Chapter 10 Lúgardark #4
Obedeció de inmediato, fijándose en que, encima del escritorio, había una pluma de diseño, documentos cuidadosamente organizados en carpetas de cuero y un sello oficial de Lúgardark con su estuche de lacre rojo. Además de una suntuosa lámpara de bronce.
—Así que…
—No tengo documento de identidad —dijo Xalara, adelantándose a la reprimenda—. Nunca lo he tenido. Por eso no me quedó más remedio que escaparme y subir al tren.
—No sé de qué me hablas —aseguró Syliana—. Ni tampoco quiero saberlo. Lo que iba a decir es que eres… recluta permanente —comentó, a lo que la muchacha respondió afirmando tontamente con la cabeza—. Valiente decisión la que has tomado, pero arriesgada al mismo tiempo.
—No tuve otra opción —dijo al fin Xalara, con la mirada clavada en la mesa—. Iban a declararme culpable.
—¿Y lo eres?
—¿Acaso importa?
—No lo sé, dímelo tú.
—Prefiero no comentar al respecto.
La Lady Maestre respiró profundo.
—Como quieras —opinó—. Supongo que conoces todas las condiciones de la decisión que has tomado.
—Claro.
—Entonces sabrás que ser recluta permanente implica un cargo de por vida. Que si en algún momento sales del centro de formación militar sin justificación serás declarada desertora y, por lo tanto, condenada a muerte de manera inmediata.
—Lo sé.
—Ya —respondió Syliana—, pero lo que seguro no sabes es que una recluta permanente puede ascender de rango.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Xalara, levantando la mirada por primera vez en la conversación.
—Podrías incluso ocupar algún día esta silla —aseguró—. Por lo que leo en tu rostro desconocías tal posibilidad.
Xalara negó, aunque su ánimo se había transformado de golpe.
—Pues es cierto. De hecho, hay un caso en la historia donde un recluta permanente llegó a ser Lord Maestre de Lúgardark. Witérico Vínsag se llamaba.
—Todo eso es mentira, ¿no? —preguntó Xalara, escéptica ante lo que estaba oyendo.
—Te aseguro que es verdad —afirmó Syliana con una leve sonrisa.
Acto seguido, estiró su mano en dirección a la biblioteca. Tras buscar con la mirada, dijo:
—Begagxio.
De forma instantánea, un libro de color negro abandonó su lugar en la estantería y voló hacia la mano de la Lady Maestre.
La anciana buscó entre sus páginas y después le ofreció el libro a Xalara, que pudo comprobar cómo esa anécdota era cierta en el registro de los Lord y Lady Maestres de la historia de Lúgardark.
—Lo que quiero que comprendas —continuó—, es que no toda tu vida está perdida. Hay esperanza aquí dentro. No desesperes. Trabaja, esfuérzate como la que más. Obedece, y quizás algún día puedas llegar a mandar. ¿Lo comprendes?
Xalara asintió.
—Muy bien —dijo Syliana—. Entonces ahora vete, métete en la cama y mañana comienza todo.
Tras volver a asentir, Xalara se levantó, haciendo una especie de gesto respetuoso antes de abandonar el despacho.
Luego intentó acceder al ascensor, pero, o ella no sabía cómo abrirlo, o este se negaba a transportarla hacia abajo. Así que se vio obligada a utilizar las escaleras.
El trayecto, pese al terrible cansancio que portaban sus piernas, no se le hizo tan tedioso.
La escalinata era bastante bonita, y los ventanales, altos y estrechos, estaban protegidos por vitrales de diversos colores, representando escenas de batalla.
Aunque, debido a la oscuridad del lugar, esas imágenes se veían muy deslucidas.
Xalara activó la fórmula volter y acercó su mano iluminada para verlos con más claridad.
No supo cuánto tardó en descender, pero seguro que más de lo que tenía permitido.
Al llegar abajo, se topó con otro gran problema.
Las siete puertas estaban cerradas, y como comprobó al llegar a la torre con Viggo Estrango, bloqueadas mediante arlasofía.
La desesperación se apoderó de ella. Estaba metida en un buen lío; uno más.
Así permaneció hasta que tomó la decisión de intentar abrir la puerta por medio del método tradicional, evidenciando que el maestre no la había bloqueado.
Una leve carcajada de alivio y a la vez de enfado consigo misma asomó en su rostro al salir al patio.
Con la intención de encontrar la puerta que daba acceso al pasillo que conducía hasta el barracón de la Comarca del Noroeste, Xalara se encaminó hacia el claustro. A esa hora la niebla era aún más fría y húmeda.
—¿Qué haces aquí? —dijo una voz a su espalda que consiguió estremecerla.
Se giró y vio al guardián de Lúgardark, con un largo abrigo gris, complemento de su uniforme.
—Vengo de… —trató de explicarse Xalara, señalando la Torre de los Maestres.
—Se considera una infracción muy grave estar fuera de tu barracón después del toque de queda sin justificación alguna —aseguró con autoridad.
—En realidad sí que tiene justificación —explicó otra voz que surgió de entre la niebla, anticipándose a la visión de Viggo Estrango—. La recluta Verdreven estaba conmigo, me he ausentado un minuto para ir a comprobar algo.
—Muy bien —asintió el guardián—. Que pasen buena noche entonces —dijo, y se marchó camino del vestíbulo.
—Vamos —dijo Viggo, poniéndole una mano sobre el hombro—, o te granjearás un problema más serio.
Los dos caminaron hasta entrar en el claustro.
—¿Sabes cómo llegar hasta el barracón? —preguntó el maestre.
Ella asintió sin demasiada convicción.
—Entonces ve a la cama —le ordenó—. Y por favor, no vuelvas a pararte. La instructora sabe que irás, pero, de todas formas, procura no hacer mucho ruido.
Todas sus compañeras dormían cuando Xalara llegó al dormitorio, o al menos eso era lo que aparentaban.
Rápidamente encontró su cama, puesto que era la única que estaba vacía.
Ni siquiera se quitó el uniforme para meterse en ella.
Aunque frías y sencillas, el abrazo de las sábanas resultaba agradable.
—¿Dónde estabas? —susurró una voz por encima de ella—. Me tenías preocupada —murmuró Michelle, asomándose para ver a su compañera de litera.
Xalara, que se encontraba boca arriba sobre el colchón, cambió de posición para ocultar su cara.
—¿Has tenido algún problema? —inquirió una vez más, pero al no obtener respuesta desistió en su empeño.
Xalara volvió entonces a observar el fondo bajo de la cama, comenzando a repasar todo lo ocurrido en las primeras horas de su nueva vida.