Chapter 7 El juicio de la injusticia
Las siguientes horas en la celda fueron aún más terribles que las primeras.
No solo perdió la noción del tiempo; también sufría constantes ataques de ansiedad. Su pensamiento recurrente era el de que, al volver a abrir esa puerta, encontrarían su cadáver, con una expresión de tortura indescifrable.
Para calmarse, trató de contar números, recordar pasajes de sus libros favoritos e, incluso, intentó sin éxito trasladarse a alguna de sus visiones.
Cuando una claridad penetró en la celda, Xalara yacía en el suelo, manteniendo una posición fetal, sudando pese al frío y con la respiración entrecortada.
Sus ojos buscaron la claridad con ahínco, como si aquella luz trajera consigo la salvación.
Una bandeja con comida apareció a través de la ranura inferior de la puerta.
La joven tardó unos segundos en reaccionar, pero el olor de aquellos alimentos despertó un hambre voraz que reposaba latente en su interior.
—Come algo —dijo una voz femenina que ya había escuchado antes—. Pronto vendremos a buscarte. Hoy se celebrará tu juicio.
Aquella noticia cerró de nuevo su estómago y, aunque dejaron la ranura abierta para que entrase algo de luz, apenas pudo probar bocado.
Minutos más tarde, quienes estaban fuera de la celda, volvieron a hablar.
—Ahora vamos a abrir la puerta —anunció esta vez una voz masculina—. Ya conoces el protocolo. Pon las manos en tu espalda con los puños cerrados y no intentes ninguna tontería.
No sin serias dificultades, Xalara se puso de pie y esperó frente a la puerta a que esta se abriera.
Fuera se encontraban tres guardias, apuntando con sus espadas a la chica. También estaba la alcaide. Ella, sin embargo, mostraba una actitud calmada, con las manos dentro de sus bolsillos.
—En nuestro primer encuentro no pude presentarme como es debido —reconoció—. Soy Vania Sincler, alcaide de la Prisión de Ívelmer, y eso te convierte en mi responsabilidad.
Luego hizo una pausa, como esperando a que Xalara dijera que estaba encantada de conocerla.
—Ahora, vas a ser llevada a un lugar donde podrás ducharte y cambiar tu mono de presidiaria —informó la alcaide—. Después serás trasladada al Palacio de Justicia, donde se celebrará tu juicio.
Uno de los guardias se colocó detrás de ella y le puso unas esposas enguantadas. Acto seguido, otro ocultó su cabeza con una capucha negra.
La prisionera fue conducida hasta una puerta de hierro situada en un pasillo muy estrecho, donde le quitaron la capucha. Abrieron y entraron en una lúgubre habitación donde había un par de sillas y una mesa. Además, estaba equipada con un baño, que incluía una ducha sin cortinas.
También le quitaron las esposas.
—Yo me quedaré con ella —anunció Vania.
—Pero, señora —protestó uno de los guardias—, la prisionera tiene las manos libres.
—Y yo estoy armada —sentenció—. Ahora, por favor, abandonen la sala.
Asintieron y obedecieron la orden, cerrando la puerta.
—Bien, estamos solas —dijo con un tono suave la alcaide—. Dúchate, por favor. Lo agradecerás. En una de esas sillas tienes un mono nuevo y ropa interior limpia.
Tras decir esto, se dio la vuelta, dejando a Xalara a su espalda para que pudiera tener algo de intimidad, lo cual demostraba una extraña confianza en ella.
Era incapaz de recordar cuánto tiempo había pasado desde su última ducha, pero dadas las circunstancias, estaba siendo la más placentera de su vida.
—De acuerdo —habló la alcaide, girándose hacia ella cuando ya se estaba vistiendo—. Por favor, siéntate —le indicó, sentándose ella en la otra silla.
—¿Qué hora es? —preguntó Xalara.
La alcaide consultó su reloj de muñeca.
—Son casi las dos y media de la tarde —respondió con amabilidad.
—¿A qué hora será el juicio?
—A las cuatro.
Xalara asintió mientras un repentino calambre recorría su cuerpo.
—Supongo que conoces de qué se te acusa —comentó la alcaide de Ívelmer.
—Sí.
—¿Eres culpable?
—Creí que el juicio empezaba a las cuatro —respondió Xalara, recuperando un pequeño porcentaje de su fuerte personalidad.
—Conozco a Cora Gaudio desde hace muchos años —reconoció Vania—. Es por eso que pudo visitarte. Te aseguro que tienes prohibida cualquier tipo de visita. Así que te lo preguntaré una vez más: ¿Eres culpable?
—No, no lo soy —respondió Xalara.
—Entonces seguro que lo podrás demostrar en el juicio.
—¿Usted cree? —preguntó con una sonrisa fingida y resignada.
—Yo aún creo en la justicia. Sigue siendo la mejor y única arma ante la injusticia.
—Alexios Kraus fue sometido a un juicio —comentó Xalara—, y lo declararon culpable injustamente.
—¿Por qué sabes que fue injusto?
—Es una historia muy larga —reconoció.
La alcaide asintió, y Xalara agradeció que no le pidiera explicarlo.
—¿Cómo te sientes?
La muchacha encogió los hombros.
—Lo mejor de todo esto, seas declarada inocente o culpable, es que terminará pronto.
Xalara no dijo nada.
—El juicio estará liderado por la propia presidenta del Gobierno. Nunca pierdas la calma. Sé educada en todo momento. No te atrevas a levantarle la voz y respeta los turnos de intervención.
La prisionera volvió a asentir.
—Yo no debería estar haciendo esto, pero, ¿tienes algún testigo que pueda confirmar tu inocencia?
—¿Qué más da? Ya estoy condenada. Esa mujer no escuchará nada de lo que pueda argumentar para defender mi inocencia.
Ahora, la que parecía no saber qué decir era la alcaide. Consultó su reloj y se levantó de la silla.
—Creo que deberías irte —dijo—. Aún falta más de una hora para que empiece el juicio, pero tienes que llegar con mucha antelación. Te deseo buena suerte.
La alcaide se dio la vuelta y tocó en la puerta. Enseguida, varios guardias entraron y esposaron a la prisionera. Esta vez añadieron una cadena que conectaba las esposas con un grillete que le colocaron alrededor del cuello.
Subieron al vestíbulo, donde había una docena de guardias que, al parecer, no querían perderse ningún detalle del espectáculo. Después de traspasar todas las puertas de seguridad, salieron a una tarde nublada y ventosa.
Cinco minutos más tarde, Xalara estaba dentro de la estación de traslado, acompañada en su viaje por otros dos guardias que la dejaron situada en las huellas del centro.
—Han llegado a su destino. Esperamos que hayan tenido un feliz viaje. Desde la Red de Traslado del Gobierno de Las Cinco Comarcas les deseamos una buena tarde.
Xalara tuvo que contener un insulto, pues parecía que la voz de la cabina se burlaba de ella.
Al salir de la estación, se encontraron ante una multitud que abarrotaba la calle, donde al final estaba situado el Palacio de Justicia, más lejos de lo que Xalara habría deseado. Esperaron a que llegasen los otros tres guardias y emprendieron el camino hacia la puerta.
Un par de cámaras flotaban alrededor de la recién llegada comitiva, mientras que unos cuantos cuero negro se esforzaban por abrir un pasillo entre la gente.
La muchedumbre, como si alguien hubiera accionado una palanca para ponerlos a todos en marcha de forma sincronizada, comenzó a vociferar, produciendo un sonido tan ensordecedor que parecía estremecer el pavimento de la calle.
—¡¡Asesina!! ¡¡Matapresidentes!! ¡¡Traidora!!
También se escuchaba de forma intercalada algún que otro: «¡Asquerosa tercera clase!».
Varias personas intentaron abalanzarse sobre la acusada, pero eran interceptadas por los cuero negro en primera instancia o finalmente por los guardias de Ívelmer.
Xalara, sin agachar la mirada en ningún momento, tuvo que soportar cómo le caían encima restos de comida y fluidos de todo tipo.
Solo cuando alcanzó la puerta del Palacio se permitió derrumbarse.
Allí, las lágrimas tomaron el control de su cuerpo. Incluso las rodillas le fallaron debido a la tensión. Los guardias apenas le concedieron un respiro antes de ponerla nuevamente en marcha, obligándola a descender por unas escaleras dentro del vestíbulo.
Pronto estuvo dentro de otra celda, pero esta era la más luminosa que había ocupado hasta el momento.
Los guardias engancharon una cadena de las esposas a la pared, dejándola anclada a ella.
Incluso desde allí abajo seguían escuchándose, aunque de forma mucho más amortiguada, los gritos de la gente que clamaba en su contra.
Un grupo de personas emergió por el hueco de la escalera.
Xalara no tuvo dudas: era la presidenta del Gobierno, acompañada por su Escolta, que se quedó al pie de los escalones.
Crispina Streif, vestida con un conjunto negro compuesto por una blusa y unos pantalones holgados, entró en la sala caminando muy deprisa, aunque fue reduciendo el paso conforme se acercaba a la celda.
Finalmente, fijó la vista en Xalara, deteniéndose a escasos centímetros de los barrotes.
A la muchacha le llamó la atención la inusual longitud de su cuello.
—Asesina… Asesina… Asesina… —repitió Crispina, mientras miraba hacia un lado y otro del techo, exagerando el gesto para captar las voces provenientes de la calle—.
Toda esa gente clama por ti —comentó, mirando otra vez a Xalara, que no rehuyó el contacto visual a pesar de su pésimo estado emocional—.
La chica de tercera clase que se alió con el presidente traidor para convertirse en una traidora.
La traidora que se volvió una asesina. La asesina que desafió a toda una sociedad.
Es una historia increíble, ¿no te parece?
Digna de ser escrita algún día. Pero aún falta por conocer el desenlace —concluyó apretando los dientes—.
Para eso estamos aquí, para escribirlo y hacer justicia.
—¿Justicia? —dijo Xalara, esbozando una sonrisa desafiante—. ¿Como la que recibió la última persona a la que juzgaste?
—¿Te atreves a tutearme? —espetó Crispina, acercándose con furia a los barrotes.
—¿Por qué no?
—Soy la presidenta —reiteró con una exagerada autoridad.
—Una vez escuché a un presidente decir que no debes explicar lo que eres para que los demás lo sepan —argumentó Xalara con osadía.
—¿Quién?
—Tú lo deberías conocer muy bien, fuiste su asesina.
Ahora fue la presidenta quien esbozó una sonrisa mordaz.
—Apreciabas a ese traidor de Kraus. Mi sobrino también, y mira cómo terminó para él esa relación —aseguró, al borde del llanto tras mencionar a Andris—. Nos vemos arriba.