Chapter 11 El peso de la disciplina
Unas horas más tarde, un campaneo de diez toques despertó a los reclutas de la Comarca del Noroeste. Xalara casi se cayó de la cama. Había dormido tan profundamente que tardó en recordar dónde estaba.
Ni siquiera había amanecido. No sabía qué hora era, pero Xalara supuso que allí el alba tardaría más en producirse debido al clima adverso de la zona. Además, una vez leyó que los días se acortaban cuanto más al norte te encontraras, y al revés, cuando ibas hacia el sur.
—¡Vamos! ¡Levantaos, vagas! ¡Tenéis que bajar a formar en el patio! —gritó alguien, irrumpiendo en el dormitorio de las chicas.
La instructora de supervisión se dedicó a repartir un folleto que Xalara recibió en la cara por partida doble.
—Que sea la última vez que duermes sin el pijama reglamentario —advirtió la supervisora.
Con la vista enturbiada y el mal trago de la advertencia, Xalara comprobó que era un horario, aunque también traía una serie de normas obligatorias de convivencia y disciplina. Michelle bajó las escaleras de la litera con torpeza.
—¿Has dormido con el uniforme puesto? —preguntó.
Xalara le respondió con una mirada tan fría como la temperatura de la habitación. Luego le entregó el horario.
—¿Qué es esto? —preguntó al verlo.
—¡Acabo de entregaros un folleto con el horario y las normas generales que debéis cumplir!
—gritó nuevamente la instructora, mientras Michelle lo leía como queriendo absorber toda la información de un solo vistazo—.
Si no lo hacéis, habrá consecuencias que no os gustarán.
Cada tarea estará marcada por un campaneo.
Ahí tenéis sus instrucciones—. ¡Escuchadme!
—volvió a bramar sin dar un respiro—. ¡Quiero las camas hechas a la perfección en menos de un minuto!
Las manos de las reclutas comenzaron a trabajar sobre las sábanas a toda velocidad. A Michelle le resultaba muy difícil cumplir las estrictas normas para hacer la cama, más tratándose de una litera.
—¡Quiero ver las sábanas perfectamente estiradas! ¡Las esquinas dobladas en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados! ¡Quiero ver la manta perfectamente alineada! ¡La almohada tiene que estar centrada en su posición exacta!
La instructora caminaba por el dormitorio con las manos en su espalda.
—Hoy es el primer día y por eso se os permite durar un minuto. Pero, a partir de mañana, solo tendréis cuarenta segundos para llevarlo a cabo. Y os aseguro algo: quien no consiga hacerlo, lamentará su torpeza.
La instructora se detuvo en la litera más cercana a la puerta de entrada. Con una lentitud deliberada, deslizó los dedos sobre la sábana de la cama inferior.
—¿Esta manera de hacer tu cama te parece aceptable?
La recluta de ojos saltones tragó saliva.
—¡Te he hecho una pregunta!
—No, mi instructora —respondió finalmente, temblando de forma visible.
—Entonces deshaz la maldita cama y vuelve a empezar —le ordenó antes de deslizar la vista hacia las demás—. ¡Hacedla de nuevo, todas!
Un gemido ahogado recorrió el dormitorio, pero nadie se atrevió a protestar.
—Ahora, terminad de vestiros y bajad a la formación. No quiero ver que alguien se retrasa, y os aseguro que vosotras tampoco —dijo la instructora justo antes de marcharse.
Las reclutas se vistieron con el uniforme deportivo, tal y como indicaban las instrucciones que acababan de entregarles, y bajaron junto a sus compañeros hacia el patio, después de reunirse en el pasillo que separaba ambos dormitorios.
El frío de la madrugada les atizó como un cuchillo afilado.
La maestre Brenda Lenders, conocida por ser quien los condujo hasta Lúgardark, los esperaba en una postura muy firme, acompañada por cinco instructores supervisores.
—¡Formad por comarcas, haciéndolo en fila! —gritó Brenda.
El descontrol fue absoluto: quinientos jóvenes chocándose entre sí. Era imposible acordar hacia dónde tenía que ir cada uno.
—¡Estáis aquí para ser formados como soldados! ¡Esto no es un patio de colegio! —bramó Brenda—. ¡A mi izquierda, quiero a los reclutas de la Comarca del Noroeste! ¡A continuación, irá la del Suroeste! ¡Luego, la Comarca Central! ¡Seguidamente, la del Noreste y, por último, la Comarca del Sureste!
Moviéndose al mismo tiempo que la maestre los reclamaba, fueron recolocándose como ella les ordenó, aunque mucho más despacio de lo que debían hacerlo.
—¡Pies juntos, espalda recta y mirada al frente! —rugió—. ¡A partir de hoy, esto será siempre así! ¡Así que empezad a hacerlo bien si no queréis lamentarlo!
Los instructores de formación asignados a cada comarca comenzaron a pasear entre los reclutas, corrigiendo su posición mientras solicitaban sus nombres para comprobarlos en una lista que portaban.
Tras unos cuantos minutos en los que estuvieron perfeccionando la formación, los reclutas comenzaron a realizar exigentes ejercicios físicos sin moverse del sitio.
Al concluir, todos volvieron a su respectivo barracón.
Después de una rápida ducha de agua templada, se pusieron el uniforme convencional, tan parecido al de gala que Xalara apenas notaba la diferencia salvo por algunos detalles.
Con el cuerpo agotado y el estómago vacío, fueron por fin a desayunar.
Lúgardark parecía un laberinto. Había decenas de pasillos y cientos de tramos de escaleras.
El comedor estaba situado en el ala este.
Para llegar hasta allí, los reclutas del Noroeste tuvieron que dejar atrás varios pasillos y cruzar otro patio abierto.
Después de transitar por otros tres largos corredores, doblar varias esquinas y subir y bajar alguna que otra escalera, llegaron ante una puerta baja pero exageradamente ancha.
El comedor era una larga y rectangular estancia, con el techo demasiado bajo para el tamaño que tenía, reforzado con grandes vigas de madera que le conferían un aspecto de robustez.
Ocupando casi todo el espacio había cinco largas mesas, cada una de ellas asignada a una comarca.
Bancos de madera sin respaldo daban asiento a los reclutas.
En un extremo del comedor estaba la línea de autoservicio, donde cada uno debía tomar su bandeja y servirse sus propias raciones, todo supervisado por los instructores de cocina, a los que pronto se sumaría un grupo rotativo de reclutas para ayudar en las labores de cocina y colocación de alimentos,
tal y como se indicaba en el folleto entregado esa mañana.
Durante el desayuno, fue la primera vez que, estando en grupo, Xalara pudo librarse de la presencia de Michelle, que se quedó rezagada.
Sin embargo, los compañeros sentados a ambos lados y frente a ella se separaron hasta dejarla aislada.
La situación no le resultaba desagradable, salvo porque así llamaba más la atención.
El desayuno no era demasiado suculento ni sabroso.
Consistía en copos de avena con leche. Sin embargo, llevaba tantas horas sin comer que lo devoró enseguida, quedándose incluso con ganas de más.
Cuando sonaron los tres toques de campana que anunciaban el final del desayuno, los reclutas abandonaron el comedor, desatando un estruendo semejante al de una estampida. Xalara pronto notó la cercanía de Michelle, que una vez más se las arregló para estar a su lado.
La primera clase teórica para los reclutas del Noroeste fue historia militar de Las Cinco Comarcas, impartida por el maestre Aldo Rénir, quien a su vez era el Maestre Jefe del Suroeste.
Un hombre con una voz muy suave y calmada.
La clase se impartía en un auditorio semicircular con pupitres individuales de madera oscura, organizados en gradería.
Estaba muy cerca del comedor, así que no tuvieron que desplazarse demasiado.
Seguramente, para el resto era algo habitual.
No obstante, todo eso resultaba nuevo para Xalara, dado que ella nunca asistió al colegio, así que el escenario le generaba una serie de sensaciones contrastadas.
Era inevitable pensar cómo habría cambiado su vida de haber asistido a la escuela como cualquier otro niño.
Llegó a la conclusión de que esa oportunidad le había llegado demasiado tarde y de manera equivocada.
A diferencia de la mayoría, Xalara prestó atención al maestre Rénir.
Siempre le gustó la historia, y aunque esta primera clase fue más bien una orientación de cómo iban a ser sus enseñanzas, ella pensaba que podía convertirse en una de sus favoritas.
Incluso se le pasó por la cabeza, recordando las palabras de Syliana Meistre, la idea de convertirse algún día en maestre de historia militar.
Después llegó el turno de arlasofía táctica.
Viggo Estrango, vestido de uniforme, pero con su habitual abrigo verde por encima, los esperaba en una sala contigua a la de historia militar.
Aquí había dos mesas largas y colectivas, dispuestas de forma que los reclutas se sentaban enfrentados, dejando un amplio espacio libre en el centro.
—Espero que no vengáis dormidos tras escuchar las teorías conspiranoicas de ese vejestorio —dijo Viggo a modo de saludo, a la vez que entregaba a cada recluta una copia del manual oficial de arlasofía.
Al verlo, fue inevitable que Xalara recordara la primera vez que realizó una fórmula arlasófica, utilizándola para poder salir de su dormitorio en la casa de Yadarme, y cómo después Aura la descubrió al encontrar el manual camuflado con las cubiertas del libro El niño del drácojor.
Muchos sonrieron y se avisaron cuando Viggo sacaba una petaca del bolsillo para pegarle un buen trago.
Los reclutas fueron ocupando las mesas. Xalara no sabía cómo, pero Michelle estaba sentada al otro lado de la clase, haciéndolo justo enfrente de ella.
—¿Cuántos de vosotros tenéis licencia para usar la arlasofía? —preguntó el maestre.
Apenas un puñado levantaron la mano.
—Voy a formular la pregunta de otra manera —insistió—. ¿Cuántos habéis utilizado la arlasofía de forma ilegal alguna vez?
Nadie levantó la mano esta vez, aunque las expresiones de la mayoría demostraban lo contrario. Viggo sonrió, consciente de que le estaban mintiendo.
—Aquí estamos en confianza y en un lugar seguro. Nadie nos escucha, y yo soy vuestro Maestre Jefe. Así que volveré a preguntaros: ¿Quién ha utilizado alguna vez la arlasofía, sin importar cómo fue?