Chapter 15 El asesinato de Xalara #3
—El día que vino al Palacio a recoger sus pertenencias, me la encontré cuando yo subía hacia aquí. Tuvimos una conversación bastante tensa. Insinuó que yo había llegado tan alto gracias a la especial relación que tengo contigo —explicó él.
La presidenta suspiró.
—¿Te vio alguien hacerlo?
—Dos escoltas que iban conmigo.
—¿Crees que dirán algo?
—No, estoy seguro de ello.
—¿Sigue viva?
—No lo sé, no he vuelto a bajar allí.
—¿Y qué vas a hacer con ella? —preguntó la presidenta.
—Mi idea es dejarla allí para siempre. Como hicimos con aquel enano.
—Últimamente he pensado en él —admitió Crispina—. No tenía familia que reclame su desaparición, pero nada nos garantiza que alguien no descubra que está allí. Y opino que, si sacamos ahora a Fiona, viva o muerta, solo levantaremos más sospechas.
—¿Y qué propones?
—Cerraremos para siempre el acceso a las mazmorras —dictaminó—. Con el tiempo, su familia dejará de buscarla y su desaparición solo será un nombre más en una larga lista.
Unos golpes resonaron en la puerta.
—¡Adelante! —respondió Crispina, colocándose el cabello con las manos de forma nerviosa.
Su asistente personal abrió la puerta.
—Los padres de Wined Nanton han solicitado una audiencia con usted —anunció.
—Deniégala —contestó Gustavo.
—No —replicó la presidenta—. Voy a reunirme con ellos. No conviene tener cabreada a una familia tan importante.
—¿Cuándo quiere que les haga pasar? —preguntó.
—En diez minutos —respondió, consultando el lustroso reloj de péndulo que colgaba encima de la puerta.
—Muy bien —asintió antes de cerrar.
—Gustavo, vete —le ordenó Crispina.
—¿Qué? ¿No quieres que me quede contigo?
—No.
—Pero, seguramente se echarán sobre ti.
—Puedo defenderme sola.
—Pero, estando yo presente…
—¡Soy la presidenta! ¡No necesito una sombra permanente a mi lado! —bramó.
—Como quiera, señora presidenta —contestó él, acompañando sus palabras con un gesto de respeto que rozaba la burla, antes de abandonar el Despacho Presidencial.
A la hora estipulada, Gustavo abrió la puerta, pero esta vez lo hizo acompañado de dos personas: un hombre y una mujer impecablemente vestidos, aunque la desesperación reflejada en sus rostros contrastaba con su opulenta apariencia.
Se quedaron inmóviles, sin decir ni una sola palabra, mientras la puerta se cerraba cuando Crispina le hizo un gesto disimulado a Gustavo para instarle a que se fuera.
—Siéntense, por favor —les ofreció con una cortesía cuidadosamente calculada.
Los Nanton obedecieron, pero ni siquiera cruzaron miradas con ella, mucho menos la saludaron.
—Acabo de regresar de Lúgardark —anunció Crispina, midiendo cada palabra—. Puedo asegurarles que allí están desplegando todos los medios a su alcance para encontrar a Wined.
—Mi hijo está desaparecido. Quizá haya muerto —dijo el señor Nanton, y su mujer comenzó a llorar—. Y usted me dice que están haciendo todo lo posible, ¿cree que eso me tranquiliza?
—No estoy pidiendo su tranquilidad, solo les informo. Es lógico que estén preocupados.
—¡La vida de mi hijo está en peligro! —sollozó la señora Nanton, secándose las lágrimas con un pañuelo de tela bordado—. Deben encontrarlo cuanto antes.
—Están haciendo todo lo posible —insistió Crispina—. Investigan cómo y por qué se ha ido.
—¿Por qué se ha ido? —preguntó el señor Nanton con el ceño fruncido—. ¿Sugiere que mi hijo desertó?
—Es la posibilidad más probable —admitió con frialdad.
—Mi hijo sería incapaz de hacer algo así —respondió la señora Nanton—. Es un chico responsable y obediente.
—En Lúgardark están sometidos a mucha presión. A veces…
—¡Todo esto es culpa suya! —espetó el señor Nanton, alzando un dedo acusador hacia la presidenta—. Por su obstinada obsesión de castigar a esa chica de tercera clase. ¡Todo el mundo lo sabe!
Crispina apretó los dientes, intentando mantener la compostura.
—No se atreva a juzgarme en mi despacho, señor Nanton.
—El apellido Streif no tiene la categoría suficiente como para amenazar a un Nanton —arremetió él, irguiéndose en su asiento—. Solo tengo que mover unos cuantos hilos para que usted sea apartada del cargo.
El gesto de Crispina se transformó enseguida en una falsa sonrisa de labios apretados.
—¡Capitán! —llamó con la voz firme.
La puerta se abrió de inmediato, como si Gustavo hubiera aguardado la orden con la mano sobre el pomo.
—Señora presidenta.
—Arresta al señor Nanton.
Gustavo no dudó y se abalanzó sobre él, inmovilizándolo con una técnica precisa.
—¿Qué significa esto? —protestó la señora Nanton, levantándose de golpe—. ¡Exijo que suelten a mi marido!
—Capitán, mata al señor Nanton.
—¿Qué? —logró balbucear el amenazado.
No tardó en desenvainar su espada y levantarla para asestar el ataque.
—Espera —ordenó Crispina—. He cambiado de opinión.
Gustavo volvió a envainar su espada.
—¿Ahora comprende quién tiene el poder? —preguntó Crispina con autoridad, clavando su mirada en el señor Nanton—.
Si vuelve a desafiarme las consecuencias para usted y su familia serán aún más graves.
Seguiremos buscando a su hijo, pero no toleraré amenazas de ningún tipo. Y ahora, ¡lárguense! —explotó.
El matrimonio Nanton se levantó, pero el marido, antes de salir por la puerta, soltó:
—Esta afrenta no quedará impune.