Chapter 8 El amante de la presidenta
Gustavo Zorien no dejaba de pensar en su difunto padre en los últimos días. A menudo se sorprendía hablando en voz alta, como si mantuviera conversaciones con él, materializando esos pensamientos.
Recordaba con exactitud el momento en que su padre le dijo que entrar en los servicios de defensa del Gobierno era una insensatez, dado que se ganaba muy poco dinero y nunca llegaría a ser nadie, siempre bajo el mando de otros, igual que él.
Sin embargo, Gustavo no compartía esa visión, por eso eligió presentarse voluntario para ser recluta en Lúgardark, desafiando las ideas de su familia.
Ahora deseaba que sus padres siguieran vivos para ver en qué se había convertido. Pagaría millones de mupios por ver sus caras.
La plaza estaba más abarrotada que de costumbre a su llegada al Palacio de la Sede del Gobierno, portando los documentos firmados que acreditaban a Xalara Verdreven como nueva recluta permanente de Lúgardark.
Los viandantes lo contemplaban como a un ser superior, apartándose discretamente para no entorpecer su paso.
Gran parte de la zona destruida del Palacio estaba ya rodeada de andamios. A esa hora, los obreros estaban trabajando a pleno rendimiento. Lo hacían en varios turnos para no detener nunca los trabajos de reconstrucción.
Al encuentro de su capitán en el vestíbulo, acudieron dos escoltas presidenciales: un hombre y una mujer.
—Capitán —saludó el escolta masculino—. La presidenta se encuentra en sus aposentos, y dos compañeros permanecen apostados en sus puertas para garantizar su seguridad.
—Buen trabajo, Dorel —lo felicitó Gustavo, sin detener su paso entre los escombros más pesados que aún continuaban esparcidos por el suelo.
Mientras cruzaba el umbral que daba acceso a la Gran Escalinata, otros dos guardias del Palacio le ofrecieron un saludo respetuoso, inclinando levemente sus cabezas.
Un ruido retumbante alcanzó el oído de Gustavo. Fiona Vériva acababa de aparecer por la puerta que conectaba con la torre posterior del Palacio, llevando un maletín en cada mano. Su paso se vio interrumpido por la presencia del capitán y los otros dos escoltas.
—Triste final para una gran trayectoria —comentó Gustavo con su habitual tono de arrogancia, teniendo la barbilla ligeramente levantada—. Se le va a echar de menos en las reuniones del Consejo. Usted era su gran animadora.
—Seguro que me relevará en ese aspecto —opinó Fiona, también haciendo gala de su peculiar ironía—. No tengo dudas de que al menos sus consejos serán más escuchados que los míos. Lo que me genera incertidumbre es que sean más valiosos.
—¿Cuántos consejeros, vicepresidentes y demás habrán ocupado esas sillas en la cámara del Consejo a lo largo de los siglos? A menudo me lo pregunto cuando estamos allí.
—Y yo me pregunto cómo usted ha podido llegar a ocupar una de esas sillas —refutó ella.
—Supongo que he sabido tomar mis decisiones —respondió, perdiendo un atisbo de su altanería.
—No lo dudo. A veces basta con saber elegir la mano que nos lleve hasta la cima.
—Entonces, puedo decir que ese es uno de mis numerosos talentos —dijo Gustavo, al borde del enfado.
Fiona lo miró con desprecio, pero no dijo nada.
—Le resultará extraño asumir que hoy es la última vez que camina por estas estancias —insinuó él.
La mujer esquivó al capitán y continuó su camino, sin querer responderle.
—Tengo una pregunta más —declaró Gustavo, deteniéndola de nuevo—. ¿Cuál fue su momento más difícil en el cargo?
Ella respondió a la pregunta con un rotundo silencio, ni siquiera dejó de darle la espalda.
—Supongo que fue descubrir que Alexios Kraus era un maldito traidor.
—¿Está seguro de ello? —preguntó Fiona, girándose para mirarlo.
—¿Insinúa algo que yo no sepa?
—No lo sé. Quizás.
—Si usted no estaba de acuerdo con su ejecución, ¿por qué no hizo nada para detenerla?
—Estoy segura de que servirá bien a su presidenta —respondió Fiona—. ¿O debería decir… su amante?
—Cuidado —le advirtió Gustavo—. Mucho cuidado con lo que dice, o además de perder su puesto, puede que también acabe sin lengua. Creo que tiene unos nietos maravillosos. Supongo que sería una lástima para ellos no poder hablar con su abuela.
Ella sonrió de forma fingida, se giró de nuevo y continuó su camino hacia la puerta del Palacio.
—No le he dado permiso para que se vaya —dijo Gustavo, utilizando un tono mucho más solemne que en sus anteriores intervenciones.
Fiona se detuvo bajo el umbral que precedía al vestíbulo. Esta vez su cara reflejaba preocupación.
—No busco problemas —explicó, volviéndose hacia Gustavo con una actitud mucho más plañidera.
—¿Quién ha dicho que los tenga?
—He sido una consejera ejemplar durante todos estos años.
—Sí, pero de un ejemplar traidor. Por lo que ahora no sé muy bien qué o quién es realmente.
—Por favor, mis nietos me esperan en casa —solicitó. Su habitual actitud severa comenzaba a desvanecerse.
—¿Qué ha querido insinuar antes? —inquirió Gustavo, dando un paso hacia delante.
—No he insinuado nada. Por favor, déjeme ir.
Gustavo avanzó hasta llegar junto a ella. Luego acercó su boca al oído de la exconsejera.
—Soy capaz de hacer cualquier cosa por Crispina —susurró—. Incluso dejar a unos nietos sin su abuela.
Fiona derramó una lágrima, consciente del aprieto en el que estaba metida.
Gustavo retrocedió un paso.
—Prendedla —ordenó a sus dos subordinados.
Los escoltas la agarraron cada uno por un brazo, y los maletines que portaba cayeron al suelo.
—Llevadla hasta las mazmorras —ordenó.
Una vez abajo, Gustavo hizo que se detuvieran.
—Confío en que sepáis lo que debéis contar y lo que no. No olvidéis que estáis bajo mi mando —les advirtió antes de que se fueran.
—Sí, señor —asintieron los dos al mismo tiempo.
El olor allí abajo era insoportable. A la humedad habitual se sumaba un nauseabundo hedor a putrefacción que volvía el aire irrespirable.
—Muy bien, aquí estamos —dijo Gustavo mientras dejaba la carpeta blanca apoyada sobre el último escalón—. Supongo que nunca había bajado hasta aquí.
—Por favor, no diré nada si eso es lo que teme —suplicó Fiona con la voz quebrada—. Lo único que deseo es disfrutar la jubilación junto a mi familia.
—Si yo la entiendo, pero entiéndame usted a mí. Si ahora le dejo marchar con lo que sabe, no cumpliría mi deber de proteger a la presidenta de Las Cinco Comarcas.
—Por favor —imploró.
Gustavo desenvainó su espada y la apuntó hacia ella.
—Camine —ordenó—. He dicho que camine —insistió, poniendo esta vez la espada a escasos centímetros de su cuello.
Con cada paso que daban, el hedor era más insoportable. Incluso a Gustavo le costaba mantener activa la fórmula volter para iluminar la estancia.
—Entre —dijo él, indicando una de las celdas.
Acto seguido le colocó las esposas enguantadas, dejándola anclada a la pared.
—Estabas tan cerca de comenzar tu jubilación… ¿Por qué tuviste que hablar?
—Lo siento. Lo que dije no iba en serio —balbuceó al borde de las lágrimas, como si hasta entonces lo considerara solo un susto, y ahora comprendiera que la amenaza era real.
—Shhhh… Tranquila, no tienes que pedir perdón por ello. Eres humana y como todos te equivocas —alegó—. Supongo que te estarás preguntando de dónde viene este olor tan horrible. Pues, verás…
Gustavo salió y estiró el brazo con la fórmula volter activada hacia la celda situada justo enfrente, iluminando un cadáver en estado de putrefacción.
La carne oscura comenzaba a escurrirse, fruto de la inclinación que tenía el cuerpo al estar colgado de la pared. Fiona comenzó a sollozar, desesperada.
—No llores, aquí estarás acompañada —aseguró él antes de marcharse.
No iba a contarle a Crispina lo sucedido; mejor esperaría a otro momento.
Pero era evidente que su familia daría la voz de alarma una vez que Fiona tardara en regresar.
Además, había sido vista por numerosos trabajadores dentro del Palacio.
Debía inventarse una coartada para justificar lo que hizo en caso de que la situación se descontrolara.
Al llegar ante la puerta de los aposentos de la presidenta, Gustavo llamó varias veces, pero no obtuvo respuesta.
Sin embargo, entró igualmente. El piso inferior estaba desierto.
Se dirigió entonces hacia las elegantes escaleras de caracol y subió al segundo piso, donde estaba ubicado el dormitorio, pero se encontró con el mismo resultado.
En el tercer piso finalmente halló lo que buscaba.
El despacho estaba revuelto, como si alguien hubiera hurgado en él. La presidenta se encontraba sentada en uno de los dos sillones situados frente a la chimenea, pero desde su posición, Gustavo solo veía su mano, que sostenía una copa de cristal medio llena con algún tipo de licor.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó cuando abandonaba la escalera—. ¿Estás bien?
Al formular la segunda pregunta, la copa voló hacia la pared, estallando en añicos y salpicándola de licor.
—¡Esa maldita chica insolente se ha burlado de mí delante de todos! —vociferó Crispina, poniéndose en pie y mirando al capitán de la Escolta Presidencial.
—No estoy de acuerdo —opinó él con serenidad—. La opción que ha elegido seguramente sea peor que la muerte.
—Ha estado a punto de asesinar a mi sobrino, a mi pobre Andris. Puede que incluso todavía termine consiguiéndolo. Tiene dieciocho años y se ha reído en nuestra cara.
—Cálmate. No va a salir de Lúgardark nunca más. Ese ya es suficiente castigo.
—¡Me da igual! —gritó Crispina, golpeando un montón de papeles que descansaban sobre una estantería—. ¡La quiero muerta! ¿Me oyes? ¡¡Muerta!!
Gustavo corrió hacia la presidenta y la rodeó con sus brazos desde la espalda.
—Relájate. Ya estoy aquí.
—¡Suéltame!
—Jamás lo haría.
—Suéltame, por favor. Mi querido Andris está muy grave —sollozó, protestando cada vez con menos ímpetu—. Los sanadores creen que no sobrevivirá.
—No pierdas la esperanza —susurró a su oído—. Nadie sabe todavía lo que puede ocurrir con tu sobrino.
La desesperación de Crispina menguó, pero su mirada aún ardía por el odio.
—Quiero que Xalara Verdreven muera —repitió con la voz temblorosa—. Y quiero que sea cuanto antes.
—Si quieres que muera, aún podemos hacerlo —advirtió Gustavo—. Pero matarla ahora solo levantaría las sospechas. Todos saben que la querías ver muerta.
—Me da igual. Solo quiero que pague por lo que le ha hecho a Andris.
Gustavo le dio la vuelta para mirarla de frente.
—Conozco a alguien que puede satisfacer tus deseos.
—¿Qué? —preguntó la presidenta, aturdida.
—Hay alguien que puede encargarse de ella, de forma profesional y sin dejar rastro; pero te advierto que no va a salir barato.
—¿Cómo haría tal cosa?
—Muy fácil —respondió—. Pondremos a esta persona dentro de Lúgardark. Y una vez allí, podrá deshacerse de ella sin problemas.
—Hazlo. Ordénale que la mate —dijo Crispina, sin titubear.
—Esta misma noche concertaré una reunión en una taberna del Vaso Roto.
—¿Y qué hacemos si no lo consigue? ¿Qué pasa si no es capaz de matarla?
—Si no lo consigue… —dijo Gustavo, con un tono más grave—. Yo mismo mataré a esa chica, y a cualquier persona de Las Cinco Comarcas. Hasta que tú y yo seamos los únicos que existamos.
Tomó el rostro de Crispina entre sus manos.
—¿Sabías que eres preciosa? Incluso cuando te enfadas.
Ella dejó escapar una sonrisa fugaz e ingenua, como una niña consolada tras una rabieta.
Entonces, sin romper el contacto visual, se inclinó hasta unir sus labios con los de Crispina, en un beso profundo donde sus lenguas se entrelazaron.
Las manos de él recorrieron suavemente la espalda de la presidenta, bajando muy despacio hasta terminar sobre la parte posterior de su cintura.
Comenzó a deslizar la tela de su blusa hacia arriba, dejando la piel al descubierto.
Un gemido intenso escapó de sus labios, provocándole un calor envolvente que se apoderaba de su entrepierna, acelerando a la vez su ritmo cardíaco.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, con un susurro que mezclaba reproche y deseo.
—Cállate. Solo disfruta —dijo mientras le soltaba el sostén.
—No hemos bloqueado la puerta. Podría entrar alguien —replicó Crispina.
—Me da igual. Como te dije antes, mataré a todo el que sea necesario. Porque solo tú y yo importamos —respondió Gustavo, acariciándole el oído con su aliento.
Luego levantó a Crispina en sus brazos, como si no pesara nada, y la llevó hasta la mesa, colocándola de espaldas. Desabotonó la parte baja de su atuendo para poder unir sus cuerpos, dando rienda suelta a su pasión sobre la octogonal mesa del despacho.