El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 17 Una relación entre comarcas
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Chapter 17 Una relación entre comarcas

—No imaginas cuánto me alegra que estés aquí —dijo Michelle durante la comida, con una sonrisa que parecía imposible borrar de su rostro.

La noche anterior, cuando Xalara regresó al dormitorio tras su frustrado intento de huida, encontró a Michelle llorando en su litera, con la cabeza hundida en la almohada para ahogar el llanto.

Xalara nunca había visto a alguien tan feliz por verla, y eso, en cierta forma, la reconfortó y la convenció, aunque solo a medias, de que su sitio aún estaba en Lúgardark.

—Yo no estoy tan alegre —admitió Xalara, que aún mantenía el semblante mustio—, pero tengo que aceptarlo.

La incertidumbre de si Huberto realmente había estado allí fuera, esperándola por medio de un águila, le provocaba más fastidio y frustración que el hecho de que Eizan Maguair la hubiera frenado en plena huida.

—Habrías muerto de no haber dado marcha atrás —reflexionó Michelle—. Era una auténtica locura lo que intentabas hacer.

Xalara le mintió a su amiga sobre cómo fracasó su plan de huida.

A ella le dijo que, cuando estaba a punto de irse, se arrepintió por miedo a caerse al vacío.

Además, adornó su historia asegurando que corrió por la cornisa buscando un lugar seguro por el que descolgarse.

Por supuesto, le había omitido todo lo referente a Eizan.

—Mejor vamos a dejar el tema, ¿vale? —pidió Xalara.

—Me parece genial —aceptó Michelle—. Tengo muchas ganas de volver a la biblioteca para pasarme toda la tarde del domingo leyendo. Desde la semana pasada le tengo echado el ojo a un libro que me apetece muchísimo.

—Michelle… —dijo Xalara.

—Dime.

—No quiero quitarte el ánimo, pero… quizás…

—Venga, dime.

—¿Eres consciente de tus dificultades aquí? Necesitas mejorar tu estado físico si quieres sobrevivir a esto —dijo finalmente Xalara.

—Lo sé —admitió ella, borrando su sonrisa por primera vez en todo el día.

—Eres lenta, Michelle, y torpe. No ves bien de lejos. Y estás… pasada de peso. —aseguró Xalara, e hizo una pausa prolongada antes de volver a hablar—. Deberías aprovechar la tarde del domingo para hacer deporte en el gimnasio.

—Oh, gracias, Xalara. Muchas gracias por levantarme el ánimo llamándome gorda —dijo enfadada.

—Lo que te quiero decir… —Xalara respiró profundo—. Michelle, Lúgardark es un sitio terrible que te devorará si no le pones remedio. La EDMO no es para alguien como tú.

—¿Alguien como yo? ¿Y sí lo es para alguien como tú?

—No quiero que te enfades por esto, pero creo que necesitabas que te lo dijera de forma tan clara para hacerte recapacitar. Yo voy a ayudarte a conseguirlo. Ambas nos ayudaremos —corrigió.

No obstante, en el fondo sabía que ella también necesitaba ayuda, aunque de una manera distinta.

—Lo siento —respondió Michelle—, pero creo que ahora mismo no me apetece hacer nada contigo.

Aunque su intención era buena, Xalara pensó que tal vez había sido demasiado dura. De pronto, notó que su amiga miraba hacia detrás de ella, con los ojos cada vez más abiertos. Antes de que Xalara se girase para ver el motivo, este se hizo notar por sí solo.

—Buenas tardes —saludó Eizan Maguair, atrayendo unas cuantas miradas a su alrededor mientras se saltaba varias normas.

—Buenas tardes —respondió Michelle.

—¿Qué tal te encuentras después de lo de ayer? —preguntó él, mirando a Xalara.

—¿Después de lo de ayer? —se sorprendió Michelle.

Xalara cerró los ojos, intentando disipar la incomodidad que sentía.

—¿Podemos hablar? —solicitó Eizan—. En privado —añadió al ver cómo Michelle parecía más interesada que la propia aludida.

—No puedo —respondió ella—. Ahora estoy con mi amiga e íbamos a ir a…

—No íbamos a ningún sitio —aclaró Michelle, interviniendo en la conversación antes de levantarse del banco para alejarse de ellos.

—Gracias por ayudarme ayer —dijo Xalara sin mirarlo—. Ahora puedes irte.

—No he venido a que me des las gracias. He venido para conocerte mejor.

Ella lo miró a los ojos, que eran de un color marrón, con pequeños matices dorados que jamás había visto antes en una mirada.

—Ayer aseguraste que no te conocía tanto como para poder juzgarte —aclaró él—. Así que he venido a cambiar esa situación.

Xalara soltó una breve risa, nerviosa e impaciente.

—Mira a tu alrededor —dijo la muchacha—, todos nos observan. ¿De verdad crees que te conviene hablar conmigo? —añadió, tratando de disuadirlo.

—Me importa un bledo lo que piensen —opinó Eizan, atrayendo más miradas al decirlo demasiado alto.

—Vale, vámonos de aquí —sugirió Xalara, levantándose del banco, incapaz de soportar la incomodidad del escenario.

Salieron del comedor y caminaron en silencio hasta llegar al claustro del patio trasero. Xalara vio que el chico llevaba una carpeta en la mano.

—Vale —dijo ella, apoyándose en la pared—. Está claro que te encanta ser el centro de atención. Ya lo has conseguido. Así que, te pido por favor, que no vuelvas a acercarte a mí.

—¿Quién es ahora la que juzga sin conocer? —replicó Eizan.

—Hablo en serio —profirió Xalara—. Te doy las gracias por evitar que me estampara contra el suelo y conseguir que tu patrulla no me viera.

—Fue un placer ayudarte —aseguró él con una sonrisa histriónica.

—Pero no quiero relacionarme contigo. No nos conviene a ninguno —continuó la chica, suspirando con impaciencia—.

Sé que puede parecer interesante acercarte a alguien como yo, de quien, por desgracia, todos hablan y opinan.

Si estoy hablando contigo es porque tengo miedo de que cuentes lo de anoche.

Tengo suficientes problemas; no quiero que tú seas uno más.

—Qué va —respondió él—, mi intención nunca ha sido esa. Pero he pasado toda la noche dándole vueltas, pensando en qué motivos puede tener una persona para querer suicidarse.

—¡Yo no quería suicidarme! —replicó Xalara—. Solo intentaba huir.

—¿Cayendo al vacío? ¿Por qué ibas a arriesgar tanto?

—Porque Lúgardark es una trampa mortal para mí —contestó con determinación.

—Como si aquella cornisa no lo fuera —refutó él.

—Todos me juzgan y me insultan por algo que no hice —admitió la chica.

Sin saber por qué, sintió que necesitaba abrirse con Eizan—.

Nunca busqué nada de esto, y ahora estoy dentro de Lúgardark, y tendré que estarlo toda mi vida.

Desde que entré aquí solo he recibido desprecio por parte de todos.

Menos de Michelle. Ella siempre me vio con ojos distintos.

—Igual que me pasa a mí —aseveró Eizan.

Xalara lo observó, tratando de hallar en su rostro la sinceridad de sus palabras. No había nada que indicara lo contrario.

—Esto es absurdo —opinó Xalara—. Te estás riendo de mí. Eres el típico graciosillo que sabe mentir muy bien para ganarse la confianza de la gente. Una vez más, gracias por haberme salvado, pero no quiero seguir hablando contigo.

Xalara se dio media vuelta para dejarlo plantado, pero lo hizo tan bruscamente, que tiró su carpeta al suelo, haciendo que se abriera y desparramara el contenido.

—Gracias —dijo Eizan con un tono irónico.

Cuando el recluta de la Comarca Central recogía los folios que se habían escapado de su carpeta, Xalara pudo ver lo que contenían, desatando su curiosidad.

—¿Escribes relatos cortos o algo así?

—Poemas —aclaró él desde el suelo, afanándose por recogerlo todo enseguida, como queriendo evitar que ella pudiera leer algo.

Aun así, se agachó para ayudarlo.

—Déjalo —pidió Eizan con demasiado ímpetu—, ya lo recojo yo.

Xalara, comprendiendo su deseo, se levantó.

—¿Puedo verlos? —preguntó una vez que terminó de recogerlo todo.

—Mejor no —respondió enseguida.

—¿Por qué no?

—Pues… porque son muy malos.

—Eso tendré que decidirlo yo, ¿no te parece?

Eizan cerró los ojos, inhalando aire de forma profunda antes de estirar su brazo hacia Xalara con la carpeta en la mano, quien recogió inmediatamente el ofrecimiento.

Ella se sentó en el poyo de piedra que bordeaba todo el interior del claustro. Eizan le dio la espalda, clavando la mirada en el patio, como si no se atreviera a presenciar la reacción que Xalara tendría a su trabajo.

—Son buenos —opinó ella tras leer unos pocos—. Son realmente buenos.

—Mi familia no piensa lo mismo —confesó con un tono lastimero.

—¿Tu familia? Puede que ellos tengan un gusto horrendo —opinó Xalara con gracia.

—Seguro que sí —dijo Eizan con una media sonrisa de resignación.

—¿En qué te inspiras para escribir? —preguntó mientras continuaba hojeando más poemas, medio ocultándolos al pasar por allí un recluta de la Comarca del Sureste.

—Esa es una buena pregunta —admitió Eizan—. Supongo que el hecho de estar tanto tiempo en soledad consigue que la imaginación vuele.

—Este poema, ¿es sobre una chica que te gusta? —preguntó Xalara después de empezar a leer otro—. Olvídalo, tampoco es necesario que me contestes a eso.

—Si me dejas hacerlo, quizá te lo cuente —bromeó Eizan, lo que desató una sonrisa nerviosa en Xalara—.

Ese relato lo escribí cuando conocí a una chica que se llamaba Selena —continuó—, pero a mí no me gustaba.

Narra la historia de ella y otro chico con el que se veía a escondidas.

Sus familias no les dejaban estar juntos por ser de una clase distinta.

Yo quise hacerles justicia creando este poema, donde su amor triunfa a pesar de todo.

A veces la realidad es muy aburrida y desoladora, por eso escribo, para que el mundo sea un lugar más atractivo.

Xalara examinó el rostro de Eizan. Tenía unos rasgos muy agradables, y su pelo medio revuelto, le recordaba a la hierba que rodeaba su casa en Yadarme al final de la primavera, cuando empezaba a adquirir ese característico tono pajizo.

—Mira —dijo, sentándose a su lado para rebuscar en la carpeta—.

Este lo escribí desde la ventana de mi casa.

Durante mucho tiempo, hubo una señora que a diario se sentaba en el mismo banco de la calle, siempre a la misma hora.

No hacía otra cosa que estar ahí sentada, observando a quienes paseaban.

Estaba una hora exacta y luego se marchaba.

Tal vez me equivoco, pero yo creo que esa mujer iba allí con su marido antes de que él muriese, y de esa forma volvían a reunirse cada día.

—Creo que tienes talento para escribir y observar a las personas que te rodean —reconoció Xalara.