El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 10 Lúgardark #3
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Chapter 10 Lúgardark #3

Hasta hace poco fui la Jueza Suprema, y ahora me presento aquí con una ilusión desbordante por liderar esta nueva EDMO.

Xalara no podía creer la edad que tenía esa mujer. Incluso llegó a plantearse la posibilidad de que solo fuera una broma.

—Os habéis presentado esta noche en las puertas del centro de formación militar siendo obligados a hacerlo.

Algunos ojos se volvieron vidriosos al escuchar esa afirmación. Todo lo contrario mostraba el gesto de la presidenta, a la que Xalara apenas perdía de vista, aunque fuera de forma disimulada.

—Habéis dejado atrás la comodidad de vuestros hogares y el calor de vuestras familias para enfrentaros a lo que muchos temen: el rigor, la disciplina y la incertidumbre de cómo será vuestra vida a partir de ahora y durante los próximos dieciocho meses.

Cada uno de vosotros viene con una historia diferente, con miedos, esperanzas y quizás con algún sueño frustrado por estar aquí.

Sin embargo, nada de eso importa, porque todos os volvéis iguales.

Aquí no hay élite, primera clase, ni tercera.

Lo único que cuenta a partir de ahora es vuestro esfuerzo y dedicación.

»Lúgardark no es para débiles —Xalara miró de soslayo a Michelle—, ni para aquellos que buscan atajos.

Os enfrentaréis a situaciones que llevarán al límite vuestra resistencia física y mental.

Os aseguro que tropezaréis y os caeréis, pero cada caída será una lección.

Y creedme: las lecciones más valiosas de la vida no se encuentran en el triunfo, sino cuando os levantáis de cada derrota.

Syliana hizo una pausa para dejar que la última reflexión calara en sus oyentes.

—Ahora os voy a pedir que hagáis algo. Mirad a vuestro alrededor.

Estos rostros que hoy os son desconocidos serán vuestros compañeros y aliados, pero también rivales.

A partir de hoy, os sostendréis mutuamente en los momentos de duda, os desafiaréis durante los entrenamientos y os inspiraréis en las horas más oscuras.

Aquí nacerán amistades forjadas en el calor de la adversidad, y os aseguro que no hay vínculo más importante que aquel que nace de compartir la lucha.

En mi larga vida he aprendido que no hay victoria sin sacrificio, y también que la grandeza puede ser alcanzada por todo aquel que tenga el valor de perseguirla.

»Por último, quiero haceros una advertencia: no subestiméis lo que os espera.

Y también una promesa: si ponéis vuestro corazón en cada ejercicio, en cada batalla y en cada lección, saldréis de aquí siendo algo más que soldados.

Vuestra participación en el centro de formación militar es el legado que dejaréis a los reclutas que os sucedan.

»¡Bienvenidos a Lúgardark!

Los aplausos regresaron al salón, esta vez con una ovación más cerrada y sincera que al finalizar el anterior discurso.

Syliana levantó los brazos para reclamar silencio.

—Y ahora podéis ir a cenar —anunció—. Imagino que estaréis hambrientos después de la ardua caminata que os ha traído hasta aquí.

En la puerta —dijo, señalándola con el dedo—, el guardián del centro de formación militar, el señor Desvon Jeidal, os hará entrega de un mapa detallado de Lúgardark, para que no os perdáis por sus extensos y sinuosos pasillos.

Que paséis buena noche. Mañana comienza lo duro.

Nadie se atrevía a ser el primero en levantarse, hasta que un recluta de la Comarca Central dio el paso. Xalara comprobó con curiosidad que era el mismo que la había estado observando de forma diferente en la estación de tren. No tardaron en seguirlo todos, creando un ruido ensordecedor.

Xalara se unió a la multitud que se agolpaba ante la puerta para abandonar el salón. Algo que se complicó debido a la entrega del mapa por parte del guardián. Finalmente, y tras recoger el suyo, Xalara logró salir al pasillo.

—¡Verdreven! ¡Recluta Verdreven!

Girando la vista hacia su espalda, frenando su marcha y siendo embestida sin contemplaciones por quienes venían detrás, Xalara vio a Viggo Estrango, que se esforzaba por captar su atención entre la multitud.

En lugar de abrirse camino para alcanzar a su Maestre Jefe, esperó a que él lo hiciera en el sentido inverso.

En realidad, ambos se vieron obligados a esperar a que todos los reclutas se fueran.

—Tienes que venir conmigo, Verdreven —dijo cuando se juntaron.

Ella asintió. Otra vez su corazón latía apresurado. Por unos minutos olvidó el hecho de haber desobedecido a los funcionarios del Gobierno en la estación, subiendo al tren sin permiso. Ahora estaba convencida de que se dirigía a pagar las consecuencias.

—Así que, Viggo Estrango, Maestre Jefe en un lugar horrible y oscuro —comentó Xalara, nerviosa al ver que no decía nada.

—Pues sí. Tú, en cambio, eres la matapresidentes —afirmó él con un deje mordaz.

—No soy eso —refutó irritada.

—Eres la matapresidentes —repitió él sin un ápice de duda.

—Andris Bóstoul es un traidor —profirió ella.

—Y tú intentaste matarlo —insistió—. O al menos estabas allí, lo que te convierte en la matapresidentes.

Xalara miró otra vez a sus botas, apretando los labios para mantener a raya su ira y sujetar los improperios que pugnaban por salir de sus cuerdas vocales.

—No importa lo que hayas hecho realmente, para todos siempre serás la matapresidentes —reflexionó Viggo—. Asúmelo y así nunca volverá a dañarte cada vez que lo escuches. Dale la vuelta y podrás usarlo incluso como un escudo.

Maestre Jefe y recluta recorrieron el pasillo y salieron nuevamente al patio abierto.

Desde ahí, en medio de la fría niebla, caminaron hacia una de las siete puertas que componían la entrada a la torre que se alzaba frente a ellos.

Xalara cruzó el umbral detrás de Viggo, después de que abriera utilizando la fórmula arlasófica.

Supuso que era la puerta que él tenía asignada, teoría que casi confirmó cuando entraron en la torre y vio que las siete puertas daban acceso a la misma estancia.

—Acabas de entrar en la Torre de los Maestres —informó él, como si fuera necesario—. Te aseguro que muy pocos reclutas lo hacen a lo largo de la historia —añadió mordaz.

—Pues qué bien —suspiró Xalara con desinterés.

Viggo esbozó una tenue sonrisa y lanzó una mirada hacia las escaleras. Xalara no entendía la razón de construir una torre tan elevada solo para que gran parte de ella albergase una escalinata. El maestre se apartó entonces, dirigiéndose hacia un recoveco situado detrás.

—Vamos, no te quedes ahí parada —reclamó él.

La recluta lo siguió hasta la entrada de un ascensor.

—¿No esperabas que hubiera un ascensor? —inquirió Viggo—.

Este es el único en todo el edificio. Ser maestre tiene ciertas ventajas —añadió, abriendo la puerta para entrar—.

Tú también puedes utilizarlo. Incluso la indeseada número uno puede entrar aquí.

No hay un sistema de seguridad que lo rechace. Al menos de momento.

La actitud burlona de Viggo no terminaba de ser bien encajada por Xalara. No obstante, él era su superior y no podía olvidar que ahora estaba dentro de un centro de formación militar, donde permanecería de por vida. Esa confirmación la dejó desolada.

El ascensor se puso en marcha cuando Viggo seleccionó la opción de subir hasta la última planta.

Luego se abrió tras una leve sacudida y salieron hacia un corto pasillo sin ventanas, donde al final había una puerta y un par de sillas que descansaban a su lado.

Cuando llegaron a su altura, Xalara contempló maravillada el aspecto de la puerta.

Más bien era un portón doble de madera oscura, tallado con intrincados patrones y el escudo de Lúgardark. Viggo se sentó en una de las sillas.

—Tú también puedes —apuntó—. Nadie te va a castigar por ello.

Xalara titubeó, pero finalmente tomó asiento. Así transcurrieron varios minutos hasta que la puerta del ascensor volvió a abrirse, revelando la figura de la Lady Maestre.

Syliana Meistre caminaba hacia ellos con un paso firme y ligero.

Costaba comprender que tuviera noventa y tantos años; Xalara estaba convencida de que mentía respecto a su edad, seguramente para evitar las críticas a su nombramiento.

Viggo le dio un leve toque en el hombro para que se levantara, porque él ya lo había hecho sin que se diera cuenta.

—Buenas noches —saludó la Lady Maestre—. Dunoxdita.

La puerta se abrió después de que aplicara la fórmula arlasófica sobre la cerradura.

—Pasad.

Ellos la siguieron al interior de su despacho.

Era una habitación amplia, como todas las que había visto en Lúgardark, aunque esta albergaba un calor acogedor.

El techo era alto, decorado con robustas vigas de madera y tallas que Xalara creyó que eran representaciones de un dracojor; un detalle que le encantaba.

Del centro del techo pendía, por medio de una gruesa cadena, una enorme lámpara de hierro forjado que evocaba a una maraña de ramas.

En las paredes de piedra oscura colgaban algunos tapices con escenas de batallas.

En el centro de la habitación se alzaba un imponente escritorio de madera negra pulida hasta el brillo, con incrustaciones doradas que formaban el escudo de Lúgardark.

Detrás del escritorio estaba la silla de la Lady Maestre, con el respaldo alto y recto, hecha de madera oscura y con cojines de terciopelo negro.

Al otro lado había tres sillas más pequeñas, pero también elegantes.

Una pared completa del despacho estaba dedicada a alojar una biblioteca.

Xalara notó que sobre algunas baldas reposaban espadas arlasóficas dentro de vitrinas de cristal.

En otro rincón del despacho, justo frente a una enorme chimenea de piedra coronada por un antiguo reloj que marcaba los segundos haciendo un sonido muy grave, había una mesa redonda con capacidad para diez personas, en lo que parecía ser el área de reuniones.

Al fijarse en las altas y estrechas ventanas, Xalara pensó que las vistas desde allí arriba serían espectaculares de no ser por la niebla que lo envolvía todo.

—Yo me voy —dijo Viggo, que sin más salió del despacho.

La recluta se le quedó mirando, como suplicando que no la dejara sola.

—Siéntate, por favor —le ordenó Syliana mientras ella hacía lo propio.