Chapter 14 El recluta desaparecido #2
—Vale —se resignó Aurora—. Al menos hoy no hagas ningún esfuerzo, pasa el día en la biblioteca.
—Así lo haré. Muchas gracias por todo.
—Espera —dijo la sanadora—. Voy a darte un justificante para que puedas demostrar que has estado aquí. Tranquila, diré que estás enferma, no que te hayas pegado con alguien —aclaró.
Xalara asintió con un gesto de agradecimiento.
—Descansa y ten cuidado —dijo al dárselo—. No te metas en más líos, por favor.
—No lo haré.
Fuera del centro de sanación, Xalara bebió el primer trago del tónico. Medio minuto más tarde, el dolor se volvió casi imperceptible. Era el momento de dirigirse a la biblioteca, el lugar que más deseaba visitar y que hasta ahora solo había visto en el mapa.
Siguiendo las indicaciones, llegó hasta una puerta que estaba abierta, situada justo después de subir unas cortas escaleras.
Al otro lado descubrió una imponente habitación con los techos altos en forma de bóveda, sostenidos por sólidas columnas de piedra.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera oscura que se alzaban hasta el techo.
Una de las secciones estaba acordonada por pivotes con cadenas, donde colgaba un cartel que prohibía el acceso a cualquier persona no autorizada.
Varias escaleras corredizas de metal permitían a los lectores acceder a los estantes más altos.
Xalara caminó sobre un suelo cubierto de alfombras gruesas que absorbían el sonido de sus pasos, contribuyendo a mantener el ambiente de silencio necesario en un lugar como ese.
Sentados en sillas austeras, casi quinientos reclutas ocupaban las mesas de madera pulida, repartidas uniformemente por toda la estancia.
En una esquina más aislada, algunos estaban dentro de cubículos individuales, provistos de un escritorio y una silla para poder leer o estudiar en soledad.
Uno de ellos estaba ocupado por Michelle, quien no se percató de su llegada.
Al fin Xalara encontró un lugar donde podía sentirse relativamente cómoda dentro de Lúgardark, pese a las inevitables miradas de reojo que suscitaba.
Una mujer con el pelo recogido en una larga coleta se acercó a ella con un gesto de enfado.
—¿Dónde estabas? Llegas tarde.
—Estuve en el centro de sanación —explicó Xalara, entregándole el justificante.
—De acuerdo —dijo la supervisora con desdén, rompiendo el justificante tras leerlo—. Busca un libro y siéntate enseguida.
Asintió y comenzó a recorrer los estantes, examinándolos detenidamente.
Era imposible llegar a leer todos esos libros, ni siquiera en dos vidas completas, pero estaban allí, a su disposición, y eso la reconfortaba.
Después de un buen rato, encontró uno que le llamó especialmente la atención, titulado El arte de la guerra.
Tuvo que subir un par de peldaños en la escalera corredera para alcanzarlo, sintiendo en sus manos la rugosidad de su textura.
Luego se acercó hacia los cubículos y se sentó en el que estaba al lado del ocupado por Michelle.
Ella esbozó una tenue sonrisa, pero Xalara fingió no haberla visto.
Odiaba tratarla con esa indiferencia, pero ya había comprobado que lo mejor era no relacionarse.
Pronto, Xalara se vio inmersa en las páginas del libro.
Hacía tanto que no disfrutaba de la lectura, que aquel placer terminó por desbordarla.
Hasta que el efecto del tónico comenzó a desaparecer.
Le dio otro sorbo tras comprobar que había recuperado ese azul intenso.
Fue entonces cuando advirtió que Michelle ya no estaba.
Por la tarde, se dedicó a buscar entre los cientos de libros alguno que hablase sobre extraños síndromes que te hicieran sentir presencias en el suelo y las paredes.
No obstante, sabía que aquello era absurdo.
La única razón que podía llevarte a algo así era la locura.
Tampoco podía descartar que fuera exactamente eso lo que le sucedía.
No era de extrañar después de todo lo que había sufrido. Quizá fuera un estrés postraumático.
—Pero… ¿qué tenemos aquí? Xalara Matapresidentes Verdreven.
Ella no podía creer quién se encontraba a su espalda. Esa voz siempre aparecía para estropearlo todo.
—¿Buscando entre esos libros alguna forma de escapar de Lúgardark? —preguntó Samanta Zolian—. ¿Quieres desertar como lo hizo Wined Nanton? Llevamos todo el día buscándolo y aún no ha aparecido. ¿No te lo habrás cargado tú?
—Samanta, ahora no es el mejor momento. Ve a divertirte con otro —contestó, esforzándose por no sonar demasiado hostil, sin desviar la mirada de la estantería que tenía justo enfrente.
—Cuentan por ahí —dijo Samanta—, que esta pasada madrugada recibiste un serio correctivo por parte de tus compañeros.
—Me da igual lo que digan.
—La chica de tercera clase y ahijada de una licorera de Yadarme, que se atrevió a desafiar a toda una sociedad. Menos mal que te encontré aquella tarde en Bibrébem. Reconozco que llegaste mucho más lejos de lo que yo esperaba para alguien como tú.
—Enhorabuena por haberme detenido —dijo, volviéndose hacia Samanta, que estaba acompañada por un chico y una chica de su comarca—. Ahora que tienes tu reconocimiento, por favor, déjame en paz y vuelve por donde has venido —añadió, dándoles otra vez la espalda.
—Begagxio —pronunció Samanta, haciendo que varios libros fuesen lanzados contra Xalara, que tuvo que pararlos con las manos para que no la golpearan—. Creo que tienes trabajo.
Samanta y sus dos nuevos esbirros se marcharon entre risas.
Pese a todo, Zolian continuaba siendo la persona a la que más detestaba.
Cuando las campanas que indicaban la cena llegaron a oídos de Xalara, salió de la biblioteca para ir al comedor.
Por el camino no tuvo más remedio que mezclarse con otros reclutas que se dirigían en la misma dirección.
Estos le dirigieron tensas miradas, pero ninguno despotricó de ella, al menos en su cara.
Aunque entre obligados susurros, casi todas las conversaciones en el comedor giraban en torno a lo mismo: Wined Nanton y su misteriosa desaparición.
No es que Xalara se alegrase de ello, pero esa noticia había absorbido la atención de todos, y por primera vez desde que llegó a Lúgardark, dejó de sentir que todas las miradas estuvieran centradas en su nuca a la hora de cenar.
Buscó a Michelle, que como siempre estaba sentada en el extremo opuesto de la mesa, dejando el máximo espacio posible entre ella y el resto. En una de esas ojeadas cruzaron miradas, pero ninguna se atrevió a dar el siguiente paso.
El sonido de las campanadas inundó de forma inesperada el comedor, sonando cinco veces. Pasados cinco segundos se repitieron. Los reclutas comenzaron a intercambiar miradas de confusión. Xalara prestó oídos a una conversación que se producía muy cerca de ella.
—Cinco campanadas repetitivas —dijo un chico—. ¡¡Corred!!
Todos comprendieron enseguida lo que pasaba, incluida Xalara, que de pronto recordó las normas del campanario: Si se escuchan cinco toques, significa que todos los reclutas deben salir hacia la puerta del centro de formación militar de manera inmediata y con carácter de obligatoriedad.
Si no se consigue en el tiempo estipulado, las consecuencias serán nefastas para quienes fracasen.
Dejaron de cenar y comenzaron a salir del comedor con prisa. El sonido de las cinco campanadas se volvía más estridente en cada nueva repetición.
Siendo una de las últimas en levantarse, Xalara vio que Michelle, situada en el extremo más cercano a la puerta, ya lo había hecho y estaba saliendo cuando ella se puso de pie.
El caos y la premura se apoderaron de los pasillos mientras todos corrían en una misma dirección, esforzándose por abrirse paso y ganar posiciones. Xalara no perdió la paciencia y prefirió tomárselo con calma. No obstante, esa actitud se volvía insostenible conforme avanzaba la muchedumbre.
Las cinco campanadas sonaban una y otra vez en Lúgardark, mientras los reclutas recorrían pasillos, doblaban esquinas y bajaban escaleras.
Xalara pensó que aquello era un castigo colectivo por la desaparición de Wined y, sobre todo, por quienes supuestamente lo estaban encubriendo.
Tampoco iba a ser tan idiota como para encima pagar por los problemas de los demás.
A pesar de los golpes en su torso, sabía que era rápida y ágil, así que decidió ponerse a correr de verdad para no ser una de las que no lo conseguían.
Sin embargo, justo en ese momento, reparó en un detalle: Michelle Nédelen, a la que había estado vigilando desde la distancia, acababa de desaparecer de su vista.
Ralentizó la marcha, oteando todo a su alrededor para confirmar que su compañera de litera no estaba. No la había visto adelantarse, por lo que debía de haberse quedado por el camino. Entonces tomó la decisión de ir a buscarla, sintiendo que no podía dejarla atrás.
Xalara chocó con otra recluta en su carrera de retroceso, lo que ocasionó que cayera al suelo desorientada, a la vez que un rayo de intenso dolor recorrió sus costillas.
Si no se levantaba rápido corría el riesgo de ser aplastada.
Consiguió ponerse en pie, pero el dolor había regresado con intensidad y demasiado pronto.
Apenas podía caminar, mucho menos correr.
Entonces sacó el frasco de tónico para el dolor y, a pesar de saber que estaba contraindicado, puesto que el contenido seguía transparente, bebió un sorbo. El dolor remitió casi al instante.
—¿Has visto a Michelle Nédelen? —preguntó desesperada a una recluta morena de su misma comarca, pero esta la ignoró por completo.
Continuó corriendo sin encontrarla. Pensó que quizás se estaba equivocando y realmente Michelle se había adelantado. Pese a ello, su instinto le decía lo contrario.
—¡Michelle! ¡Michelle! ¡Michelle! —gritó cada vez más fatigada.
—¡Estoy aquí! —era su voz, así que no podía dejarse vencer por el cansancio—. ¡Ayúdame, por favor!
—¡Michelle! —gritaba Xalara mientras corría hacia la voz.
Al fin consiguió verla, tirada en medio de una escalera, agarrándose un pie.
—Tropecé —sollozó—. Me he torcido el tobillo.
—Vamos, tienes que hacer un esfuerzo —solicitó Xalara.
Michelle logró levantarse con la ayuda de su compañera, aunque apenas podía apoyar el pie derecho.