Chapter 10 Lúgardark
Siguiendo a Brenda Lenders, los reclutas emprendieron el ascenso por aquellas escaleras cuyo final se perdía en la niebla. Xalara sospechó que, al lado derecho de la barandilla, se extendía una superficie de agua, aunque era difícil asegurarlo.
Cuando llegaron al final se encontraron ante una enorme puerta de acero, ubicada en el centro de una gigantesca fachada repleta de ventanas.
Por encima se intuía una estructura aún más elevada imposible de vislumbrar.
A Xalara le recordó vagamente a la arquitectura del Palacio de la Sede del Gobierno, aunque mucho menos ornamentada y suntuosa.
Si bien la niebla ocultaba la mayor parte del edificio, se podía intuir lo colosal de su tamaño.
El instructor de supervisión que fue a la cola del grupo, comenzó a abrirse paso hacia la parte delantera. Después de llegar hasta la maestre, se acercó a su oído para decirle algo y luego se apartó.
—¡El instructor me informa de que todos habéis logrado llegar hasta aquí! —anunció Brenda Lenders, ayudándose del megáfono y sin demostrar satisfacción alguna.
Xalara sintió cierto alivio al saber que Michelle Nédelen no se había extraviado por el camino.
No fue necesario llamar a la puerta, porque esta se abrió de par en par, dando acceso al vestíbulo de entrada.
En la enorme estancia, con paredes adornadas por columnas y un techo abovedado, se encontraba un hombre uniformado, alto y delgado, cuyo canoso cabello estaba peinado con una raya al medio.
La maestre Brenda Lenders se fue sin decir una palabra, acompañada del instructor, desapareciendo ambos por la puerta interior del vestíbulo. Los reclutas se quedaron esperando nuevas instrucciones en medio de una quietud cargada de tensión.
—¡Acercaos! —el hombre hablaba demasiado pausado, calculando cada una de sus sílabas—. Eso es, muy bien. Escuchad.
Xalara notaba algo extraño en él, como si su actitud revelase que detestaba estar allí.
—¡Bienvenidos a Lúgardark! —saludó el hombre uniformado sin entusiasmo alguno, leyendo un papel—.
Soy Desvon Jeidal, guardián del centro de formación militar.
Ahora seréis reclamados por el Maestre Jefe de vuestra respectiva comarca, quien os informará de los siguientes pasos.
Así que, tendréis que esperar a que vengan a buscaros —esto último lo dijo sin leer.
No esperó ni un segundo más y se largó.
La expectación era máxima entre todos los reclutas, agolpándose para estar lo más cerca posible de la entrada.
Xalara se preguntó si ella sería tratada igual que el resto. En teoría no dejaba de ser una más, salvo por la particularidad de que nunca volvería a salir de allí; por eso no tenía demasiada prisa en entrar.
—¿Quién y cómo crees que será nuestro Maestre Jefe? —cuestionó una voz familiar a la espalda de Xalara, que, al volverse, vio a Michelle detrás suyo.
Xalara ignoró su presencia. Empezaba a cansarle esa sombra tan persistente que le había salido desde que decidió entrar en aquel compartimiento.
Pasaban los minutos y nadie llegaba para reclamarlos.
Xalara miró a su alrededor y notó que los rostros de los demás, aun no siendo reclutas permanentes, revelaban la misma incertidumbre que sentía ella.
Casi nadie hablaba, y los pocos que lo hacían solo era para soltar algún comentario breve y en voz baja.
Excepto Michelle, que no dejaba de murmurar frases ininteligibles.
Xalara intentó dejar de escucharla, porque la estaba poniendo aún más nerviosa.
Al fin apareció alguien en el vestíbulo. Era un hombre mayor, de unos setenta y tantos años. Caminaba encorvado hacia adelante con la ayuda de un bastón. Aunque calvo en la parte superior, tenía el pelo largo por detrás y unas patillas muy pronunciadas.
—¡Reclutas del Suroeste, conmigo! —gritó a través de un megáfono.
De forma titubeante en algunos casos, un centenar de jóvenes comenzaron a hacerse un hueco para llegar a las posiciones delanteras del grupo. Marchando a continuación detrás de su Maestre Jefe.
Apenas transcurrió un minuto hasta que otra persona hizo acto de presencia en el vestíbulo.
Esta vez era una mujer de aspecto poco agraciado e incluso varonil, con el pelo muy corto y teñido de un color tan rubio que parecía blanco.
Había algo oculto en esa expresión severa que a Xalara le despertaba una tensión difícil de explicar.
—¡Comarca Central! —gritó, con una voz grave y raspada que intimidaba.
Hubo un instante en el que la mirada de Xalara y la suya se cruzaron. La muchacha la apartó enseguida. Sin embargo, la de esa mujer se clavó en su rostro como si viera un fantasma. Xalara pensó que debía acostumbrarse, ya que ese tipo de actitud hacia ella sería inevitable.
Todos los que vestían impoluta ropa con tonalidades oscuras dieron un paso adelante, y terminaron marchando detrás de su Maestre Jefa. Xalara pudo ver a Samanta Zolian caminando con la frente en alto, en un gesto cargado de soberbia.
Esta vez transcurrió más tiempo de espera que en la anterior entrada.
Un hombre, que a diferencia de los demás no vestía el uniforme militar de Lúgardark, apareció en el vestíbulo.
Xalara casi sufre un vahído al ver su largo abrigo verde, perteneciente al individuo que la ayudó en las calles de Bibrébem dándole dinero para trasladarse.
El mismo que más tarde habló con ella en la estación de tren.
—¡Reclutas de la bella y fantástica Comarca del Noroeste! —gritó con tono jovial y sin ayuda de un megáfono.
En un breve lapso, Xalara volvió a sentir un segundo sobresalto. Ese hombre no solo era un maestre de Lúgardark, sino que sería además su Maestre Jefe. No podía creerlo, eso no entraba ni en la más retorcida de sus cábalas.
Xalara y otros noventa y nueve jóvenes del Noroeste acudieron a la llamada.
Cruzaron el umbral de la puerta principal y después lo hicieron con la puerta interior del vestíbulo, donde se encontraron ante otra gran escalera, esta vez descendente hacia una niebla que ocultaba todo lo que había más abajo.
Antes de lo esperado, se encontraron en un enorme patio rectangular.
En el suelo adoquinado estaba dibujado el escudo de Lúgardark: cuatro espadas arlasóficas cruzadas en equis sobre el símbolo del Gobierno, todo dentro de un octógono.
Frente a ellos se alzaba una torre, cuya imponente altura era imposible de vislumbrar en medio de una oscuridad como esa.
Siguieron a su Maestre Jefe por una puerta situada a la izquierda, bajo el claustro que rodeaba el patio que dejaban atrás y los introducía en un pasillo tan largo que parecía interminable, apenas iluminado por unas tenues lámparas ancladas a la pared.
Al final se encontraba una puerta más grande y de aspecto distinto. El Maestre Jefe la abrió revelando una escalera.
Cuando terminaron el último tramo de escalones, entraron en un corto corredor que albergaba una puerta cerrada al fondo y una abertura en la pared a izquierda y derecha.
—Aquí están vuestros dormitorios —anunció el hombre del abrigo verde—. A mi izquierda, las chicas, y a mi derecha, los chicos.
A continuación, el maestre invitó a las chicas a entrar en el suyo.
La estancia estaba repleta de literas dobles, alineadas con precisión a lo largo de las paredes. Debajo de cada colchón había un cajón del mismo tamaño que la cama, y encima de todas ellas descansaba un uniforme de color gris oscuro, perfectamente doblado.
—No parece muy acogedor, ¿verdad? —comentó Michelle a la espalda de Xalara.
—Mirad, la matapresidentes se ha echado una amiga —dijo entre risas una recluta morena con el pelo rizoso.
—¿Por qué te ha llamado así? —inquirió Michelle en voz baja y visiblemente preocupada, acercándose un poco más a Xalara, que la miró con una sonrisa fingida, deseando que esa información provocara en ella una actitud de rechazo.
—Los baños y duchas están allí —avisó el maestre, señalando una puerta de madera al fondo de la rectangular estancia, actuando como si no hubiera escuchado el despectivo comentario hacia Xalara—.
Cada una de las camas lleva asignado vuestro nombre.
Buscad la vuestra y poneos el uniforme de gala.
En pocos minutos acudiremos a la ceremonia inaugural.
Os aviso que asistirá la presidenta del Gobierno.
Xalara sufrió un pinchazo en el pecho tras saber que estaba a punto de reencontrarse con Crispina Streif.
—Por cierto, no os lo he dicho —comentó—.
Me llamo Viggo Estrango y, además de ser vuestro Maestre Jefe, también seré vuestro maestre de arlasofía táctica.
Y ella —añadió, señalando a una mujer corpulenta, de gesto desagradable y cabello moreno recogido en un moño alto, que acababa de entrar sin que ninguna se percatase—, será vuestra instructora de supervisión de dormitorios.
—El mantenimiento de las instalaciones será vuestra responsabilidad —intervino la instructora, haciéndose notar con una voz altisonante—. Seréis seleccionados en grupos de diez, y por turnos, os encargaréis de la limpieza y el orden general.
—¿Y cuántos días tendremos que hacerlo por grupo? —preguntó una recluta pelirroja, notoriamente molesta.
—A partir de ahora —respondió de forma severa—, os dirigiréis a mí como señora instructora. Y, cada vez que queráis decir algo, levantaréis la mano y yo decidiré si podéis abrir vuestra sucia bocaza. ¡¿Me habéis entendido?!
—¡Sí, señora instructora! —gritó al unísono la mayoría. Xalara fue una de las pocas que no despegaron los labios.
—Respecto a tu pregunta —dijo la instructora—, los que mandamos decidiremos quiénes, cuándo y por cuánto tiempo lo haréis.
Las reclutas compartieron miradas y Xalara notó cómo Michelle tragaba saliva.
—Y ahora, buscad vuestra cama y poneos el uniforme de gala, el cual tenéis encima del colchón. Hacedlo de la forma más perfecta posible —ordenó la instructora mientras Viggo salía, seguramente para hacerse cargo de los chicos—. ¡Y que sea deprisa!
Enseguida, todas las reclutas comenzaron a explorar la habitación, leyendo los nombres grabados sobre una placa de latón en las literas.
Algunas lograron encontrar la suya rápido.
Otras, como fue el caso de Xalara, tardaron un poco más.
Como si el escenario se estuviera burlando de ella, iba a compartir litera con Michelle Nédelen: Xalara abajo y ella arriba.