El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 17 Una relación entre comarcas #4
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Chapter 17 Una relación entre comarcas #4

—¡Cómo te atreves, asesina!

Xalara la imitó, apretando los puños hasta hacerse sangre en la palma de sus manos.

—¿¡Qué está pasando aquí!? —exclamó una voz desde la boca de la escalera—. ¿Qué es todo esto?

El guardián de Lúgardark accedió a la estancia dispuesto a arrestarlos a todos.

Sin embargo, mientras echaba mano a un par de reclutas, el resto lograron escabullirse y salir corriendo.

Entre ellos estaban Xalara y Eizan, que descendieron juntos la empinada escalera de caracol, haciéndolo casi a oscuras, dado que no les dio tiempo de activar la fórmula volter.

Cuando llegaron al final, se introdujeron nuevamente en los túneles del alcantarillado. Ellos tomaron un rumbo distinto al de la mayoría, a la vez que resonaba la voz del guardián a lo lejos. Eizan activó entonces la fórmula arlasófica que volvió incandescentes los dedos de su mano derecha.

—Espero que sepas por dónde vamos —protestó Xalara con dificultad para pronunciar, justo después de intentar sin éxito activar la fórmula volter.

—No tengo ni idea, pero vamos a ir por aquí —contestó, señalando una desviación a la derecha.

Allí se toparon con una rejilla entreabierta, cuyas oxidadas bisagras produjeron un desagradable crujido al terminar Eizan de abrirla para que pudiesen pasar. Luego volvió a cerrarla, eliminando la huella de su paso.

Avanzaron unos metros y se escondieron detrás de otra bifurcación, deteniéndose allí.

—Esperaremos unos minutos hasta que todo se calme —dijo él, desactivando la fórmula para quedar a oscuras.

—Creo que voy a vomitar —anunció Xalara.

Notó que sus entrañas pedían auxilio tras la ingesta de alcohol y el tremendo meneo que acababa de darles.

—Ni se te ocurra, que soy muy aprensivo.

Pero Xalara no pudo retenerlo.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—No, no estoy bien —admitió desde la oscuridad.

—¿Necesitas ayuda?

—No —respondió medio agachada, teniendo que apoyar una mano en la pared para no irse al suelo.

De repente percibió que alguien más, aparte de ellos dos, estaba allí.

—¿Quién anda ahí? —se cuestionó Xalara en voz alta, mirando hacia la oscuridad del túnel.

—Volter —pronunció Eizan para alumbrar hacia donde estaba la chica—. No hay nadie, no te preocupes. Aguanta un poco más y podremos irnos.

Aun así, Xalara no dejó de sentirlo: allí había alguien más. Estaba en el suelo, y al momento estaba en el techo. Un frío repentino que nació desde sus entrañas le provocó un nuevo vómito.

—Te digo que aquí hay alguien —insistió la muchacha que, de no haber estado embotada por el alcohol, habría desistido de convencerlo.

Eizan se acercó a Xalara, deteniendo su mirada en el viscoso líquido blanco que había vomitado.

Luego movió su mano para iluminar todo el espacio que podía alcanzar.

Vieron una insignia de la Comarca Central tirada en el suelo.

No podía ser de Eizan, puesto que el pijama no incluía ninguna.

Lo más sorprendente era que la insignia no estaba deteriorada, lo que suponía que llevaba poco tiempo allí.

—Aquí no hay nadie, Xalara —aseguró—. Estás demasiado borracha. Ha sido culpa mía, no debí llevarte. Lo siento.

El repique de campanas que anunciaba la llegada de un nuevo día, alcanzó los oídos de Xalara como un eco lejano. Incapaz de abrir los ojos, fue zarandeada por Michelle para evitar la reprimenda de la instructora de supervisión de dormitorios.

—Xalara. Despierta. Hay que levantarse.

La aludida gruñó. Se sentía fatal, como si sus músculos se hubieran puesto en huelga.

—Vamos. Tienes que levantarte —insistió, volviendo a zarandearla—. Hay que ir a la formación.

Para Xalara, todo lo que escuchaba formaba parte de un sueño que la acompañó durante toda la noche, donde un chico la conducía por unos túneles. Y también estaba Samanta Zolian. «Espera un segundo» —pensó—. «Eso no fue un sueño».

Entonces, abrió los ojos por completo. Su amiga la observaba de pie frente a ella, con un gesto que transmitía premura mientras terminaba de ponerse el uniforme.

—Venga, arriba.

A duras penas, Xalara se incorporó en su cama. Enseguida, su propio uniforme le azotó en la cara después de ser lanzado contra ella por la instructora.

—Como no te levantes enseguida, vas a arrepentirte de no haberlo hecho —le advirtió.

Esa amenaza provocó que se activara de verdad. Tenía mil dudas y lagunas en su cabeza, pero ya habría tiempo para aclararlo todo. Ahora, la prioridad era otra. Por eso se levantó, entre mareos y náuseas.

Tras hacer su cama de la forma más perfecta posible, bajo la exhaustiva supervisión de la instructora, quien le mandó repetirla varias veces, Xalara se unió a sus compañeros en el pasillo para dirigirse a la formación, siendo la última en hacerlo.

Definitivamente, su plan de pasar desapercibida estaba siendo todo un fracaso.

La niebla les recibió una madrugada más. Sin embargo, ya no era tan temida como antes, pues Xalara sabía que, más allá de ese impenetrable manto de oscuridad, había luz.

Xalara no acudió al comedor para el desayuno. Su apetito se había esfumado. Aunque tampoco le apetecía aguantar las preguntas y reproches que le haría Michelle. Por eso decidió ir directamente hacia el aula de historia militar, donde tendría lugar la primera clase del lunes.

Se sentía sucia por haberse emborrachado. ¿Cómo había caído tan bajo? No se reconocía, y ese sentimiento de autodesprecio la estaba castigando.

El maestre Viggo Estrango entró más deprisa de lo habitual en la segunda clase del día, lanzando una mirada de curiosidad hacia Xalara.

—¡Diago Zúnkerberg, Zanerya Zambrano y Jon Manair! —solicitó de inmediato—. ¡Al centro!

Sentados casi juntos, los tres reclutas se levantaron y se dirigieron al centro de la habitación.

—Esa no es forma de presentarse ante un superior —les recriminó—. ¡Firmes!

Los tres enderezaron su postura, alineándose de forma perfecta, como les habían enseñado. El maestre Estrango caminó hacia ellos con las manos a la espalda.

—Tienes una cara muy interesante —opinó Viggo, deteniéndose frente a Diago—. Los tres tenéis un rostro muy característico. Vuestras caras serían perfectas como dianas en los entrenamientos de espada.

Se produjeron algunas risas disimuladas entre los reclutas que ocupaban las gradas. Xalara vio cómo Diago apretaba sus puños, conteniendo la rabia.

—Algunos pensáis que sois más que otros.

Seguís sin ser conscientes de dónde estáis —comentó Viggo—.