Chapter 17 Una relación entre comarcas #5
Para quien no lo sepa, los padres del recluta Zúnkerberg son ganaderos en su pueblo.
Tienen unas cuantas vacas que ordeñan cada día para subsistir vendiendo su leche.
El padre de la recluta Zanerya Zambrano pasó un par de años en prisión por haber robado en la tienda de alimentación de su pueblo, puesto que no tenía dinero para dar de comer a sus siete hijos.
Circunstancia que le obligó a mudarse junto a su familia desde la Comarca del Sureste a la del Noroeste.
Y, los padres del recluta Jon Manair abandonaron a su único hijo cuando se divorciaron.
Él ha tenido que ser criado por sus abuelos maternos.
Sus vidas son mediocres, igual que las de todos los demás.
Y, aun así, se creen con derecho a menospreciar a sus compañeros.
Zanerya, puedes volver a tu asiento. Vosotros dos no —dijo en referencia a Diago y Jon, quienes compartieron una mirada—.
Poneos uno frente al otro —les ordenó—. Ahora, quiero que Jon, valiéndote de la fórmula begagxio, le bajes los pantalones del uniforme a tu compañero.
—¿Qué? —preguntó Jon.
—No hace falta que lo repita —dijo con firmeza—. Estamos en clase de arlasofía, solo te he pedido que hagas una prueba con una de las fórmulas arlasóficas aprendidas.
—Pero…
—¿Te niegas a obedecer una orden de tu maestre? Hazlo.
—Sí, maestre —asintió—. Begagxio.
Tras tomar contacto con la ropa de Diago, comenzó a tirar de los pantalones hacia abajo.
—Parece que tendrás que soltarle el cinturón —sugirió el maestre.
Finalmente, Jon Manair cumplió la orden y dejó a su compañero en ropa interior, con la cara roja por la vergüenza que eso suponía.
—Diago —reclamó Viggo—. Ahora quiero que tú hagas lo mismo con Jon.
Muy pronto, los dos se quedaron en ropa interior delante de todos. Xalara se sintió satisfecha por esa humillación, porque al menos se hizo justicia. Michelle parecía pensar lo mismo.
Al finalizar la clase, Viggo abordó a Xalara, lo que provocó una mueca de contrariedad en su amiga.
—Quiero hablar contigo —dijo él.
—Voy ahora —le dijo Xalara a Michelle, que, aunque no lo manifestara con palabras, la estaba esperando al otro lado de la habitación.
—Tienes cara de cansada —comentó al quedarse solos—. Supongo que tu reunión de anoche debió ser dura.
Ella no esperaba que Viggo lo supiera. Aunque era ilógico sabiendo que el guardián los había visto.
—Fue una estupidez por mi parte —reconoció Xalara.
—Claro que lo fue. ¿Crees sensato relacionarte con reclutas de la Comarca Central?
—Supongo que no.
—No volverás a ver a ese chico —le ordenó el maestre—. Lo que tienes que hacer es formar una buena relación con tus compañeros de comarca. Ellos son los que van a estar a tu lado.
—Usted sabe lo que me hicieron —dijo Xalara, consciente de que la humillación a esos tres era como consecuencia de la paliza que le propinaron.
—Ellos piensan que están aquí por tu culpa —respondió Viggo con rudeza—. Es normal que te odien, yo también lo haría si estuviera en su lugar, pero hazles ver que no eres como creen.
—Tal vez sí lo sea —dijo Xalara.
—Hazles ver que merece la pena tener una amistad contigo —insistió Viggo—. Si no, tu estancia aquí va a ser muy dura. ¿Lo entiendes?
—Ya tengo una amiga.
—No es suficiente —replicó el maestre—. Tienes que intentar llevarte bien con la mayoría. Quizás no llegarás a ser su amiga. Tampoco es necesario que eso pase, pero al menos tenéis que mantener una relación de respeto mutuo.
La recluta asintió.
—Bien, vuelve con tu amiga.
Xalara y Michelle se dirigieron juntas hacia el comedor.
—Todavía no me creo lo que hiciste anoche —comentó Michelle.
—Si te soy sincera, yo tampoco.
—Ese chico es muy guapo.
—¿Quién? ¿Eizan?
—¿Así se llama?
—No me he fijado en cómo es —mintió Xalara.
—¡Venga ya!
—En serio.
—¡Eso no te lo crees ni tú! Ese tal Eizan te ha engatusado, y de qué manera.
—No voy a volver a quedar con él —aclaró.
—¿Por qué no?
—Porque solo me ha traído problemas —explicó, omitiendo que además Viggo se lo había prohibido.
En la puerta del comedor, alguien estaba esperando, medio escondido en la penumbra.
—¡Ey! —susurró Eizan—. Tenemos que hablar.
—Te espero dentro —dijo Michelle con una sonrisa antes de entrar en el comedor.
—Eizan, se acabó. No puedo volver a verte —dijo ella e intentó entrar al comedor, pero él la detuvo.
—Tengo que hablar contigo, por favor.
—No, Eizan. Estoy condenada a permanecer aquí toda la vida.
El muchacho sonrió.
—Xalara, eres una chica muy complicada. Y a veces te comportas como una niñata, pero bajo todo eso, estoy convencido de que eres maravillosa.
—Eizan, yo…
—Sé que anoche no debí llevarte a esa fiesta —hizo una pausa—.
Mira, no soy idiota. Sé que tú no podrás salir de aquí.
Por un largo tiempo al menos. Pero no puedo dejar de pensar en ti desde que te vi aquella mañana en la estación de tren, y ahora no imagino una vida en la que tú no estés.
No voy a dejar que te pudras en este sitio; no es justo.
—Tú no puedes hacer nada para evitarlo —replicó Xalara con tristeza.
—En eso te equivocas. Podemos fugarnos, juntos.
—Se acabó, Eizan. Lo siento.
Xalara entró en el comedor enjugándose una lágrima.