Chapter 18 La segunda desaparición #3
—No vas a conseguir que crea en estupideces —dijo, negándose en rotundo—. Toda esa historia suena a cuentos de miedo para niños. Dejando a un lado la imposibilidad de que aún existieran, tú nunca serías capaz de sobrevivir al ataque de un nukternoz. Ni tú, ni nadie.
—Pues lo hice —reconoció Xalara sin mostrar orgullo alguno por ello.
—No te creo —dijo Michelle, negando ostensiblemente, aunque a pesar de sonreír, su expresión y tono de voz reflejaran un atisbo de duda.
—Últimamente, he visto y oído cosas que jamás habría creído reales —aseguró Xalara con un tono sombrío—. Muchas de ellas son utilizadas para asustar a los niños, pero quienes las cuentan no imaginan que son verdad.
—No voy a creerte —insistió Michelle—. Deja de actuar como si fueras una vieja agorera.
—Víliam tampoco quiso creerme —comentó—, pero al final, después de todo lo que vimos, no le quedó más remedio que hacerlo.
—¿Él también vio a los nukternozes? —preguntó Michelle.
—No, pero tuvo que creer en cosas aún más increíbles.
—Ni yo misma entiendo el motivo, pero empiezo a creerte —admitió Michelle, aunque era difícil asegurar que lo dijera con sinceridad.
—Ojalá nada de eso fuera verdad —reconoció Xalara, queriendo zanjar el tema.
—Siempre he sentido curiosidad por Víliam —soltó Michelle—, pero nunca me he atrevido a preguntarte por él.
—Era un chico increíble, muy valiente. A veces demasiado —contó Xalara, con los ojos encharcados. Todavía era incapaz de hablar de él sin sentir un agujero profundo en el pecho.
—Imagino que es muy complicado para ti hablar de ello, pero… ¿qué pasó realmente aquel día en el Palacio de la Sede?
Una sonrisa resignada se dibujó en el rostro de Xalara.
—Si te lo cuento, seguramente no me creerías —comentó ella reticente.
—Tú inténtalo —sugirió Michelle—. Supongo que no es menos creíble que la existencia de los nukternozes.
—Por favor, deja de nombrarlos —pidió Xalara.
—Vale, lo siento.
—Lo que te voy a contar es una historia demasiado larga, llena de situaciones imposibles de creer si no las ves con tus propios ojos; y aun así te las replantearías.
—Dime por lo menos si entre tú y Víliam hubo… Ya me entiendes.
—Él estaba enamorado de mí —escupió sin tapujos, sorprendiéndose a sí misma por decirlo—, pero para mí solo era un amigo.
Michelle se quedó tan decepcionada con la respuesta que, de inmediato, pareció perder interés en cualquier otro tipo de información, volviendo a centrarse en la lectura de su novela romántica, como si se hubiera enfadado con su amiga creyendo que mentía.
Se palpaba un ambiente distinto en el comedor aquella noche.
Xalara era incapaz de explicar el motivo, pues todo transcurría como una cena más, pero ella percibía algo inquietante.
Quizás solo era por el insólito hecho de que la niebla, aunque no hubiera desaparecido, sí que había dejado paso a una lluvia intensa que golpeaba los ventanales.
Incluso desde allí pudieron escuchar algunos truenos.
El hecho de que Eizan Maguair acabara de sentarse a su lado de forma sorpresiva, consiguió que aquella sensación de molestia se convirtiera en una real y palpable.
—Tenemos que hablar —dijo él con firmeza.
—¿Qué estás haciendo? —protestó Xalara—. Vas a hacer que vengan los instructores.
—Me da igual que me castiguen, voy a hablar contigo sí o sí.
—Vale —asintió ella—, pero no aquí, salgamos fuera.
—Me parece perfecto —convino el chico.
Los dos muchachos salieron al solitario pasillo, donde el repiqueteo de la lluvia se escuchaba más intenso sin el filtro del leve murmullo que existía dentro del comedor.
—Ya hemos hablado suficiente —aclaró Xalara, con la intención de zanjar la conversación incluso antes de que comenzara.
Eizan no mudó su expresión de ansiedad.
—No vengo a decirte nada que tú no quieras oír.
Ni estoy aquí para salvarte o hacerme el héroe.
Porque solo tú puedes hacerlo. Lo único que quiero es oír que no me odias.
Que, a pesar de todo, podemos ser amigos.
Sé que tus sentimientos no son recíprocos, pero por favor, no me alejes de ti, si no la estancia aquí dentro va a ser una eterna tortura.
Xalara quiso decir algo, pero una náusea repentina le atenazó la voz.
—¿Te encuentras bien?
La única respuesta por parte de la chica fue otra náusea, esta vez más intensa que la anterior, justo cuando las luces de las lámparas comenzaron a parpadear.
—¿Qué está pasando? —cuestionó el chico, mirando hacia todos lados.
De pronto y de forma increíble, la pared que Eizan tenía a su espalda lo absorbió, al tiempo que Xalara vomitaba algo tan frío como el hielo.
Enseguida, las luces regresaron a la normalidad, permitiendo a Xalara ver el contenido de su vómito, aunque no era necesario confirmar lo que ya sabía: un líquido intensamente blanco y viscoso yacía en el suelo frente a ella.
Decenas de reclutas salieron del comedor, alertados por lo que acababa de ocurrir con las luces.
Al levantar Xalara la vista para observarlos, lo que sus ojos encontraron fue aún más aterrador que la imagen de Eizan siendo tragado por la pared de Lúgardark.
En el suelo yacía un uniforme militar que albergaba en su interior un cadáver, más parecido a la muda de una serpiente que a un cuerpo humano.