El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 9 El reclutamiento #3
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Chapter 9 El reclutamiento #3

Era la primera vez que Xalara subía a un tren, y estaba segura de que jamás olvidaría la forma en que lo hizo.

Después de recuperar el aliento y bajar el nivel de adrenalina, comenzó a investigar el vagón.

Estaba dividido en numerosos compartimientos que, a simple vista, parecían llenos.

No le importaba, de todos modos, no iba a entrar en ninguno.

Su idea era hacer todo el trayecto en el pasillo.

Habiendo dejado atrás la ciudad de Bibrébem, Xalara se sentó sobre la moqueta gris del estrecho pasillo, donde apenas podía estirar las piernas.

Se miró en un espejo situado en la puerta, observando su rostro con atención.

No supo qué transmitía realmente, pero sintió tanta necesidad de llorar, que tuvo que hacer gala de un gran esfuerzo para contenerse.

Al apartar la atención de su semblante, se dio cuenta de que el espejo también reflejaba el interior de uno de los compartimientos, cuya puerta estaba entreabierta y parecía vacío.

Se puso en pie y caminó hasta él. Era una locura pasarse un viaje, calculaba que, de siete horas, allí sentada. Xalara podía percibir cómo los que estaban en el interior del resto de compartimientos la miraban y señalaban sin ningún tipo de pudor a través del cristal de sus puertas.

Al asomarse al compartimiento que creía vacío, descubrió con sorpresa y desagrado a una chica regordeta, de cabello castaño claro y ojos azules, que esbozó una enorme sonrisa al verla. Por eso frenó en seco y dio marcha atrás en sus intenciones.

—No, por favor —dijo la joven del interior—. Puedes entrar, estoy sola.

Lo dijo con tanto ímpetu que Xalara se lo replanteó. Finalmente, tras hacer un nuevo amago de largarse, decidió entrar.

—Me llamo Michelle Nédelen —dijo, estirando el brazo para estrecharle la mano—. ¿Y tú eres…?

Ignorando el ofrecimiento, Xalara se sentó en el asiento de enfrente y clavó la mirada en el cristal de la ventanilla, a través del cual pudo ver reflejada a esa chica mientras retiraba su mano hacia atrás, acompañando el gesto con una expresión de desencanto.

«¿De verdad no me conoce?» —pensó, atónita.

—Yo soy de Guéledan, un pequeño pueblo de la Comarca del Noroeste —volvió a hablar Michelle—. Aunque es obvio, ¿verdad? Por eso estoy en esta parte del tren.

Xalara continuó sin despegar la mirada de la ventanilla, viendo cómo entraban en un túnel, poniendo rumbo hacia el norte.

—Mi pueblo es tranquilo y siempre huele a pan recién horneado; más que nada, porque mis padres son panaderos. También puedo decirte que tengo una gata llamada Serla, mi más fiel compañera. Me preocupa que ahora no sepan cuidarla bien. Hace unas horas que no la veo y ya estoy echándola de menos.

Salieron del túnel. Ahora viajaban por un paisaje adusto y llano. Atrás quedaba el terreno escabroso que acababan de atravesar y que poco a poco se iría desdibujando.

—Soy… supongo que mucha gente diría que soy tímida. Siempre he tenido problemas para hablar con desconocidos.

Al escuchar esto, Xalara apartó por primera vez y de forma ligera la vista del cristal.

—Pero con mis amigos es muy distinto —rectificó Michelle—. Me gusta reír, bromear y, a veces, hablo demasiado si estoy nerviosa.

Esa afirmación le arrancó una leve sonrisa a Xalara.

—A veces siento que no puedo contener mis emociones y me dejo llevar por ellas.

Tras unos instantes sin hablar, volvió a la carga:

—No siempre es fácil. A veces siento que no soy lo bastante… digamos buena, lista y bonita —dijo esto con un deje de frustración.

Xalara sintió algo de lástima. Al fin y al cabo, se veía reflejada en ella.

—También me encanta leer —añadió, recuperando un tono más alegre—.

Cuando leo es como si pudiera ser otra persona, alguien fuerte y valiente, que no tiene miedo de enfrentarse a lo que sea.

Algo así me transmite el lugar al que vamos.

Dirás que soy tonta e incluso infantil, pero para hacerlo más llevadero pienso que soy la protagonista de una de esas novelas de aventura, y ese razonamiento convierte la EDMO y Lúgardark en un lugar aterrador, sí, pero también en algo emocionante.

Al escuchar su última reflexión, Xalara empezó a mostrar más interés en sus palabras.

—En fin, creo que lo que más me gustaría es tener amigos de verdad, que me acepten tal como soy. Quizá así, algún día, pueda aceptarme también yo misma.

Desviando la mirada de la ventanilla, Xalara observó fugazmente a Michelle.

—Estoy hablando demasiado, ¿verdad? —profirió ella con un tono lamentoso—. Perdón, es una manía que tengo.

Después de decir esto, sacó un libro de su bolso de cuentas y lo abrió por la página donde guardaba un marcador. Al darse cuenta, Xalara lo observó de reojo. No lo conocía, pero por la portada tenía muy buena pinta.

—Si quieres podemos leerlo juntas —propuso Michelle, seguramente al notar su interés—. O puedo leerlo en voz alta, así en plan cuentacuentos.

Xalara negó levemente, aunque, en el fondo, le habría encantado aceptar.

El resto del trayecto fue largo y tedioso.

Al menos Michelle se lo pasó leyendo y no fue un incordio.

Transitaron por diversos parajes a medida que avanzaba el día, encontrándose también con climas muy cambiantes: desde un cielo soleado a una lluvia persistente, pasando por momentos en los que granizaba.

Cada vez que el terreno variaba, Xalara no podía evitar recordar el viaje a pie que había hecho junto a Víliam desde Yadarme hasta Bibrébem.

Cuánto le habría gustado tenerlo sentado a su lado en lugar de a esa chica.

Tras varias horas de viaje, una neblina comenzó a cubrir el paisaje, convirtiéndose progresivamente en una niebla densa que apenas permitía ver dónde estaban y que, además, provocó que dentro del tren casi se hiciera de noche.

—Vaya, qué mal —se quejó Michelle—. Con esta luz me cuesta leer.

Xalara había visto dónde estaba el interruptor y lo accionó enseguida.

—Gracias —dijo Michelle con una sonrisa.

Tal vez Xalara estuviera siendo demasiado cortante con ella, pero en el fondo le estaba haciendo un favor. No le resultaría nada apropiado relacionarse con la matapresidentes. Seguro que al enterarse de quién era realmente, saldría corriendo, igual que el resto.

En un momento dado, notaron cómo el tren frenaba la marcha de forma progresiva. Pronto se vieron envueltos en una zona con farolas, donde finalmente se detuvieron. Allí la niebla parecía haberse disipado, aunque no del todo.

—Han llegado a su destino. Por favor, salgan del tren haciéndolo en orden y con respeto a los demás. No olviden coger sus pertenencias —sonó por los altavoces la misma voz que en la estación—. Esperamos que el viaje haya sido de su agrado y les deseamos una buena noche. Hasta pronto.

Que Xalara supiera, después de haber leído aquel libreto en casa de Huberto, el centro de formación militar no estaba ubicado dentro de un núcleo rural, sino todo lo contrario.

Con esa duda bajó del tren, intentando zafarse de la sombra en la que se había convertido Michelle. Sin embargo, falló en su misión.