El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 11 El peso de la disciplina #3
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Chapter 11 El peso de la disciplina #3

—Piensas que soy una torpe, ¿verdad? —dijo Michelle, que al parecer había escuchado el murmullo.

—Te voy a ser sincera —contestó Xalara—, no te conviene acercarte a mí.

—¿Por qué me tratas como si fuera una apestada? —preguntó Michelle al borde del llanto—. Desde que nos vimos por primera vez me repudiaste sin razón alguna.

—Tú y yo estamos en vidas muy distintas —razonó Xalara.

—¿Siempre haces esto? —preguntó de forma cortante—. ¿Alejas de ti a todas las personas?

—No, eso no es… —refutó Xalara, negando con la cabeza—. No quiero hablar de eso contigo.

—Callarte los problemas no va a hacer que desaparezcan por sí mismos. Los acrecienta, más bien.

—Mira, ¿sabes qué? —dijo Xalara, levantándose de la silla hecha una furia—. Me ordenaron quedarme hasta que te despertaras, y lo has hecho. Así que me voy.

—Sé quién eres, matapresidentes —dijo Michelle, como una hoja afilada clavándose en la espalda de Xalara—. Siempre lo he sabido; todo el mundo lo sabe. Y, aun así, yo no te he prejuzgado.

—Entonces comprenderás que lo último que te conviene es seguir hablando conmigo —dijo Xalara a modo de conclusión, y reemprendió la marcha, algo sorprendida, porque llegó a creer que en verdad Michelle desconocía quién era.

En lugar de volver con el resto de reclutas para asistir a la clase de sanación y primeros auxilios, optó por esconderse detrás de una columna, donde apenas sería perceptible debido a la escasa iluminación en el recoveco.

Aprovechando la excusa de haber acompañado a Michelle al centro de sanación, ¿por qué no alargarla un poco más?

Mientras estaba en su escondite, vio regresar a la sanadora.

Al sonar las tres campanadas que anunciaban la cena, Xalara fue directa hacia el comedor, sin pasar por los dormitorios ni las duchas para asearse y cambiar de uniforme.

Allí ya estaban casi todos los reclutas.

Xalara se acercó a la barra de autoservicio, siendo observada y comentada por todo aquel que se percató de su presencia, y se sirvió un huevo frito con patatas.

El problema llegó cuando tuvo que sentarse a la mesa de la Comarca del Noroeste.

Apenas había huecos libres, y si intentaba ocupar alguno, alguien se encargaba de cerrarlo.

Al final consiguió sentarse, haciéndolo en uno de los extremos de la mesa, lo más lejos posible de sus supuestos compañeros.

«Michelle no lo entiende, pero le estoy haciendo un gran favor al apartarla de mi lado» —pensó.

—¿Dónde has dejado a tu amiga, matapresidentes? —preguntó un recluta alto, de tez pálida y cabello pelirrojo, que se inclinó sobre la mesa para poder mirar a Xalara—. ¿Han tenido que amputarle la mano? Si era bastante inútil con dos, no me quiero imaginar con una.

Decenas de disimuladas carcajadas prorrumpieron a su alrededor.

—Creo que, incluso sin manos, seguiría siendo más inteligente que tú —respondió con una sonrisa forzada.

El recluta, rompiendo todas las normas, se levantó y le puso el cuchillo en el cuello.

—¿Quién crees que te echaría de menos si ahora mismo acabara con tu vida? —dijo muy enfadado—. No creo que nadie llore tu ausencia.

El comedor se quedó en absoluto silencio. Ni siquiera los instructores supervisores presentes movieron un solo músculo para poner fin a esa situación. Al parecer, nadie estaba en contra de que materializara sus amenazas.

—¡Correo! ¡Traigo el correo! —gritó una mujer de baja estatura y complexión robusta, que entraba por la puerta rodando un carrito y rompía la tensión del ambiente.

El recluta apartó el cuchillo de Xalara.

—Ya hablaremos tú y yo —le susurró al oído antes de volver a ocupar su sitio en la mesa.

La que traía el correo comenzó a sacar cartas y paquetes mientras gritaba los nombres que leía en ellos.

—¡Xalara Verdreven! —llamó desde el centro del comedor en un momento dado.

La aludida se sorprendió al ver que había algo para ella y por eso tardó en reaccionar y levantarse para ir a recoger su correo.

Recibió lo que parecía ser una prenda envuelta en papel marrón, en cuyo dorso, efectivamente, ponía su nombre.

Después volvió a la mesa y abrió el paquete, que albergaba una cazadora vaquera, casi idéntica a la que había tenido siempre.

Debajo se encontraba una nota doblada en dos partes:

Espero que no seas tan terca y aceptes cambiar tu vieja cazadora por esta nueva.

Posdata: La próxima vez que nos veamos te hablaré de tu madre. Y también de tu padre. Te lo prometo.

No tenía remitente, pero pegada a la nota había una pluma de cuervo. Lo que ignoraban esas palabras era que nunca volverían a verse, al menos por parte de Xalara; los pájaros sí podían volar hasta Lúgardark.

Con las tres campanadas, todos los reclutas abandonaron el comedor y regresaron a sus respectivos barracones.

—¡Las luces se apagarán enseguida! —anunció la instructora supervisora de dormitorio tras haber inspeccionado todas las camas, justo cuando Xalara terminaba de ponerse el pijama reglamentario—.

No quiero oír ni una sola palabra a partir de entonces.

Mañana se asignará el primer grupo que deberá patrullar por las noches en días rotatorios.

La instructora salió por la puerta y pulsó el interruptor que apagó las luces.

Poco después, sonó una única y prolongada campanada que marcaba el comienzo del toque de queda.

Xalara no podía dormir: la vejiga estaba a punto de reventarle.

Pero esperaría hasta que todas se durmieran para ir al baño sin ser vista.

Tras un rato, se levantó y caminó descalza sobre el frío suelo de madera, procurando no hacer ruido.

Sentada en el inodoro, aliviando por fin la vejiga, un frío repentino y antinatural le recorrió todo el cuerpo.

Enseguida sintió que no estaba sola en el baño, aunque reinara un silencio absoluto.

Xalara se levantó, temblando de pies a cabeza; alguien o algo se encontraba en el suelo.

Eso era imposible, y sin embargo estaba segura de ello.

De forma instintiva se agachó y puso una mano en el suelo.

Notó que la presencia ya no estaba en él, sino en una de las paredes.

Corrió hacia allí; como si una cuerda invisible tirara de ella.

Palpó la superficie al mismo tiempo que la presencia se movía sin detenerse en ningún punto concreto.

De pronto, sintió que volvía a estar sola, y fue en ese momento cuando, de rodillas, vomitó un líquido más blanco que la leche, poniendo fin al frío que la había atenazado.