Chapter 10 Lúgardark #2
—Qué coincidencia —comentó Michelle—, además de viajar en el mismo compartimento, ahora vamos a dormir juntas.
Xalara resopló de impaciencia. Aunque, si lo pensaba bien, quizás fuese mejor lo malo conocido.
Mirando de reojo para comprobar si alguien la observaba, Xalara se desvistió a toda velocidad y con vergüenza.
No estaba acostumbrada a compartir espacio y convivir con gente, así que ese sería uno de los grandes obstáculos en la adaptación a su nueva vida.
Guardó con especial cuidado la cazadora vaquera en el cajón instalado bajo la cama, donde en su interior albergaba al menos otros tres uniformes distintos al de gala y un par de juegos de botas; además de lo que parecía un pijama y un estuche de higiene personal.
Por suerte acertaron con su talla. No era el caso de Michelle, embutida en un uniforme varias tallas más pequeño de lo que necesitaba. Xalara sintió lástima por ella.
El uniforme de gala, de color gris oscuro, curiosamente a juego con las sábanas, estaba compuesto por una chaqueta de cuello alto que se ajustaba perfectamente al torso de Xalara.
Tanto en el pecho como en la espalda mostraba líneas horizontales sujetas al tejido por botones plateados.
En el hombro izquierdo tenía bordado el escudo de Lúgardark.
La falda caía recta, terminando justo por encima de los tobillos.
Tras vestirse, las reclutas salieron al pasillo, donde se unieron a sus compañeros. Sus uniformes eran muy parecidos, salvo por el uso de pantalones y la masculinización de la chaqueta.
—¡Quiero la fila de los chicos a la derecha y las chicas en otra a la izquierda! —gritó su Maestre Jefe, que ya los esperaba, ahora también uniformado—. Es el momento de bajar hacia el Pabellón de Actos. Allí tendrá lugar la ceremonia inaugural de la EDMO.
Después siguieron al maestre de forma ordenada hacia el patio, donde ya se encontraban todos los reclutas de Lúgardark, formando en torno a sus respectivos Maestres Jefes.
—¡Acercaos! ¡Escuchadme todos! —ordenó Viggo—.
Ahora, cada comarca será llamada de una en una.
Nosotros seremos los últimos en hacerlo.
Tenéis que poneros en fila de uno. Una vez dentro, el consejero de Defensa y Justicia estará en el pabellón, sosteniendo un escudo al que tenéis que besar.
Es el juramento que realizáis para servir con honor a Las Cinco Comarcas.
Una vez hayáis hecho el juramento, os sentaréis en las gradas habilitadas para nuestra comarca. ¿Alguna duda?
Nadie dijo nada.
—Qué nervios —murmuró Michelle.
Xalara no sabía cómo se las ingenió para estar otra vez a su lado.
Su corazón acababa de dar un vuelco y latía al mismo compás que el temblor de las piernas, con una mezcla de rabia y nerviosismo. Volvería a ver a la presidenta y su vicepresidente. No entraba en sus planes tener que encontrárselos tan pronto, e ignoraba cuál sería su reacción al verlos.
La Comarca Central fue la primera en ser reclamada.
Xalara se fijó en Samanta Zolian, que parecía muy segura de sí misma.
También encontró entre esas decenas de rostros al chico que supuestamente la dibujaba en la estación de tren.
Él también la encontró a ella, y sus miradas tuvieron un pequeño momento de conexión.
Cuando el resto de comarcas fueron llamadas y desaparecieron por la misma puerta del claustro, los reclutas del Noroeste se pusieron en fila detrás de Viggo Estrango.
Xalara se colocó a la espalda de una chica rubia, tan alta que casi le sacaba una cabeza, algo que consideraba positivo, dado que así taparía su presencia.
Detrás de ella estaba Michelle, cuyo rostro lucía desencajado por el miedo.
Con las piernas tiesas como si fuesen de madera, Xalara y el resto de los reclutas salieron del patio, entraron por una puerta, recorrieron un pasillo, doblaron una esquina y se encontraron de lleno ante una enorme puerta de hierro que estaba abierta.
La estancia a la que accedieron era gigantesca.
Xalara nunca imaginó que pudiera existir un edificio más espectacular que el Palacio de la Sede, pero este lo parecía, y eso que aún no había visto casi nada de él.
Unas gradas de madera ocupaban la mayor parte de la superficie, salvo por un ancho pasillo central.
En el lado opuesto a la entrada se hallaba un escenario con un atril, y detrás de este al menos una decena de sillas alineadas.
Los bancos de las gradas estaban casi todos ocupados; solo permanecían vacíos los que esperaban a los reclutas del Noroeste.
Además, varias cámaras de televisión captaban todos los detalles de la ceremonia.
A los pies del escenario se encontraba el consejero de Defensa y Justicia, con un escudo metálico de Lúgardark en las manos.
Cuando el principio de la fila alcanzó su altura, Viggo Estrango se apartó y se colocó junto a él.
Uno tras otro, todos los reclutas fueron besando el escudo y desplazándose a los bancos vacíos que quedaban a la izquierda, situados en la parte delantera del pabellón.
Al llegarle el turno a Xalara, lanzó una fugaz mirada al objetivo de la cámara.
Además de una sonrisa picaresca por parte del consejero, sufrió un abucheo generalizado.
Acto seguido, ocupó su lugar en las gradas, asimilando el horrendo sabor a metal que se le había impregnado en el paladar.
Desde allí vio cómo Michelle besaba el escudo y se sentaba a su lado.
Tras pasar todos el trámite del juramento, el consejero de Defensa y Justicia subió al escenario para ocupar la silla que le dejaba al lado derecho de la presidenta.
Crispina Streif se puso en pie. Vestía ropa negra y además llevaba el pelo recogido en un moño muy labrado. Transmitía severidad en cada uno de sus gestos mientras caminaba hasta el atril.
De fondo se escucharon silbidos y un murmullo de desaprobación se adueñó de la estancia. Sin embargo, cuando la Escolta Presidencial ocupó la parte delantera del escenario, arropando a su presidenta, se puso fin a aquella atmósfera de tensión.
Crispina se aclaró la garganta antes de hablar:
—Estimados consejeros, ilustres maestres, instructores, nuevos reclutas y ciudadanos de Las Cinco Comarcas.
¡Bienvenidos y bienvenidas a la ceremonia inaugural de la reinstauración de la EDMO!
—saludó utilizando un tono jovial, como si iniciara una fiesta—.
Estamos aquí para celebrar un acto trascendental en nuestra reciente historia.
Entre estos muros se han forjado muchas de las personas más influyentes de nuestra sociedad.
Hoy siento sobre mis hombros el peso de la responsabilidad, pero también la gran oportunidad que se despliega ante nosotros.
Xalara miró a su alrededor. Ninguna de las caras que vio parecía creer en tal oportunidad.
—La reapertura de Lúgardark no solo marca un antes y un después en mi legislatura, sino también el renacimiento de una institución fundamental que reafirma los valores que siempre nos han caracterizado como sociedad: la disciplina, la unidad y el sacrificio por el bien común.
La presidenta hizo una parada en su discurso para beber un poco de agua.
—Además, esta reinstauración nace como una respuesta firme a quienes han amenazado nuestra seguridad, nuestra paz y nuestra estabilidad social —continuó—.
Aquellos que, con actos de traición y violencia, han intentado sembrar el caos para poder dividirnos y traer consigo un oscuro pasado que, gracias al esfuerzo de todos, hemos conseguido dejar atrás.
Sus nombres ni siquiera merecen ser pronunciados, pero su sombra, aunque pasajera, nos recuerda que siempre debemos estar preparados.
Esta vez, Xalara no necesitó mirar a su alrededor.
Era consciente de que todas las miradas estaban clavadas sobre ella, menos la de Michelle, que parecía seguir ignorando quién era.
Tampoco la de la propia presidenta que, aunque sabía dónde se encontraba, por alguna razón prefirió no señalarla con la mirada.
—A los jóvenes que hoy inician su andadura les digo algo: Lúgardark no será fácil, pero es que tampoco tiene que serlo.
Las jornadas serán largas, las pruebas arduas, y las exigencias, implacables, pero recordad esto: estáis aquí para hacer de Las Cinco Comarcas un lugar mejor, al tiempo que crecéis como personas.
Aquí aprenderéis no solo a formaros como grandes guerreros, sino a entender que la verdadera fortaleza no reside en las espadas, sino en el corazón y la mente de quienes las empuñan.
Al oír aquello, los reclutas se miraron, como si intentaran convencerse de tales afirmaciones.
—Quiero cerrar mi intervención con un mensaje a todos los ciudadanos: mientras yo ocupe este cargo, la insubordinación y el desorden que amenacen nuestra unidad jamás serán tolerados. Los fantasmas del pasado no nos asustan. Al contrario, nos impulsan a mirar hacia adelante con más fuerza.
Crispina abrió los brazos, asemejándose a un águila que desplegaba sus alas, y volvió a hablar:
—Que este día sea recordado como el inicio de un futuro donde nuestra sociedad esté bajo la guía de quienes hoy se forman aquí. ¡Por Las Cinco Comarcas y la grandeza que construiremos juntos!
El público prorrumpió en aplausos, pero solo provenían de la bancada donde estaban los reclutas de la Comarca Central. Aun así, Xalara no podía negar que la presidenta era dueña de un gran carisma capaz de contagiar.
—Ahora cedo la palabra a la Lady Maestre.
Otra vez se escucharon aplausos, aunque fueron mucho más tímidos.
Una anciana de aspecto sorprendentemente juvenil, vestida con un uniforme de Lúgardark que realzaba aún más esa impresión, se levantó de la silla situada a la izquierda de la ocupada por la presidenta.
Ambas se cruzaron a medio camino cuando esta regresaba del atril, intercambiando un saludo mudo pero cordial.
Xalara ya había visto antes a esa mujer; estaba presente en su juicio, sentada discretamente detrás del tribunal principal.
Los ojos de la Lady Maestre recorrieron despacio las gradas antes de hablar:
—Bienvenidos todos: presidenta, consejeros, maestres, instructores y reclutas —saludó con la voz firme—.
A quienes me conocéis, os saludo diciendo que soy la Lady Maestre de Lúgardark.
A los que aún no habéis tenido el placer de hacerlo, os digo que me llamo Syliana Meistre y que tengo noventa y cuatro años.