El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 9 El reclutamiento
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Chapter 9 El reclutamiento

Era incapaz de calcular cuánto tiempo había transcurrido desde el juicio y la posterior firma de los documentos que la acreditaban como recluta permanente en Lúgardark. Aun así, era el suficiente como para estar nerviosa. Tanto, que incluso desconfiaba de que realmente le permitieran salir de allí.

Al fin llegó un corpulento guardia de Ívelmer portando una bolsa de plástico que, después de abrir la celda, depositó a los pies de Xalara. Dentro estaban sus enseres personales: ropa sucia, ajada y rota.

—Puedes vestirte —dijo con frialdad.

Xalara entendió que debía quitarse el uniforme de prisionera para volver a ponerse su ropa.

El guardia que acababa de llegar se dio la vuelta y salió, dejando la puerta cerrada.

Se apresuró a cambiarse porque seguramente no le otorgarían mucho tiempo para hacerlo. No podía permitir que la volviesen a ver semidesnuda.

Efectivamente, cuando todavía estaba terminando de atarse las botas, el guardia irrumpió sin avisar.

—Xalara Verdreven, tras haber ejercido tu derecho a ser recluta permanente en el Centro de Formación Militar de Lúgardark, se te permite salir en semilibertad.

Mañana, a las once, deberás presentarte con carácter de obligatoriedad en el reclutamiento que tendrá lugar en la Estación de tren Norte de Bibrébem, donde a continuación se realizará el traslado hacia Lúgardark.

De no presentarte, ya conoces las consecuencias.

Puedes irte —finalizó y se apartó de la puerta para que ella pudiera salir.

Tras remontar una escalera y dejar atrás el lustroso vestíbulo del Palacio de Justicia, Xalara se encontró en las calles de Bibrébem, donde experimentó una emoción muy parecida al pánico.

A pesar de haber sufrido incontables situaciones peligrosas y desagradables, percibía este nuevo escenario como el peor hasta la fecha.

Incapaz de silenciar su mente y tras haberse alejado varias calles, se dejó caer sobre el bordillo de una acera.

Escuchaba los apresurados latidos del corazón golpeando dentro de sus oídos, como si quisieran escapar de allí.

No sabía qué hora era, pero podía hacerse una idea debido a que las calles de la capital estaban casi desiertas.

Algo de lo que estaba agradecida, porque su atuendo atraería la atención de todas las miradas.

Mucho más sabiendo quién era: a esas alturas, toda la sociedad conocía su rostro de matapresidentes.

Una serie de escalofríos recorrieron su nuca y miró a ambos lados de la calle. También comprobó que en las ventanas y balcones no hubiera nadie.

¿Qué le sucedería ahora? ¿De verdad la dejarían ir a Lúgardark o se desharían de ella antes del amanecer?

Volvió a pensar en Víliam y en Aura, y aún se sintió más sola.

También se acordó de Huberto Cóbelpot. ¿Y si intentaba regresar a Yadarme y esconderse en su cabaña?

Al fin y al cabo, era un refugio evanescente, y casi con toda seguridad allí nadie la encontraría jamás.

Por un instante se imaginó envejeciendo en aquella cochambrosa cabaña y muriendo sola, siendo su cadáver alimento de las alimañas.

Pronto comprendió que aquella idea era muy estúpida.

No podía usar ningún medio de transporte que la sacara de la ciudad sin que nadie la delatara, y seguro que las cuatro puertas de la capital estaban más que custodiadas.

Y por supuesto, el uso de un brebaje transportador estaba más que descartado.

Suponía que encontrarse algo así, solo sucedía una vez en la vida, como mucho.

Como movida por un impulso, se llevó las manos a los bolsillos. Todos estaban vacíos, incluido el que guardaba la carta de Víliam. Sintió tanta rabia que tuvo que esforzarse para contener un grito. Sin la carta, ya le habían arrebatado todo lo que le quedaba.

Se enfrentaba a un panorama desolador, pero no podía quedarse allí sentada; eso no solucionaría sus problemas. Se puso en pie y trató de orientarse para encontrar el norte, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. La impotencia que encogía su pecho estuvo a punto de provocarle el llanto.

Incluso antes de oírlo, Xalara intuyó que alguien estaba a su espalda y entornó los ojos para ver quién era. Un hombre con media melena y barba recortada, vestido con un abrigo de color verde apagado que le llegaba a las rodillas, se acercaba arrastrando una maleta con ruedas.

Paralizada, esperó a que pasara por la acera junto a ella, cuidando de que su cara no quedara demasiado expuesta.

—¿Te conozco? —preguntó el hombre, deteniéndose apenas un paso más allá de la posición de la chica.

—No. Qué va —respondió ella con premura.

—Juraría que te he visto en algún lugar —insistió, frunciendo el ceño, como si intentase recordar.

—Seguro que no.

El hombre reanudó la marcha, pero se detuvo tan solo un par de metros más adelante, volviendo a girarse hacia Xalara.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

—¿Y qué haces a estas horas tú sola en medio de la capital?

—No creo que eso sea asunto suyo —respondió con frialdad.

—Vale, como quieras —dijo el hombre, y reemprendió la marcha.

Xalara apretó los labios antes de hablar.

—¡Espere!

—¿Has dicho algo?

—¿Cómo llego a la Estación Norte de tren?

—Creía que no necesitabas ayuda.

—Por favor —insistió Xalara, bajando la mirada.

—Si tu idea es ir caminando… te queda un buen rato.

—¿Cómo cuánto rato?

—Haciéndolo muy deprisa… unas dos horas y media.

—Pues qué bien —farfulló, molesta—. ¿Qué hora es?

—Las tres y dieciocho de la madrugada —respondió tras consultar su reloj de bolsillo.

Xalara soltó un bufido desesperado, consciente de que era una locura ir caminando.

—¿Por qué no utilizas una estación de traslado? —preguntó el hombre con curiosidad, a lo que ella respondió con una sonrisa fingida.

—Si lo necesitas, puedo dejarte dinero.

—Gracias, pero no.

—¿Seguro que no nos hemos visto antes? —preguntó de nuevo, escudriñando desde más cerca el rostro de Xalara.

—Ya le he dicho que no —contestó ella con malos modales, apartando el rostro.

Él sonrió y se dio la vuelta, siguiendo su camino mientras producía un ruido bastante molesto con la maleta de ruedas.

Xalara vio cómo metía una mano en el bolsillo de su abrigo y dejaba caer algo al suelo.

Cuando se alejó lo suficiente, fue a ver qué era, topándose con un billete de cien mupios.

La muchacha dudó un segundo antes de cogerlo.

Con el billete en la mano, el siguiente paso era buscar una estación de traslado.

No le llevó mucho tiempo hacerlo: la capital estaba plagada de ellas.

El conductor de la estación le dedicó una mirada fría y desagradable tras reconocerla.

Xalara notó que la atendía de mala gana, obligado porque era su trabajo.

Incluso examinó el billete a conciencia para comprobar que no fuera falso.

Después de entrar en la estación de traslado, la chica llegó a otra situada a solo unos metros de distancia de la estación de tren.

El letrero luminoso confirmaba que estaba en la correcta.

Desconfió ante la posibilidad de que aquel conductor le hubiera jugado una mala pasada, trasladándola a otro lugar.

A pesar de las circunstancias, Xalara no podía negar que el edificio que tenía delante era sorprendente.

Construido con piedra y hierro, su fachada principal estaba formada por tres grandes arcos de cristalera.

En el central se ubicaba un reloj: sencillo pero enorme, aunque ni parecido al que hubo en el Palacio de la Sede antes de que Víliam lo destrozara.

En la cúspide de sus cumbreras había estatuas de personas que parecían custodiar la entrada, vigilando quién llegaba y quién se iba.

De forma absurda, se sintió observada por aquellos ojos de piedra.

Dentro, apenas un par de trabajadores realizaban tareas de limpieza, ayudándose de la arlasofía.

En los numerosos andenes descansaban algunos trenes, esperando a que alguien llegara para ponerlos en marcha.

Xalara se fijó en ellos, buscando indicios de cuál sería el que pondría rumbo a Lúgardark a la mañana siguiente, pero no halló nada que lo indicara.

No le quedaba más remedio que pasar allí la noche, así que se dirigió a unos bancos situados en el centro de la estación. Sin ser un escenario demasiado alentador, seguía siendo mejor que dormir a la intemperie.

Se sentó en uno de esos bancos, tan absorta en sus pensamientos que no se percató de la presencia de una persona que estaba delante suyo, en otro banco a escasos metros de distancia.

No podía creer que fuera el hombre con el que había hablado en la calle, antes de dejar caer su dinero para que ella lo recogiera.

El hombre del abrigo verde estaba bebiendo de una botella, envuelta en una bolsa de papel.

Xalara no comprendía su particular tendencia a relacionarse con personas adictas al alcohol: Huberto, Óvid Esben y ahora él.

—Limpiadores… —terció de pronto el hombre del abrigo verde, mirando hacia la gente que trabajaba—. Turnos de noche limpiando la mierda que los demás fabrican durante el día. Qué trabajo más deshonroso. ¿No estás de acuerdo conmigo?

Ella se quedó callada, mirando hacia el suelo para ignorar el comentario.

—Bueno, supongo que cada uno tiene que ganarse el dinero como pueda. Y por supuesto, alguien tiene que limpiar lo que otros ensucian —reflexionó él.

—¿Por qué bebe? —preguntó Xalara de repente, arrastrada por un impulso irresistible.

Él sonrió, observando la botella que tenía en su mano.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de mi ayuda?

—Sé que tiró el dinero a propósito.

—Nunca lo he negado. Es más, te confirmo que lo hice —respondió el hombre, sin borrar esa sonrisa histriónica—.

Me preguntas por qué bebo. Es difícil explicarlo para que tú lo entiendas, pero digamos que es por culpa de…

circunstancias de la vida. Tú también pareces una de esas candidatas a convertirse en borracha.

—Usted no me conoce —respondió Xalara con indignación, desviando la mirada hacia los que limpiaban.

El hombre dio un trago mientras sonreía.

—Tiene toda la pinta de que eres una pobre muchacha de tercera clase que ha tenido la fatalidad de ser elegida en el sorteo para viajar a Lúgardark. ¿Me equivoco?

—Pues sí, se equivoca —contestó, molesta.