia.
Alguien capacitado para tomar decisiones que beneficien a muchos a pesar de perjudicar a unos pocos.
Alguien que no tenga la necesidad de portar un gran apellido para ascender al cargo.
Alguien que tenga la determinación de Crispina y las buenas intenciones de Alexios.
—Necesitarás mucha suerte para encontrar a ese hombre o a esa mujer. Si es que existe, claro —añadió con una sonrisa burlona.
—¿Quién dice que tenga que ser un hombre o una mujer? —respondió Syliana—. No todavía al menos —añadió tras ver el retorcido semblante del maestre de arlasofía.
—No sé si he bebido tanto como para alucinar, o si eres tú la que está borracha. Puede que no sea ninguna de estas dos opciones, lo que sugiere que necesitas empezar a emborracharte cuanto antes.
La anciana sonrió y, sin apartar la vista de Viggo, soltó:
—Y si te dijera que esa persona correcta para el cargo está ahora mismo en Lúgardark.
—¿Tú?
—Tengo noventa y cuatro años —refutó la anciana—. Pude ser presidenta hace diecisiete. Tenía el poder a un palmo de distancia, habría bastado con estirar la mano para que fuera mío.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque no estoy preparada —reconoció, cabizbaja—. Durante mi juventud ambicioné el poder, y esa obsesión, esa vulnerabilidad que sentía hacia él, me llevó a cometer errores fatales que también repercutieron en mi familia, mientras transitaba por un camino muy oscuro.
—A mí no se me ocurre nadie mejor que tú para administrar ese poder —profirió Viggo.
—Me halagas, pero lo que trato de decirte es que… —insistió la Lady Maestre, intentando desviar de nuevo el rumbo de la conversación hacia sus intereses—. Hay ciertos escritos que aseguran que un día nacerá la persona capaz de crear una nueva sociedad.
—Suenas como el Lórdezeit —opinó el maestre con una mueca siniestra.
Se produjeron unos segundos de mutismo en los que cada uno intentó asimilar lo que ella estaba sugiriendo.
—Esa supuesta persona, ¿tendría la capacidad de realizar actos sobrenaturales? —preguntó Viggo, tratando de adivinar el pensamiento de Syliana.
—Es muy posible —admitió ella.
—¿Insinúas que está detrás de las desapariciones?
—No lo sé, cualquier opción es posible. Tú lo has visto, no es normal lo que está ocurriendo en Lúgardark.
—Esta conversación sobrepasa lo absurdo —dictaminó Viggo, volviendo a beber.
—Y, aun así, eso no la hace menos real —concluyó Syliana.
No lo iba a reconocer, pero él también contemplaba una causa sobrenatural como posible explicación de las desapariciones. Aunque distaba bastante de profecías que auguraban el nacimiento de un gran líder para la sociedad.
—He informado a las autoridades pertinentes sobre la segunda desaparición y el hallazgo del cadáver de Wined Nanton —anunció Syliana—.
Es más que probable que nos envíen a los cuero negro para realizar una investigación.
Supongo que sabes que casi seguro tú estarás en el centro de las investigaciones. Por tus antecedentes —añadió.
—No tengo nada que esconder, así que pueden investigar lo que quieran.
—Eso mismo iba a decirte —admitió la Lady Maestre—.
Respecto a lo anterior tienes dos opciones: puedes renunciar al cargo y marcharte mañana para ahogarte en litros de alcohol, mientras todos pensarán que huyes de la escena del crimen.
O, por el contrario, puedes quedarte aquí, enfrentarte a las sospechas y ayudarme a encontrar a esa persona que le dé sentido a una sociedad mejor.
Syliana se dio la vuelta y entró en la habitación dejando solo a Viggo. Él, tras unos instantes de debate interno, fue detrás de la anciana.