El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 14 El recluta desaparecido #3
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Chapter 14 El recluta desaparecido #3

Las fuerzas de Xalara eran escasas, y Michelle era una persona demasiado pesada como para poder sostenerla y al mismo tiempo caminar deprisa.

Aun así, se pusieron en marcha y comenzaron a avanzar.

Primero lograron bajar las escaleras y llegar hasta el pasillo.

No quedaba demasiada distancia para alcanzar el patio exterior delantero, pero tampoco sabían de cuánto tiempo disponían.

Las dos reclutas del Noroeste sacaron una reserva de energía y aceleraron el paso. Eso provocó que Michelle volviera a tropezarse, arrastrando a su compañera. No llegaron a tomar contacto con el suelo, pero sí se detuvieron.

—Lo siento, Xalara, no puedo más.

—Claro que puedes, vamos —respondió, aunque ella estaba todavía peor. Su aliento era tan escaso que sus palabras apenas fueron perceptibles.

—Se acabó, Xalara. Hasta aquí he llegado —aseguró.

Esta vez no intentó convencerla de lo contrario. Era evidente que no lo conseguirían, y se dejó caer al suelo, sentándose a su lado. Justo en ese momento, el campaneo se detuvo.

—Siento que te hayas quedado dentro por mi culpa —se lamentó Michelle.

—Tú no tienes la culpa —contestó Xalara con amabilidad—. Yo decidí hacerlo.

—Entonces, gracias por tomar esa decisión —dijo con una sonrisa en la cara.

—Tú habrías hecho lo mismo por mí, como hiciste anoche. A las amigas nunca se las deja atrás, ¿no?

—Sí —asintió Michelle, emocionada al ver que Xalara la acababa de definir como amiga.

Se sentaron en el suelo a esperar acontecimientos, con la espalda apoyada en la pared. Hombro con hombro y en silencio. Las dos estaban exhaustas y doloridas. Michelle terminó abrazándose a Xalara y, aunque esta se sintió un poco incómoda, no la rechazó.

Minutos más tarde, el guardián dio con ellas en el pasillo.

—Aquí estáis, las únicas que no han superado la prueba —dijo—. Lo siento, pero las normas son claras, seréis castigadas por ello.

Ellas ni siquiera lo miraron. Parecía importarles poco lo que fueran a hacerles, porque ya no enfrentarían los problemas solas.

—Tenéis que venir conmigo —les ordenó.

Las dos nuevas amigas se levantaron con mucha dificultad, cada una con propios sus problemas físicos, pero ayudándose mutuamente ante una expresión de cierta confusión y recelo por parte de Desvon Jeidal.

Pese a su estado físico, no se detuvieron hasta llegar a la entrada del pabellón de actos, aunque tardaron mucho en conseguirlo.

Todos los reclutas de Lúgardark estaban allí.

Y no solo ellos, sino también los maestres, incluida su líder.

Cuando entraron detrás del guardián, se produjo un murmullo repentino. Xalara trató de ignorar el hecho de que todos estuvieran observándolas y juzgándolas a la vez.

—Quedaos aquí —indicó Desvon, dejándolas a los pies del escenario.

El hecho de que la Lady Maestre se levantara hacia el atril consiguió que el murmullo general cesase por completo.

—Esta noche os habéis enfrentado a una prueba que no esperabais, y habéis conseguido hacerlo con éxito. Por favor, otorgaos una ovación, os lo merecéis.

Una tormenta de aplausos, al principio un poco tímidos, estalló en las gradas. Xalara y Michelle no aplaudieron, aunque esta última se vio tentada, pero un simple vistazo hacia el gesto de su amiga bastó para acabar con su intención.

—Sí, es fantástico —dijo Syliana, terminando así con el ruido—. Sin embargo, dos de vuestras compañeras, aquí presentes —añadió, señalándolas con el dedo—, han fracasado.

Xalara levantó la mirada hacia el atril.

—Estamos en un centro de formación militar realizando la EDMO —prosiguió—, y como fue avisado con anterioridad, el fracaso en esta prueba sería castigado de forma severa.

Xalara pudo ver el gesto de satisfacción en la cara de Gúlfrica, a quien se le veía disfrutar con su fracaso. Tenía las piernas cruzadas en un gesto confiado, como satisfecha por haber conseguido lo que buscaba. La recluta entendió que esa prueba había sido ideada por ella.

—En vista de lo ocurrido —continuó la anciana—, quiero conocer cuáles son las explicaciones, en caso de que las hubiera, de estas dos reclutas de la Comarca del Noroeste para justificar su fracaso. Solicito que suban al escenario de inmediato.

Michelle estaba tan asustada que se quedó paralizada. Xalara notó esto y tiró de ella para ayudarla con su visible cojera. Juntas subieron al escenario y se colocaron al lado izquierdo de la Lady Maestre.

—Bien —continuó Syliana—. Antes de nada, quiero que pidáis perdón a vuestros compañeros por haber fracasado. Ellos no se merecen vuestra incompetencia.

Ese comentario humillante, e incluso insultante, le sorprendió a Xalara, pues tras la conversación mantenida con la Lady Maestre durante la primera noche en Lúgardark, pensaba que esa anciana era de otra forma. Al parecer se había equivocado en su apreciación.

—Decid conmigo: Soy una inútil y no volverá a ocurrir.

Las reclutas se miraron mutuamente, pero solo Michelle lo dijo de forma muy titubeante. No obstante, Xalara observó a Syliana, retándola. Una sola y directa mirada de la Lady Maestre fue suficiente para que ella también terminara diciéndolo, aunque fuera a destiempo y con poco ímpetu.

—Ahora hacedlo cerca del micrófono, para que todos puedan oíros.

Ellas obedecieron.

—Soy una inútil y no volverá a ocurrir —pronunciaron al unísono, escuchándose en todo el pabellón.

—Muy bien —dijo Syliana, apartándolas del atril—. Ahora es el momento de que nos ofrezcáis vuestras explicaciones.

Se miraron, y fue Michelle quien finalmente dio un paso hacia el micrófono.

—Cuando estábamos corriendo hacia la salida —comenzó a explicar—, yo tropecé y me torcí un tobillo bajando las escaleras, eso me impidió continuar.

Se escucharon algunas risas burlonas que fueron acalladas enseguida. Incluso pareció escucharse la risa de Gúlfrica.

—Pero Xalara vino a por mí al ver que yo no estaba; solo quería ayudarme —aclaró—. La culpa de que ella no haya conseguido salir es solo mía —concluyó al borde de las lágrimas.

—¿Es eso cierto? —preguntó Syliana mirando a Xalara, que vio cómo su amiga le hacía un gesto suplicante con los ojos para que respondiese afirmativamente.

—Sí —contestó de forma escueta—. Fue así como ocurrió.

—En ese caso —dijo la anciana, volviendo a apartar a Michelle del atril—, estamos ante un gran acto de compañerismo. Y eso es primordial en el ámbito militar. Por eso, decido dejar sin castigo a estas dos reclutas.

Un murmullo de desaprobación recorrió el pabellón, seguido por algunos abucheos. Gúlfrica se levantó abruptamente de su silla y se dirigió al atril, saltándose el protocolo.

—Pero, Lady Maestre, no han conseguido pasar la prueba. Las normas eran y siguen siendo muy claras —protestó con indignación—. Deben cumplir el castigo correspondiente.

—Silencio, Gúlfrica. No discutiremos esto aquí —replicó Syliana con una templanza sorprendente—. Mi decisión está tomada.

La maestre de combate tuvo que volver cabizbaja a su silla.

La breve conversación mantenida entre las dos maestres no fue audible para la mayoría.

—La verdadera fuerza no reside en nuestras habilidades y capacidades físicas —dijo Syliana—, sino en la capacidad de confiar en quien tenemos a nuestro lado, y también ser dignos de esa confianza.

En el combate nunca se deja a nadie atrás.

Ellas han demostrado que el compañerismo no es solo una palabra, sino una acción y un sentimiento.

Una no ignoró el sufrimiento de su compañera, aun sabiendo las consecuencias de su fracaso, y la otra tuvo el valor de admitirlo ante todos, asumiendo su responsabilidad.

Castigar estos actos sería negar lo que significa ser parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Hoy estas dos reclutas me han recordado por qué estoy aquí.

Y espero que todos vosotros también lo recordéis.

Porque el compañerismo es nuestra mayor fortaleza como soldados.

El mareo que llevaba unos minutos acechando a Xalara incrementó su intensidad, provocando que el pabellón girase sobre ella hasta que fue abrazada por la oscuridad.