Chapter 16 La huida de sí misma #5
Su corazón comenzó a bombear con mucha más fuerza mientras temblaba de pies a cabeza.
Tuvo que esforzarse para tomar el impulso necesario que le permitió subir hasta el alféizar.
Asomó primero las piernas para salir hacia el alero de tejado de apenas metro y medio de anchura, que guardaba las ventanas de pisos inferiores.
Muy despacio, sacó el resto de su cuerpo.
La inclinación del alero era lo bastante pronunciada como para replantearse volver adentro.
Además, las tejas estaban resbaladizas a causa de la permanente niebla, lo que aumentaba la sensación de peligro.
Xalara agradeció que la niebla ocultara el vacío que había al otro lado del alero; de no ser así, probablemente no habría tenido el valor de estar allí.
No había ni rastro del águila; incluso dudó de que fuera la noche indicada por Huberto para su rescate.
Tal vez ella lo entendiera mal. O quizá interceptaron el águila y la mataron.
Esa posibilidad abrió un nuevo interrogante: si un ave controlada por Huberto era asesinada, ¿él también moría?
Con esa duda clavada en el pecho, Xalara decidió ponerse en pie para hacerse más visible.
Se agarró al marco de la ventana para hacerlo, apoyando las manos por dentro del pasillo, pero sus dedos temblaban tanto que apenas tenían fuerza. Sus piernas lo hacían aún más.
—No te tires, por favor —dijo una voz masculina a su espalda, y Xalara giró su cuello para mirar hacia atrás—. Siempre hay otra salida —añadió.
Conocía a ese recluta de pelo castaño y cara cuadrada, Xalara lo había visto por primera vez en la estación de tren de Bibrébem, el día del Reclutamiento.
Ese chico llamó su atención porque la miraba de forma diferente al resto, como si la estuviera escrutando y dibujando.
Además, su voz le resultaba vagamente familiar.
—Lárgate, por favor —respondió ella—. Esto no va contigo.
—En realidad sí —replicó el muchacho, dando un par de pasos hacia la ventana donde estaba Xalara.
—No te acerques más —dijo ella.
—No voy a hacerlo —afirmó, echando las manos hacia atrás—, pero, por favor, vuelve adentro.
—Tú no eres ningún superior, por mucho que seas de la Comarca Central, no puedes darme órdenes.
—Sí que puedo si estoy de patrulla nocturna.
—No eres de esta comarca, vete a vigilar a otro sitio.
—Las patrullas nocturnas nunca vigilan su ala, para evitar algún posible trato de favor —explicó—. Una idiotez en mi opinión.
—Me da igual, no se te ocurra acercarte a mí —dijo Xalara, comenzando a perder los nervios.
—Sé que estás pasando por un bache, pero eso no justifica que te quites la vida.
—¿Qué? —protestó Xalara—. No voy a suicidarme. Además, ¿por qué te estoy dando explicaciones?
—¿Quizás porque soy un miembro de la patrulla nocturna?
—Por favor, márchate —insistió la chica.
—No puedo. Estaría incumpliendo mis obligaciones —refutó—. Por curiosidad, ¿sabes cuántos metros hay desde donde estás tú hasta donde la pared se une con el suelo?
—¿Qué importa eso ahora?
—Lo digo por si te caes.
—Da igual si me caigo, el golpe contra el suelo sería tan fuerte que ni me daría cuenta.
—Sí, por supuesto —afirmó él—, pero ¿has pensado cuántos segundos tardarías en tocar suelo?
¿Eres consciente de la cantidad de pensamientos horribles que pasarán por tu cabeza antes de que todo acabe?
Entonces querrás detener la caída, pero no habrá marcha atrás.
Ese es un sufrimiento emocional que me gustaría ahorrarme antes de morir.
¿Alguna vez has pensado en cómo quieres que sea tu muerte?
Xalara miró hacia el chico de nuevo, con una expresión de rechazo.
—A mí me gustaría hacerlo en mi casa —continuó—, calentito en mi cama después de haberme metido un buen atracón en la cena. Y, por supuesto, siendo un ancianito adorable.
—¡Me estás distrayendo! Vete de una maldita vez —suplicó Xalara, al borde de la desesperación. Así resultaba imposible concentrarse en intentar ver el águila—. No voy a tirarme, si esa es tu preocupación. Así que puedes seguir patrullando tranquilamente —añadió con sorna.
—Venga —dijo el chico—, sea cual sea tu intención, estoy seguro de que no quieres hacerlo. Lo veo en tu cara.
—No me conoces —discutió ella con enfado—. No te atrevas a juzgarme. Por mucho que haya salido en las noticias, nadie sabe realmente cómo soy.
—No te juzgo —aclaró—. Simplemente tengo el don de leer las caras; son como un libro abierto para mí.
—¿No me digas? —dijo Xalara con burla—. En serio, no quiero oír más estupideces.
—Qué frío más asqueroso hace aquí, ¿verdad? —comentó él.
—Pero, ¿qué dices?
—Me gusta mucho más el calorcito. ¿Tú qué opinas?
—¿De verdad estamos teniendo esta conversación, aquí y ahora?
—Como veo que no me haces caso, voy a tener que dar la voz de alarma para avisar de que te has saltado el toque de queda.
Xalara lo miró con odio.
—Aunque todavía te doy una oportunidad más para que lo pienses y vuelvas dentro —dijo el muchacho, adelantándose tanto que ya estaba muy cerca de Xalara—. No me chivaré de lo que he visto. Pero mis compañeros de patrulla estarán a punto de echarme de menos y vendrán a ver qué pasa.
—Eres un idiota —respondió Xalara.
—No es la primera vez que me lo dicen —admitió el recluta—, pero no soy yo el que está fuera de una ventana situada a decenas de metros sobre el suelo.
La muchacha se le quedó mirando, reflexionando sobre la situación.
—¿En serio no te parece que hace mucho frío ahí fuera? —insistió el chico—. Venga, entra y aquí no ha pasado nada. Te dejaré volver a tu cama sin decir ni una palabra. Será un secreto entre nosotros. Por cierto, me llamo Eizan Maguair.
Ese nombre… Xalara lo había escuchado antes, pero era incapaz de recordar cuándo ni dónde.
Volvió a mirar hacia el exterior, buscando sin éxito el águila de Huberto entre la niebla, resignándose a tener que permanecer en Lúgardark.
Pero ¿y si se tiraba? Había sopesado muchas veces la idea de que morir sería lo mejor para todos, especialmente para ella.
Sería poner remedio de una vez por todas a su sufrimiento, pero no podía hacerlo; Víliam merecía haber muerto por algo.
Y la verdad es que Eizan le recordaba en cierta forma a él.
Sin saber exactamente cuándo tomó la decisión, Xalara comenzó a meterse dentro. Sin embargo, su pie derecho resbaló en el verdín de las tejas, haciendo que se precipitase al vacío. Cuando daba por hecho que aquel sería su final, unas manos agarraron su brazo.
—¡Ayúdame, por favor! —gritó desesperada, dándose cuenta de que lo último que deseaba era morir.
—¡Te tengo! —aseguró Eizan, pero el brazo de Xalara se le escurrió un par de centímetros entre sus manos.
—¡Socorro! ¡Ayúdame!
—Escúchame bien, Xalara. Te tengo y no te voy a soltar, ¿vale? Ahora intenta agarrar con tu otra mano mi brazo.
Asintió y consiguió hacer lo que le pedía, hasta que pudo aferrarse por sí misma al alféizar.
Poco a poco, juntos lograron llevarla adentro.
Eizan cayó sobre ella, quedando en una postura comprometedora debido a la cercanía de sus cuerpos.
Ambos se miraron a los ojos, y Xalara notó que el color de los de Eizan era de un marrón especial, casi dorado.
—¡Eizan! ¡¿Dónde estás?! ¡¿Qué está pasando?!
—Corre, escóndete —dijo él, ayudando a Xalara a levantarse del suelo—. Métete ahí detrás —añadió, señalando un saliente en la pared.
Le hizo caso justo cuando cuatro reclutas de la Comarca del Centro aparecían en la boca del pasillo.
—¿Qué eran esos gritos? —preguntó uno de ellos.
—¿Gritos? ¿Qué gritos?
—¿Nos estás vacilando? —dijo el más corpulento—. Hemos oído voces de chica pidiendo ayuda.
—¡Socorro, auxilio! —dijo Eizan, imitando una voz chillona de mujer, no muy distinta del tono de Xalara.
—¿Te parece gracioso? —le preguntó una recluta morena.
—A mí sí —admitió Eizan.
—No tienes remedio —opinó otro, restándole importancia a la acción—. Pero cierra esa maldita ventana, hace un frío que te cagas.
—Ya estaba abierta cuando yo llegué —respondió antes de cerrarla—. Venga, vamos a seguir con la ronda.
Eizan se encargó de que se fueran por el mismo lado del pasillo por el que habían llegado, evitando así que vieran a Xalara en su escondite.