El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 16 La huida de sí misma #4
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Chapter 16 La huida de sí misma #4

—Llevadlo al centro de sanación de inmediato —ordenó la maestre, mirando a los reclutas que estaban antes al lado de Rénderson—. Aún respira.

Cuatro compañeros, dos agarrándolo por los hombros y otros dos por los pies, se llevaron al herido en medio de un opresivo silencio.

Diago, sin embargo, a pesar de haber estado a punto de quitar una vida, no parecía demasiado preocupado.

Al contrario, se mostraba satisfecho por la victoria mientras se reincorporaba a la formación.

—¡No pongáis esa cara! —dijo Gúlfrica, dirigiéndose a todos los presentes—.

Sabíais que esto puede pasar. Es un centro de formación militar, no un patio de colegio.

No quiero ni pensar lo que ocurrirá cuando empecéis a utilizar las espadas —aseguró con dureza y determinación—.

¡Verdreven y Nédelen! ¡Al centro del patio!

Las dos reclutas y ahora también amigas, se quedaron inmóviles al escuchar sus apellidos. La decisión de enfrentarlas era cruel incluso para Gúlfrica Estéinar. Xalara debió sospechar que esa posibilidad era plausible en una mente tan retorcida como la de la maestre de combate.

—¿No me habéis escuchado? ¡¡Al centro del patio!!

Con la cabeza agachada, Xalara y Michelle comenzaron a caminar. Esta última se afanó en colocarse el embutido uniforme a su figura corporal. Sin duda era un síntoma por su complejo de sobrepeso.

Ambas se colocaron de frente, pero sin llegar a mirarse todavía.

—Pelead —ordenó, pero no movieron ni un solo músculo.

Gúlfrica se acercó a Xalara.

—Después de todo lo que te ha pasado, ¿sigues teniendo ganas de insubordinarte? —le dijo en voz baja—. ¡Pelea! ¡Vamos! ¡Demuestra tu instinto asesino! ¡Ahora te permiten hacerlo! ¡Venga!

—¡¡Ah!! —tronó Xalara, arrastrada por la impotencia al ver cómo Michelle derramaba lágrimas.

—Vamos, dame —dijo ella al cruzar sus miradas—. Xalara, por favor. Atácame.

Apretó los puños, comenzando a llorar también.

—No —dijo Xalara finalmente—. No lo voy a hacer.

—Muy bien —intervino Gúlfrica—. Entonces te enfrentarás a mí. Nédelen, vuelve a tu sitio.

Michelle miró a Xalara, preguntándole con la mirada, y ella asintió.

—Veamos de lo que eres capaz, matapresidentes —dijo Gúlfrica, subiéndose las mangas de su uniforme militar hasta los codos a pesar del frío que hacía.

Sin mediar más palabra, la maestre empujó a la recluta, aunque sin utilizar una fuerza excesiva. Al parecer solo buscaba despertar su rabia.

—¿Tampoco vas a pelear conmigo? Sabes que lo estás deseando. Me odias, así que es tu momento para desquitarte.

Otra vez atacó la maestre, en esta ocasión dándole una patada por detrás de sus piernas, provocando que cayera al suelo arrodillada.

—¡Vamos, defiéndete! —exclamó Gúlfrica, que, sin retrasarlo, le lanzó otra patada directa a su torso.

Esta vez Xalara detuvo el golpe, colocando su brazo firme por delante. En la siguiente patada, que llegó enseguida, la recluta se agachó y rodó por el suelo para esquivarla, poniéndose de pie con un movimiento ágil.

—Eso es, Verdreven —dijo con una expresión mezcla de desprecio y ansiedad.

Xalara salió corriendo hacia ella, soltando un puñetazo que contactó contra su hombro.

Sin embargo, cuando creyó que llevaba ventaja, el brazo izquierdo de Gúlfrica se extendió golpeando con fiereza en la zona lumbar de Xalara.

Luego la maestre, con una rapidez difícil de comprender, abordó a su rival mediante una ráfaga de puñetazos que impactaron de lleno sobre el rostro de la recluta, que cayó al suelo de costado.

La maestre se tiró sobre ella, inmovilizándola.

—Deberías estar muerta, matapresidentes —dijo Gúlfrica apretando los dientes, con un tono que solo Xalara pudo oír—. Te aseguro que, con mucho gusto, ahora mismo te quitaría la vida. Eso alegraría a mucha gente.

La maestre de combate se puso en pie, dejando a Xalara en el suelo. Aun así, no tardó en incorporarse. Tenía el labio abierto y un ojo hinchado, pero no iba a darle a Gúlfrica ni tampoco a los demás el gusto de parecer una víctima.

Xalara no acudió al centro de sanación como demandaba el estado de sus heridas en el rostro. Por eso, su labio no dejaba de sangrar durante la cena, manchando el vaso de agua y la seca tortilla que comía al lado de Michelle.

—Matapresidentes —dijo Diago, reclamando su atención unos metros de mesa más allá—. Hoy te ha dado una buena paliza una señora que te saca treinta años. Debería darte vergüenza. Aunque te lo tienes bien merecido por asesina.

Los reclutas que estaban a su lado rieron de forma idiota.

—No le hagas caso —dijo Michelle, poniendo una mano sobre la de Xalara para tratar de calmarla y que no entrase en ese juego—. Deberías ir al centro de sanación, tus heridas tienen una pinta horrible.

—No pienso volver a parecer débil —respondió ella.

—No creo que eso te haga parecerlo —opinó su amiga.

—No voy a ir. Fin de la discusión —concluyó con impaciencia.

—Está bien. Como quieras… Pero si fueses… —insistió.

—Ya está, se acabó —refutó Xalara, utilizando un tono de voz más fuerte de lo que le habría gustado, mirándola con una expresión furiosa.

—Vale, me callo —aseguró Michelle.

—Me voy —anunció Xalara, poniéndose en pie—. No tengo hambre.

En realidad, sí que la tenía, pero no soportaba más el dolor ni el sangrado.

—Voy contigo —dijo Michelle.

—Es mejor que cenes —instó Xalara con sinceridad.

A pesar de haberse hecho amigas, continuaba sintiéndose más cómoda en soledad.

Tampoco necesitaba que la siguiera a todas partes.

Además, quería tiempo para pensar con tranquilidad, pues esa noche era la indicada por Huberto para escapar de Lúgardark.

Ella aseguró que ni siquiera lo intentaría, pero después de lo sucedido con Gúlfrica, quien era evidente que deseaba matarla, admitiéndolo sin ningún tipo de tapujo, su firme decisión estaba ahora en entredicho.

—Ya he cenado bastante —aseguró Michelle, levantándose también de la mesa—. Tengo que perder peso.

Xalara comprendió que no se atrevía a quedarse sola. Las dos reclutas abandonaron el comedor, dejando tras de sí un rastro de susurros y risas vacilantes. Además de algún que otro comentario obsceno al que no quisieron poner oídos.

El dormitorio se llenó al término de la cena. La instructora comprobó que todo estaba en orden antes de aprobar el ingreso en las camas.

Cuando se apagaron las luces, la mente de Xalara comenzó a funcionar a toda velocidad, produciéndose en ella un intenso debate sobre si intentar huir o quedarse dentro de su cama. Al menos el labio por fin le había dejado de sangrar.

Estuvo atenta a cualquier tipo de sonido o movimiento que surgiera en alguna de las camas. Hasta que supuso que todas sus compañeras estaban durmiendo. Por un momento, Xalara imaginó con exactitud un águila enorme sobrevolando Lúgardark, y entonces decidió que intentaría escapar.

Se levantó despacio, quitándose el pijama y vistiéndose sin hacer ruido con un pantalón de uniforme, una camiseta y, encima de esta, la cazadora vaquera que le regaló Huberto, despidiéndose para siempre de la antigua.

Antes de marcharse, colocó la almohada de tal forma que parecía su cuerpo tumbado bajo las sábanas.

Caminó hacia la salida del dormitorio de chicas, haciéndolo de puntillas para crear el menor ruido posible.

No obstante, antes de abandonar de forma definitiva el dormitorio, reparó en que una de sus botas tenía los cordones desatados y se agachó para ponerle remedio.

—¿A dónde vas? —preguntó Michelle, asustándola por la espalda—. ¿Y esa cazadora vaquera tan nueva?

Xalara le respondió con la mirada.

—¿Ibas a irte sin decirme nada?

—Porque sé que no lo aprobarías —explicó Xalara.

—Pues claro que no —reconoció, levantando demasiado la voz.

—Habla más bajo —murmuró Xalara.

—No puedes irte. Es imposible que lo hagas.

—Wined Nanton lo hizo —argumentó Xalara.

—No sabemos qué ocurrió realmente con él —replicó su amiga.

—Michelle, aquí todo el mundo quiere matarme, solo es cuestión de tiempo que alguien lo consiga. Al menos ahí fuera tendré una oportunidad. Se lo debo a quienes se sacrificaron por mí. Tengo que intentarlo por ellos.

—Para los demás, desertar de la EDMO supone una larga condena en prisión, pero tu deserción supondría la muerte.

—Solo en caso de que me encontraran —replicó Xalara.

—Lo harán.

—Tengo experiencia escondiéndome —arguyó.

—Esto no es lo mismo —discutió Michelle.

—Tú no sabes por lo que he tenido que pasar.

—Claro que no lo sé —admitió—, pero lo que sí sé es que por muy mal que estés aquí, ahí fuera va a ser peor.

Xalara la abrazó, provocando que se callara.

—Muchas gracias por estos días —dijo Xalara—. Espero que todo mejore para ti. Puede que algún día nos volvamos a ver.

—No vas a irte —aseguró Michelle, colocándose bajo el umbral con los brazos abiertos—. Te lo impediré.

—Michelle, aparta, por favor.

—No lo haré.

—Deja de hacer el idiota.

—Si te vas, empezaré a gritar para que todos sepan lo que estás haciendo —amenazó.

—Lo siento —dijo Xalara, justo antes de empujar a su amiga para apartarla, quien, a pesar de sus amenazas, no llegó a levantar la voz.

Salió del barracón de la Comarca del Noroeste, internándose en un largo pasillo apenas iluminado por la escasa claridad que se colaba por las ventanas.

Al parecer, más allá de la niebla, esa noche había luna llena.

Su mayor preocupación era toparse con alguna de las cinco patrullas nocturnas, conformadas por reclutas, que vigilaban Lúgardark cada noche.

No sabía en qué piso intentar salir por las ventanas que daban al noroeste, donde se suponía que estaría sobrevolando un águila enorme controlada por Huberto, a la espera de su llegada.

Subió algunas escaleras hasta llegar al piso más alto, donde encontró otro largo pasillo, cuyas ventanas exteriores daban a un vacío en el que resultaba imposible distinguir nada a través de la niebla. Si el águila no volaba cerca, sería complicado que Huberto la viese a ella y viceversa.

Antes de decidirse a abrir una de las ventanas, Xalara miró hacia ambos extremos del pasillo, confirmando que se encontraba sola.

Una fría y húmeda brisa le azotó el rostro en cuanto abrió.