El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 12 La maestre de combate
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Chapter 12 La maestre de combate

—¡¿Qué hay aquí?!

—¡Qué asco!

—¡¿Pero qué mierda es eso?!

—¡¿Quién ha echado esto?!

—¡Es repugnante!

Los comentarios de las reclutas que entraban al baño tras regresar de la formación eran de la misma índole. Xalara había abierto los ojos al sonar el campaneo, con la esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla. Sin embargo, la reacción de sus compañeras confirmaba lo contrario.

Apenas pudo dormir en toda la noche. La extraña y aterradora experiencia vivida perturbó su descanso, hasta que a su cuerpo no le quedó más remedio que cerrar los ojos. No obstante, eso no ocurrió mucho antes de la hora de levantarse.

—¿Qué os pasa? —preguntó la instructora de dormitorios, alertada por las quejas.

Su expresión al salir del baño lo decía todo: estaba tan confundida como las demás.

Unos meses atrás, Xalara nunca creería en la posibilidad de lo que ahora se estaba planteando.

—¿Alguien sabe qué ha ocurrido en el baño? —preguntó la instructora de forma severa.

Todas encogieron los hombros.

—¡Formación! —ordenó.

Las reclutas formaron junto a sus literas. Xalara tardó unos segundos más en hacerlo, fingiendo mientras sacaba su uniforme del cajón bajo la cama.

—No nos vamos a mover de aquí hasta que alguien me explique qué ha pasado en el baño —dijo la supervisora.

—Anoche escuché algo extraño en el baño —comentó una de las reclutas, que tenía el cabello esponjoso y la cara cubierta de pecas, consiguiendo que el corazón de Xalara se desbocara.

—¿Qué escuchaste? —cuestionó la instructora, corriendo hacia ella.

—No estoy muy segura —respondió—, pero fue como si alguien vomitara en el baño.

—¿No sabes quién pudo ser?

—No, porque me dormí enseguida. Tampoco estoy segura de lo que oí, quizás solo fue una pesadilla.

La instructora parecía muy intrigada por la naturaleza de aquella sustancia. Había dirigido un par de miradas indagadoras hacia Xalara. Con casi toda seguridad quería sospechar de ella, pero no tenía pruebas para culparla de nada. Además, era ilógico que pudiera expulsar algo así de su cuerpo.

—Vale —dijo la instructora—. Me da igual qué, quién o cómo haya sido, pero quiero verlo limpio antes de que bajéis a desayunar.

Si cuando vuelva a entrar en el baño, esa asquerosidad sigue ahí, pagaréis todas la culpa y el castigo será impartido por igual.

Si alguien quiere decir algo más, estaré encantada de escucharla.

Aunque Xalara tenía curiosidad por volver a contemplar aquello que salió de su cuerpo, se las arregló para entrar más tarde en las duchas y no tener que limpiarlo, así nadie notaría su sospechosa reacción.

La mañana transcurrió más o menos como el día anterior. Xalara apenas atendió a los maestres, su mente estaba inmersa en retorcidos pensamientos.

Durante la comida se produjo el regreso de Michelle Nédelen, que tenía el brazo en cabestrillo y el dedo vendado.

Xalara la buscó con la mirada, pero lo único que recibió fue una expresión de rechazo.

Eso le causó una cierta sensación de abandono, a pesar de haberlo deseado desde que la conoció en el tren.

Igual que ella, Michelle se sentó sola y apartada, pero en el extremo opuesto de la mesa.

Por la tarde, tras acudir a la clase teórica de tácticas de guerra y estrategia, para los reclutas del Noroeste llegó el momento de conocer el patio de combate. Esto, además, los dejaba muy cerca de su barracón, algo bien recibido, porque era la última instrucción del día.

Este patio estaba cercado por una grada alta en tres de sus cuatro lados.

Las paredes de hormigón y piedra, situadas bajo las gradas, mostraban las cicatrices de cientos de ataques lanzados contra ellas a lo largo del tiempo.

Los reclutas se quedaron bajo un porche, justo después de atravesar el umbral.

La niebla estaba más despejada de lo habitual, lo que permitía al menos intuir las gigantescas montañas que rodeaban Lúgardark. Pese a ello, el frío y la humedad, a esa hora de la tarde, resultaban casi insoportables.

Xalara sentía una mezcla de curiosidad e inquietud por conocer a la maestre de combate. Cuando llegó a Lúgardark, esta le dirigió una mirada imposible de descifrar que se le había quedado grabada en la retina.

Sorprendiendo a los reclutas, la maestre surgió a toda velocidad por la puerta, forzándolos a apartarse para permitir su paso.

Llevaba el uniforme ceñido a su complexión atlética, con una espada arlasófica envainada en su espalda que le otorgaba un aspecto épico.

Derrochaba un aire de autoridad que arrancaba escalofríos, ya de por sí inevitables a causa de las bajas temperaturas.

—¿Pensáis quedaros toda la maldita tarde al resguardo de ese porche? —preguntó la maestre desde el centro del patio, con un tono rasgado que no admitía réplicas—. ¡Formación!

Los reclutas se consultaron con la mirada para saber dónde y cómo debían colocarse, pues ignoraban si era el mismo procedimiento que en las formaciones de cada amanecer bajo la tutela de Brenda Lenders.

—Lo que pensaba… Un atajo de inútiles —opinó la maestre al ver la indecisión de sus pupilos—. ¡Formad de uno en uno, ocupando todo el perímetro! ¡¡Ya!!

Esta vez no titubearon. Tampoco hizo falta que se mirasen mutuamente para comenzar a obedecer la orden.

—¡¡Muy lentos!! —bramó—. Me llamo Gúlfrica Estéinar, y soy la maestre de combate. Como comprenderéis, si no sois tan cenutrios como parece, esta es la instrucción más importante en un centro de formación militar. ¡Ahora voy a ir uno por uno, y quiero que todos gritéis vuestro nombre y apellido!

—¡Ashe! —gritó el primer recluta.

—¿Ashe? —preguntó la maestre con el ceño fruncido—. ¿Eso es nombre o apellido?

—Nombre.

—¿Y por qué no me dices el nombre y el apellido?

—Ashe Índelor.

—¡¡Grítalo!!

—¡Ashe Índelor!

—¡Vaya mierda de apellido!

La maestre continuó su recorrido, deteniéndose, como era de esperar tras ver su actitud, delante de Michelle.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo Gúlfrica antes de que pudiera gritar su identidad—. Una inútil inutilizada.

Xalara pudo ver cómo unos cuantos contenían la risa a espaldas de la maestre.

—¿Cuál es tu nombre?

—¡Michelle Nédelen!

—No, estás equivocada —refutó la maestre—. Tú te llamas Redondita Nédelen.

Xalara vio que su compañera de litera realizaba un gran esfuerzo para no echarse a llorar, mientras que otros lo hacían para no prorrumpir en carcajadas.

—¿Te gusta tu nombre? —le preguntó, acercándose a su rostro.

Michelle asintió de forma tenue.

—¡Te he hecho una pregunta!

—¡Sí, me gusta, maestre!

—De acuerdo —asintió Gúlfrica—. Yo opino lo mismo.

Después continuó su ronda por el patio.

—¡Romeo Saltorio!

—¡Olison Sanzón!

—¡Jon Manair!

—¡Diago Zúnkerberg! —gritó un chico pelirrojo al que Xalara conocía, porque era quien la amenazó en el comedor.

—¡Zanerya Zambrano!

—¡Keity Járrenjeil!

—¡Vania Sinton!

Gúlfrica se acercó a Xalara y, como intuía, también se detuvo frente a ella.

—¡Xalara Verdreven! —gritó la muchacha.

—¿Por qué me mientes a la cara? —preguntó la maestre con una expresión insulsa—. ¡Aquí todos sabemos que te llamas matapresidentes! —aclaró, remarcando el sobrenombre.

La mayoría se rio de forma disimulada.

Xalara tragó saliva para intentar deshacerse de las ganas de contestarle. Como le había sugerido el maestre Viggo, debía usar ese apodo como un escudo y así nunca volvería a molestarla.

Finalmente, la maestre terminó de repasarlos a todos y miró a los reclutas otra vez desde el centro. Sus ojos negros eran tan fríos como su tono de voz, pero había algo en ellos que parecía penetrante, como dos agujeros profundos.

De repente, desenvainó su espada, levantándola al cielo y provocando que en su punta se creara un tenue destello.

—¡Mirad esta espada! —comenzó a decir—. No es solo un arma, es un vínculo que nos conecta con la arlasofía que fluye dentro de nosotros.

Con la espada, esa arlasofía se convierte en una extensión de vosotros mismos, capaz de decidir una batalla o de destruiros si la usáis de forma indebida.

Pero no os engañéis, esta arma requiere que comprendáis quiénes sois y qué estáis dispuestos a hacer con ella.

Si vuestra mente es débil y está llena de dudas, este poder se volverá contra vosotros.

He visto espadas destruir a quienes no estaban preparados para utilizarlas, pero también he visto a guerreros convertirse en leyendas en el campo de batalla, porque entendieron que la espada y quien la empuña no funcionan por separado, sino como una sola unidad.

Aprender a dominar estas armas no es solo una cuestión de técnica o de fuerza, es una cuestión de equilibrio, de conoceros a vosotros mismos tan bien como el arma que blandís.

Si no lográis ser uno con la espada, moriréis. Así de simple.

Fue inevitable que a Xalara esa lección le recordase a Víliam y su estancia junto a él en aquel refugio evanescente. Ahora tenía la extraña impresión de que todo aquello sucedió muchos años atrás.

—Aquí, en Lúgardark, si no sois lo suficientemente ineptos, aprenderéis a ser una espada viviente, guerreros capaces de canalizar vuestra arlasofía en cada movimiento.

Aprenderéis a atacar, a defenderos, pero, sobre todo, a sobrevivir.

Recordad esto: cada vez que sostengáis una espada en vuestra mano estaréis empuñando la arlasofía misma.

Esto no es un don, es un peso y una responsabilidad.

Las espadas os mostrarán vuestras debilidades y os exigirán sacrificios.

Si no estáis a la altura, las consecuencias serán fatales.

Gúlfrica hizo una pausa, estudiando la reacción de sus pupilos.

—Ahora sois unos míseros y cobardes reclutas, pero si sobrevivís a lo que os espera, os convertiréis en portadores del equilibrio perfecto entre espada y arlasofía.

Así que, cuando tengáis una espada en vuestras manos, pensad muy bien qué es lo que sostenéis, porque no es solo un arma, es lo que marca la fina línea que separa la vida y la muerte.

Un silencio muy denso siguió al discurso de la maestre de combate. Algunos reclutas intercambiaron miradas con expresiones muy variopintas.

—¡Matapresidentes! —gritó Gúlfrica, asustando a casi todos—. ¿De qué material está hecho el hilo conductor en una espada arlasófica?