El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 16 La huida de sí misma
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Chapter 16 La huida de sí misma

Se despertó con el tañido de las campanas de Lúgardark, que anunciaban la cena a la caída del crepúsculo. Xalara abrió los ojos con esfuerzo.

La visión del techo del centro de sanación la recibió con una frialdad implacable. Sin embargo, al girar el rostro hacia la derecha, vio una cara redonda y sonrosada, enmarcada por un cabello claro y enmarañado. Michelle dormía en una silla, con la cabeza recostada en el colchón.

Xalara tardó en asimilar dónde estaba. Al intentar incorporarse, un súbito mareo la obligó a desistir. Ese movimiento hizo que Michelle se despertara.

—¿Xalara? ¿Estás despierta? —preguntó con los ojos entrecerrados.

—Hola —contestó ella, aliviada al saber que al menos sí podía hablar.

—¡Sanadora! ¡Ha despertado! —llamó Michelle con urgencia.

Aurora Áselfof no tardó en aparecer proveniente de su oficina, cruzando la estancia hasta llegar a la cama donde estaba Xalara.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, acercándole una linterna a los ojos para examinárselos.

—He estado mejor —admitió ella.

—¿Tienes apetito?

—Ahora mismo comería cualquier cosa.

—Michelle —reclamó Aurora, girándose hacia ella—, por favor, ve a mi oficina y trae el puré de patatas que está sobre la mesa.

Asintió y se apresuró a hacerlo.

—¿Te sientes con fuerza para incorporarte? —continuó la sanadora, observando a Xalara con atención.

—¿Qué me ha pasado? —preguntó, esquivando la propuesta.

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Recuerdo que estábamos en el pabellón de actos… y de repente me empecé a sentir mal.

Aurora asintió con seriedad.

—¿Recuerdas el tónico para el dolor que te receté? ¿Recuerdas que te advertí que no tomases una nueva dosis hasta que el líquido se volviera otra vez azul?

Xalara cerró los ojos un instante antes de asentir. Luego se llevó una mano al costado, comprobando el estado de sus contusiones.

—No te preocupes por los golpes —la tranquilizó Aurora—. A pesar de las circunstancias, has recuperado bien.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Unos días.

—¿Tanto?

—Estuviste cerca de morir por no seguir mis indicaciones —aseguró Aurora con un tono solemne—. Si llegan a tardar unos minutos más en traerte, no habría podido salvarte.

En ese momento, Michelle regresó con un plato de puré de patatas y algo de pan.

—Gracias —dijo la sanadora, tomando el plato y colocándolo sobre una bandeja con patas y ruedas junto a la cama—. Ahora necesitas comer algo. Verás cómo después te sientes mucho mejor.

Con ayuda, Xalara consiguió levantar su cuerpo.

—Puedo darle yo, si quiere —dijo Michelle cuando la sanadora empezaba a rebañar el puré con la cuchara.

—Está bien, pero hazlo despacio —asintió, pasándole el testigo—. Así podéis poneros al día.

Las dos reclutas se quedaron solas cuando Aurora regresó a su oficina.

—Tu mano ya parece sana —comentó Xalara tras ver que ya no la tenía vendada—. ¿El tobillo cómo va? —preguntó después de tragar su primera cucharada de puré.

—Está todo perfecto, aunque estuve ingresada dos días en esa cama —dijo Michelle, señalando con la mirada la cama de al lado—. Aurora es una sanadora fantástica, y me ha dejado como nueva. Además, es muy maja.

—Eso parece —admitió Xalara—. ¿Cómo te ha ido estos días?

—Ya sabes, lo normal —contestó con una mueca, molesta por la pregunta.

—Debes empezar a imponerte.

—Querrás decir debemos —replicó Michelle.

—Sí, exacto. Debemos —asintió Xalara—. ¿No tendrías que estar cenando? —preguntó enseguida, rompiendo la tensión que se había generado.

—Prefiero estar aquí contigo —admitió—. He venido a verte todos estos días, con el justificante de que tengo que revisar mis lesiones.

—Tienes miedo de estar con ellos, ¿verdad? —sugirió Xalara.

—No, para nada —respondió Michelle, bajando la vista al puré—, pero me lo paso mucho mejor contigo.

Evidentemente, no estaba siendo del todo sincera.

—Siento cómo te he tratado hasta ahora —dijo Xalara—. Mi única intención era apartarte de una apestada.

—Tampoco hueles tan mal, ¿no? —comentó Michelle con sorna.

—Puede que ahora sí, después de tantos días sin una ducha.

—Es cierto —admitió su amiga con burla—, pero no quería decírtelo para que no te preocuparas.

Ambas se rieron. Era sorprendente la peculiar forma que tenía Michelle para quitarle hierro a todo con sus palabras.

—He sido muy injusta contigo. No merecías ese desprecio —insistió Xalara.

—Me has ayudado a ser más valiente, y me defendiste aun sabiendo las consecuencias. Así que estamos en paz.

—No, en serio, fui una auténtica gilipollas.

—Es cierto, pero tenías motivos para serlo —dijo Michelle con un tono comprensivo—. Si yo hubiera tenido que soportar todo lo que te ha pasado a ti últimamente, no habría podido hacerlo. Eso demuestra lo fuerte que eres a pesar de todo.

Ambas guardaron unos segundos de reflexivo silencio.

—Hay una pregunta que me llevo haciendo desde que te conocí en aquel vagón —dijo Xalara con la mirada fija en Michelle.

—Pues adelante, dispara.

—¿Por qué crees que soy inocente del atentado en el Palacio de la Sede?

—No sabría darte una respuesta —reconoció—. Simplemente lo sé.

—Y con eso me basta —asintió Xalara sonriendo.

—Porque lo eres, ¿no? —inquirió Michelle con sorna.

—Creí que lo sabías…

Las dos prorrumpieron en carcajadas. Entre ellas comenzaba a forjarse un vínculo de complicidad.

—Bueno, tengo que marcharme —dijo Michelle cuando le daba a su compañera la última cucharada del puré—. No puedo llegar tarde a la inspección de dormitorios.

—Muchas gracias por estar a mi lado —agradeció Xalara con sinceridad.

—Tú habrías hecho lo mismo —respondió antes de irse.

Al quedar sola, Xalara volvió a caer en un sueño profundo.

Horas más tarde, se despertó sobresaltada en medio de la oscuridad de la noche, convencida de que alguien la estaba observando.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, despegando levemente la cabeza de la almohada.

No había nadie. Hasta que un cuervo más oscuro que la propia noche de Lúgardark, graznó desde el piecero de la cama, demostrando lo contrario y provocándole a Xalara un susto de muerte.

—¿Huberto? ¿Eres tú?

El cuervo graznó con más fuerza, dando a entender que respondía de forma afirmativa. Luego saltó del piecero al colchón, desplegando ligeramente sus alas negras para acercarse al rostro de Xalara, que aún no estaba muy segura de que fuera Huberto, y por eso contemplaba al animal con recelo.

—Eres tú, ¿verdad? —insistió.

Esta vez, el cuervo asintió con la cabeza de forma increíble. Xalara estaba segura de que, si alguien la veía hablando con él, pensaría que estaba loca. Por eso echó un vistazo hacia la puerta del centro de sanación y otra hacia la oficina de la sanadora, asegurándose de que estaban solos.

—Sé que no debí marcharme de la cabaña. Fui una estúpida y por eso estoy aquí ahora —afirmó, adivinando los pensamientos de aquel peculiar cuervo—. No es necesario que me lo recrimines, yo misma lo hago permanentemente.

—Fuiste una idiota —dijo de repente el ave, lo que provocó que Xalara casi se cayera de la cama.

—¿Puedes hablar? —balbució con el ceño fruncido.

—Los cuervos tienen la capacidad de imitar voces humanas —explicó—. Por lo tanto, sí, puedo hablar.

Aquello acababa de dejarla atónita. Aunque lógicamente no era la voz de Huberto Cóbelpot, sí eran sus palabras.

—¿Por qué te fuiste? —la reprendió el cuervo—. Te advertí de que algo así te podía pasar. Ahora les has entregado tu vida.

Xalara se incorporó haciendo un gran esfuerzo.

—No es fácil responder a eso —dijo al borde de las lágrimas—. Simplemente necesitaba salir de allí. A veces soy demasiado impulsiva.

—Debiste hacerme caso y no salir de mi cabaña. Algún día Crispina Streif será historia y tú habrías quedado libre. El tiempo lo arregla casi todo.

—Puede ser, pero no lo hice. Así que no me digas más veces lo que debería haber hecho —replicó—. Tú estabas borracho. De no ser así, podrías haberme parado.

—Deja de culpar a los demás por tus propios errores, ya no eres una niña.

—Y tú deja de molestarme, ya no soy tu responsabilidad. Si es que alguna vez lo fui.

El cuervo no dejaba de patalear sobre el colchón, batiendo suavemente las oscuras plumas de sus alas, como si estuviera impaciente por algo.

—He realizado un viaje de varios días para llegar hasta aquí. No sabes lo difícil que me ha resultado, y no lo he hecho solo para molestarte. Lúgardark, mientras esté bajo el mandato de Crispina Streif, será una trampa mortal para ti.

—¿Qué quieres decir exactamente?

—Que la presidenta no se conformará con tenerte aquí de por vida —aclaró.

—Creo que es un castigo suficiente —replicó Xalara.

—Ella no descansará hasta verte muerta. Conozco su amor incondicional hacia Andris, y te aseguro que querrá matarte para vengar lo que le has hecho. Por cierto, ¿por qué estás ingresada? ¿Te han hecho daño?

—Fue por mi culpa, no porque quisieran asesinarme —aclaró la muchacha—. Tomé demasiada dosis de un tónico para el dolor —añadió al percibir que el cuervo controlado por Huberto no parecía conforme con la explicación.

—¿Dolor?

—Me caí por las escaleras —respondió Xalara con la misma mentira que había hecho oficial para explicar el motivo de sus contusiones.

—Si continúas en Lúgardark, algo terrible terminará ocurriéndote, te lo aseguro.

—Quizás sea lo mejor —reflexionó ella, desplomándose de nuevo sobre la almohada—. Sería la solución para todo: Streif conseguiría su ansiada venganza y yo descansaría al fin. Incluso para ti, porque así no tendrías que volver a preocuparte por mí.

—¿Y qué hay de lo que querían tus padres? —contrarrestó Huberto de forma implacable—. ¿De lo que sacrificaron por ti?

—Es cierto —admitió Xalara, cayendo en la cuenta—. Tú me mandaste esa carta junto con la cazadora, ¿verdad? En ella me asegurabas que la próxima vez que nos viésemos me hablarías de mis padres.

—Sí, pero este no es el momento.

—Vaya, qué sorpresa —replicó la chica con ironía—. Por qué será que esperaba ese tipo de respuesta.

—Lo siento, pero ahora la prioridad es sacarte de aquí. Cuanto antes.

—¿Sacarme? —dijo Xalara con una sonrisa amarga—. Es imposible salir de aquí, y menos siendo yo.