Chapter 18 La segunda desaparición #2
—¡Ya sabemos qué comarca ha quedado en último lugar! —anunció la maestre—. Pero no sabemos quién ha sido la ganadora —hizo una pausa—. Por lo tanto, hay que desempatar.
Los reclutas que habían nadado se miraron mutuamente. Sus ojos suplicaban que no les obligasen a volver a hacerlo.
—No obstante, ellos dos no están en condiciones de volver a competir —aclaró Brenda Lenders—. Por ese motivo, otros dos sustitutos nadarán en representación de sus comarcas para establecer el desempate.
Los reclutas del Noroeste y de la Comarca Central, comenzaron a mirarse nuevamente para buscar a su candidato.
—Pero esta vez no seréis vosotros quienes elijáis a vuestros nadadores —explicó Brenda—. Ahora seré yo quien se encargue de hacerlo. ¡Recluta Vosloi y recluta Verdreven, a nadar!
—Mierda —susurró Xalara, de forma que solo Michelle pudo oírla.
Al ver el pesimismo reflejado en el rostro de su amiga, deseó llorar de impotencia.
Xalara era una malísima nadadora, y todos lo sabían, incluida la maestre.
Mantuvo la mirada fija en Michelle, como esperando a que ella le dijese algo que pudiera animarla.
Luego cerró los ojos, apretando los párpados con tanta fuerza que incluso le dolieron.
Al abrirlos, esperaba encontrarse nuevamente en su litera, descubrir que todo había sido una pesadilla y sonreír aliviada. Sin embargo, no fue así.
—¡A vuestros puestos! —gritó la maestre.
Tras acariciar la mano de Michelle, Xalara se separó del grupo, caminando cabizbaja y con la mirada perdida.
Sabía que estaba atrapada en una encrucijada.
Se alineó con la otra recluta en la orilla, listas ambas para saltar al agua.
Cuando sonó el silbato, era como si un gancho invisible mantuviera sus pies fijos en la roca.
Iba a negarse a saltar, pero su cobarde decisión perjudicaría a mucha gente.
La mayoría de sus compañeros no le importaban lo más mínimo, pero no así su amiga Michelle.
Ella también acabaría pagando el precio de su cobardía.
Así que se preparó, iba a saltar al agua, aun a sabiendas de que no tenía posibilidades de ganar.
—¡Ella casi no sabe nadar! —gritó una voz masculina a su espalda. Era Diago Zúnkerberg, quien salió de la formación—. No es justo que compita, nos hará perder —insistió.
—En ese caso, la Comarca Central es la ganadora —anunció la maestre sin tapujos y para sorpresa de todos.
Xalara suspiró aliviada mientras los ganadores celebraban. Al volver al grupo y pasar al lado de Diago, estuvo a punto de pronunciar una palabra que jamás imaginó dirigirle, pero se obligó a ahogar un gracias.
El castigo al final fue el mismo para las cuatro comarcas que no ganaron. Pasaron toda la mañana en el patio, realizando un durísimo entrenamiento que castigó sus cuerpos. Peor le fue a Zúnkerberg. Él había sido arrestado y llevado a los calabozos por haber protestado una orden de la maestre.
Después de comer y darse una ducha, Xalara y Michelle fueron a la biblioteca.
Xalara entró sin ninguna pretensión; quería dejarse atraer por algún título que llamara su atención.
Así fue como encontró un libro sobre misterios y leyendas, un tema que le interesaba más que nunca.
Michelle, en cambio, se llevó una de sus novelas románticas, y juntas se sentaron a una mesa de lectura provista de un par de lámparas.
—¿Qué misterio estás leyendo? —preguntó Michelle, levantando ligeramente la vista de su novela unos minutos más tarde.
—El del origen de los… ya me entiendes —contestó Xalara.
—Pues la verdad es que no —reconoció su amiga.
—Ya sabes, los nuk…
—Nuk…
—Ter…
—¿Nukternozes? —preguntó demasiado alto, atrayendo la atención de unos cuantos.
—Mejor no digas su nombre.
—¿Por qué? —dijo con una sonrisa burlona—. ¿No creerás que todavía existen?
—Si yo te contara… —murmuró Xalara.
—¿Y qué dice ese libro sobre su origen? —preguntó, haciendo caso omiso a la sugerencia.
—Que llegaron desde más allá de las Montañas —respondió—, de las Montañas del Norte, para ser más específicos.
—No estás de acuerdo, ¿verdad? —cuestionó Michelle al notar su expresión incrédula.
—No tengo argumentos para desmentirlo ni para afirmarlo —reconoció con un deje de resignación.
—Para mí que todo eso son leyendas —opinó ella—. Lo único seguro es que esos espectros han desaparecido para siempre.
—No, siguen ahí —aseguró Xalara, con la mirada un tanto perdida, como si se contestara a sí misma.
—¿En serio lo crees?
—No es que lo crea, lo sé —aseguró una vez más, mirando ahora a su amiga con determinación.
—Te estás burlando de mí, ¿no?
—Ojalá fuera eso.
—En serio, Xalara, creo que estoy empezando a asustarme —admitió—. De no ser porque desaparecieron al mismo tiempo que el Lórdezeit, claro —añadió con burla.
—Fui atacada por cinco nukternozes —dijo Xalara, sin pensar que acababa de nombrarlos, aunque su corazón se aceleró tras decirlo—. En abril, a las afueras de Yadarme. Si cierro los ojos aún puedo verlos frente a mí en el bosque.
—Pero, ¿qué dices? —preguntó Michelle mientras sonreía de forma irónica.
—En realidad solo me atacó uno de ellos, y siendo sincera, todavía no sé cómo estoy aquí —admitió, omitiendo lo que vio después de ser atacada.
—¿Por qué me dices eso? —preguntó Michelle sin poder disimular cierto terror.
—Porque es la verdad.