El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 17 Una relación entre comarcas #3
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Chapter 17 Una relación entre comarcas #3

Se encontraba en un saliente, como suspendida sobre un manto etéreo de niebla.

Pero lo que tenía delante eliminó cualquier rastro de miedo.

El paisaje era simplemente sublime. Aquello superaba incluso a la vista nocturna de Bibrébem que experimentó desde aquel monte al llegar a la capital junto a Víliam.

Una sensación aún más potente que al ver por primera vez el Palacio de la Sede del Gobierno.

Las Montañas del Norte se alzaban majestuosas por encima de la niebla, bañadas por los últimos rayos de sol del atardecer.

El paisaje montañoso era tan inmenso, que no se llegaba a vislumbrar ni siquiera un posible final.

—¿Qué te parece? —preguntó el muchacho.

—Es precioso —reconoció Xalara, con la voz tomada por la emoción.

—Ahora, si abres los brazos así —dijo Eizan, cogiendo las manos de Xalara para extender sus brazos—, y fijas la vista en el horizonte…

—Parece que estoy volando —respondió ella sin evitar emocionarse.

Durante unos segundos, todo lo horrible desapareció. Solamente un pensamiento la alejaba de allí, y era la gratitud que sentía hacia Víliam por haberle regalado más tiempo. No obstante, lamentaba que él no estuviera a su lado compartiendo ese momento.

El estruendo de las campanas, proveniente del piso superior de la torre, anunciaba la hora de la cena, sacando a Xalara de su ensimismamiento. Eizan estaba demasiado cerca, pero hasta entonces no lo había notado.

—Cuánto odio este maldito ruido, desde el primer día —admitió él con fastidio.

—Creo que debemos ir a cenar —anunció Xalara, con un fuerte pitido en sus tímpanos.

Los dos reclutas abandonaron el campanario, no sin que antes ella echase un último vistazo hacia el paisaje cada vez más oscuro por la proximidad de la noche.

—¿Dónde has estado? —preguntó Michelle cuando Xalara se sentaba a su lado en la mesa del comedor.

—Viendo el sol —respondió con una sonrisa; aún continuaba embelesada.

—Te lo estoy preguntando en serio —insistió, frunciendo el ceño.

—Y yo te respondo.

—¿Cómo vas a ver el sol?

—Subiendo más alto que la niebla —explicó con un tono que parecía restarle importancia.

—¿Has estado con ese chico de la Comarca Central? —preguntó Michelle tras estar callada, como analizando las respuestas de Xalara.

—Sí —contestó ella con reticencia.

—Entre tú y él… —sugirió.

—Nada —aclaró Xalara, con mal talante—. Entre yo y él, nada. ¿De acuerdo?

—Vale, vale. No estaba insinuando lo contrario —explicó Michelle con una sonrisa pícara.

—¿Tú qué tal has pasado la tarde? —se preocupó Xalara, intentando desviar el foco de atención mientras cogía el tenedor para arremeter contra su cena.

—Pues he estado machacándome en el gimnasio.

Xalara se le quedó mirando, con la obvia pregunta suspendida en sus cuerdas vocales, pero sin llegar a brotar por completo.

—Siento lo que te dije esta tarde, fui muy desagradable —se disculpó con deferencia.

—No te disculpes. Al contrario, necesitaba que alguien me abriera los ojos de verdad —aseguró Michelle—. A partir de ahora, voy a convertirme en otra persona, empezando por la cena de hoy.

—Me parece una idea genial —opinó Xalara—.

Aun así, no me porté muy bien contigo. Igual que tú necesitas mejorar el físico, yo necesito mejorar mi actitud —reconoció—.

Quizá suene como una excusa —continuó. Después de estar toda la tarde con Eizan, sentía la necesidad de abrir su corazón—, pero, hasta hace muy poco, mi único contacto con otras personas se reducía a mi madrina.

Y entre nosotras existía una relación muy tóxica.

Supongo que por eso me sigue costando relacionarme con otras personas.

—Debió de ser muy duro perderla de esa manera tan cruel; pese a vuestra mala relación —comentó Michelle.

Xalara asintió con los ojos acuosos.

—Nos llevábamos fatal y no nos aguantábamos, pero, en el fondo… —Xalara no pudo continuar, porque el llanto acababa de ahogar sus palabras.

—Lo siento —dijo Michelle, bajando la mirada.

Xalara negó con un fingido gesto de indiferencia.

Al terminar la cena, las dos amigas salieron del comedor para dirigirse hacia su barracón. Tras una columna, alguien hizo un sonido gutural para llamar su atención. Era Eizan.

—¿Podemos hablar?

—Ya nos íbamos —respondió Xalara de forma cortante.

—Es importante —insistió él.

—Vete tirando —dijo Xalara a Michelle—, voy ahora.

Luego se acercó a Eizan.

—¿Qué quieres?

—¿Te gustaría alargar el domingo? —preguntó él.

—¿Qué?

—Esta noche voy a ir al campanario a hacer una especie de reunión nocturna. ¿Te apuntas?

—El toque de queda está a punto de empezar —argumentó Xalara.

—También lo estaba la otra noche cuando intentaste fugarte. Que yo sepa, eso no te impidió hacer una excursión por Lúgardark —replicó Eizan con una sonrisa.

—No tiene gracia.

—Necesito saberlo cuanto antes —se impacientó el muchacho.

—Estás loco —murmuró Xalara, y se marchó.

—No es la primera vez que me lo dicen —admitió con una sonrisa—. Si cambias de opinión, te estaré esperando en la entrada de la alcantarilla, pero no tardes demasiado.

Minutos después de que se apagaran las luces, Xalara, dejándose arrastrar aún por lo vivido en el campanario, salió de su cama con sigilo y, con la misma cautela, avanzó por los pasillos hasta llegar a la entrada oculta de la torre del campanario, donde, como había prometido,

la esperaba Eizan con una sonrisa.

—No debería estar aquí —se quejó ella.

—Opino que es justo aquí donde debes estar —replicó él.

—No quiero que vuelvan a encerrarme en los calabozos —insistió.

—Espera —dijo Eizan, con cara de sorpresa—. ¿Has estado en los calabozos?

—Sí —respondió sin ningún entusiasmo.

—¿Y hablaste con un chico que había en la celda de al lado?

Xalara miró a Eizan perpleja. Hasta ese momento ni se planteó que el otro recluta pudiera ser él, a pesar de todas las horas que compartieron. Su forma de hablar era inconfundible, y además le desveló su nombre en los calabozos. No entendía cómo no pudo darse cuenta antes.

—Yo creo que, en el fondo, siempre supe que eras tú, pero por alguna razón no quise asumirlo —admitió Eizan.

Sin detenerse demasiado a reflexionar sobre esa curiosidad, subieron juntos hacia el campanario.

Arriba del todo, sentados en el suelo formando un círculo, se encontraban varios reclutas de la Comarca Central, vestidos con el pijama reglamentario. Xalara se quedó atrás al verlos, pues no esperaba más asistencia que la suya propia.

—Ven, no seas tonta —susurró tirando de ella—. Buenas noches, chicos —saludó.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó un recluta de pelo lacio, apuntando a Xalara con el dedo nada más verla.

—¿Verdreven? —se sorprendió una chica rubia que estaba de espaldas cuando la vio.

Era Samanta Zolian, que se puso en pie totalmente indignada.

—¿Cómo se te ocurre traer a esta? ¿De dónde la has sacado?

—Resulta que Xalara y yo nos hemos conocido… esta tarde; y me ha caído muy bien.

—Es una asesina —dictó otra recluta muy delgada.

—Y una asquerosa tercera clase —afirmó Samanta, aunque su intervención no fue tan efusiva como las anteriores.

—Es mejor que me vaya —dijo Xalara en voz baja para que solo Eizan pudiera oírla.

—De eso nada —negó el muchacho—. Xalara es mi acompañante y se va a quedar aquí con nosotros. Ya veréis como en cuanto la conozcáis cambiáis de opinión respecto a ella.

—Yo la conozco desde hace mucho tiempo —aseguró Samanta.

—¿Y eso? —preguntó uno de los reclutas. Aunque todos deseaban escuchar la respuesta.

—Es una historia muy larga —respondió con desgana.

Eizan abrió un hueco en el círculo para que Xalara y él pudieran sentarse.

En el centro había algunas botellas alcohólicas.

Xalara se cuestionó su procedencia, llegando a la conclusión de que, si tenías el dinero suficiente, todo era posible, incluso dentro de Lúgardark.

Tampoco podía creerse que fuera a compartir una actividad supuestamente lúdica con Samanta Zolian.

—Vamos a empezar el juego —dijo uno de los reclutas, agitando una de las botellas antes de abrirla—. Yo empiezo.

—¿A qué vamos a jugar? —preguntó Xalara con inocencia, acercándose al oído de Eizan.

Él se rio, pero no respondió. Mientras el muchacho moreno que había tomado la voz cantante en el juego repartía un vaso para cada uno.

—Yo nunca me he enrollado con dos personas en la misma noche —dijo a continuación sin más preámbulos.

Varios bebieron entre miradas y sonrisas cómplices, pero Eizan no fue uno de ellos.

Xalara no conocía ese juego; no era de extrañar, ella jamás hizo cosas que estuvieran acordes a su edad. Pese a ello, entendió rápidamente las reglas.

—Yo nunca lo he hecho en casa estando mis padres en ella —dijo ahora una de las chicas que tenía el pelo muy negro y unos labios muy finos.

Solo un par de reclutas bebieron en esta ocasión. Luego le llegó el turno a la que menospreció a Xalara nada más llegar.

—Yo nunca he leído un libro entero.

Esta vez Xalara supo que le tocaba beber. Aun así, tardó unos instantes en decidirse a hacerlo. La bebida le sabía horrible, pero vació el vaso.

El juego continuó y tuvo que beber unas cuantas veces.

Incluso llegó a hacerlo cuando ni siquiera le correspondía, dejándose llevar por la situación.

El alcohol estaba adormeciendo la permanente ansiedad que sentía, y entonces comprendió el motivo por el que Huberto Cóbelpot bebía tanto.

Al fin y al cabo, tampoco estaba tan mal.

—Yo nunca he matado a nadie —soltó Samanta Zolian al llegarle el turno.

Todos se quedaron en silencio, aunque la atmósfera del lugar se enrareció tras el comentario. El corazón de Xalara se aceleró, empujado por una mezcla de rabia y tensión. Todos la miraban a ella, aunque algunos lo hiciesen de forma disimulada.

—Aquí hay alguien que está haciendo trampas —protestó Samanta—. ¿Por qué no bebes, Verdreven?

—Porque nunca he matado a nadie —respondió con tono tajante, aunque mirando al suelo.

—Tiene gracia que lo diga alguien que ha matado a decenas de personas —refutó Samanta—. Incluida su madrina y su único amigo.

Xalara despegó la vista del suelo y vació su vaso en la cara de Samanta, salpicando también a otros reclutas. Zolian se quedó paralizada, pero rápidamente se puso en pie, hecha una furia.