El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 7 El juicio de la injusticia #2
21%

Chapter 7 El juicio de la injusticia #2

Se dio la vuelta.

—Preparadla para subir en diez minutos —les dijo a los guardias antes de regresar escaleras arriba junto a su Escolta.

Xalara fue desencadenada y conducida hacia una puerta situada detrás de la celda.

Allí desfilaron por un pasillo sombrío. Luego giraron a la derecha, para unos metros más adelante hacerlo a la izquierda.

Después de entrar por otra puerta, se encontraron en una sala más amplia, donde se alzaba una plataforma de madera que colgaba de gruesas cadenas conectadas a unos engranajes de acero. Todos se subieron en ella.

—Es la hora —anunció uno de los guardias, que a continuación accionó una palanca anclada a la pared.

Las cadenas resonaron con estrépito al ponerse en marcha, y la plataforma comenzó a elevarse al mismo tiempo que el techo se abría por encima de sus cabezas, filtrando una claridad deslumbrante comparada con la penumbra donde estaban.

El corazón de Xalara latía con violencia cuando la plataforma elevadora dio una leve sacudida antes de detenerse.

Contuvo un grito de asombro al ver dónde se encontraba.

Las paredes eran de piedra, pero su presencia quedaba reducida a un segundo plano gracias a las enormes vidrieras que dominaban el espacio.

El techo estaba decorado con intrincadas tallas de madera que se abrían en el centro hacia un majestuoso cimborrio, por donde entraba la cálida luz del sol en la tarde de Bibrébem.

Gradas casi repletas de público rodeaban la estancia cuadrada.

Todos miraban a la prisionera, situada en el centro de la sala, algunos con curiosidad y otros con el ceño fruncido por la tensión.

Los guardias la encadenaron a unos grilletes que sobresalían en el suelo.

Después la dejaron sola, apartándose hacia el borde de las gradas, donde todos hablaban en voz baja, creando un desagradable murmullo.

Sin embargo, cuando se escuchó la reverberación de una puerta al abrirse, se hizo un silencio tremendo, tan solo roto por el ceremonial sonido que producían cientos de personas al levantarse de su asiento.

Xalara se giró hacia donde miraban los demás. Estaba un poco mareada.

La presidenta acababa de aparecer por una puerta situada en lo alto, y tomó asiento detrás de un suntuoso estrado que la dejaba un par de metros por encima de la acusada.

A su derecha se sentó el capitán de la Escolta Presidencial, y a su izquierda, la nueva capitana de los cuero negro, ambos reconocibles por su característica indumentaria.

El resto de asistentes también se sentaron.

Muy cerca, aunque detrás de los tres miembros del tribunal, se hallaba una anciana con un aspecto muy peculiar. Xalara no estaba segura, pero juraría haberla visto antes en alguna imagen de los periódicos que compraba su madrina.

Las cámaras de televisión, situadas en cada rincón de la estancia, estaban listas para captar cada detalle.

La presidenta se puso en pie y enseguida un micrófono voló hasta colocarse delante de su boca.

—Yo, Crispina Streif, presidenta del Gobierno de Las Cinco Comarcas, me proclamo jueza en este juicio en concreto, amparándome en la ley de nuestra Constitución.

Puesto que es el propio Gobierno quien ha sido afectado de forma directa por los delitos de la acusada.

Me acompañan en este tribunal Gustavo Zorien, vicepresidente del Gobierno, consejero de Defensa y Justicia y capitán de la Escolta Presidencial, a mi derecha.

Y a mi izquierda, Dayana Cleyton, capitana de los cuero negro.

Aunque Xalara nunca había estado en un juicio, pensó que este se parecía más a un acto ceremonial que a un verdadero proceso judicial.

—Xalara Verdreven —dijo la presidenta—, estás acusada de, entre otros delitos, atentar contra la vida del presidente del Gobierno. ¿Eres culpable?

—No —se apresuró a contestar ella, pero su voz apenas se escuchó, dado que no tenía micrófono.

De inmediato, uno voló hasta colocarse frente a ella. Xalara pudo ver quién lo manejaba desde la distancia.

—Repite tu respuesta —solicitó Crispina, visiblemente molesta debido al fallo de los responsables.

—No soy culpable —respondió, esta vez de forma audible para todos.

—Entonces, ¿cómo explicas tu presencia y posterior huida en el lugar de los hechos?

—Digamos que fue por una serie de desafortunadas circunstancias ajenas a mi voluntad —explicó Xalara, tan nerviosa que apenas sabía lo que decía.

—¿Aseguras que fuiste obligada a hacerlo?

—Se podría decir que sí —asintió tras dudar un instante.

—Bien. A partir de este momento, y ante la negativa de la acusada para reconocer sus delitos, comenzarán a aparecer los testigos de lo sucedido —la presidenta miró directamente a Xalara—.

Tú, como acusada, también podrás presentar testigos que certifiquen tu defensa.

Respetarás los turnos de palabra y solo hablarás cuando se te conceda permiso o se requiera de alguna apreciación por tu parte. ¿Lo has entendido?

Ella asintió.

—La acusación llama a su primer testigo —anunció Crispina.

De un hueco ubicado bajo el estrado surgió una mujer rubia, delgada y de baja estatura, que caminaba con aires petulantes y a quien, por desgracia, Xalara conocía.

—Por favor, diga su nombre completo —solicitó la presidenta.

—Verónica Rostein —respondió inmediatamente al volar un micrófono hasta la altura de su boca.

—¿Jura que su testimonio será sincero?

—Lo juro.

—En ese caso, cuéntenos.

—Gracias, señora presidenta —contestó Verónica Rostein—.

La tarde en la que sufrimos el atentado contra nuestro querido expresidente, el señor Andris Bóstoul —hizo una pausa premeditada para conquistar la emoción de los presentes—, yo salía de una tienda de ropa junto a mi hija y mi sobrina.

Fue mi hija Samanta la que reconoció a Xalara Verdreven, caminando junto a un chico que resultó ser Víliam Buendi.

Entonces me vi obligada a dar la voz de alarma para avisar a las autoridades allí presentes, quienes de forma inmediata y tras identificarla, arrestaron a los dos culpables.

—¿Qué actitud mostraba la acusada? —preguntó la presidenta.

—La acusada estaba muy nerviosa e hizo todo lo posible para no ser identificada. Después se comprobó que llevaba el atuendo de una chica a la que robaron a la fuerza. En mi humilde opinión con la idea de pasar desapercibida por las calles de nuestra capital. También le sustrajeron su cartera.

—Le agradecemos su intervención, señora Rostein —puede abandonar la sala cuando quiera si no tiene nada más que añadir.

—Gracias a usted, señora presidenta —dijo y se marchó, no sin antes lanzar una ambigua mirada hacia una Xalara resignada.

La muchacha odiaba a esa mujer, pero debía reconocer que todo lo que acababa de contar era cierto.

—La acusación llama a su siguiente testigo.

A continuación, por el hueco donde acababa de desaparecer Verónica Rostein, emergió un cuero negro, un treintañero alto y fornido que caminó hacia el lugar donde flotaba el micrófono asignado para los testigos.

—¿Cuál es su nombre completo? —preguntó la presidenta.

—Donovan Meltier —contestó.

—Bien, Donovan, cuéntenos.

—Muchas gracias, presidenta. Como ha señalado la señora Rostein, mi compañero y yo, que patrullábamos muy cerca del lugar donde la acusada fue identificada, acudimos de inmediato alertados por los gritos.

Al principio fueron unos minutos de desconcierto, porque debíamos asegurarnos de que era ella.

Posteriormente arrestamos a Xalara Verdreven y su secuaz, Víliam Buendi.

Lo hicimos a raíz del robo del abrigo y la cartera de una joven llamada Cler Neclon, quien había denunciado el hurto unas horas antes.

»Nuestra intención era trasladar a los arrestados al cuartel más cercano, puesto que, además de estar acusada de un robo, Verdreven se encontraba desaparecida, y todos creíamos que había sido secuestrada por los herederos fugados.

No obstante, la acusada aseguró que debía hablar cuanto antes con el entonces presidente, Alexios Kraus.

Juraba tener información muy importante sobre el paradero de los tres fugados de Ívelmer.

—¡Eso es mentira! —bramó Xalara—. Nos obligaron a ir al Palacio de la Sede.

—¡Silencio! —gritó Crispina desde el estrado—. Solo podrás hablar cuando se te conceda permiso.

Xalara se mordió el labio inferior para retener su ira.

—Al llegar al Palacio de la Sede —prosiguió el cuero negro—, unos guardias del propio Palacio se hicieron cargo de los muchachos arrestados. Desgraciadamente, más tarde me enteré del atentado en el que esos guardias con los que colaboramos habían fallecido en la explosión.

Impotente ante el falso testimonio que acababa de escuchar, Xalara sacudía la cabeza con incredulidad.

—Gracias, señor Meltier. Agradecemos su sincero testimonio y su labor encomiable.

El cuero negro pasó al lado de Xalara, pero no cruzó mirada alguna con ella, quizás por vergüenza al tergiversar los verdaderos sucesos.

Tras testificar la recepcionista del Palacio de la Sede, quien confirmó la llegada de Víliam y Xalara en calidad de arrestados y su posterior entrega a los guardias de la propia institución, la presidenta volvió a intervenir.

—Que entre el siguiente testigo por parte de la acusación —con cada nuevo anuncio se le notaba un tono más altivo.

Era otro cuero negro, este de una edad cercana a la jubilación. Aun así, se le veía en forma.

—¿Nombre?

—Claus Stormien.

—¿Jura que su testimonio será sincero?

—Lo juro.

—Muy bien, señor Stormien. Le escuchamos con atención.

—Gracias, presidenta —asintió—. Mis compañeros y yo patrullábamos cerca del Palacio de la Sede cuando ocurrió la explosión.

Supervisábamos el acceso a la manifestación contra Alexios Kraus, para que no se descontrolara.

Al oír el estruendo, acudimos de inmediato para averiguar qué había sucedido.

La plaza estaba sumida en un caos absoluto.

Muchas personas corrían para ver lo sucedido mientras que otras tantas, cubiertas de polvo y heridas, lo hacían en sentido inverso, huyendo del desastre.

Entre todo eso, vimos a una chica que destacaba sobre los demás porque ella portaba una espada.

Las gradas volvieron a llenarse de murmullos.

—¿La persona que visteis con la espada era la que está hoy aquí? ¿Era Xalara Verdreven? —inquirió Crispina.

El cuero negro miró a la acusada.