El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 13 Por la juventud
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Chapter 13 Por la juventud

Era como estar atrapada en un bucle sin fin.

De nuevo, encerrada. Xalara se sentó sobre el catre helado y un miedo atroz la invadió.

¿Pasaría allí dentro el resto de sus días?

Era una recluta permanente, nadie la esperaba fuera, ¿qué les importaba a todos si su tiempo lo pasaba metida en una celda?

«¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Por qué no me contuve? ¿Qué pretendía? ¿Matar a una maestre? ¿Acaso me he convertido en una asesina?» .

—Al aceptar este puesto, nunca pensé que algún recluta pudiera desafiar de esa forma a un maestre —admitió el guardián, asomando por la ventanilla de la puerta—. Sin duda eres muy osada.

Su tono de voz no era de reprimenda; más bien, sonaba casi cómico.

—Tú eres a la que llaman matapresidentes, ¿no? —inquirió después de unos segundos de silencio.

—Enhorabuena, acaba de conocer a una famosa —respondió con sorna y desgana mientras lo veía sonreír y atusarse el pelo—. Si tiene papel y tinta a mano puedo firmarle un autógrafo.

—Me gusta tu personalidad —opinó él.

—¿Qué?

—No, en serio, me encanta la gente que es auténtica, y tú lo pareces.

—Pues qué bien —bufó, apartando la vista.

—¿Cómo se te ocurrió pegar a una maestre?

—Igual se lo merecía —contestó Xalara.

—No me malinterpretes —aseguró él entre carcajadas—. A mí esa Gúlfrica tampoco me cae muy bien. Demasiado estirada quizás.

«Mira quién fue a hablar» —pensó.

El guardián no podía andar más recto, parecía que llevase una tabla soldada a la espalda.

—No pareces mostrar arrepentimiento —comentó él.

—¿Cambiaría en algo mi situación?

—No —respondió—, pero quizá te enseñe a no volver a hacerlo.

—Quizá tampoco haya otra oportunidad —razonó la recluta.

—No lo sé. Ahora decidirán qué castigo imponerte.

—Siendo quien soy, el peor posible.

—Ya eludiste una vez a la justicia, puede que ahora vuelvas a hacerlo —dijo el guardián—. Se te da bien moverte en estas situaciones —añadió con una sonrisa sarcástica—. Eres una joven con recursos.

—Usted no me conoce.

—Cierto —admitió—, pero sé ver a las personas y reconocer a los malos, y tú no lo eres. Al menos no tanto como te pintan.

—¿Ahora debería darle las gracias por el cumplido, señor guardián?

—Llámame Desvon —dijo con tono resuelto.

—Si es tan listo como dice, entonces ¿por qué está aquí?

—Por un buen sueldo —afirmó con gracia.

—El dinero —masculló Xalara—. Siempre es el maldito dinero.

—Coincidirás en que es algo muy importante.

—Tanto, que hasta es capaz de categorizar la sociedad —reflexionó ella.

—¡Exacto! —exclamó Desvon con ímpetu—. Por eso comprenderás que esté aquí por dinero.

—Supongo.

—Yo también fui un recluta de Lúgardark. Aunque es verdad que elegí serlo.

—No hace falta que me cuente su vida —dijo Xalara—. Tampoco tiene que caerme bien para vigilarme.

—Paso demasiado tiempo solo en esa garita, y allí nunca ocurre nada. Tengo que aprovechar estos momentos para poder hablar y entretenerme.

—La soledad está infravalorada —opinó Xalara.

—Coincido contigo —respondió Desvon—. Aunque a veces es necesario algún tipo de compañía para no perder la cabeza.

—No lo tengo tan claro. A veces es la gente la que te arrastra a la locura —reflexionó, acordándose de Víliam.

—Siempre hay que saber dónde, cuándo y con quién estar para que esa compañía te aporte algo bueno —opinó Desvon.

—Gracias por su sabio consejo —dijo Xalara con ironía.

—Ahora, en tu situación, solo pueden pasar dos cosas —continuó el guardián—: o deciden matarte o encerrarte para siempre, que al fin y al cabo es lo mismo.

O, simplemente, perdonan tu rebeldía por el motivo que sea.

Pero, ¿y luego qué? —hizo una pausa—. No pelees contra los demás, pelea contra ti misma, pelea por dominar tu mente.

Vive en tu mente todas las posibilidades y, así, cuando ocurra cualquier problema, no te sorprenderá, porque ya lo habrás vivido.

Esa última reflexión la dejó pensando, pero no sabría decir si era una ayuda o un perjuicio.

Desvon se marchó sin despedirse; seguramente era la hora de cenar.

Al parecer desde allí abajo no se escuchaban las campanas.

A pesar de ello, Xalara no tenía apetito.

Hacía mucho que no comía con regularidad, y la verdad es que había adelgazado desde que salió de casa por última vez.

Si Aura la volviera a ver seguro que le diría que estaba muy delgada.

Siempre pensaba en lo que quería y no en lo que tenía.

Ahora se daba cuenta de lo estúpida y desagradecida que siempre fue.

Al final, aunque solo fuera por inercia, se quedó dormida.

Tuvo una pesadilla horrible, en la que revivió la visión del pasado donde sus padres fueron ejecutados.

Nunca llegó a ver ese momento en concreto, pero lo había imaginado tantas veces, que en la pesadilla se completó la escena.

Todo terminó cuando el Lórdezeit le dirigió esa mirada que la hizo despertar con un sobresalto.

Un estrépito consiguió que dejara atrás el recuerdo de la pesadilla de inmediato.

El guardián regresaba a los calabozos, pero esta vez parecía venir acompañado.

Xalara escuchó cómo abrían la celda de al lado, utilizando la fórmula oxditadunta para volver a cerrarla.

Al parecer, habían traído a un nuevo prisionero.

Desvon volvió a marcharse. Xalara supuso que no era necesario que estuviera todo el rato vigilándolos: Lúgardark era muy grande y ellos no iban a ir a ningún lado.

Además, seguramente tenía que organizar la guardia nocturna, compuesta por cinco grupos, cada uno con diez reclutas de cada comarca, que patrullaban el centro de formación militar en busca de alguna anomalía reseñable.

Se preguntó si algún día saldría de allí para ser partícipe de aquella patrulla nocturna.

El prisionero que estaba al otro lado de la pared comenzó a tararear una melodía.

No tenía mala voz, pero aquella circunstancia sacaba de quicio a Xalara, que estuvo tentada de exigirle que se callara.

Las paredes no debían de ser muy gruesas, puesto que se escuchaba como si estuviera con ella dentro de su propia celda.

La chica se esforzó para no provocar ningún tipo de sonido que delatara su presencia.

Por fin, tras un buen rato se calló, aunque su melodía fue sustituida por unos estrepitosos ronquidos aún más molestos.

Xalara tuvo que taparse los oídos, pues tenía la intención de volver a dormirse para que aquella condena se le hiciera más llevadera.

Aunque también tenía miedo de lo que podía pasar si volvía a dormirse.

No era un sueño, o tal vez sí, pero ya no estaba sola en aquella celda.

Quería abrir los ojos, pero era incapaz.

Sentía tanto frío que estaba paralizada.

Algo dentro de ella, tan helado como el hielo, pugnaba por salir al exterior.

Xalara ansiaba despertar, y al fin lo logró.

En ese momento, un vómito salió de sus entrañas.

Apenas había luz, pero estaba segura de que era lo mismo que vomitó la otra noche en el baño del dormitorio.

Se puso en pie con los brazos estirados, ocupando casi todo el espacio, y giró sobre sí misma, pero no tocó a nadie.

Sin embargo, allí había alguien más, estaba segura.

Ese alguien se encontraba en la pared que tenía a su espalda, pero cuando se giró no estaba allí, sino que se encontraba en la pared opuesta y, un instante después, estaba en el suelo, pero continuaba sin ver ni palpar a nadie.

Xalara se vio arrastrada por esa presencia hacia la puerta, asomando la cara por los barrotes de la ventanilla.

Su vista y atención fueron reclamadas en última instancia por una tapa de alcantarilla ubicada en el pasillo de los calabozos. La presencia se había marchado.

—¿Estás bien? —preguntó la voz que salía de la celda de al lado.

Xalara jadeaba y se notaba tan débil que se dejó caer resbalando sobre la pared.

—¿Necesitas ayuda? —insistió la voz masculina con preocupación—. Dime algo, por favor.

—Estoy bien —respondió ella; era una idiotez seguir fingiendo que no había nadie.

—¿Seguro? He escuchado como si vomitaras.

Aquello representaba un gran problema: si alguien lo veía, quedaría en evidencia como la responsable de echar esa extraña sustancia en el baño de los dormitorios. La única esperanza era que se filtrara lentamente en el suelo hasta desaparecer.

—Me suena tu voz —dijo el chico—. Creo haberla escuchado antes, pero no sé dónde.

Xalara se cubrió la boca de forma instintiva. Lo último que necesitaba era que él descubriera que tenía a la matapresidentes en la celda de al lado.

—¿Por qué te han encerrado? —preguntó el chico, pero al no obtener respuesta continuó hablando—. A mí por ser demasiado obediente.

Obviamente, Xalara sabía que aquello era un sarcasmo.

—Va, ahora en serio. Me han encerrado por intentar repetir la ración en la cena —explicó—. Es que es muy poca comida, yo necesito más alimento. Sobre todo, con las palizas físicas que nos da la maestre Lenders.

A esas alturas, Xalara tenía claro que el recluta era demasiado elocuente. No obstante, había algo atrayente en su tono de voz. Y debía reconocer que eso no era algo muy habitual.

—A mí me encerraron por algo mucho peor —dijo ella, casi sin darse cuenta.

—Uf, menos mal que hablas —aseguró él—. Pensaba que te había dado un vahído.

—No será tarde —masculló ella, con cierta resignación.

—Me llamo Eizan Maguair, por cierto.

El muchacho se quedó callado, esperando una respuesta recíproca que nunca llegó.

—Vale, lo entiendo —dijo finalmente—. No quieres desvelar tu identidad, lo respeto.

—¿De qué comarca eres? —espetó Xalara.

—Comarca Central.

Ella se mordió el labio inferior. No sabía por qué, pero de algún modo lo intuyó. Quizá fuera por ese cierto acento característico.

—¿Tú?

—Noroeste —respondió de forma escueta.

—Entonces, supongo que conocerás a Xalara Verdreven —dijo con interés palpable.

El corazón le dio un vuelco. Tenía que haber anticipado esa pregunta, era obvio que la haría.

—Sí —respondió tras un momento.

—¿Cómo es en las distancias cortas?

—¿Perdón? —preguntó, con los ojos abiertos como platos.

—Me refiero a si realmente es tan horrible como la describen.

—Mucho más —respondió ella.

—A mí me cuesta creerlo.

La contestación descolocó moralmente a Xalara.

—Me parece que es una víctima de este sistema de mierda —opinó Eizan—. Lo veo en sus ojos. No hay culpabilidad en ellos, solo sufrimiento.