Chapter 18 La segunda desaparición
Las siguientes dos semanas fueron muy distintas a todo lo anterior.
Además de haber llegado el mes de junio, aunque en Lúgardark eso no implicara cambios en cuanto a las condiciones climatológicas, el ambiente se calmó en torno a Xalara.
La humillación que sus compañeros agresores sufrieron por parte del maestre de arlasofía había roto por completo la pared invisible que la separaba del resto.
Incluso ahora Michelle y ella cenaban junto a los demás, en lugar de hacerlo apartadas en un extremo de la mesa.
Aunque nunca llegaran a ser amigos, al menos su relación se volvió menos conflictiva.
Lo más complicado estaba siendo evitar a Eizan.
A esas alturas debía reconocer que ese chico la había trastocado por completo, y eso le provocaba vergüenza y confusión a partes iguales.
Nunca pensó que alguien pudiera hacerle cambiar tanto.
Por eso, y aunque doliera, estaba convencida de haber tomado la decisión correcta al apartarlo de su camino.
Otra cosa fue cómo se lo tomó él, pues no dejaba de abordarla cada vez que la veía, llevándose siempre un gesto de rechazo y un silencio por respuesta.
Michelle tampoco entendía su actitud hacia él; pero ella ignoraba varios aspectos.
Durante ese tiempo, también estuvo esperando algún tipo de contacto que nunca llegó por parte de Huberto Cóbelpot.
Con el paso de los días, tomaba más fuerza la teoría de que el águila hubiera sido abatida, y con ella la persona que la controlaba.
No obstante, intentó aferrarse a la esperanza, recordando que Huberto era una caja de sorpresas; no sería la primera vez que sospechaba su muerte de forma equivocada.
En esas dos semanas avanzaron en las clases e instrucciones, volviéndose cada vez más complicadas, pero también más interesantes.
Por encima de todas destacaba la de combate.
El hastío que Gúlfrica Estéinar sentía hacia Xalara no menguó demasiado, pero al menos ya no estaba pendiente de ella a cada momento.
En los últimos días habían empezado a empuñar espadas arlasóficas reales, realizando pequeños lanzamientos contra la gruesa pared del patio de combate.
La maestre era muy estricta, y no dudaba en menospreciar a cualquiera que ejecutara de forma errónea alguno de los ejercicios.
Xalara, sin embargo, no era de las que más fallaban.
Era evidente que los consejos de Víliam le estaban sirviendo.
Inevitablemente pensaba en él y en su última imagen cada vez que blandía una espada.
Tampoco podía evitar acordarse de la que le habían dejado en herencia sus padres y que más tarde le arrebataron los herederos.
En clase de arlasofía se respiraba un ambiente muy distinto desde la humillación por parte de Viggo.
Habían avanzado mucho en la realización de algunas fórmulas.
Aunque este progreso tampoco era algo notable, porque la arlasofía era una habilidad innata en todos ellos y solo requerían práctica para dominarla.
Aplicarla al ámbito militar sería un proceso mucho más lento y complicado.
Pero sin duda, la instrucción más exigente estaba siendo la de formación física.
La maestre Brenda Lenders los machacaba cada vez que los tenía delante, empezando por la formación matutina.
Los reclutas llegaban abatidos a sus dormitorios cada noche.
Xalara no lo llevaba tan mal, dado que ella sufrió algo mucho peor cuando viajó a pie desde Yadarme hasta Bibrébem.
Después de un esfuerzo de tal calibre, casi todo lo que viviera a partir de entonces le resultaría poco más que un juego de niños.
Lo más sorprendente era el gran cambio físico que estaba experimentando Michelle, comprometida al máximo con su objetivo de ponerse en forma desde la sincera reprimenda de Xalara.
En apenas dos semanas había perdido cerca de siete kilos que la hacían parecer una persona distinta.
Incluso los uniformes le quedaban ahora de maravilla.
Lo peor para Xalara estaba siendo la natación.
Ella nunca había nadado antes. Durante los primeros días de instrucción, soportó las burlas de sus compañeros y el menosprecio constante de la maestre, algo tan horrible como hundirse una y otra vez en la piscina helada de Lúgardark.
Contra todo pronóstico, progresó bastante en poco tiempo.
Aun así, nadar no entraría nunca en su lista de cosas preferidas.
Era domingo, y Xalara se despertó antes del campaneo.
Su cuerpo ya estaba acostumbrado a madrugar y reaccionaba como si tuviera un reloj incorporado.
De manera repentina, el recuerdo de aquellos penetrantes ojos grises que la miraron durante la visión de la noche que ejecutaron a sus padres, inundó toda su mente.
Aquella mirada le producía escalofríos con solo imaginarla.
Aún no podía afirmar con seguridad que el Lórdezeit la hubiera mirado a ella.
Eso parecía irreal. No obstante, si él tenía la capacidad de ser un fantasma alojado en el interior de un reloj, ¿cómo podía descartar que también tuviera la capacidad de penetrar en sus visiones?
Era una opción retorcida y descabellada, pero a estas alturas era incapaz de negar cualquier posibilidad, por muy increíble que pareciese.
Le ocurrió algo parecido en su primera visión, producida durante el ataque de los nukternozes, cuando aquella chica que se acababa de convertir en una reina la sujetó por las manos para, aparentemente, ofrecerle la espada.
Se quedó tumbada durante un buen rato, contemplando la base de la litera de Michelle, que seguía durmiendo profundamente a juzgar por su estruendosa respiración.
A pesar de estar acostada, Xalara sufría un estado de agitación permanente, sintiendo que estaba en peligro.
Aquella sensación era causada por el tiempo que pasó escondiéndose de los herederos, y su estancia en Lúgardark tampoco es que hubiera ayudado demasiado.
«¿Qué habrá sido de los hermanos Kéitel? Y, más importante todavía: ¿Qué habrían hecho con su espada? ¿Ya se la habrían entregado al Lórdezeit? ¿Estarían buscando el Libro Guía?»
. Esa también era una buena pregunta: ¿Cuál sería el paradero de aquel libro tan peculiar?
La única opción posible era que alguien se lo hubiera llevado.
Ningún libro, ni siquiera ese tan especial, tenía la capacidad de abrir una cremallera de mochila, y encima bloqueada, para salir corriendo por un bosque de pinos.
En el patio, la maestre Brenda Lenders y sus instructores de supervisión recibieron a los reclutas de madrugada. Tras pasar lista, la maestre tomó el megáfono para comenzar a ordenar los habituales ejercicios físicos. Aunque, al ser domingo, serían más breves y menos intensos.
—Hoy realizaremos una formación distinta y será también un domingo atípico —anunció Brenda Lenders—.
Hasta ahora, ninguna de las cinco comarcas ha visitado el lago de Lúgardark y, después de varias semanas de entrenamiento en las que habéis adquirido un buen tono físico gracias a mi instrucción y vuestro esfuerzo,
ha llegado el momento de realizar la primera prueba que os enfrentará a reclutas de distinta comarca.
—¿Qué prueba es esa? —preguntó Michelle con cautela a la espalda de Xalara, que negó en silencio.
Desconocía en qué consistiría la prueba, pero un mal presentimiento comenzó a tomar forma en su mente: lago… competición… Esperaba equivocarse en su sospecha.
Haciéndolo en orden, cada comarca marchó detrás de su respectivo instructor en dirección al ala este.
Fue entonces cuando Xalara recordó el instante en que subieron las escaleras para llegar a la puerta de Lúgardark.
En aquel entonces tuvo la apreciación de que al otro lado de la barandilla había un lago.
Después de unos minutos de marcha, efectivamente llegaron al lago. No parecía muy extenso, pero la espesa niebla que flotaba sobre el agua impedía ver sus límites. Tampoco se distinguía su profundidad, pero era evidente que sus aguas estaban heladas, como casi todo en Lúgardark.
—Ahora —dijo la maestre una vez que todos llegaron—, cada comarca elegirá un candidato o candidata que tendrá que nadar hasta el final del lago y luego regresar.
Los reclutas comenzaron a mirarse, al parecer cada uno tenía en mente quién los representaría.
—Cada elegido saldrá al mismo tiempo. Y para que la prueba se considere superada, todos y cada uno de los elegidos tienen que llegar aquí con un banderín rojo que hay en el otro extremo del lago.
De no ser así, no se considerará superada la prueba —concluyó la maestre con una sonrisa malévola—.
Ahora reuniros y elegid a quién os representará.
Solo os concedo un par de minutos. Y elegid bien, pues la comarca que quede en último lugar sufrirá un duro castigo físico.
Por consenso mayoritario, en el Noroeste el elegido fue Diago Zúnkerberg. Todos sabían que físicamente era el más fuerte.
—¡Nadadores! ¡Tomad posición! —ordenó Brenda—. Si alguien quiere despojarse de alguna de sus prendas porque cree que nadará más cómodo, puede hacerlo.
Fiel a su arrogancia, Diago se despojó de la parte superior de su uniforme, dejando su musculoso torso al desnudo.
Los cinco nadadores elegidos: tres chicos y dos chicas, saltaron al agua con el estridente sonido del silbato de la maestre. No tardaron en ser tragados por la niebla. Ahora debían esperar a que dieran la vuelta, ya que en realidad nadie sabía cuánta distancia había hasta la otra orilla.
Minutos después, dos de los nadadores surgieron casi a la vez de entre la niebla, como si hubiesen sido trasladados directamente hasta ese lugar.
Xalara comprobó con una mezcla de alivio y fastidio que uno de ellos era Diago.
No obstante, el representante de la Comarca Central, un recluta moreno con el pelo muy corto y brazos muy largos, nadaba a la par, por lo que no se podía distinguir quién iba primero.
Los metros finales fueron agónicos, ninguno de los dos parecía capaz de llegar a la orilla.
Era imposible saber quién fue finalmente el primero en hacerlo. Los dos salieron temblando a causa del frío, y los instructores de supervisión les pusieron una pequeña toalla sobre los hombros, insuficiente para combatirlo.
Un par de minutos después llegó el tercer y el cuarto nadador. Y, por último, lo hizo la representante de la Comarca del Suroeste.