El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 16 La huida de sí misma #3
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Chapter 16 La huida de sí misma #3

La batalla fue terrible. Aunque Árlay parecía tener ventaja gracias a la arlasofía, el ejército de Bibrébem era tan numeroso que, por cada soldado que Árlay mataba, Bibrébem lo reponía con otros cinco, igualando así las fuerzas y debilidades de cada uno.

Después de horas de cruenta batalla, ambos ejércitos fueron arrasados sin dejar apenas supervivientes; incluidos los reyes de ambos reinos, de ahí su nombre. Fue una batalla que no tuvo ganador.

No se podía negar que, a pesar de su tenue tono de voz, tenía una gran capacidad para narrar acontecimientos históricos.

—¿Creen ustedes que la absoluta convicción de Kester en el poder de la arlasofía fue un error estratégico por su parte? —preguntó el maestre—. Usted, recluta Gorey —dijo señalando a una chica que había levantado antes la mano.

—Sí —respondió ella—, creo que la excesiva confianza del rey Kester en las espadas arlasóficas fue un error estratégico por su parte.

—No repita lo mismo que le he dicho yo. Arguméntelo —solicitó el maestre.

—Pues… aunque las espadas arlasóficas en principio le otorgaban ventaja, el rey Kester subestimó otros aspectos fundamentales de la guerra, y eso le hizo perder la batalla.

—¿Ese le parece un razonamiento adecuado para una recluta de Lúgardark? —cuestionó Aldo.

—No lo sé, maestre. Supongo que sí.

—Usted, recluta Verdreven —dijo él, señalándola de repente—. ¿Qué papel cree que juega la superioridad numérica en una guerra?

Xalara notó todas las miradas clavadas sobre ella. Acababa de venirse abajo su plan de pasar desapercibida.

—Un ejército con mayor número de soldados puede soportar muchas bajas sin perder la capacidad de seguir luchando —respondió—.

Además, un mayor número de tropas permite abarcar más terreno, pudiendo realizar maniobras envolventes y proteger puntos críticos del campo de batalla.

La abundancia de soldados brinda a su comandante más flexibilidad para adaptarse a los cambios que surjan durante la batalla.

Un ejército multitudinario afecta a la moral de su enemigo, generando un sentimiento de desesperanza.

Aldo se quedó mirándola, con el mismo gesto de perplejidad que lo hacía el resto. Michelle estuvo a punto de aplaudir.

—Excelente respuesta, Verdreven —asintió el maestre—. Ha demostrado comprender muy bien lo que significa una ventaja numérica en el campo de batalla.

Diago Zúnkerberg, sentado un par de filas por delante de Xalara, se giró hacia ella.

—Es evidente que no tienes demasiado talento para asesinar —dijo él—, pero puede que sí para estudiar cómo hacerlo, matapresidentes.

Las risas disimuladas se desataron a su alrededor, haciendo que Xalara sintiera mucho calor subiendo por su cuello.

—Mejor cállate, Diago —protestó Michelle.

—Y todo asesino tiene su cómplice —dijo él, señalando a Michelle, lo que desató otra vez las risas—. Aunque sea un poco torpe —añadió.

El último comentario hizo que Michelle se ruborizase tanto, que Xalara creyó que su amiga acabaría metiéndose debajo del pupitre.

—Expónganos su opinión sobre la Batalla de los Reyes Muertos, recluta Zúnkerberg —reclamó el maestre—. Dado que parece tener ganas de hablar.

La pregunta hizo que Diago tuviera que volver la vista al frente, donde estaba el maestre.

—Pensaba que estábamos en historia, no en estrategia. No sé qué opinará el maestre Zoris al respecto. De todas formas diré que… si un ejército es más numeroso, lo normal es que gane —contestó.

—Quizá debería mirarse a sí mismo para comprobar su propia incapacidad antes de opinar sobre la de los demás —le recriminó el maestre—. ¿Por qué no veo a nadie tomando nota de lo que estamos hablando? ¿Pretenden superar así las pruebas al final de estos seis meses?

Todos empezaron a escribir en las libretas que reposaban sobre el tablero de sus pupitres. Diago dirigió una última mirada hacia Xalara, pero ella ni siquiera intentó corresponderla, bajando inmediatamente la vista hacia su libreta.

—En la guerra, como en la vida, lo más importante es tener una planificación, eso es lo que marca la verdadera diferencia entre el éxito y el fracaso. La ambición nunca lleva a nada bueno sin una buena estrategia previa —concluyó el maestre.

Por la tarde, Xalara y Michelle estaban sentadas en el patio trasero, matando el poco rato que tenían antes de dirigirse a la instrucción de combate.

—Has estado genial en historia militar esta mañana —comentó Michelle—. Tu intervención ha sido grandiosa.

—No lo hice por gusto. El maestre me obligó —respondió Xalara, sin compartir ningún tipo de entusiasmo.

—¿Y la contestación del maestre a Diago? —dijo Michelle—. Ese es sin duda mi momento favorito desde que estamos en Lúgardark.

—Nos habría convenido más que no lo hubiera hecho —opinó Xalara—. Eso cabreará a Zúnkerberg y lo pondrá todavía más en nuestra contra.

—No lo había visto así —admitió Michelle, apartando a un lado su entusiasmo.

—Seguramente sea eso lo que ha pasado —insistió Xalara.

—¿De verdad conocías esa batalla, o solo has respondido a la pregunta? —cuestionó Michelle.

—Me he pasado la vida encerrada en mi habitación leyendo libros de historia.

—Yo solo leo novelas —dijo Michelle—. Los libros de no ficción me aburren un poco.

—Yo apenas tenía novelas. Mi madrina se negaba a comprarlas. Para ella ese tipo de historias solo eran una pérdida de tiempo.

—Tuvo que ser muy dura la muerte del único ser querido que tenías, ¿no? —preguntó Michelle un tanto titubeante.

—Prefiero no hablar de eso —contestó Xalara, levantándose del banco al sonar las campanas señalando el cambio de instrucción—. Vamos, no nos conviene llegar tarde a ver a Gúlfrica Estéinar.

«Aunque, en realidad, preferiría no llegar nunca» —pensó.

La instrucción de combate era, sin lugar a dudas, la peor para Xalara, porque significaba reencontrarse con una maestre que, desde el primer día, no mostró ni el más mínimo esfuerzo en disimular su odio hacia ella. Sin embargo, a esas alturas, el sentimiento de desprecio era mutuo.

Los reclutas del Noroeste formaban alrededor del perímetro cuando la maestre de combate hizo acto de presencia.

—Hoy vamos a comenzar con las pruebas de fuerza y destreza para saber en qué punto estáis —saludó ella, llegando con su habitual prisa, como siempre—. Supongo que en uno muy pésimo. ¡Recluta Índelor! ¡Recluta Garret! ¡Al centro del patio!

Los dos reclamados dieron un paso al frente, titubeantes y algo asustados.

—¡No tengo todo el día! —protestó Gúlfrica—. ¡Al centro del patio he dicho!

Esta vez completaron la orden, quedándose uno enfrente del otro, separados por unos pocos metros entre los que se encontraba la maestre.

—Ahora quiero que peleéis hasta que uno de vosotros no pueda levantarse del suelo.

Los muchachos se miraron mutuamente y después a la maestre.

—¿Hoy estáis sordos o qué? ¿Qué pensabais, que veníais a Lúgardark de vacaciones? —exclamó Gúlfrica dirigiéndose a todos—. Aquí habéis venido como castigo. Además de para convertiros en soldados. Sé que será casi imposible conseguirlo, pero no dejaré de intentarlo. ¡Y ahora, pelead!

Ashe Índelor se lanzó contra Garret y chocaron ambos en un golpe que sonó a huesos rotos.

Ashe era más grande que su oponente, pero el chico apellidado Garret era más rápido y ágil que él, lo que igualaba la contienda.

Ambos lograron conectarse un puñetazo, y después otro, hasta que uno de los dientes de Garret salió volando.

Xalara sintió un leve mareo. Por un instante volvió a recuperar todo ese dolor y malestar que tenía durante su estancia en el centro de sanación. Michelle, instintivamente, agarró su brazo en un claro gesto de terror.

Garret cayó finalmente al suelo, levantando una mano en señal de rendición.

—Ve al centro de sanación para que te corten esa asquerosa hemorragia —le ordenó Gúlfrica—. Seguro que la próxima vez defiendes mejor tu cara —dijo cuando el herido pasaba a su lado en dirección a la salida del patio.

Con aire triunfal y un pequeño corte en el labio, Ashe Índelor regresó a su lugar en la formación.

—¡Recluta Rénderson! —gritó la maestre—. ¡Y recluta Zúnkerberg! ¡Al centro del patio!

Diago rebosaba carisma y arrogancia observando a su oponente.

Este, en cambio, lo miraba a él como si fuera a ser su verdugo.

La situación invitaba a pensar en eso, ya que Zúnkerberg era como veinte centímetros más alto y otro tanto de ancho.

Rénderson tenía pocas o ninguna posibilidad de salir triunfante, y él lo sabía.

—¡¡Luchad!!

Diago movió un pie, haciendo un movimiento muy leve, pero suficiente para que el otro retrocediera un par de metros.

Estaba claro que lo hizo para burlarse y provocar las risas entre los presentes, lo cual le encantaba.

Xalara estaba convencida de que Rénderson saldría corriendo de ser esa una opción posible.

—¡Vamos! ¡No tenemos todo el día! —gritó una vez más Gúlfrica con su voz áspera.

Esta vez Zúnkerberg hizo más que un pequeño movimiento, abalanzándose sobre su contrincante, que, aunque intentó esquivarlo, no pudo escapar de sus garras.

Diago cogió a Rénderson por los hombros y se abrazó a él de una forma constrictora, inmovilizándolo por completo.

Así estuvo unos cuantos segundos hasta que decidió soltarlo, haciendo que el aire regresara al cuerpo de su oponente, aunque apenas se mantenía en pie.

—¿Qué pasa, Rénderson? ¿Ya estás fatigado? —le preguntó con sorna.

—Me rindo —dijo él, levantando la mano.

—Denegada esa rendición —respondió la maestre, lo que provocó que Diago volviera al ataque.

En esta nueva ofensiva, le propinó un potente puñetazo en la nariz.

—Lo va a matar —dijo Michelle, con la voz cargada de pánico.

Xalara estaba sin palabras, recordando la paliza que, entre otros, Diago Zúnkerberg le propinó aquella noche en los dormitorios.

Con un ruido sordo que esta vez sí sonó de verdad a huesos rotos, Rénderson se desplomó, provocando el grito ahogado de varios al golpear su cuerpo inerte contra el suelo del patio neblinoso.

Gúlfrica se apresuró para acercarse a él, que yacía con la cara cubierta de sangre.

—Atrás —le ordenó a Diago.

—¿Está…? —preguntó el agresor.