Chapter 7 El juicio de la injusticia #4
—Burlen —intervino Xalara—. Basta, por favor.
—¿Por qué? —respondió, volviéndose hacia ella—. ¿Acaso no tengo razón en lo que digo?
Xalara no daba crédito a lo que estaba escuchando. Sin darse cuenta, sus piernas se habían vencido, dejándola de cuclillas sobre el suelo de la plataforma.
—Una de las muchas veces que fui a su casa para realizar algún pedido —continuó Burlen—, Xalara mantenía una fuerte discusión con su madrina, y la hoy acusada dijo, palabras textuales: «Algún día pagarás por todo lo que me estás haciendo; nunca lo olvides» —hizo una pausa cargada de dramatismo—.
En el pueblo siempre supimos que Xalara era una mala persona, y ahora podemos confirmarlo.
Su madrina sufrió durante años, viviendo aterrada por el miedo a su ahijada.
Ella sabía que sus amenazas eran mucho más que palabras.
Tras concluir su testimonio rompió a llorar.
—Quiero decir algo —siseó Xalara—. Me gustaría hablar —insistió, esta vez con un tono más elevado.
—¿Quieres confesar tu culpabilidad? —preguntó la presidenta, inclinándose hacia adelante en su silla.
—Víliam y yo sufrimos lo indecible para, entre otras cosas, poder salvaros a todos —respondió, apretando los dientes mientras dirigía la mirada hacia las gradas—. Nunca debí salir de mi habitación. Debí dejar que los herederos volvieran a gobernaros.
—¡Xalara Verdreven! —terció Crispina—. ¡¿Confiesas haber atentado contra la vida de Andris Bóstoul?!
—¿Quiere que diga que soy culpable? —preguntó de forma desafiante.
—¿Reconoces haber atentado contra la vida de mi sobrino? —inquirió la presidenta.
—No, ni muchísimo menos —contestó con firmeza—.
Usted me juzga porque cree que quise matar a su sobrino.
Las personas que llenan estas gradas me juzgan por ser de tercera clase.
Y, Jonatan Burlen y el resto de vecinos de mi pueblo, me han juzgado toda la vida por pensar y actuar de forma diferente a ellos.
—No estás aquí por la clase social a la que perteneces, ni tampoco por cómo pienses —aclaró la presidenta—. No se te acusa por eso.
—Claro que se me acusa de eso. Si yo fuera de la élite, hoy no estaría aquí.
—¿No vas a decir nada en tu defensa? ¿Aunque solo sean más mentiras?
—Nunca quise matar a su sobrino. Ni siquiera lo conocía hasta que él quiso matarme a mí —aseguró Xalara, iracunda—. Pero le digo algo, señora presidenta. Y también os lo digo a todos: ojalá Andris Bóstoul hubiese muerto en aquella explosión, porque es lo que merece.
El público prorrumpió en abucheos.
—¡¡Se acabó!! —tronó Crispina, poniéndose en pie—. Los testimonios han finalizado. Me retiro a deliberar el veredicto final. Ruego paciencia hasta conocer mi decisión. Espero que comprendan la importancia que conlleva.
Se dio la vuelta para marchar.
—No es necesario que delibere nada —dijo Xalara, deteniendo el ademán de la presidenta—.
Sé que hoy no recibiré justicia, tampoco esperaba lo contrario.
Por eso, yo misma decidiré mi injusticia —hizo una pausa, asegurándose de captar la atención de todos antes de continuar—.
Solicito convertirme en recluta permanente de Lúgardark.
—¡¿Qué?! —exclamó la presidenta, con el rostro desencajado.
—Tengo derecho a hacerlo —argumentó.
—¿Sabes lo que eso significa? —inquirió Crispina, aún sin recuperar la compostura.
—Lo sé perfectamente —respondió Xalara con firmeza.
—De acuerdo —asintió la presidenta con un deje de resignación tras unos segundos de titubeo—. Estás en tu derecho de elegir esa opción. Esto pone fin al juicio.
Lanzó una iracunda mirada hacia Xalara y salió de la estancia, acompañada por la Escolta Presidencial.
La anciana cuyo aspecto conservaba un inquietante aire juvenil y que estaba sentada detrás del tribunal, se adelantó para observar con suma curiosidad a Xalara, antes de que volvieran a bajarla hasta la celda.
Aunque la encerraron, esta vez lo hicieron sin encadenarla a la pared; una mejora sutil, pero significativa.
Una vez asentada y con la adrenalina del juicio todavía en un nivel altísimo, Xalara pensaba a toda velocidad, sin medir el peso de su decisión.
«¿Creías que iba a entregar mi vida después de todos los sacrificios que hemos hecho? —le preguntó mentalmente a Crispina Streif—. Víliam no se sacrificó para que yo muriese por nada».
Estaba satisfecha por haber roto las intenciones de la presidenta. Pero la realidad no tardó en golpearla como una terrible bofetada. Había evitado su inminente ejecución, pero a cambio acababa de entregar su vida de otra forma, porque nunca más volvería a ser libre.
Lo que sabía de Lúgardark lo aprendió leyendo ese especial del periódico en la cabaña de Huberto, incluida la opción de ser recluta permanente.
No sabía cómo era una vida allí, pero, por la zona donde estaba ubicado, seguro que hacía mucho frío.
Y sus días transcurrirían bajo el yugo de una disciplina ejemplar.
«No es la vida que soñé y por la que tanto luché, pero al menos es una vida». Se lo debía a Víliam y también a su madrina. Al fin y al cabo, Aura tenía razón: “Somos de tercera clase, y las personas como nosotras no podemos aspirar a más. ¿Tanto te cuesta entenderlo?” «Ahora lo entiendo, Aura».
Alguien llegó a la sala donde estaba la celda, y el sonido de sus pasos hizo que Xalara saliera de su ensimismamiento.
El capitán de la Escolta Presidencial se acercaba hacia los barrotes con una actitud petulante, e hizo un gesto a uno de los guardias para que abriese la puerta.
En su mano derecha portaba una carpeta blanca con el símbolo del Gobierno.
—¿Idealizando tu nueva vida en Lúgardark? —preguntó, esbozando una sonrisa muy molesta.
—Puede ser —contestó Xalara, manteniendo a raya el odio que sentía hacia él sin siquiera conocerlo.
—Entonces, ¿es verdad que eres inocente? —inquirió Gustavo Zorien.
—¿Acaso importa?
—No, la verdad —opinó sin borrar esa estúpida sonrisa de su cara—. Tiene que ser raro el hecho de saber que vas a pasar toda tu vida en un mismo lugar. Sin tener una relación amorosa, sin hijos, un trabajo… Es decir, sin llegar a tener nunca una vida. No me gustaría estar en tu posición.
—Tranquilo, nunca vas a estarlo.
—Eso es verdad —dijo, estirando aún más su sonrisa—. Guardias, quitadle las esposas.
Enseguida uno de ellos obedeció la orden.
—En esta carpeta traigo los documentos que acreditan tu ingreso en Lúgardark como recluta permanente —explicó mientras sacaba los papeles—. Necesito que me los firmes —concluyó, estirando su mano para ofrecérselos.
Xalara los recogió con timidez.
—Quiero leerlos —manifestó.
—Adelante —dijo Gustavo, haciendo un gesto despreocupado con la mano.
Durante los siguientes minutos, Xalara leyó el contenido de aquellos documentos.
Luego recogió la pluma que estaba anclada a ellos y firmó en todos los lugares donde requería hacerlo.
Después recogió los documentos y los devolvió a la carpeta.
A continuación, Gustavo estiró el brazo hacia Xalara, reclamando un apretón de manos.
Como ella no aceptó el ofrecimiento, se lanzó y agarró su mano a la fuerza.
—Te doy las gracias por presentarte como recluta permanente.
No es algo que ocurra muy a menudo. Hay que ser muy valiente para aceptar algo así —dijo Gustavo, fingiendo una mezcla de orgullo y gratitud—.
Seguro que, pese a todo, será una experiencia emocionante el hecho de vivir allí.
Y, si no, tan solo será para siempre —dijo y soltó la mano de Xalara.
Después se dio la vuelta para irse, pero detuvo su marcha para volver a mirarla.
—Se me olvidaba —profirió con un tono de burla—.
Mañana, a las once, tendrá lugar el reclutamiento en la Estación Norte de tren de Bibrébem.
Tienes que presentarte allí, de lo contrario, serás declarada desertora y rompedora del juramento que acabas de firmar, siendo condenada a muerte de manera inmediata.
Dicho esto, se marchó, desbordando la misma actitud odiosa con la que llegó.
Xalara se quedó allí, a la espera de que por fin la dejasen libre. Aunque en realidad, ese anhelo no era más que un espejismo.