Chapter 13 Por la juventud #2
—¿Sabes cómo es una persona solo con mirar a sus ojos? —preguntó, cada vez más atraída por él. A fin de cuentas, nadie había hablado así de ella desde que Víliam…
—Es un don que tengo.
—Sí, ya —comentó Xalara con sorna.
—No, en serio, desde que era pequeño.
Por el tono empleado, él lo creía de verdad.
—Quizás desciendas directamente de los arlayinos.
—¿Cómo dices?
—Nada, es una idiotez —aclaró Xalara con premura, arrepentida de haberlo dicho.
Pero es que hacía mucho tiempo que no se encontraba tan a gusto con alguien.
—Esa chica me suscita interés —dijo él, volviendo al tema—. Me gustaría conocerla, hablar con ella. Saber cómo fue su verdadera infancia, la relación con su madrina. Me parece una persona muy interesante.
Xalara emitió un suspiro.
—No me entiendas mal —dijo Eizan—. Parece que hablando de ella es como si me gustara.
—No he sugerido tal cosa —aclaró, sintiendo cómo el rubor acaloraba sus mejillas.
—Seguramente sea lo que todos dicen que es y yo estoy equivocado —reflexionó finalmente.
Esa última afirmación terminó decepcionando a Xalara. Aunque se avergonzaba de sentirlo.
—En fin, voy a intentar dormir otro rato —dijo—. Si no, esta hambre tan voraz que tengo acabará por devorarme a mí mismo.
Xalara escuchó cómo el chico volvía a tumbarse en el catre. No tardó en quedarse dormido, los ronquidos lo delataron enseguida.
Ella también se tumbó, repasando mentalmente la conversación mantenida con quien estaba en la celda de al lado.
Se le había olvidado su nombre; más bien no prestó atención cuando lo dijo.
Aun así, no podía olvidar el último episodio vivido al notar aquella presencia y el posterior vómito.
De todas formas, consiguió quedarse también dormida, con la esperanza de que esa sustancia blanca desapareciera.
La despertó el chirrido de la puerta de su celda al abrirse. El guardián acababa de entrar.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó.
Aún estaba demasiado aturdida para responder a la pregunta. Su primer pensamiento fue acordarse del recluta que estaba en la celda contigua. Por eso acercó el oído a la pared.
—Entiendo que hablasteis —comentó, en clara alusión al otro prisionero.
—¿Ya se ha ido? —preguntó la chica.
—Al amanecer —respondió.
—¿En serio? —exclamó, sintiéndose idiota por no haberlo escuchado.
—Sí, vine a buscarlo para que pudiera formar junto al resto en el patio.
—¿Qué hora es? —preguntó Xalara, sentándose sobre el catre.
—La hora de comer —respondió el guardián, y alzó su mano hacia el exterior de la celda—. Begagxio.
Una bandeja con un plato de comida y un vaso de agua flotó desde fuera hasta posarse sobre los muslos de Xalara.
—Creía que la comida estaba prohibida para los arrestados durante las primeras cuarenta y ocho horas —comentó ella, pues lo leyó en las normas de convivencia que venían detrás del horario.
—Y lo está —aseguró el guardián—, pero, como te dije ayer, me caes bien. No le digas esto a nadie, por favor.
—No tengo ningún apetito —se excusó, apartando la bandeja para dejarla en el suelo.
Entonces recordó el líquido vomitado durante la noche, y que, de forma milagrosa, casi había desaparecido, tan solo quedaba un pequeño vestigio, apenas perceptible salvo que supieras que ahí hubo algo.
—Es mejor que comas —insistió.
—Tengo el estómago cerrado.
—Al menos bebe un poco de agua —dijo él de forma más insistente.
—Si bebo algo lo vomitaré.
—Bueno, seguro que más tarde te apetece probarlo —comentó Desvon con cierto aire de resignación.
—¿Se sabe algo sobre la decisión? —preguntó Xalara.
—No tengo ni idea —contestó. Su tono había cambiado hacia uno más frío—. No es algo que me competa a mí.
Salió y cerró la puerta, valiéndose de la fórmula arlasófica de cierre. Regresó un rato más tarde, pero solo lo hizo para asomarse por la ventanilla y escudriñar el interior de la celda, antes de volver a irse. Fingiendo que dormía, Xalara volvió a verlo después y repitió el mismo procedimiento.
Transcurrido otro lapso indescifrable, sintió cómo su apetito despertaba, así que tomó la decisión de probar el contenido de la bandeja, en el que ni siquiera se había fijado para saber qué era.
Escuchó unas voces que se acercaban a la celda. Tras oír cómo el guardián pronunciaba la fórmula, la puerta se abrió, arrojando algo más de luz sobre la penumbrosa estancia.
—Muchas gracias, Desvon, yo me hago cargo de la situación —dijo Viggo Estrango antes de asomarse al umbral.
Hizo una especie de asentimiento y el guardián se alejó, no sin antes echar un vistazo al interior de la celda.
Los nervios de Xalara se adueñaron de todo su ser, poniendo en tensión cada fibra de su cuerpo.
—Acabar contigo sería lo más fácil —dijo Viggo tras suspirar cuando entraba en la celda—. Nunca volverás a salir de Lúgardark, nadie te espera fuera. Sería la opción más rentable para todos; puede que incluso también para ti misma.
—No lo niego —se resignó Xalara.
—Tú solicitaste entrar aquí, escogiendo una vida sin libertad ni posesiones —hizo una pausa—.
Pero elegiste tener una vida, y lo respeto —respiró profundo antes de volver a hablar—.
Gúlfrica quería tu cabeza, y te aseguro que no era la única.
Sin embargo, por alguna extraña razón, la Lady Maestre ha decidido absolverte de los cargos.
Creo que nadie ha quedado del todo satisfecho.
—No debí hacerlo —admitió con las manos cruzadas a la altura de sus rodillas—. Fue un error intentar agredir a la maestre.
—Claro que lo fue.
—No estuvo bien, lo sé —remarcó Xalara, levantando la vista hacia él.
—Pero lo hiciste, y ya no puedes evitarlo. Igual que con la decisión que tomaste antes de entrar en Lúgardark. Por eso no tienes otra opción más que mirar hacia adelante.
—Si miro hacia atrás lo veo todo borroso. Cuando miro al aquí y ahora, lo veo todo oscuro, y cuando lo hago hacia adelante, solo atisbo un precipicio al que voy encaminada sin remedio —explicó Xalara con pesadumbre.
Viggo se acercó a ella y le puso una mano sobre el hombro.
—Entonces, cuando mires atrás, cierra los ojos; ahora, enciende la luz para verlo todo más claro, y después, toma otro camino que te haga esquivar ese precipicio —reflexionó él—. Vamos, larguémonos de este asqueroso agujero.
El maestre de arlasofía salió de la celda, pero la recluta tardó unos segundos. Cuando lo hizo, vio que él estaba plantado frente a la alcantarilla, con la mirada clavada en ella. No dejó de mirarla hasta que Xalara estuvo a su lado, como si despertara de un trance.
Tras remontar la escalera y algún que otro pasillo, salieron al patio trasero, donde la niebla les dio la bienvenida a una fría noche más en Lúgardark.
—Hoy es sábado —comentó Viggo mientras caminaban.
—Pues qué bien —opinó Xalara, en un tono de ironía y desinterés.
—Antes, las noches del sábado eran libres en Lúgardark —explicó él—. Y el domingo no había que madrugar ni formar. Tampoco recibíamos ninguna instrucción hasta el lunes.
Xalara se fijó en la cara del maestre, intentando descifrar en su gesto si aquello era una broma.
—Yo, por ejemplo, iría a la taberna esta noche —reconoció él.
—¿Una taberna? ¿En Lúgardark? —preguntó, cada vez más sorprendida.
—Y todavía sigue habiéndola —aseguró—, pero ahora está cerrada, claro. En mi época no todo era disciplina. Crispina ha recrudecido la EDMO hasta devolverla a sus inicios.
La chica asintió, sin saber por qué.
—¿Y dónde está o estaba esa supuesta taberna?
—De supuesta nada —aclaró Viggo—. Está situada a la izquierda de la entrada, fuera de lo que es el recinto en sí mismo, pero formando parte de él.
—Está bien saberlo —dijo mostrando desinterés una vez más.
Siguieron caminando, cruzando el patio hacia el ala oeste.
—Mejor ve tú sola. Falta poco para la hora de cenar —dijo el maestre de repente, deteniéndose en seco—. Yo tengo que hacer algunas cosas.
Ella asintió y siguió el camino. En realidad, estaba deseando quedarse sola.
Cuando la muchacha llegó ante la puerta que daba acceso al interior del edificio, algo, como un sexto sentido, la hizo mirar hacia atrás.
La figura de Viggo, desdibujada en la niebla, se acercaba a uno de los árboles que había en el patio trasero.
Xalara se escondió detrás de la puerta para ver qué haría a continuación.
El maestre se acuclilló, apoyó sus manos sobre el tronco y comenzó a llorar.
Xalara no pudo borrar esa escena de su mente hasta que Michelle la abordó al entrar en el barracón de la Comarca del Noroeste, donde todos se preparaban, después de haberse duchado, para ir a cenar al comedor.
—Me alegro de verte —saludó con efusividad—. Siento mucho que te castigaran por ayudarme.
—Tengo que ducharme y cambiarme —respondió Xalara, esquivándola.
—¿Qué te han hecho? —preguntó, siguiéndola mientras provocaban miradas y susurros a su paso—. No te habrán maltratado, ¿verdad?
Sin darse por aludida, Xalara siguió cruzando el dormitorio hasta su litera.
—Me sentiría fatal si te hubieran hecho daño —insistió—. La maestre de combate se ha pasado conmigo, y tú le has plantado cara; eres increíble.
Xalara se detuvo al pie de su cama, girándose hacia Michelle.