El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 11 El peso de la disciplina #2
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Chapter 11 El peso de la disciplina #2

Esta vez, casi todos los reclutas alzaron la mano, haciéndolo en intervalos diferentes, buscando con la mirada cuántos de sus compañeros lo hacían primero para atreverse. Incluida la propia Xalara, que fue una de las últimas en alzarla mientras vio cómo Michelle era una de las pocas que no lo hacía.

—Muy bien —dijo Viggo con solemnidad—. Pues que sepáis que estáis detenidos por haber infringido la ley.

Los que tenían la mano levantada la bajaron casi al unísono y comenzaron a ponerse nerviosos, buscándose con la mirada para encontrar complicidad.

—Es broma —aseguró entre risas—. Tendríais que haberos visto la cara.

Solo parecía haberle hecho gracia al maestre, porque los reclutas no sabían qué pensar.

—Supongo que habréis usado alguna vez la fórmula begagxio —comentó Viggo.

Nadie respondió.

—Abrid el manual de arlasofía por la página veintitrés. Ahí podéis ver la fórmula, para qué sirve y cómo se ejecuta. Echadle un vistazo.

Pasados un par de minutos, el maestre volvió a hablar:

—Mirad en los cajones que hay bajo vuestras mesas —indicó—. Ahí tenéis una pequeña esfera de madera con un número grabado. Sacadla y ponedla encima de la mesa.

Xalara cogió la bola con el número cinco.

—Ahora que habéis leído las instrucciones, quiero que, utilizando la fórmula begagxio, llevéis la bola flotando hasta meterla en la caja asignada a vuestro número, que se encuentra al fondo de la habitación. ¡¡Adelante!!

La estancia se llenó de pronunciaciones superpuestas, generando un ambiente sonoro bastante molesto.

Algunos, como fue el caso de Xalara, consiguieron el objetivo de forma inmediata.

Los pocos que fracasaron fueron, precisamente, los que no levantaron la mano al ser cuestionados acerca de haber utilizado alguna vez la arlasofía.

Después de comer con el resto de comarcas, los reclutas del Noroeste tuvieron que desplazarse hacia el ala oeste, donde asistieron a su primera clase de tácticas de guerra y estrategia, impartida por el maestre Tíndrac Zoris.

Un hombre severo, cuya sola presencia conseguía que todos se mantuvieran en silencio.

Luego deberían haberse dirigido hacia el patio de combate para recibir la instrucción, pero, antes de hacerlo, les informaron que la maestre Gúlfrica Estéinar había tenido que marcharse hacia Bibrébem por un asunto personal, así que fueron asignados a formación física, supervivencia y exploración,

teniendo que compartirla junto a la Comarca del Suroeste.

Brenda Lenders estaba preparada con un silbato, que hizo sonar en cuanto los reclutas de ambas comarcas pisaron el gimnasio.

Era un amplio pabellón lleno de herramientas y máquinas para entrenar el físico, situado en el ala norte del Centro de Formación Militar.

Enseguida se vieron obligados a correr al trote, haciéndolo detrás de la maestre, que fue la primera en predicar con el ejemplo.

Xalara se fijó en lo mucho que le costaba a Michelle mantener el ritmo.

—¡Alto! —gritó Brenda, accionando una vez más su silbato—. Poneos por parejas, y que sean de la misma comarca.

Xalara y Michelle pronto se quedaron solas, por lo que no tuvieron más remedio que unirse. A Michelle pareció encantarle la idea, a Xalara no tanto.

—Me consta que hoy habéis aprendido a utilizar la fórmula begagxio —comentó la maestre—.

¿Veis esos objetos de acero que están en el centro del gimnasio?

—dijo, señalando unos cuantos cubos metálicos que yacían perfectamente alineados en el suelo—.

Pesan más de cincuenta kilogramos —continuó sin dar tiempo a responder—.

Quiero que, por parejas y haciendo uso de la fórmula, los elevéis del suelo al menos unos centímetros.

Xalara sabía que Michelle no era capaz de activar la fórmula, por lo que le tocaba a ella realizar todo el esfuerzo, lo que convertía el ejercicio en una auténtica misión imposible.

Dejando el objeto de acero en el medio, las reclutas se colocaron frente a frente.

—Yo no sé hacer esto —lamentó Michelle, mientras el gimnasio se llenaba de voces pronunciando la fórmula.

Xalara no respondió a la queja de su compañera, sino que comenzó a intentar levantar el objeto por su cuenta.

Sabía que estaba logrando activar la fórmula por el característico cosquilleo que recorría su mano.

Sin embargo, apenas era capaz de hacer tambalear el objeto.

Pesaba demasiado para ella sola, y los fallidos intentos de Michelle solo estaban consiguiendo irritarla todavía más.

—¿Quieres callarte?

—Lo siento —respondió con los ojos vidriosos—, intento ayudarte.

—Pues estás consiguiendo todo lo contrario —aseguró Xalara.

No obstante, Michelle puso aún más empeño.

Hasta que un grito desgarrador hizo que todos se detuvieran, dejando caer algunos objetos peligrosamente al desactivar la fórmula de manera repentina.

Era Michelle, cuyo dedo índice de la mano derecha acababa de dislocarse.

Puso tanto ímpetu y tensión en sus dedos que acabó por destrozarse uno.

Xalara se vio tentada de agacharse para socorrerla, pero la maestre se le adelantó.

—Te has dislocado el dedo —confirmó en una primera exploración—. Tienes que ir a ver a la sanadora. Verdreven, acompáñala.

Xalara puso cara de circunstancias y estuvo a punto de negarse, pero finalmente asintió y ayudó a la maestre a levantar a Michelle del suelo. Abandonaron el gimnasio entre murmullos de burla y alguna que otra carcajada. Eran el hazmerreír de todos.

El trayecto hacia el centro de sanadores fue largo y desagradable, llegando a perderse en un par de ocasiones.

Michelle no paraba de sollozar, y no era para menos, su dedo tenía una pinta horrible.

Xalara se acordó de Víliam y sus conocimientos de sanación.

Sintió una fuerte punzada en el pecho cuando recordó que él quería convertirse en sanador. Un sueño truncado por salvarla a ella.

El centro de sanación era una sala que albergaba al menos una veintena de camas vacías, y junto a ellas había una mesita de metal con ruedas donde reposaban diferentes utensilios.

No encontraron a nadie, pero Xalara reparó en una campanilla de metal situada al lado de la puerta, y tiró de la cuerda que colgaba para hacerla sonar.

No tardó en aparecer una mujer vestida con un uniforme gris claro. Era de estatura media, con el pelo de un color entre castaño y blanco recogido en un moño. Sus ojos azules le transmitieron confianza a Xalara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, acercándose a las reclutas al mismo tiempo que se colocaba sobre los ojos las gafas que le colgaban del cuello—.

Una luxación de falange —se respondió a sí misma, casi antes de ver el dedo de la paciente—.

Tiene rápida solución, pero te aviso que el trámite va a ser muy doloroso.

El gesto de Michelle se contrajo aún más al oír el diagnóstico.

Xalara se giró para encarar la puerta, ya había cumplido con la orden de llevarla hasta allí.

—Espera —solicitó la sanadora—. Tienes que ayudarme.

La muchacha no tuvo más remedio que dar media vuelta.

—¿Cómo os llamáis? —preguntó.

—Michelle Nédelen —respondió a duras penas.

—Xalara —contestó ella con desgana, pensando que quizás ya sabía su nombre.

—Yo me llamo Aurora Áselfof —dijo la sanadora cuando llevaba a su paciente hacia la cama más cercana—. Muy bien, Xalara. Ponte por el otro lado del colchón.

Aunque reticente, obedeció.

—Ahora tienes que agarrar con fuerza el antebrazo de tu compañera, mientras que yo le coloco el dedo.

—¡Espere! ¿No hay alguna forma de aliviar el dolor? —preguntó la paciente con una expresión de horror absoluto.

—La mejor forma de quitarte el dolor es colocándolo todo en su sitio —afirmó Aurora con una sonrisa de complicidad—. Ahora voy a contar hasta tres. ¿Tienes bien cogida a Michelle?

Xalara asintió.

—Vale, pues… uno… dos…

Crac. El chasquido de la falange al recolocarse sonó con estrépito. Michelle acababa de desmayarse y Xalara la miró a ella y a la sanadora con preocupación.

—No te preocupes —la tranquilizó Aurora—. Es normal que se haya desmayado. Es incluso mejor para ella, así sufrirá menos.

A continuación, la sanadora colocó una venda y una tablilla en el maltrecho dedo para estabilizarlo.

—Tienes que hacerme el favor de quedarte con tu compañera durante unos minutos. Yo tengo que salir a dar parte de esta incidencia —anunció.

—Pero tengo que volver junto al resto, si no me penalizarán por ello —se excusó Xalara.

—No te preocupes por eso, informaré de que estás aquí ayudándome —afirmó—. No quiero que se despierte sola, podría hacerlo muy desorientada y causarse un daño mayor.

A Xalara no le seducía en absoluto la idea, pero no le quedaba más remedio que acatar la orden. Al fin y al cabo, la sanadora no era una maestre, pero sí una superior a ella.

Al irse Aurora Áselfof, Xalara cogió una silla y se sentó al lado de la cama, donde Michelle continuaba inconsciente. En varias ocasiones tuvo que fijarse muy bien en su barriga para comprobar que seguía respirando. No comprendía la excesiva despreocupación de la sanadora.

Pasó el tiempo sin que hubiera novedades en cuanto al estado de Michelle.

Tampoco respecto al paradero de la sanadora, aunque, por su forma de decirlo, su ausencia solo se iba a prolongar unos pocos minutos.

El hecho de no tener reloj le provocaba cierto agobio, pero hacía un buen rato que escuchó las campanas que ponían fin a una clase o instrucción y daban comienzo a otra.

Cuando Xalara comenzaba a dormitarse, los ojos de Michelle se abrieron. No hizo ningún aspaviento; parecía demasiado débil incluso para moverse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mirando a Xalara con los ojos entrecerrados.

Lo último que le apetecía era tener que darle explicaciones.

—Te has destrozado un dedo —respondió de forma fría.

—¿Qué?

Esa circunstancia hizo que Michelle terminara de espabilarse.

—Yo que tú no intentaría moverlo —le advirtió Xalara.

Aunque tampoco hizo falta decirlo, porque el estallido de dolor que vino a continuación fue una advertencia más que suficiente.

—¿Voy a perder el dedo? —preguntó aterrada.

Xalara se encogió de hombros como respuesta.

—Nunca activaré fórmulas arlasóficas —lamentó Michelle.

—Tampoco parecía que pudieras hacerlo ni con los cinco dedos intactos —siseó Xalara con impaciencia, mirando hacia otro lado.