El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 15 El asesinato de Xalara #2
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Chapter 15 El asesinato de Xalara #2

—Vamos a ir al centro de sanación —anunció ella.

—¿Qué? —dijo él con un tono de protesta—. Vámonos, aquí hace un frío de narices.

—Iremos —zanjó.

La presidenta echó a andar sin esperar respuesta.

No entendía a Gustavo. A pesar de las condiciones climatológicas adversas, su etapa en Lúgardark fue la época más maravillosa de su vida, aún la recordaba con un orgullo obsesivo.

Se presentó voluntaria para realizar la EDMO.

Rápidamente se convirtió en una recluta destacada, siendo una de las mejores en casi todas las tareas.

Esa sensación de superioridad fue la más poderosa de su vida.

Incluso ahora, tantos años después, recurría a esos recuerdos para calmar las noches oscuras en las que a menudo su mente se llenaba de conspiraciones.

En el centro de sanación parecía que no hubiera ningún paciente ingresado, pero una cortina de lino gris ocultaba la cama en la que Xalara Verdreven estaba postrada boca arriba.

Tenía los ojos cerrados, la piel de su cara blanca como la leche y profundas ojeras moradas que le otorgaban el aspecto de un cadáver.

Cualquiera habría pensado que estaba muerta de no ser por el suave subir y bajar de su pecho mientras respiraba.

Esa confirmación de vida provocó la ira de Crispina, que se quedó de pie frente a la cama.

—Todavía sigue viva —murmuró con un tono cargado de desprecio y decepción—. Qué fácil sería acabar con ella ahora mismo. Solo tendría que agarrar su cuello debilucho y apretar hasta que su vida se esfume.

—¿Y cómo explicarías las marcas? —dijo Gustavo con cierta sorna, acercándose por detrás.

—¿Quién dice que tenga que tocar su piel? Begagxio.

Como si unas manos invisibles lo apretaran, el cuello de Xalara comenzó a comprimirse a la vez que su cuerpo se sacudía sobre el colchón. Sin embargo, una voz a su espalda hizo que Crispina se detuviera.

—Buenos días —dijo—. Lo siento, pero no sabía que la recluta Verdreven iba a tener una visita tan ilustre.

—¿Usted es…? —preguntó Gustavo.

—Aurora Áselfof, sanadora jefa de Lúgardark. Un placer —terminó, estirando su mano hacia los políticos.

Él estrechó su mano, pero Crispina ignoró el ofrecimiento.

—¿En qué estado se encuentra la paciente? —se interesó la presidenta.

—Estuvo mucho peor de lo que está —contestó Aurora, utilizando una explicación un tanto vulgar—. Durante horas temí por su vida, pero ya se encuentra fuera de peligro.

Crispina tuvo que tragarse el varapalo sin que se le notara.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó Gustavo, sin duda advirtiendo la decepción de la presidenta e intentando disimularla.

—Se intoxicó por tomar demasiada cantidad de un tónico para el dolor que yo misma le suministré —respondió con reticencia.

—¿Y cuál fue el motivo por el que tuvo que suministrarle ese tónico? —preguntó Crispina.

—Se cayó por las escaleras del barracón de su comarca —explicó con naturalidad—. Y sufrió fuertes contusiones que le provocaban un dolor insoportable.

—Pues esperemos que todo se quede en un susto. No queremos perder a más reclutas —intervino Gustavo, percibiendo que Crispina era incapaz de esconder su decepción—. Está haciendo un buen trabajo, señora Áselfof. Siga así.

Aurora asintió con una sonrisa que no iba acompañada de su actitud.

Cuando su acompañante daba un paso atrás para abandonar la estancia, Crispina miró fijamente a la sanadora durante unos instantes, evaluándola.

Ella mantuvo el gesto tranquilo, aunque no lograba ocultar cierto recelo hacia la presidenta.

En la puerta de salida, el guardián los esperaba.

Esta vez fue imposible pasar desapercibidos, porque un grupo numeroso de reclutas perteneciente a la Comarca del Sureste cruzaba el patio.

La mayoría ni siquiera se dio cuenta de la presencia de los políticos, pero los que sí, avisaron a quienes tenían cerca para compartir su visión.

El guardián abrió las puertas, y Crispina y Gustavo volvieron a viajar mediante la estación de traslado, situada a los pies de la escalera que ascendía hacia la puerta de Lúgardark.

Regresaron al Palacio de la Sede, donde a la entrada había montado un gran revuelo de periodistas, controlados por los guardias del propio palacio para evitar que pudiesen acceder a él.

Además, muchos curiosos se habían detenido en la plaza, atraídos por el interés.

Crispina supo a qué se debía incluso antes de confirmarlo.

Los periodistas se abalanzaron sobre ella, desesperados por hacerle la primera pregunta y la mejor de las fotos, metiéndose tan encima que apenas podía caminar.

—¡Presidenta! ¡Señora presidenta! ¡Aquí, por favor!

Gustavo, sin echar mano de su arma, se esforzaba por apartar a los periodistas.

Incluso Crispina vio cómo uno de ellos rodaba por el suelo después de ser empujado por el capitán de la Escolta Presidencial, provocando que otros también tropezaran.

El caos era total, por eso la presidenta tuvo la obligación de detenerse y enfrentarse a las cuestiones de prensa.

—¿Qué opina sobre la desaparición del recluta Wined Nanton?

—Ya está en marcha la investigación para encontrarlo —contestó.

—¿Creen que puede seguir vivo?

—No barajamos otra posibilidad.

—¿Se trata de una deserción?

—Barajamos todas las posibilidades.

—¿Quién es el máximo responsable de que haya ocurrido algo así?

—¿Usted qué cree? —respondió Crispina con impaciencia, pensando que quizás le estuvieran echando la culpa a ella, algo que descartó con la siguiente pregunta.

—¿Sigue creyendo que fue una buena decisión poner a Syliana Meistre al mando de Lúgardark?

Esta vez no respondió.

—¿Se sabe algo sobre el paradero de la exconsejera Fiona Vériva?

Al fin lograron escabullirse hasta alcanzar la puerta del recinto, donde los guardias lograron mantener fuera a los periodistas.

Subieron a toda velocidad hacia su despacho, ignorando todo tipo de comentarios y sugerencias de quienes se encontraban por el camino.

—¡¡Aaaah!! —tronó la presidenta, arrojando al suelo un par de copas que reposaban sobre la mesa—. ¡Esa vieja me ha mentido! ¡Aseguró que había cerrado el correo!

—Deberías despedirla cuanto antes —sugirió Gustavo, sin acercarse demasiado a la presidenta.

—No es tan fácil —respondió con desesperación—. Esa vieja es casi intocable.

—No entiendo por qué.

—Tiene un decreto firmado por el Gobierno desde hace décadas, desde que salió de prisión —soltó la presidenta—.

Estuvo encerrada casi cuarenta años de forma injusta, y el Gobierno, para compensar esa injusticia, le ofreció un favor que ella podría saldar en el momento que quisiera.

Y eligió ser la Lady Maestre de Lúgardark.

—Pero supongo que ese decreto puede romperse si se le declara incompetente para el cargo, ¿no? —comentó él.

—Es posible, pero la sociedad ama e idolatra a esa anciana. Todos conocen su historia de injusticia. Manteniéndola en el cargo tengo un escudo sobre el que poder parar las críticas.

—Tiene sentido —comentó él.

—Encima ahora está lo de Fiona Vériva. Creen que he sido la causante de su desaparición —espetó—. Como si no tuviera ya suficientes problemas.

—Tengo que decirte algo —apuntó Gustavo tras un instante.

—¿El qué?

—Fiona está encerrada en los calabozos del Palacio —reconoció.

—¿Cómo?

—Ella sabe lo nuestro. Conoce nuestra relación sentimental. No tuve más remedio que hacerlo —aclaró.

—¿Por qué dices que sabe lo nuestro?

—Lo insinuó.

—Pero…