El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 17 Una relación entre comarcas #2
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Chapter 17 Una relación entre comarcas #2

—También te observé a ti —admitió Eizan—. El día del Reclutamiento en la estación de tren.

Xalara recordaba aquella circunstancia, pero fingió no hacerlo.

—¿Y también me escribiste un poema?

—Prefiero guardarme esa respuesta —respondió, arrebatándole la carpeta de las manos.

—¿Por qué no me dejas leerlo? —protestó ella, visiblemente molesta.

—¿Das por hecho que lo escribí?

—No lo sé. ¿Lo hiciste?

—Nunca lo sabrás.

—¿Por qué no?

Él no respondió, y Xalara entrecerró los ojos, cruzándose de brazos mientras lo miraba fijamente. Había algo en su actitud, en esa forma de jugar con las palabras y su entonación, algo que la descolocaba y enganchaba a la vez.

—Me lo tomaré como un sí —dijo ella, con una sonrisa triunfante.

—Tú sabrás —dijo el muchacho, encogiéndose de hombros.

—Así que escribes sobre personas que te llaman la atención —comentó Xalara, insistiendo en el tema.

—No exactamente. Solo si encuentro en ellas algo que me haga querer escribir su historia —Eizan la miró de reojo—. Y estoy seguro de que tú, mucho más allá de lo que todos conocemos, tienes una historia que contar, aunque te niegues a compartirla.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué historia crees que tengo? —preguntó con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—Creo que eres alguien que ha perdido mucho más de lo que deja ver —explicó—.

Una chica que, a pesar de las terribles circunstancias, sigue en pie, luchando contra todo y contra todos, especialmente contra sí misma —tras una breve pausa añadió—: Y aunque intentas alejar a cualquiera que se acerque a ti,

sigues esperando a que alguien se quede a tu lado el tiempo suficiente para confiar en él y poder contarle tu historia.

Xalara se quedó sin palabras, sintiendo que ese chico la había comprendido con más claridad de lo que nadie lo hizo nunca. Tuvo que apartar la vista debido a la vulnerabilidad que sintió de repente.

—Hablas como si estuvieras escribiendo uno de tus poemas —respondió finalmente ella, intentando restarle importancia.

Eizan sonrió al escuchar esa reflexión.

—Me lo dicen mucho.

No sabía qué pensar realmente de él. Acababan de conocerse, y resultaba intenso e incómodamente observador. Sin embargo, había en ese chico algo intrigante, una cualidad que despertaba su curiosidad y que la empujaba a querer seguir escuchándolo.

—La próxima vez que escribas algo sobre mí, quiero que me lo enseñes —dijo Xalara, intentando que le mostrara el poema que, estaba segura, había escrito sobre ella en la estación de tren.

—¿Tan segura estás de que vaya a escribirte algo? —preguntó de manera traviesa.

—Siempre tienes que mantener un poco de misterio, ¿verdad?

—Es parte de mi encanto —bromeó él.

Xalara negó, reprimiendo una sonrisa.

—Bueno —dijo ella, poniéndose en pie cuando sonaban las campanas—, hay que irse.

—¿Y si no lo hacemos? —cuestionó Eizan.

—¿A qué te refieres?

—A que nos saltemos la tarde.

La muchacha le preguntó con la mirada.

—Ni en la biblioteca ni tampoco en el gimnasio pasan lista hoy los instructores —comentó él—. Podemos tener una tarde libre sin que haya consecuencias.

Aunque en el fondo le aterraba esa opción, no supo cómo rechazarla, así que decidió dejarse llevar por la alternativa tras debatirlo internamente.

Pasaron la tarde juntos, tan deprisa que no fueron conscientes de ello. Ocultos en rincones donde permanecieron ajenos a posibles miradas. Xalara y Eizan conectaron de una forma especial. Ambos tenían una personalidad muy diferente que, sin embargo, se atraía como dos polos opuestos.

—Este sitio es horrible —comentó la chica mientras caminaban por uno de los largos pasillos que miraba hacia el norte—. Siempre rodeado de niebla.

—No te creas —opinó Eizan—. La niebla también tiene su encanto.

—Eso lo dices porque no estás condenado a verla durante toda tu vida —afirmó Xalara con resignación.

—¿Por qué dices eso? —preguntó él, deteniendo su paso.

—Soy recluta permanente, no volveré a salir de aquí —confirmó ella.

—Eso no lo sabes —dijo Eizan—. Además, estando en Lúgardark puedes ver la luz del sol todos los días; o bueno, casi todos.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó con una mezcla de burla y escepticismo—. ¿Vas a soplar la niebla hasta hacerle un agujero?

—Está claro que nunca has subido al campanario —dictaminó él.

—Ni siquiera sé dónde está —admitió Xalara, asumiendo que, desde allí, supuestamente se vería el sol, aunque le costaba creerlo.

—¿En serio? —preguntó él, mirándola con los ojos muy abiertos.

Ella asintió.

—Eso no puede seguir así. Vamos, ven —dijo, agarrando la mano de Xalara con ímpetu.

—No. Espera, Eizan. No quiero llamar la atención.

—Y no lo harás.

Estaba decidido a cumplir sus intenciones, y ella tampoco se negaba en rotundo a que así fuera.

Descendieron varias escaleras hasta llegar a la planta más baja. Luego recorrieron algunos pasillos hasta llegar al ala sur. Una vez allí, se internaron en otro pasillo y el chico se detuvo frente a una puerta de madera muy antigua, situada a mitad del corredor.

—¿Ves esa puerta? —indicó Eizan con entusiasmo—. Por ahí se sube al campanario, pero lógicamente está cerrada mediante arlasofía por el guardián. Así que utilizaremos otra entrada. Ven.

Eizan echó a andar tan deprisa que casi parecía correr. Cuando volvió a detenerse, lo hizo sobre una tapa de alcantarilla.

—Aquí.

—¿Tu genial idea es entrar por una alcantarilla? —cuestionó Xalara con asco.

—Lleva años inservible —aclaró Eizan—. Ahora el saneamiento de Lúgardark es mucho más moderno y va por otro tipo de conductos. Toda la mierda que pudiera haber aquí dentro está más que seca.

Luego levantó la tapa.

—Tú primero —le dijo a Xalara.

—¿Qué? No pienso entrar ahí.

—¿Quieres volver a ver la luz del sol?

—Sí, pero…

—Entonces, entra.

—¿Por qué yo primero? —preguntó la muchacha con recelo.

—Para poder cerrar yo la alcantarilla.

—Puedo hacerlo yo, no te preocupes —aseguró Xalara con un tono de ironía.

—Vale —asintió—. Solo era por ahorrarte el esfuerzo. Entonces, entramos ¿no?

Xalara hizo un gesto con la cabeza señalando la alcantarilla. Enseguida, Eizan metió los pies dentro del agujero, apoyándolos sobre unos escalones oxidados anclados a la pared. Ella lo siguió, cerrando sobre su cabeza la tapa de alcantarilla, mucho más pesada de lo que supuso.

Descendieron unos cuantos escalones hasta que tocaron suelo firme.

—Volter —dijo Eizan, activando la fórmula arlasófica que provocó que los dedos de su mano derecha se volvieran incandescentes, iluminando el estrecho túnel donde se hallaban.

Efectivamente, Xalara pudo comprobar sus sospechas. Allí abajo había mucha humedad y todo lo que eso conllevaba, incluido el desagradable olor que emanaba del suelo a pesar de los años que aquella alcantarilla llevaba en desuso.

—Vamos, no estamos muy lejos.

Unos metros más adelante se toparon con otra escalera, idéntica a la anterior.

La fórmula de Eizan se desactivó, dado que resultaba muy complicado mantenerla mientras su mano se aferraba a los escalones.

Sin embargo, una tenue iluminación que descendía desde lo alto, guio a los reclutas en su ascenso hacia una reja de alcantarilla.

Finalmente, emergieron en una nueva estancia donde unas escaleras de caracol ocupaban casi todo el espacio. Eizan comenzó a subir. Esta vez no hizo falta pedirle a Xalara que lo siguiera, aunque ella se detuvo un momento para observar la puerta de madera que antes habían visto desde el otro lado.

El número de escalones parecía interminable.

Había ventanas altas y estrechas, situadas aproximadamente cada cinco metros de altura, por las que apenas se filtraba luminosidad a causa de la espesa niebla.

Todo cambió cuando llegaron al final de la escalera, donde una iluminación anaranjada comenzó a inundar el interior de la torre, incrementándose al acceder a una estancia circular y más amplia, dividida en dos pisos conectados por unas escaleras de mano fabricadas en madera.

La luz del atardecer bañó el rostro de Xalara. Nunca disfrutó tanto viendo el sol, hasta el punto de que no pudo evitar derramar una lágrima.

—¿Me crees ahora? —preguntó Eizan con una enorme sonrisa.

Ella solo pudo asentir, porque era incapaz de articular palabra alguna.

Tras superar el impacto inicial, comenzó a fijarse en cómo era aquella estancia.

Estaba casi abierta por todos lados. Una barandilla de hierro te resguardaba de caer al vacío.

Después comenzó a caminar hacia una de esas barandas, deseando contemplar plenamente las vistas.

—Espera —solicitó Eizan, dándose prisa para ponerse delante de Xalara—. ¿Confías en mí?

—¿A qué viene esa pregunta?

—¿Confías en mí o no? —insistió él.

—Nunca he confiado en nadie —respondió con sinceridad.

—Pues hazlo ahora, y cierra los ojos.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—Porque, cuando los vuelvas a abrir, todo será mucho más maravilloso.

A pesar del desconcierto, Xalara confió en su promesa y los cerró.

Las sensaciones que le transmitía ese chico comenzaban a asustarla.

Jamás se sintió tan vulnerable con alguien, solamente con Víliam durante la infancia.

No sabía el motivo, pero estar con Eizan, en cierta forma, le producía un sentimiento de traición hacia él.

—Ahora dame tu mano —pidió el chico.

Xalara abrió los ojos y lo miró con desdén.

—No te arrepentirás si confías en mí, te lo aseguro —aseveró—. Por favor, hazlo.

Aunque todavía con dudas, la chica volvió a cerrarlos.

Sintiendo a continuación el roce de los dedos de Eizan al tocar su mano, dejándose guiar por él.

Después de unos cuantos e inciertos pasos, una brisa más intensa envolvió a Xalara.

No obstante, experimentó la sensación térmica más cálida desde su llegada a Lúgardark.

—Listo —dijo Eizan—. Ahora puedes abrirlos.

Xalara despegó los párpados, y su cuerpo reaccionó antes que su mente, obligándola a echarse hacia atrás de forma repentina.

—¡¡Gua!! —gritó, impulsada por el pánico.

Eizan estaba detrás, preparado para sostenerla, prevenido de lo que iba a pasar.

—Tranquila. Solo disfruta de las vistas.

Xalara logró controlar su agitación y ver con diafanidad dónde estaba.

Bajo sus pies, apenas una rejilla de hierro la separaba del abismo.