Chapter 6 En la Prisión de Ívelmer #3
—Por favor, ¿dígame quién es? —se quejó Xalara, comenzando a impacientarse, creyendo incluso que podría tratarse de la presidenta del Gobierno.
—Soy Cora —contestó, y se quedó callada a la espera de una reacción, al parecer anhelando que la reconociera al instante—. Soy la madre de Víliam. De nuestro querido Vili —especificó por si acaso, antes de echarse a llorar.
Lo mismo le ocurrió a Xalara, que después de haber estado todo ese tiempo encerrada sin haberlo hecho, fue incapaz de contener el llanto. Cora se acercó al cristal y posó su mano derecha sobre él.
—Lo siento. Lo siento mucho, de verdad —dijo Xalara, pegando también su mano al cristal.
—¿Por qué deberías sentirlo? —inquirió Cora.
—Víliam murió por mi culpa. Se sacrificó para salvarme.
—Y te aseguro que para él no hubo mayor honor —afirmó la mujer, esta vez sí con una sonrisa plena, mientras se limpiaba las lágrimas de la cara—. Si hay alguien que debería sentirse culpable soy yo. Por haberlo apartado de ti tan pronto.
—No tuviste otro remedio, vuestra situación era precaria —opinó Xalara, tratando de consolar y justificar a Cora.
—Siempre hay otra opción —lamentó—, pero no se puede viajar al pasado para hacerlo de forma diferente.
Xalara asintió con la cabeza, respirando profundo para calmarse.
—¿Por qué has venido? —le preguntó.
—He roto mi relación con Donius Greyson —respondió—. Sí, supongo que no te importa, pero quería que lo supieras.
—Tu exmarido tenía amenazado a Víliam, él me lo dijo. ¿Lo sabías?
—Claro que lo sabía —admitió—, pero si intentaba algo en su contra, mi hijo y yo habríamos salido mal parados.
—Entiendo —murmuró Xalara.
Cora la observó antes de hablar.
—¿Víliam fue feliz?
—¿Cómo?
—¿Fue feliz durante sus últimos días? —afinó su pregunta.
Xalara tuvo que buscar en su memoria, realizando un gran esfuerzo para apartar a un lado todo lo negativo que nublaba cualquier atisbo de felicidad.
—Creo que sí —respondió al cabo de unos segundos, aunque sin tener muy clara su respuesta.
—Bien —asintió Cora—. Necesitaba saberlo.
Xalara también asintió, aunque ella lo hizo en silencio.
—No te voy a mentir. Es muy probable que Donius quiera deshacerse de mí.
La afrenta y humillación que Víliam le ha dado a su apellido deben tener consecuencias —la mujer hizo una pausa—.
Lo que quiero decirte es que, antes de que yo desaparezca, necesito hacer algo que honre el sacrificio de mi hijo.
—Su sacrificio está honrado de sobra —dijo Xalara, intentando desahogar el sufrimiento de Cora, que negó.
—Va a celebrarse un juicio en tu contra, muy pronto —anunció ella—. Quiero que, en él, culpes de todo a Víliam. Así habrá muchas más posibilidades de que tú te salves.
—Pero… —protestó Xalara.
—Él lo hubiera querido así —añadió Cora, adelantándose a la muchacha, que se preparaba para rebatirla.
—¡Se acabó el tiempo! —dijo el guardia, bajando la persiana de forma brusca.
—No lo olvides —suplicó Cora a modo de despedida, antes de que se cerrase por completo.
Xalara fue levantada de la silla y conducida hacia la puerta, donde le ordenaron esperar. Allí coincidió con Augusto Zolian, el padre de Samanta, que era alto y calvo, pero una barba canosa y cuidada adornaba un rostro muy bien proporcionado. Se fijó en que él no llevaba las manos esposadas.
—Así que eres tú, Xalara Verdreven —comentó, arrastrando las palabras con una pedantería que parecía ensayada.
Samanta era clavada físicamente a su madre, pero hablaba igual que su padre.
—Los últimos acontecimientos te han hecho muy famosa. Nunca imaginé que alguien como tú pudiera llegar tan lejos.
Tuvo que hacer acopio de una gran voluntad para no responderle.
—Mi hija me ha hablado mucho de ti y de tus orígenes, digamos, humildes.
Xalara sintió cómo se le encendía la cara, y no quiso que él lo entendiera como un síntoma de vergüenza.
—Es que su hija es muy lista —dijo en un tono mordaz—. No me extraña, viendo cómo son sus orígenes —añadió, recorriéndolo despectivamente con la mirada.
Augusto hizo una mueca extraña, difícil de interpretar.
—Supongo que debe ser muy placentera tu estancia en régimen de aislamiento —dijo Augusto Zolian con una frialdad calculada—. Nadie consigue salir cuerdo de allí.
—Le agradezco su preocupación —contestó Xalara, sosteniendo el duelo de miradas.
El destello en los ojos de Augusto demostraba su desagrado al ver que alguien como ella le contestara de esa forma.
—También me ha comentado mi hija que tu amigo, el tal Víliam Buendi, murió convertido en millones de luminiscentes pedazos. Y que lo hizo gracias a ti. Permíteme agradecerte en persona por haber contribuido a la purga de los falsos arlasofos.
Xalara notó como si una cuerda dentro de ella se tensara hasta romperse, e iba a abalanzarse sobre Augusto. Sin embargo, dos guardias llegaron y pusieron fin a sus intenciones.
—Vámonos, señor Zolian —dijo uno de ellos.
—Algo me dice que nos volveremos a ver, Verdreven —sentenció mientras salía por la puerta.
Xalara lo fulminó con la mirada hasta perderlo de vista. Después fue de nuevo conducida hacia su aislamiento.