Chapter 15 El asesinato de Xalara
La carta, recibida a primera hora del lunes, aún reposaba desplegada sobre la mesa del Despacho Presidencial.
Estimada presidenta:
Le escribo con preocupación para informarle de un incidente ocurrido durante la madrugada del sábado al domingo en nuestro centro de formación militar.
El recluta Wined Nanton, perteneciente a la Comarca Central, ha desaparecido.
La ausencia fue notada a la mañana siguiente y, tras una búsqueda exhaustiva en las instalaciones, así como revisiones de nuestro personal y entrevistas con reclutas, no hemos podido encontrar ninguna pista sobre su paradero.
Aunque es muy posible que se trate de una deserción, no podemos descartar cualquier otra hipótesis.
Reconozco la gravedad del caso y el impacto social que tiene. Me comprometo a informarle de todos los avances en la investigación y quedo atenta a sus indicaciones.
Un saludo cordial,
Syliana Meistre, Lady Maestre de Lúgardark.
Crispina era consciente de que aquella desaparición iba a volver a poner en duda la credibilidad de la EDMO. Esta era una buena razón para reavivar las protestas.
—Prepáralo todo para viajar cuanto antes. Nos vamos a Lúgardark —espetó ella, temblando de rabia, cuando Gustavo Zorien terminaba de subir por la escalera de caracol.
—¿A Lúgardark? ¿Por qué?
La presidenta cogió la carta y se la entregó con un movimiento brusco.
—Si esto se filtra… —opinó él después de leerla.
—Pero no lo hará —aseguró, arrebatándole la carta.
Luego, corrió hacia la chimenea, se acuclilló sobre el brasero, extendió la carta sobre él y, con los dedos índice y pulgar agarrando el folio, pronunció:
—Fairefol.
Enseguida, la carta fue reducida a cenizas tras ser consumida por las llamas.
—Te avisé de que poner a ese vejestorio al mando era una pésima idea —protestó Gustavo.
—No voy a volver a discutir eso —replicó Crispina—. Ya te dije que no tuve otra opción.
—¿Cómo es posible que se escape un recluta de Lúgardark sin que nadie sepa nada?
—No lo sé. Quizás deberías preguntárselo a tu persona de confianza. La única carta que me habría gustado recibir desde Lúgardark es la que anuncie la muerte de Xalara Verdreven.
—La recibirás.
—Ya debería haberlo hecho —refutó ella—. Me aseguraste que sería infalible. Quizás no le explicaste bien la importancia de lo que tenía que hacer. O puede que no sea tan infalible.
—Dejemos los reproches —dijo Gustavo, acercándose a ella para agarrarla por la cintura—. Con la noche tan maravillosa que hemos pasado juntos, no es justo tener que tratarnos así.
—No podemos seguir haciendo esto —dijo Crispina, apartándose de su amante cuando él quiso besarla.
—¿A qué te refieres?
—A lo nuestro —aclaró ella—. Si seguimos viéndonos por las noches en secreto empezaremos a levantar sospechas.
—Nadie sabe que paso las noches aquí contigo, y nadie va a saberlo jamás, yo me encargaré siempre de ello. Deja de preocuparte tanto por fantasmas que solo existen en tu mente.
—Soy la presidenta —contestó con rotundidad—. La preocupación es algo que va implícito en el cargo. Incluso si se trata de luchar contra mis propios fantasmas. Llevo haciéndolo toda mi vida.
—Pero ahora yo estoy contigo, y juntos somos invencibles —aseguró Gustavo, atrayéndola nuevamente para besarla. Aunque Crispina se resistió un momento, finalmente cedió.
—Iré a prepararlo todo para el viaje —dijo después de soltarla, dejándola más tranquila tras la muestra de amor.
Tras idear una salida discreta del Palacio de la Sede, viajaron a Lúgardark a media mañana mediante una estación de traslado, previa coacción (seguramente innecesaria) a la conductora para que mantuviera en secreto el destino de su viaje.
Allí los recibió el guardián, quien les abrió la puerta. Luego fueron directamente hacia el despacho de Syliana Meistre.
—¿Me puede explicar cómo es posible que un recluta desaparezca en medio de la noche y sin dejar rastro?
—preguntó Crispina, irrumpiendo abruptamente en el despacho con la voz fría y la mirada clavada en la Lady Maestre—.
Se supone que Lúgardark es un edificio impenetrable.
Y, sin embargo, aquí estamos, ante una situación que compromete la credibilidad y eficacia de la EDMO, al mismo tiempo que mi gestión como presidenta del Gobierno. ¿Entiende lo que eso supone?
—Buenos días, presidenta, vicepresidente —saludó Syliana con calma desde la silla de su escritorio, donde se encontraba redactando algunos documentos—. Comprendo su malestar y preocupación. Le aseguro que comparto esos mismos sentimientos.
—¡Eso no me sirve! —bramó la presidenta, golpeando la mesa con la palma de su mano—. No me valen sus excusas, solo quiero soluciones.
—Le pido que, por favor, se siente —solicitó la anciana, señalando una de las sillas situadas al otro lado de la mesa.
—Soy la presidenta del Gobierno. No se atreva a darme órdenes.
—Lo siento si le he molestado, solo quería ser amable. Esta tensión no va a solucionar nada.
—Crispina, siéntate, por favor —le pidió esta vez Gustavo.
—Para ti también soy la presidenta, no Crispina —dijo sofocada, al borde de un ataque de histeria—. Que no se te olvide la próxima vez que te dirijas a mí.
—Está bien. Lo siento, señora presidenta —dijo él, haciendo una fingida reverencia.
A pesar de la escena de nerviosismo y rebelión por parte de Crispina, terminó sentándose en la silla que la dejaba frente a Syliana.
—Verá, señora —comenzó la Lady Maestre, pero Crispina levantó una mano para detenerla.
—Quiero respuestas concretas y soluciones inmediatas. Apenas lleváis aquí unos días y ya ha desaparecido un recluta. Esto no es una simple casualidad, es una muestra de incompetencia.
—Presidenta, entiendo la gravedad de la situación. Estamos haciendo todo lo posible para encontrarlo y aclarar los hechos. Hemos abierto una investigación interna. Le garantizo que esto no volverá a suceder bajo mi mando.
—El recluta ya ha desaparecido —protestó la presidenta—.
Las medidas preventivas que me promete son inútiles.
Parece que se está tomando toda esta situación como si solo fuese un simple contratiempo.
Esto no es solo un problema de disciplina por parte de uno de los reclutas, es un golpe a la confianza pública en mis instituciones.
Si se filtrara esta noticia, conllevaría graves consecuencias. ¿Entiende lo que quiero decirle?
—Lo entiendo perfectamente —contestó Syliana—. Por eso he prohibido el correo, para que nadie pueda contactar con sus familias y contarles lo sucedido.
—Al menos ha tenido una buena idea —convino finalmente Crispina—. Pero, ¿por qué no me avisó enseguida de lo sucedido? Me ha enviado la carta casi dos días después.
—Lo siento, pero primero quise asegurarme de que no se trataba de una simple gamberrada. No me pareció correcto molestarla por algo que quizás quedara en nada.
—Quiero saber todo lo que pasa aquí, siempre y en cada momento —aseguró Crispina.
—Con todo el respeto, señora presidenta —respondió Syliana—, Lúgardark es una institución muy importante para mí, y este incidente no refleja mi compromiso con su cometido. Por eso le pido tiempo para solucionar esta situación.
—Ya no lo tiene, Lady Maestre —zanjó la presidenta—. Cada hora que pasa sin respuestas daña mi reputación y mi cometido de educar a los jóvenes en la EDMO. Si no puede garantizar que Lúgardark está bajo control, será mejor que reconsidere su posición.
—Lo entiendo —asintió Syliana—, pero espero que confíe en mi experiencia para resolverlo.
—Por su bien espero que así sea —dijo Crispina antes de levantarse.
El golpeteo de los tacones de la presidenta resonó en el despacho cuando se iba junto a Gustavo.
A mitad de las escaleras, en un rincón donde la oscuridad se adueñaba del espacio, aguardaba una figura entre las sombras. Solo un tenue destello de luz alcanzaba a delinear el contorno de su rostro.
—Estoy trabajando en ello —murmuró su voz.
—Ya debería estar muerta —le reprochó Gustavo, adelantándose a la presidenta al ver de quién se trataba.
—Te pagamos una cifra millonaria de mupios procedentes de las arcas públicas para que asesinaras a Xalara Verdreven, y aún sigue con vida —dijo esta vez Crispina, imponiéndose—. ¿Por qué?
—No es fácil deshacerse de alguien aquí dentro —se justificó la figura, con un leve encogimiento de hombros apenas visible en la penumbra—. Este lugar está lleno de ojos y oídos por todas partes.
—Se supone que tienes una gran reputación —opinó Gustavo con un bufido de desprecio—. Asesinar a una adolescente debería ser un juego de niños para ti.
—Lo haré, pero no voy a arriesgarme en exceso.
—Tus problemas no me importan —aclaró la presidenta—. Solo espero que asesines a esa chica cuanto antes. La quiero muerta. ¿Me oyes? ¡Muerta! —gritó, agarrándole por la pechera de su uniforme.
—No hables tan alto —avisó Gustavo, lanzando una mirada furtiva a sus alrededores—. Tampoco es necesario que todo Lúgardark se entere de nuestros planes.
Crispina soltó a la figura con un gesto brusco, ajustándose su atuendo como si el contacto hubiera ensuciado su autoridad.
—Espero que muy pronto me informes de su asesinato —dijo con los ojos enfurecidos.
—Xalara Verdreven se encuentra ahora mismo ingresada en el centro de sanación —informó la voz desde la sombra.
—¿Qué has dicho? —inquirió Crispina, con una mezcla de incredulidad e interés desmesurado.
—Se desmayó delante de todos y fue trasladada de urgencia. No sé cuál es la causa exacta, pero según tengo entendido, su estado es grave; puede que ella misma nos ahorre el trabajo.
En el cetrino rostro de Crispina se dibujó una sonrisa macabra de dientes apiñados, un rasgo físico que muy pocas veces mostraba con tanta claridad.
—Espero que así sea —aseguró con ansiedad.
—Y si no, yo me encargaré de hacerlo —concluyó la voz desde la sombra.
Presidenta y vicepresidente volvieron a descender escalones, dejando atrás a aquella figura que permaneció inmóvil en las sombras de la Torre de los Maestres, como si formara parte del entorno.
Al llegar al final de la escalera y salir al patio delantero, la niebla fría y húmeda los envolvió. Crispina se detuvo, provocando que Gustavo tuviera que hacer lo mismo.