Chapter 7 El juicio de la injusticia #3
—Sí, efectivamente puedo corroborar que era ella.
—Bien. Por favor, continúe.
—Al verla comenzamos a perseguirla, pero entre tanta gente la perdimos de vista. La acusada aprovechó esta circunstancia para despistarnos y colarse en un establecimiento cercano.
—¿Volvisteis a verla? ¿Supisteis dónde estaba escondida exactamente?
—Así es —asintió con solemnidad—. Uno de los vecinos aseguró haberla visto entrar en el edificio.
Acudimos allí de inmediato, pero la entrada estaba bloqueada mediante arlasofía.
Reclamamos entonces con ahínco que abriese en nombre de la ley, pero no lo hizo.
Cuando conseguimos derribarla a base de ataques con nuestras armas, vimos cómo la acusada desaparecía de nuestra vista mientras bebía el contenido de un frasco de cristal.
El público de las gradas comenzó a compartir gestos y miradas de estupefacción, además de un murmullo que fue creciendo en intensidad. Lo mismo hicieron Crispina Streif y el capitán de la Escolta Presidencial, aunque en sus gestos, Xalara leyó algo diferente al desconcierto general.
—¿Insinúa que la acusada se valió de algún tipo de brebaje que permite la desaparición de forma instantánea? —cuestionó la presidenta.
—Por muy extraño que parezca —dijo el cuero negro e hizo una pausa—, sí, eso es exactamente lo que intento explicar.
Xalara estaba convencida de que el siguiente testigo sería el dueño de aquel establecimiento, pero se equivocó.
—Vamos a hacer un breve receso de cinco minutos —anunció la presidenta, seguramente para que todos los presentes asimilaran lo que acababan de escuchar—.
Aunque todavía quedan testigos por parte de la acusación, tras este descanso, la acusada podrá ejercer su derecho de defensa presentando a algún posible testigo.
Después de este último testimonio, todos estamos ansiosos por escucharla.
La presidenta se levantó y abandonó el estrado, seguida por sus dos acompañantes en el tribunal.
Inmediatamente, los cinco guardias que habían custodiado a Xalara se acercaron y la rodearon.
La muchacha reflexionó sobre la ironía del ofrecimiento a presentar a algún testigo en el juicio, después de haberla mantenido aislada en una celda de Ívelmer, imposibilitando cualquier tipo de contacto con el exterior.
Al parecer, la presidenta no se conformaba con ejecutarla, sino que además quería humillarla públicamente.
Había orquestado una elaborada venganza para su querido sobrino, y estaba muy cerca de culminarla.
—Bien —dijo Crispina Streif a su regreso—. Como he anunciado antes, la acusada tiene derecho de presentar algún testigo.
Miró a Xalara en silencio, esperando una respuesta.
—En vista de que la acusada carece de testigos, me veo en la obligación de seguir con el juicio. Por ello, llamo a…
Crispina detuvo su monólogo, porque el capitán de la Escolta Presidencial acababa de recibir un mensaje escrito en un papel entregado por otro miembro de la Escolta. Gustavo Zorien se acercó a su oído y le dijo algo en voz baja.
—Me informan sobre la presencia de una persona que solicita declarar en favor de la defensa —manifestó la presidenta—. Por lo tanto, concedo el permiso para que comparezca.
La vista cabizbaja de Xalara se alzó con renovada expectación hacia la bocana situada bajo el estrado, sintiendo una enorme curiosidad por ver quién aparecería. Sin duda esperaba que fuera Huberto, así que se llevó una sorpresa cuando vio a la madre de Víliam.
Por primera vez desde que entró en esa sala, Xalara sintió un atisbo de compañía gracias al gesto que le dedicó Cora.
—Nombre completo, por favor —solicitó la presidenta, esta vez con un tono más neutral que en sus anteriores intervenciones.
—Me llamo Cora Gaudio, y soy la madre de Víliam Buendi —respondió con un cierto deje de orgullo.
Era evidente que algunos de los que ocupaban las gradas la reconocieron nada más hacer acto de presencia, porque los comentarios apagados que provocó lo evidenciaban. Sin embargo, con la confirmación de su identidad, el murmullo se convirtió en una especie de protesta contenida.
Ese latente sobresalto era notorio en la expresión de la presidenta.
—¿Qué puede aportar en defensa de la acusada?
—Que es inocente —respondió Cora con autoridad.
—¿Puede demostrar tal afirmación?
—No puedo demostrarlo con hechos, pero sí con palabras.
—De todas formas, aunque él haya muerto, usted es la madre del otro acusado —apuntó Crispina—, supongo que entiende mi escepticismo al escuchar su declaración en defensa de Verdreven.
—Precisamente por eso sé que ella no lo hizo, porque mi hijo fue el único culpable.
A pesar de que Cora ya se lo había sugerido en prisión, los ojos de Xalara se abrieron como dos ventanas al escuchar esa afirmación tan rotunda.
—¿Puede explicarse? —solicitó una cada vez más irritada Crispina, que no contaba con la aparición de ningún testigo por parte de la defensa, y mucho menos que esta fuera la madre de Víliam Buendi.
—Mi hijo me aseguró que iba a cometer un atentado, porque estaba harto del ultraje que recibían los dobleclase; él era uno de ellos.
—¿Y por qué no avisó del posible ataque a las autoridades?
—Porque supuse que solo era la vana amenaza de un adolescente enrabietado. Nunca creí que fuera capaz de hacer algo así. Él era un buen chico; o al menos eso creía yo.
—Y ese motivo, ¿en qué exime a Xalara Verdreven?
—Porque sé que él la tenía coaccionada y amenazada. Ella y mi hijo eran amigos desde la infancia, y Víliam le contó lo que iba a hacer. La pobre solo quiso evitar que mi hijo cometiera ese acto tan vil.
—Si eso hubiera sido así, ¿qué motivos tendría la acusada para haber huido de la justicia durante tanto tiempo?
—Muy sencillo —respondió Cora—, el miedo. Xalara temía que pasara precisamente lo que está ocurriendo ahora: que fuese acusada de lo que hizo mi hijo.
El testimonio de Cora había desconcertado a todos.
Que una madre hablara así, de forma tan rotunda sobre su hijo fallecido, era difícil de percibir como una falsedad.
Estaba haciendo alarde de una gran interpretación, aunque seguramente por dentro se estuviera destrozando en mil pedazos con cada palabra que pronunciaba.
Por primera vez desde que comenzara el juicio, Crispina se estaba viendo arrinconada, incapaz de mantener el control sobre él.
No obstante, Xalara no terminaba de entender qué motivaba a Cora a hablar así de su hijo. En prisión le aseguró que él lo habría querido así, pero, de todos modos…
—¿La acusada tiene algo que decir acerca del testimonio? —preguntó la presidenta al cabo de un lapso demasiado prolongado—. ¿Es cierto lo que asegura esta mujer?
Cora miró a Xalara con un gesto evidente que la incitaba a afirmarlo.
La joven se quedó bloqueada, sin saber qué responder.
—Ni Víliam ni yo quisimos nunca herir a nadie, ni siquiera al traidor de Andris Bóstoul. Nuestra misión era otra. Como dije antes, todo lo ocurrido fue como consecuencia de una serie de desafortunadas casualidades —contestó Xalara con un deje de abatimiento.
Sus palabras provocaron una cara de absoluta decepción en Cora. Sin ser consciente, también acababa de condenarla a ella por falso testimonio. Al comprenderlo, la acusada se apresuró a añadir:
—Cora Gaudio me conoce desde que era muy pequeña, y ha querido salvarme.
Por eso se ha inventado este testimonio a pesar de dejar en mal lugar a su hijo.
Le estoy agradecida, aunque no es cierto lo que dice.
Por favor, perdónenla. Además, la presidenta no le pidió juramento, por lo tanto, no tiene validez —concluyó tras darse cuenta de ese importante detalle.
—Llevaos a esta mentirosa de mi vista —ordenó la presidenta. Su cara reflejaba la equivocación que apuntaba Xalara. Esa circunstancia podría prevalecer a la hora de una posible acusación—. Ya habrá tiempo de rendir cuentas con ella.
Xalara se sentía triste por Cora, pero no iba a permitir que nadie, ni siquiera su madre, catalogara a Víliam como algo que nunca fue. No sería justo.
Cora abandonó la sala, siendo invitada a hacerlo por los cuero negro.
—La acusación llama a su último testigo —anunció Crispina con premura.
Xalara sufrió una fuerte conmoción al ver entrar al hombre que cerraría la lista de testimonios.
Con un atuendo distinto al que la muchacha estaba acostumbrada a verlo, Jonatan Burlen llegó a la sala. No necesitaba un espejo para saber qué gesto le había provocado su aparición. Un leve murmullo recorrió las gradas, con toda seguridad provocado al ver a una persona de tercera clase.
Burlen caminó con decisión hacia el lugar indicado para los testigos, pasando al lado de Xalara, que intentó buscar su mirada. Sin embargo, él no se la ofreció en ningún momento. La cara del tabernero mostraba una ira contenida, aunque tal vez ella malinterpretara lo que transmitía.
—Díganos su nombre —ordenó la presidenta.
—Jonatan Burlen —respondió con la mirada inestable.
—¿Jura que su testimonio será real y sincero?
—Lo juro.
—¿Conoce usted a esta chica? —preguntó Crispina.
Burlen miró por primera vez a Xalara, teniendo que girar el cuello para hacerlo. Después se volvió hacia la presidenta.
—Por supuesto —afirmó—, es Xalara Verdreven.
—¿De qué la conoce?
—Es de mi pueblo —comenzó a responder—. Tengo una taberna en Yadarme, la que fue atacada por los herederos —apuntó—, y su madrina era mi distribuidora de bebidas. Xalara acudía a mi negocio casi a diario para entregarme los pedidos.
—¿Qué puede decirnos acerca de cómo es ella?
El testigo respiró hondo antes de hablar, con los ojos clavados en el suelo.
—Xalara siempre fue conflictiva y extraña, desde muy pequeña.
Jamás se relacionó con nadie de su edad, ni siquiera quiso ir al colegio.
A su madrina le resultaba imposible domarla.
Cuando acudía a mi taberna, o bien no hablaba, o si lo hacía, siempre era con malos modales.
Aura Duarte era mi mejor amiga. Al llegar al pueblo, trabajó primero en mi taberna como camarera.
Incluso vivió durante algún tiempo allí.
Sé que Xalara odiaba a su madrina y amenazaba con matarla, yo mismo pude oírlo en más de una ocasión.
—¡Silencio! —tuvo que gritar la presidenta para acallar la indignación y estupor del público—. Continúe.