Chapter 14 El recluta desaparecido
Se despertó sobre la cama, sin recordar cuándo ni cómo había llegado hasta allí.
Al intentar moverse, Xalara descubrió que no podía hacerlo sin que un dolor agudo le atravesara todos los músculos del cuerpo, especialmente en los costados y el abdomen.
Poco después, los recuerdos acudieron a su memoria, reclamados desde un lugar muy lejano, presentándose uno por uno, como si esperaran pacientemente a que les llegara su turno para manifestarse.
Xalara comenzó a llorar, pero lo hizo en silencio, tragándose las lágrimas y el orgullo al mismo tiempo.
No le sorprendía lo ocurrido, incluso en cierta forma se lo esperaba: les habían robado dieciocho meses de su vida y todo por su culpa.
Xalara estaba convencida de que ese odio jamás desaparecería.
Cada nueva remesa de reclutas seguiría odiándola por el mismo motivo.
Generación tras generación continuarían culpándola, porque ella permanecería en Lúgardark hasta morir de vieja.
Aunque también estaba la opción de no llegar a hacerse vieja.
Había muchas formas de conseguirlo, ¿por qué alargar la tortura si podía ponerle fin?
Esas oscuras convicciones la estaban arrastrando hacia un pozo sin fondo cuando las campanas repiquetearon para anunciar que debían levantarse, rescatándola de sus pensamientos.
La instructora entró dando las luces justo después de la última campanada.
El cuerpo de Xalara suplicaba a gritos quedarse en la cama.
Cada dilatación de su abdomen al respirar suponía un auténtico suplicio.
Al tomar contacto sus pies descalzos con el frío suelo del dormitorio, la sensación de dolor y malestar se intensificó hasta el punto de convertirse en algo insoportable.
Hacer la cama fue complicado, pero nada que ver con ponerse el uniforme deportivo, lo que supuso una auténtica odisea.
Más aún con los gestos de algunas de sus agresoras, que se mofaban desde la distancia contemplando su sufrimiento.
Al quitarse la parte superior del pijama para ponerse la del uniforme, dejando su magullado torso al descubierto, tan solo la mirada de Michelle transmitía lástima a su alrededor.
En sus ojos brillosos se leía el deseo de ayudarla, pero eso no estaba permitido.
Qué injusto estaba siendo todo para ellas dos.
Ese sentimiento de impotencia provocó que las lágrimas volvieran a asomar en sus ojos.
Pero no podía llorar, no delante de las demás.
La instructora pasó a su lado y clavó la vista en las magulladuras, pero actuó como si no hubiera visto nada. Seguramente por la noche había escuchado la paliza, pero decidió ignorarla.
Camino de la formación, su dificultad para bajar las escaleras era evidente, hasta el punto de poner en duda su capacidad para llegar al patio.
Michelle no estaba a su lado, pero Xalara percibió cómo la contemplaba en todo momento desde una cierta distancia.
Al parecer había comprendido que estar cerca de ella era un problema.
—¿Qué pasa, matapresidentes? —dijo Diago Zúnkerberg al pasar a su lado—. ¿Demasiada resaca por lo de anoche?
Xalara ignoró el comentario, pero en realidad sintió una tremenda tentación de empujarlo por las escaleras.
«Quizás debería solicitar ir al centro de sanación» —pensó cuando se quedó sola, porque el resto ya iba por delante.
Podía decirle a la sanadora que sufrió un accidente bajando las escaleras para que le proporcionase algún tipo de analgésico. Aurora Áselfof parecía muy agradable, quizá se prestara a ayudarla sin hacer demasiadas preguntas.
Era domingo, y por lo tanto solo debía aguantar la formación, después pasaría el resto del día sentada en la biblioteca. Aunque continuaba siendo desolador, ese horizonte era preferible a tener que enfrentarse a otra jornada cualquiera en Lúgardark.
No había nadie por los pasillos, tampoco se escuchaba un solo ruido. Estaba convencida de que ella era la única que aún no se encontraba en el patio, pero no iba a rendirse.
Finalmente consiguió llegar y, como supuso, parecía ser la última en hacerlo, reclamando muchas miradas. Se enderezó todo lo que pudo mientras intentaba que su andar fuera lo más natural posible, pese al malestar que le causaba. Con un suspiro de alivio, se colocó al final de su fila.
Los instructores supervisores de formación comenzaron a pasar lista. Pronto, algo llamó la atención de todos: uno de ellos comenzó a vocear. Xalara no entendía muy bien lo que gritaba, pero intuyó que alguien faltaba en una de las filas.
Desde su posición vio cómo uno de los instructores, seguramente el que había voceado, se acercaba corriendo hacia la maestre Brenda Lenders y, unos instantes después, salía disparado hacia el claustro.
—¡Nadie puede moverse ni hablar hasta nueva orden! ¡Mantened la formación! —gritó la maestre por el megáfono, tras ver que los reclutas comenzaban a inquietarse.
El paso de los minutos sin cambiar de postura comenzó a empeorar los síntomas de Xalara.
Cuando ya amanecía, la Lady Maestre apareció en el patio, acompañada por el resto de maestres. Su gesto era muy solemne y en él se podía leer una gran preocupación.
—Ha desaparecido uno de vuestros compañeros —anunció Syliana Meistre sin vacilación, cogiendo el megáfono y con los maestres a su espalda—. Se trata del recluta de la Comarca Central, Wined Nanton.
Todos comenzaron a mover los ojos, buscando otras miradas, puesto que no se les permitía hablar. Sin embargo, Xalara mantuvo la suya en el frente. No le importaba lo más mínimo aquel chico, bastante tenía con sus propios problemas.
—Este es un hecho de suma gravedad que, sin duda, nos afecta a todos —continuó—.
Como bien sabéis, la deserción en la EDMO es un delito penado con cadena perpetua.
Y lo mismo para aquellos que encubren un acto así.
Por eso solicito vuestra colaboración para esclarecer qué es lo que ha ocurrido esta madrugada con Wined.
Los reclutas parecían esperar quién sería el primero en levantar la mano para aportar algún tipo de información.
—En vista de que nadie parece saber nada —dijo Syliana e hizo una pausa prolongada, seguramente para dar más tiempo a que alguien hablara—, los Maestres Jefes seleccionarán un grupo reducido de reclutas de su respectiva comarca para realizar una búsqueda exhaustiva por Lúgardark.
La formación de hoy queda suspendida, y el resto continuaréis con la rutina dominical —concluyó.
A diferencia de su llegada, Xalara fue la primera en abandonar el patio. No quiso quedarse a esperar a que Viggo la eligiera, aunque fuera poco probable. No sería un buen ejemplo poner a la matapresidentes a buscar a otro insubordinado.
Durante el discurso de Syliana decidió acudir al centro de sanación, a pesar de saber que aquello podía traerle problemas.
Allí la recibió Aurora Áselfof, que estaba sentada escuchando las noticias en la radio.
—¿Puedo pasar? —preguntó tras tocar educadamente en la puerta.
—Sí, claro, pasa —respondió la sanadora, apagando el aparato—. ¿En qué puedo ayudarte?
Antes de hablar, Xalara se aclaró la garganta.
—Esta mañana, cuando iba a la formación, me he tropezado y he bajado rodando las escaleras —explicó, adentrándose en el centro de sanación.
Aurora caminó hacia ella con cara de preocupación.
—¿Dónde te duele?
—En el costado.
—¿Solo ahí?
—Especialmente ahí.
—Ábrete el uniforme, por favor.
La recluta hizo caso, dejando su costado al aire. La cara de la sanadora no vaticinaba algo bueno.
—¿Cómo dices que te has hecho esto? —inquirió.
—Me he caído antes por las escaleras —reafirmó Xalara.
—Estos golpes tienen varias horas —refutó Aurora.
—En realidad, fue anoche cuando me caí —dijo, intentando sonar creíble, pero a esas alturas parecía algo imposible.
—¿Te duele al respirar? —preguntó la sanadora.
Xalara asintió en silencio.
—Estos golpes no han sido producidos por una caída —insistió la sanadora—. Si tienes algo que decirme puedes hacerlo, aquí estás en un ambiente de confianza.
—Le he dicho lo que ha pasado —respondió, acordándose también de los episodios tan extraños vividos últimamente, donde acababa vomitando una extraña sustancia de color blanco—. Subía hacia los dormitorios después de la cena y, como iba tarde, perdí el equilibrio y rodé escaleras abajo.
—Lo siento, pero no te creo —admitió Aurora—. Tengo que dar parte de esto a tu Maestre Jefe —añadió mientras se acercaba a su escritorio para escribir una carta a Viggo Estrango.
—No, por favor, no lo haga —suplicó Xalara—. Le contaré la verdad.
—Soy toda oídos —dijo la sanadora volviéndose hacia ella.
—Esta madrugada me peleé con una compañera en el dormitorio —admitió—. Supongo que sabe cómo me llaman, y no soporto que lo hagan, por eso me encaré con ella, y perdí. Tengo demasiados problemas, no haga que tenga uno más, por favor —añadió al ver la indecisión de Aurora.
—Está bien —asintió la sanadora, tras un par de segundos de reflexión—. Pero prométeme que no volverás a pegarte con nadie.
—Se lo prometo.
—Bien —contestó la sanadora, con un tono en el que se notaba su escepticismo.
Xalara suspiró con alivio. No sabía por qué, pero Aurora Áselfof le transmitía confianza.
—Parece que no tienes nada roto —dictaminó tras explorarla minuciosamente—.
Voy a darte un tónico para el dolor —dijo caminando hacia una estantería repleta de frascos que a Xalara le recordaba a la destilería de su madrina—.
Esto te quitará las molestias casi por completo, pero te advierto de que solo puedes tomar un trago cada vez que el tónico te lo indique.
No lo hagas ni en más cantidad, ni en menos intervalo de tiempo, o sufrirás fuertes efectos secundarios.
—¿Y cómo sabré cuándo debo tomar la siguiente dosis? —cuestionó Xalara.
—¿Ves el color azul del líquido?
—Sí —confirmó la recluta.
—Bien, pues, cada vez que le des un trago, el líquido se volverá transparente de forma instantánea. Al concluir el periodo establecido el tónico volverá a adquirir ese azul intenso, será entonces cuando puedas tomar otra dosis.
—De acuerdo —asintió Xalara.
—Lo correcto sería informar y que pudieras quedarte aquí durante un par de días hasta que te recuperes —añadió, dando marcha atrás en la entrega del tónico.
—Por favor… —insistió Xalara.