El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 12 La maestre de combate #2
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Chapter 12 La maestre de combate #2

Xalara buscó con la mirada a Michelle, pero ella no desvió la suya del frente.

—No lo sé —respondió, irritada por no conocer tal detalle con todo lo que siempre había leído.

La maestre compuso una mueca parecida a una sonrisa.

—Qué decepción —dijo—. Suponía que una asesina conocería de qué está hecha su herramienta de trabajo.

A Xalara le costaba mantener la cabeza erguida, pero se obligó a hacerlo.

—Quizás sí sepas esto: ¿cómo se llaman los estudios académicos necesarios para convertirse en un fabricante de espadas?

—Tampoco lo sé —respondió esta vez de forma más rápida.

—Vaya, puede que después de todo no merezcas la reputación que te precede.

De pronto, Gúlfrica apartó la vista de Xalara y la dirigió hacia Michelle. Acababa de señalarlas como las marginadas oficiales de la Comarca del Noroeste.

—Tú, redondita Nédelen, ¿conoces las respuestas? —preguntó.

—El hilo conductor está hecho de keltren, un mineral muy exclusivo. Y para ser fabricante de espadas no existen estudios formales como tal, sino que es un oficio que se transmite de generación en generación en las familias que se dedican a ello —respondió a todo de forma atropellada.

—Menos mal que la mente te funciona.

Todos volvieron a reír, cada vez con menos disimulo. Tampoco es que pareciera importarte a la maestre a pesar de que reír no estuviera permitido.

Las tensiones se calmaron a medida que fue avanzando la instrucción.

La maestre ordenó coger a cada recluta una espada de madera con la forma y el tamaño de una espada arlasófica real.

Desde el centro del patio, Gúlfrica comenzó a realizar movimientos para que la imitaran.

Hubo comentarios de todo tipo para varios reclutas, corrigiendo sus posturas y movimientos, pero a Xalara y Michelle parecía haberlas olvidado.

Más tarde, después de un largo rato practicando de forma individual, Gúlfrica les ordenó ponerse por parejas para simular una batalla.

Sin embargo, no dejó que eligiesen a su oponente, sino que les ordenó hacerlo con la persona que tuvieran a la derecha.

Aquella orden puso a Xalara a simular un combate con una chica rizosa, que era una cabeza más alta que ella y tenía un gesto permanentemente ceñudo.

Así estuvieron otro rato, mientras la maestre caminaba yendo de una pareja a otra para corregirles todos los fallos.

Cuando llegó a donde estaba Michelle fingiendo combatir con otra chica, se detuvo a observarlas sin decir nada.

Aquella situación provocó que a Michelle se le cayera el arma falsa, sostenida además con su mano menos hábil (la única que tenía operativa).

La recluta se agachó para recogerla, y antes de que pudiera incorporarse, Gúlfrica le plantó un pie sobre el hombro y la empujó hacia el suelo, con la fuerza suficiente para que se cayera.

—Levántate sin usar las manos —le ordenó con voz firme—. No quiero que destroces la única que te queda.

Aquella situación puso en un serio apuro a Michelle, ya que no era demasiado ágil. Sus vanos intentos se convirtieron en un espectáculo cómico, provocando que todos se detuvieran para observarla.

—Vas a estar ahí hasta que seas capaz de levantarte —sentenció la maestre.

—¡Basta! —gritó Xalara, corriendo hacia allí para poner en pie a su compañera—. Es suficiente —dijo, desafiando con la mirada a la maestre.

—Vaya, parece que la matapresidentes tiene sentimientos. ¡Cualquiera lo diría! —se burló Gúlfrica, con un tono cargado de sarcasmo—. ¿Por qué no te colocas en el centro del patio y nos enseñas a todos la técnica que utilizaste para intentar asesinar al anterior presidente del Gobierno?

Xalara se quedó paralizada, no sabía qué decir ni cómo actuar.

—¿Acaso estás sorda? ¿No has oído la orden?

Aquel trato le pareció tan injusto, que quiso gritarle para que la dejara en paz. No obstante, optó por seguir callada. Gúlfrica se acercó a ella, quedándose a escasos centímetros.

—¿Crees que estás en posición de negarte a obedecer una orden? —dijo la maestre de forma cada vez más iracunda.

Pese a ello, Xalara no modificó ni su posición ni su actitud.

—¿Quizá tenga que ponerme en contacto con tu cómplice Víliam Buendi para que nos diga cómo lo hizo él?

Aquel comentario provocó que la tensión de Xalara se disparase por las nubes, apretando los dientes por la rabia e impotencia que sentía hacia esa mujer.

—Ah, lo siento —dijo la maestre—, se me olvidaba que él no contestará, porque está muerto gracias a ti.

Aquello fue más de lo que la paciencia de Xalara pudo soportar, y lanzó su brazo hacia adelante, dispuesta a golpear a Gúlfrica con la espada de madera.

Sin embargo, la maestre, ayudándose de la fórmula begagxio, frenó su ataque, consiguiendo incluso retorcer su brazo hasta que la falsa espada se le cayó de la mano por el dolor y la inercia.

—Tus actos te delatan. Pagarás por esto, matapresidentes —dijo con un tono lo suficientemente fuerte como para que solo Xalara lo escuchase—.

¡Recluta Zúnkerberg! Ve a la garita del guardián y dile que venga enseguida.

Tenemos aquí un claro caso de insubordinación e intento de agresión a un superior.

Minutos más tarde, Xalara caminaba por el centro de formación militar escoltada por el guardián.

Otra vez arrestada, aunque en esta ocasión, al menos, no la habían esposado.

Nunca fue agresiva, pero debía reconocer que ya no era la misma Xalara que salió de su casa en Yadarme aquella fatídica noche de abril.

Cuando llegaron al ala este, comenzaron a descender peldaños hacia los calabozos, ubicados en un lugar subterráneo y aislado, como si hubieran sido excavados en la propia roca sobre la que se asentaba el centro de formación militar.

Solo había cinco celdas. «Una por comarca» —dedujo Xalara con cierta ironía.

—Entra —ordenó el guardián, señalando una celda de aproximadamente dos metros cuadrados, con el techo tan bajo que Xalara apenas podía permanecer de pie.

La recluta obedeció sin protestar. El guardián cerró entonces la puerta de acero forjado, provista de una pequeña ventana enrejada.

Dentro, un catre rígido anclado a la pared dominaba el espacio, y en una esquina, un cubículo servía de retrete.

La única iluminación provenía del exterior y se filtraba a través de los barrotes de la ventana.

Era una celda, desde luego, pero ni mucho menos tan sofisticada como la que ocupó en la Prisión de Ívelmer.