Chapter 16 La huida de sí misma #2
—Tengo entendido que alguien ya lo ha hecho —dijo Huberto a través del cuervo.
—Sí —respondió Xalara—. ¿Y qué ha sido de él? Lo más probable es que esté muerto en algún punto de la ladera de estos riscos.
—¿Acaso lo han encontrado? —preguntó Huberto.
—No, que yo sepa, pero he estado muchos días inconsciente.
—Nadie sabe nada —confirmó el cuervo, abriendo al máximo sus alas, como si fueran los brazos de Huberto—. Y te aseguro que he sobrevolado todos los puntos posibles alrededor de Lúgardark, sin rastro de ningún cadáver, al menos humano.
—Pues alguien le abriría la puerta —opinó Xalara—. El guardián es un tipo peculiar, no me extrañaría que lo hubiera hecho. Más siendo un recluta de la élite.
—No me importa lo que le haya pasado a ese chico —replicó Huberto—. Tenemos que centrarnos en cómo vas a salir tú.
—Ya te he dicho que no hay forma de hacerlo. No insistas en misiones imposibles. Con la que me encomendaste en abril es suficiente, sobre todo por el pésimo resultado.
—¿Recuerdas cuando te saqué de aquel río? —preguntó.
—Hasta ahora no lo había pensado —respondió Xalara—. Es evidente que tú me ayudaste a hacerlo.
—Puedo volver a meterme en el cuerpo de un águila como esa.
No aguantaría mucho tu peso, pero sí lo suficiente hasta ponerte fuera de Lúgardark.
Después solo tendrías que viajar hasta Yadarme de nuevo.
Ya has hecho antes un viaje parecido —añadió al ver la incredulidad de la muchacha—, puedes volver a hacerlo.
—Aunque todo eso que sugieres fuera posible, soy recluta permanente, y ese compromiso no se puede romper. De nada me serviría que Crispina desapareciera del mapa, nunca volveré a ser libre.
—La EDMO no va a ser permanente —refutó Huberto—, ya ha ocurrido otras veces. Se ha abolido antes, no será distinto esta vez. Y sin EDMO obtendrás la libertad.
—Puede que pasen décadas hasta que llegue a ocurrir, en caso de que así fuera —discutió ella.
—Aquí estás muerta —aseguró Huberto con un tono rotundo—, al menos en mi cabaña tendrás una oportunidad. Además, ¿no quieres recuperar la espada y el libro que te legaron tus padres? Recuerda que prometiste no perderlos, y lo hiciste.
Esa reflexión hizo que Xalara se quedara pensativa.
—Lo que me pides es…
—Complicado, lo sé —respondió él, completando su dictamen—. ¿Permanecer aquí acaso no lo es?
Xalara no replicó esta vez, sino que se quedó rumiando lo hablado. Un silencio que se rompió con voces que se aproximaban al centro de sanación.
—Dentro de tres noches estaré en el exterior del ala oeste, controlando una de esas águilas —apuntó Huberto de forma apresurada—. No nos volveremos a ver hasta entonces.
—Es una locura —murmuró Xalara.
El cuervo salió volando, teniendo que esquivar en pleno vuelo a dos personas que entraban en la estancia.
—Otra vez ese cuervo —comentó Aurora Áselfof, cruzando el umbral de la puerta—. Es la tercera noche que lo veo por aquí. No sé por dónde entra.
—¿Dices que ese cuervo ha entrado hasta aquí tres noches seguidas? —preguntó Syliana.
—Sí —respondió Aurora—. Y juraría que ayer lo pillé mirando fijamente a Xalara Verdreven.
—Qué curioso —opinó—. No es normal ese comportamiento en un cuervo común.
Xalara fingía estar dormida mientras escuchaba la conversación. Su tensión se disparó al oír el comentario de la Lady Maestre acerca del cuervo de Huberto. Era como si Syliana sospechara algo. No le extrañó, desde su conversación con ella supo que era muy avispada.
—¿Cómo está la recluta Verdreven? —preguntó la anciana en voz baja, deteniéndose a los pies de su cama.
—Evoluciona favorablemente —respondió Aurora—. Es muy posible que en un par de días pueda regresar a la actividad.
—Me alegra saberlo —dijo Syliana reemprendiendo el paso.
Las dos mujeres terminaron entrando en la oficina de la sanadora, pero quedándose cerca de la puerta.
—¿Qué era eso tan importante que tenía que preguntarme, Lady Maestre?
—Wined Nanton estuvo aquí horas antes de su desaparición, ¿no es así? —preguntó Syliana.
—Sí, tenía un corte muy profundo en el brazo, a la altura del hombro. Tuve que coserlo.
—¿Le contó cómo se hizo el corte?
—Dijo que había sido durante una práctica fingida de espada. Que le golpearon accidentalmente con esas espadas de madera en una de las prácticas de movimiento.
—Sin embargo, Gúlfrica dice que ella no se percató de ningún golpe de ese tipo —contrarrestó Syliana—. ¿Opinas que pudo hacérselo de otra forma? ¿Qué alguien pudiera haberlo agredido a posta? ¿O que incluso él mismo se hubiera autolesionado?
—Podría ser —contestó la sanadora—. No tengo argumentos para descartarlo.
—¿Notaste algún comportamiento extraño en el recluta? —inquirió.
—Tenía prisa para que lo curara —respondió Aurora—. Si es que eso se puede considerar extraño.
—¿Insistió demasiado?
—Solo dijo que no quería llegar tarde a la cena, no noté nada raro en él.
—Está bien, muchas gracias por tu tiempo —dijo Syliana, y Xalara pudo ver en la sombra que sus cuerpos proyectaban hacia el exterior de la oficina, cómo la Lady Maestre posaba una mano sobre el hombro de Aurora antes de salir.
—¿Cree que Wined Nanton pudo haber desaparecido por culpa de sus compañeros? —preguntó la sanadora.
Syliana se detuvo.
—No se puede descartar ninguna hipótesis. Ni siquiera la más absurda o descabellada de todas —respondió antes de marcharse.
La Lady Maestre aminoró la marcha al pasar por delante de la cama de Xalara, quien escuchó sus pasos a la vez que estos se alejaban.
El día siguiente fue largo y tedioso. Michelle no fue a visitarla, y eso la tenía bastante preocupada, porque temía que le hubiera pasado algo grave.
Michelle era un blanco fácil para los demás reclutas, e incluso para algunos maestres.
Tampoco Aurora Áselfof estuvo demasiado presente en el centro de sanación.
Apenas sí la vio a la hora de las comidas, pero solo para entregarle la bandeja.
La salud de Xalara había mejorado tanto que ya no soportaba permanecer tumbada sin hacer nada.
Aun así, la sanadora decidió mantenerla un día más ingresada, para asegurar su completa recuperación.
Al llegar la noche del segundo día tras haber despertado de su inconsciencia, Aurora Áselfof se acercó a Xalara después de darle la cena. Su actitud presagiaba algo positivo para ella.
—Bueno, ¿cómo te encuentras?
—Bastante bien —se apresuró a contestar.
—¿Te ves con fuerzas para abandonar esta cama y reincorporarte a tus compañeros?
—Sí, por favor.
—Muy bien —asintió Aurora—. Voy a darte el alta.
Xalara retiró bruscamente la manta que cubría su cuerpo.
—Pero antes —dijo la sanadora—, quiero advertirte de algo.
—Usted dirá —respondió bajando de la cama.
—Tendrás que ir poco a poco, sin forzar demasiado tu cuerpo.
—Eso dígaselo a las maestres —replicó la recluta, que, aunque no las mencionó, se refería exactamente a Gúlfrica Estéinar y Brenda Lenders.
—Te lo digo a ti, y eso es suficiente.
—Está bien —asintió Xalara—. ¿Dónde está mi uniforme?
—Begagxio —dijo Aurora, estirando su brazo derecho hacia una estantería situada en una de las esquinas de la habitación.
De forma inmediata, el uniforme, perfectamente doblado, voló hacia su dueña, recogiéndolo esta con sus manos.
—Vístete y puedes marcharte —aseguró la sanadora, retirándose hacia su oficina.
—Muchas gracias por haberme salvado —dijo Xalara de forma sincera.
—Para eso estoy aquí —respondió Aurora sin girarse hacia ella.
Xalara entró en el dormitorio de su barracón poco antes de que las campanas anunciasen el toque de queda. Buscó a Michelle, pero fue ella misma la que la abordó por la espalda.
—Bienvenida —saludó con una alegría desmesurada.
—¿Tú crees? —replicó, percatándose de que el resto no mostraba tanta alegría por su regreso.
—¿Ya estás recuperada?
—Eso parece —contestó sin mostrar ningún tipo de entusiasmo.
—Siento mucho no haber vuelto a visitarte —se excusó con lástima—, pero me fue imposible.
—No importa —aseguró Xalara—. Te agradezco todas las veces que viniste.
Michelle sonrió con alivio.
—¿Tú estás bien? —preguntó Xalara, sintiéndose un poco rara al ser amable con ella. Por haber estado sola durante tantos años, siempre le resultaría complicado asimilar cualquier tipo de relación personal.
—Supongo que sí —contestó—. No está siendo fácil, pero sigo adelante.
Xalara no quiso indagar, percibiendo que Michelle no se mostraba muy dispuesta a dar explicaciones sobre su estado de ánimo.
Al día siguiente, después de la formación matutina en el patio y el desayuno, los reclutas de la Comarca del Noroeste se dirigieron hacia una nueva clase teórica de historia militar. Xalara y Michelle se sentaron juntas en la tercera fila empezando desde abajo.
—Hoy vamos a hablar de la histórica Batalla de los Reyes Muertos —dijo el maestre Aldo Rénir—. Que levante la mano quién conoce esa batalla.
Solo unos pocos lo hicieron. Xalara también la conocía, pero prefirió no llamar la atención; había decidido intentar pasar desapercibida. Como le dijo Huberto: el tiempo lo arregla casi todo. Quizás, con el paso de los días, dejaría de ser el centro de atención.
—La Batalla de los Reyes Muertos —continuó Aldo—, fue un conflicto que enfrentó a los reinos de Árlay y Bibrébem en algún momento del año 199 a.
U. En ella, el rey de Árlay, Kester Primero, recogiendo el ambicioso deseo de sus antepasados de conquistar todo el territorio que quedaba al sur del río Verien, decidió emprender la conquista.
Estaba convencido de que, con la ayuda de la arlasofía y aunque era un ejército mucho menos numeroso que sus rivales, tendría ventaja para lograr la victoria.
El ejército de Árlay consiguió sobrepasar el Verien, venciendo fácilmente a grupos de soldados que fueron encontrándose en el camino.
No obstante, cuando se hallaban a unos pocos kilómetros de la capital, un ejército multitudinario puso freno a su imparable avance.
Ese ejército quintuplicaba al de Árlay. Aun así, la ambición de Kester y su fiel confianza en el poder de sus espadas arlasóficas decidió enfrentar a su rival.