Chapter 6 En la Prisión de Ívelmer #2
Se quedó en ropa interior, llevándose las manos a sus partes íntimas con la urgencia de ocultarlas, mientras lágrimas de impotencia recorrían el contorno de su rostro.
El guardia que trajo el mono de presidiaria se lo tiró a la cara. Xalara enseguida comenzó a ponérselo, bajo las miradas lascivas de los presentes. Al menos era de su talla, al igual que los sencillos zapatos de tela que le entregaron a continuación.
Dos guardias más se acercaron a ella y la obligaron a caminar hacia el ascensor, bordeando la escultura de mármol con la forma del escudo del Gobierno, situada en el centro del vestíbulo.
Dentro del ascensor, uno de los guardias introdujo el código de seguridad correspondiente para ponerlo en marcha.
Poco después, el ascensor se detuvo, y Xalara fue empujada hacia el módulo siete de la torre uno.
Lo supo por el cartel que lo señalaba. Observó las múltiples celdas encajadas en las paredes y dispuestas en dos niveles de altura, preguntándose cuál de ellas sería la suya.
Alguien le colocó de improviso una capucha negra sobre la cabeza, que no solo le quitó el sentido de la vista, sino que también alteró su capacidad auditiva, disminuyendo los sonidos exteriores para amplificar los que nacían en su propio cuerpo.
Especialmente su acelerada respiración, envolviéndola en una sensación asfixiante.
Cuando la obligaron a frenar, sintió un cosquilleo por todo su cuerpo.
Similar al producido en su mano cuando realizaba alguna fórmula arlasófica con éxito.
A continuación, escuchó cómo se ponía en marcha un mecanismo de engranajes, antes de tropezar con un obstáculo en el suelo.
Se reincorporó con ayuda de sus custodios, y estos le quitaron la capucha.
Después empujaron a la prisionera hacia un habitáculo minúsculo.
Al hacerlo, Xalara pudo leer un nombre en una pequeña placa de metal: Jeisa Suard.
Los guardias de Ívelmer cerraron la puerta de acero, dejándola en completa oscuridad y un silencio opresivo.
—Volter —pronunció Xalara enseguida, pero apenas podía escuchar sus palabras, solo lo hacía dentro de su cuerpo, como si tuviera los oídos completamente taponados—. Volter —repitió, obteniendo el mismo fracaso.
Asumiendo que no sería capaz de activar la fórmula, empezó a palpar la celda, comprobando que el suelo y las paredes eran idénticos en forma y textura.
Terminó encontrándose con lo que aparentaba ser un frío catre de metal, y al lado había un váter.
Tras esta primera inspección, se hizo una idea de cómo era el espacio donde ignoraba cuánto iba a permanecer.
Seguramente pronto sería ejecutada ante miles de personas, igual que Alexios Kraus o, anteriormente, sus padres.
Su siguiente reflexión le sirvió para comprender que les había fallado tanto a Aura como a Víliam.
Sobre todo a él, porque se sacrificó para darle una oportunidad, y ahora ella la acababa de desechar por una estupidez.
Huberto tenía razón: era una niñata. Xalara gritó de impotencia, pero el sonido fue ahogado por las propias paredes de la celda, como si conspiraran para convertir su estancia en una tortura.
Todo parecía haberse detenido allí dentro, como si el resto del mundo siguiera su curso natural y, en cambio, ella estuviese atrapada en un bucle temporal.
Se tumbó en aquella plancha de metal que hacía las veces de cama y empezó a hablar.
Todo lo que decía eran palabras sin sentido, e incluso aplaudía sin razón.
No porque se hubiera vuelto loca, sino buscando una forma de evitar que los sonidos fuesen apagados.
Ese silencio tan denso le embotaba los sentidos.
No se explicaba cómo cuatro personas lograron sobrevivir allí dentro durante diecisiete años.
Incluso consideró que ni siquiera ellos se merecían un trato tan inhumano.
No obstante, seguramente se necesitaba un periodo de adaptación.
Al menos eso fue lo que se dijo para no perder la cordura de forma inmediata.
Había pasado un periodo de tiempo indeterminado cuando una claridad alcanzó su vista.
—Ponte la capucha —dijo una voz masculina llegada desde el exterior—. Después, abriremos la puerta y saldrás muy despacio, con las manos unidas en tu espalda. No intentes ninguna tontería.
Le arrojaron la capucha por una pequeña abertura que surgió en la parte inferior de la puerta. Xalara obedeció y se la colocó en la cabeza. Un segundo más tarde, escuchó el sonido de una pieza metálica al deslizarse sobre otra. Sin duda estaban comprobando que tuviera la capucha puesta.
Abrieron la puerta. Xalara salió lentamente y con las manos atrás, tal y como le ordenaron. Enseguida, alguien se apresuró a ponerle unas esposas enguantadas.
—¿A dónde me lleváis? —preguntó, temiendo que la respuesta fuera demasiado negativa.
—Tienes visita.
Aquella fue la más inesperada de todas. Aunque tampoco podía asegurar que eso significara algo positivo para ella. De camino a dondequiera que la llevaban, Xalara pensó que podría tratarse de Huberto, porque no había nadie más a quien le importara lo más mínimo, salvo que fuera para hacerle daño.
Le quitaron la capucha justo antes de entrar en el ascensor. Aunque la iluminación no era demasiado intensa, sus ojos tardaron en aclimatarse. Irremediablemente, se preguntó cuánto habría transcurrido desde su encierro.
Volvió al vestíbulo. Era imposible determinar si era de día o de noche, ya que no había ventanas que permitieran saberlo, y tampoco ningún reloj a la vista. Xalara no entendía cómo los guardias podían trabajar en un lugar tan sombrío, por mucho dinero que les pagasen.
Fue conducida hasta una de las puertas ubicadas en la segunda planta.
La habitación era más o menos espaciosa, con un diseño que mantenía la misma estética lúgubre del resto de la prisión, aunque quizá estuviera un poco más iluminada.
Instalados en un lateral, se hallaba una fila de compartimentos numerados y equipados con una silla, donde una persiana de hierro cubría la ventanilla para comunicarse con los visitantes.
Un par de presos mantenían una visita en ese momento. Xalara se quedó paralizada cuando vio a Samanta Zolian y su madre al otro lado de una de esas ventanillas. Lo mismo les sucedió a ellas, dado que detuvieron su conversación para observarla.
—Dirígete a la ventanilla número tres —ordenó el guardia.
Eso la dejaba a solo dos de distancia de la familia Zolian.
Hasta donde ella sabía, el padre de Samanta, un antiguo heredero, cumplía una condena de cadena perpetua en esta prisión.
Xalara se sentó en la silla. Mientras esperaba, alcanzó a oír la voz de Samanta Zolian.
—Me he presentado voluntaria para acudir a Lúgardark —dijo ella.
—Tenéis cinco minutos —anunció el guardia de manera repentina, antes de accionar una palanca que levantó la persiana con un estruendoso chirrido.
Al otro lado del cristal, perforado en su centro por unos pequeños orificios que facilitaban el paso del sonido, se encontraba una mujer que Xalara no conocía, aunque le resultaba inquietantemente familiar.
—Hola, Xalara —saludó, estirando la comisura de los labios en un gesto que se quedó a medio camino de convertirse en una sonrisa.
Era una mujer de mediana edad, con el cabello negro y unos labios teñidos de un rojo apagado. Xalara estaba convencida de que había derramado muchas lágrimas en los últimos días.
—Lo siento —contestó la muchacha—, pero, ¿quién es usted?
—Es normal que no me reconozcas —aseguró, resignada—. Han pasado tantos años…