El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 9 El reclutamiento #2
26%

Chapter 9 El reclutamiento #2

—Yo también fui un recluta —afirmó él—. Aunque es verdad que me presenté voluntario, pero también es cierto que fue en contra de mi voluntad. En fin. Como te dije: circunstancias de la vida.

—Le repito lo mismo —dijo Xalara—. Usted no me conoce. Aunque debe ser el único —murmuró.

—La vida está llena de grandes decepciones —reflexionó él—. De niño, soñaba con tener un drácojor y poder cabalgar sobre él por los bosques de Las Cinco Comarcas. No sé si sabes lo que es un drácojor.

—Lo sé perfectamente —respondió de forma cortante.

—Vale, no era mi intención ofenderte —aseguró el hombre—.

Como te iba diciendo, quería un drácojor, y cada vez que llegaba mi cumpleaños le suplicaba a mis padres que me regalasen uno.

Sin embargo, ellos siempre rompían mi ilusión asegurando que esas bestias hacía siglos que se extinguieron.

Al comprender que aquello era cierto, fue sin duda la primera y mayor decepción de mi vida.

Después vinieron muchas más. Por eso bebo, muchacha, para combatir todas esas decepciones.

—No es usted el único al que le han roto las ilusiones —comentó Xalara.

El hombre despegó la mirada de la botella y miró hacia ella con un gesto parecido a la resignación.

—Eso ya lo sé —dijo—. ¿Cuáles son las decepciones de tu vida, muchacha?

Ella respiró hondo.

—Si dejase de llamarme muchacha de esa forma tan vulgar, tal vez se las contaría.

El hombre se rio y le dio otro largo trago a la botella.

—Lo siento si te he ofendido, pero no conozco tu nombre, muchacha.

—Tampoco es necesario que lo sepa.

—Tienes temperamento. Te irá bien en ese oscuro y despiadado lugar.

—No creo que Lúgardark sea tan despiadado como usted dice.

—¿No? ¿Acaso has estado allí para afirmarlo?

—Forjan soldados a la vez que educan a los jóvenes, y…

—Desde luego. Los educan bajo una disciplina inhumana y mientras, lo único que hacen es robarte dieciocho meses de tu vida.

Pareces inteligente, no fabriques ideas estúpidas para hacer más llevadera tu estancia en ese apestoso lugar.

Allí hace frío y nunca ves la luz del sol.

Pero piensa que solo es un año y medio, y podrás irte.

Xalara agachó la mirada, consciente de que para ella sería toda una vida.

—Tranquila, lo verás mejor con un poco de alcohol en el cuerpo —dijo, y lanzó la botella al aire—. Begagxio.

Apuntando a la botella con su mano, esta empezó a flotar suavemente, y la dirigió hasta depositarla a los pies de Xalara, que, tras dudar un instante, la recogió del suelo y bebió de ella.

Después se dejó abrazar por el sueño, acostándose sobre el banco.

El bullicio la despertó a la mañana siguiente, cuando la luz del día entraba plenamente a través de las tejas translúcidas instaladas en gran parte del tejado de la estación.

Se incorporó a toda velocidad, comprobando que la soledad nocturna había dado paso a una multitud que caminaba deprisa de un lado para otro.

Aún desorientada, se vio impulsada a consultar el reloj situado en la pared: todavía eran las diez y catorce. Eso le recordó que quedaban tres cuartos de hora para el reclutamiento.

Con la mirada turbia, se fijó en el banco de enfrente.

Aquel hombre ya no estaba, en su lugar se hallaban cuatro personas que parecían ser miembros de una misma familia.

Al mirar hacia atrás, vio a más de un centenar de jóvenes reunidos cerca de la entrada, entorpeciendo el paso del resto de viajeros.

A juzgar por sus atuendos, todos eran de tercera clase.

Xalara reparó entonces en su propia ropa.

También era de tercera clase, pero estaba rota y sucia, nada que ver con la del resto.

Era evidente que todos esperaban para ser reclutados, seguramente recién llegados de sus respectivos pueblos.

No sabía en qué consistiría el reclutamiento, y estaba convencida de que todos manejaban más información que ella.

Lo más sensato era acercarse para escuchar algo, pero no sería sencillo dada su situación.

Probablemente casi todos la reconocerían, e ignoraba cómo reaccionarían al verla.

Por eso decidió seguir esperando, ya tenía bastante con las furtivas y despectivas miradas de quienes estaban delante.

Cuando casi daban las once y con un grupo de personas distinto ocupando el banco de enfrente, Xalara volvió a mirar hacia atrás, atraída por el sonido de la llegada de un tren plateado que frenaba en el andén número cinco.

Allí, junto al hueco de las vías, se encontraban ahora cinco mesas, cada una ocupada por un funcionario uniformado del Gobierno.

Ahora la cantidad de congregados para el reclutamiento se había multiplicado por cuatro. Entre todos ellos se podía distinguir a muchos vestidos con ropa más selecta, que además compartía el mismo patrón de color y material.

Con el pulso disparado y un molesto temblor en las piernas, Xalara decidió acercarse a la multitud.

Desde mucho antes de llegar a ellos, comenzaron a señalarla descaradamente entre murmullos de expectación. Era como si la hubiesen estado esperando.

Se acercó tímidamente, aunque sin llegar a formar parte del grupo. Una de las primeras palabras que llegó a escuchar con claridad fue matapresidentes. Tuvo que tragarse el orgullo como un veneno para no responder a esa afrenta.

Aunque se encontraba a una altura más baja que la media, entre todas las miradas destacaba una: Samanta Zolian estaba junto a su madre y su prima, quienes también observaban a Xalara con desfachatez.

La presencia de Zolian en el reclutamiento no le sorprendía, ya que se lo escuchó decir a su padre durante la visita en la Prisión de Ívelmer.

En ese momento, captó unas pocas palabras a un par de chicos que hablaban a su lado.

—… nos van a ir llamando por comarcas, según tengo entendido.

El que hablaba era el más delgado, y los dos tenían una maleta. Con mucha precaución, Xalara se acercó un poco más a ellos.

—¿Seremos el mismo número de personas por comarca? —preguntó el otro.

—Supongo que sí. Creo que la presidenta dijo eso.

No descubrió nada relevante, aunque al menos confirmó que estaba en el lugar correcto.

Entre todos los jóvenes de la Comarca Central, apoyado en una columna y con una hoja de papel donde apuntaba algo, había un chico que la miraba de una forma diferente, no con el desprecio que lo hacían los demás, sino con curiosidad.

Xalara tuvo la sensación de que la estaba dibujando.

Tampoco le importó. Al fin y al cabo, su rostro había estado presente en todas partes desde hace tiempo.

Los funcionarios pusieron un cartel delante de la mesa. Desde donde estaba Xalara apenas alcanzaba a ver qué ponía, pero intuyó que era el nombre de cada comarca. Entonces sonó la bocina de aviso por los altavoces de toda la estación:

—Última llamada para los reclutas de Lúgardark —anunció una voz femenina muy dulce—. Por favor, colóquense en fila delante de su respectiva mesa dependiendo de la comarca donde vivan.

Xalara se puso nerviosa porque era imposible leer el cartel, menos ahora que la gente empezaba a agolparse.

Veía cómo la mayoría daban un último abrazo a sus familiares entre lágrimas.

Esa escena le provocó una tremenda sensación de soledad.

Al menos ellos volverían a sus casas junto a sus familias. Ella no podía decir lo mismo.

Se colocó en la segunda fila comenzando por la izquierda, haciéndolo en las posiciones finales.

No tenía certeza de que esa fuera la suya, pero debía situarse en alguna.

Por supuesto no iba a hacerlo en la de los primera clase y la élite, quienes estaban colocados en el centro, al igual que la comarca a la que pertenecían.

Rápidamente pudo comprobar que, tanto el recluta que tenía delante como el que estaba a su espalda, dejaban respecto a ella una distancia demasiado amplia.

La fila comenzó a avanzar deprisa, y cada uno de los reclutas que pasaban por la mesa eran dirigidos a una puerta asignada del tren.

A medida que se acercaba el turno de Xalara, al fin pudo leer con claridad el cartel.

Se había equivocado, su comarca era la primera fila empezando por la izquierda.

Se apartó e intentó colarse en su fila a la misma altura en la que se encontraba, pero enseguida le cerraron esa opción y no le quedó más remedio que colocarse en último lugar.

Además, tuvo que escuchar las risas e improperios de quienes tenía cerca.

Cuando le llegó su turno, el funcionario de la mesa, un hombre con cara de pocos amigos, la miró de pies a cabeza de forma pausada, como intentando hallar cualquier anomalía en Xalara.

—Documento de identidad, por favor —solicitó el funcionario.

—¿Cómo?

—Que me muestres tu documento de identidad —repitió, utilizando un tono más severo.

—Lo siento, pero no lo tengo.

—En la carta de aviso se indicaba que era indispensable presentarse al reclutamiento con el documento de identidad a mano.

—Es que yo no recibí tal carta —dijo ella, que se acercó un poco más a la mesa para evitar tener que hablar alto—. Yo soy Xalara Verdreven, y vengo como recluta permanente.

—Me trae sin cuidado quién seas —contestó el funcionario.

Xalara miró a su alrededor: era la única que no había subido al tren.

—Por favor, déjeme subir —suplicó, consciente de que, si no lo hacía, inmediatamente sería condenada—. Soy la única que no ha tachado en su lista; hágalo y se acabó.

—¿Te crees más especial que el resto?

No supo qué responder, pero el tren comenzaba a preparar su marcha, aunque todavía con las puertas abiertas.

—Déjeme subir, se lo pido por favor.

El funcionario se puso en pie e hizo un gesto de reclamo a un par de cuero negro para que se acercaran a la mesa.

Iban a arrestarla. Justo en ese momento, el tren comenzaba a ponerse en marcha y las puertas se estaban cerrando.

En menos de un segundo, Xalara tomó la decisión de salir corriendo hacia la puerta del tren por donde habían accedido los reclutas de la Comarca del Noroeste.

—¡Alto! ¡Quieta!

Pero ella desoyó las órdenes y pudo saltar hacia la puerta e introducirse en el vagón justo antes de que casi no quedara espacio para hacerlo.

Finalmente, la puerta terminó de cerrarse y ella se quedó observando a los cuero negro que enseguida abortaron su persecución por el andén.

Ignoraba si aquello tendría consecuencias, pero había logrado esquivar el primer obstáculo.